
El esfuerzo brutal del joven sudafricano Victor Mzimango durante un entreno dirigido
por gimnastas rusos.

Maratón de Nueva York: una prueba apreciada por los ejecutivos.
La ética en
el texto
Juramento hipocrático
“Juro por Apolo, el médico, por Esculapio, por Hegía y Panacea,
por todos los dioses y todas las diosas (…), que respetaré a mi maestro en
este arte como a mis progenitores (…)
No me dejaré inducir por las súplicas de nadie (…), en una casa entraré
sólo por el bien de los enfermos (…)
Si mantengo perfecta e intacta fe en este juramento, que me sea concedida una vida
afortunada(…).”
Carta Olímpica según los principios de Pierre de Coubertin
El olimpismo es una filosofía de la vida, que exalta y combina en un conjunto
equilibrado las cualidades del deporte, la voluntad y el espíritu. Al conjugar
el deporte con la cultura y la educación, el olimpismo aspira a crear un estilo
de vida basado en la alegría en el esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo
y el respeto de los principios éticos fundamentales universales.
Carta Olímpica
contra el Dopaje
El dopaje, según la definición adoptada en febrero de 1999 por el Comité
Olímpico Internacional (COI) es la administración o la utilización
de clases prohibidas de drogas o de métodos vedados. |
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Dónde termina la
atención médica y comienza el dopaje? Sometida a la presión
de la carrera por el éxito, esta frontera se difumina; debate en vísperas
de los Juegos Olímpicos de Sydney.
Las mutaciones de las ciencias de lo vivo
y de las biotecnologías suscitan un debate de gran calado. El conocimiento
resultante de la genética, la asistencia para la procreación, la perspectiva
de la clonación y el diagnóstico prenatal son temas que ocupan a los
comités de expertos en su tarea de adaptar los códigos éticos
a esas transformaciones. Así, la realidad de la medicina y la investigación
actuales plantea nuevos interrogantes frente a las reglas sobre la experimentación
humana inscritas en 1947 en el Código de Nuremberg.1 Los interrogantes sobre la posibilidad
de llevar a cabo una investigación con embriones, los que suscitan los riesgos
de una eugenesia prenatal, o los que atañen a las perspectivas que abre el
descubrimiento del genoma humano, engendran nuevas legislaciones sobre las cuales
se consulta a los comités nacionales e internacionales de ética, así
como a las asociaciones médicas y de investigación. He ahí los
aspectos del debate que más destacan los medios de información.
Ahora bien, la ética médica no se reduce a esas cuestiones, aunque
éstas determinen qué tipo de humanidad se apronta a engendrar nuestra
civilización. La sociedad del mañana se prepara día a día
en el secreto de las consultas de los médicos. En efecto, las prácticas
más anodinas con las que los facultativos han de hacer frente a las nuevas
aspiraciones de sus pacientes también pueden transgredir la ética médica.
El médico no escapa ni a las mutaciones sociales, ni a las normas y obsesiones
colectivas propias de una época. Y debe tratar de conciliar, dentro de la
relación clínica, los principios de los códigos de deontología
con esas exigencias sociales nuevas, ligadas a los imperativos en materia de eficacia,
rendimiento y resultados de la sociedad liberal. Así sucede en particular
con el dopaje deportivo, culminación de una medicina de los resultados.
Pero, curiosamente, tratándose de dopaje el debate se reduce sólo a
algunas imprecaciones: se afirma que es amoral a la luz de una ética deportiva
ilusoria, se aboga por que se perfeccionen los análisis, por que se apliquen
sanciones más estrictas a los “tramposos”. Ahora bien, ese debate es engañoso,
pues oculta lo esencial y acentúa la ceguera de la población, de los
médicos y de los poderes públicos ante las exigencias de la competición
deportiva.
El papel
del deportista
El dopaje en la práctica
de alto nivel no es obra de desequilibrados peligrosos. Requiere por el contrario
la adhesión del deportista, que se ocupa individualmente de su preparación
física y de su entrenamiento. El atleta termina por utilizar diariamente productos
que aumentan su resistencia a la fatiga y su potencia muscular o que le brindan una
mayor capacidad de recuperación. El escándalo que empañó
la Vuelta a Francia en 1998 reveló cómo los ciclistas2
se autoadministran productos prohibidos con pleno conocimiento de causa a fin de
responder a las exigencias de la sucesión de competiciones durante toda la
temporada.
El verdadero debate ético se sitúa únicamente en el plano de
la deontología médica. Supone una reflexión sobre las respuestas
que brindan los médicos a los requerimientos que les formulan atletas de todos
los niveles. Pues el dopaje es una práctica que se desarrolla también
entre los deportistas aficionados y los niños.
En el 43º Congreso norteamericano sobre salud, celebrado en Washington en septiembre
de 1996, Thomas H. Murray, del Centro de Etica Biomédica de la Universidad
de Cleveland, dio cuenta por ejemplo de la petición de una madre de que se
administraran a su hijo hormonas del crecimiento a fin de responder a las exigencias
del deporte que practicaba. Esta solicitud obedece a dos factores. Por un lado, los
progresos de las biotecnologías médicas posibilitan la producción
de hormonas sintéticas. Por lo demás, la carrera por el éxito
involucra al médico en la adaptación del organismo a imperativos de
eficacia.
Sin embargo, todos los códigos deontológicos coinciden en condenar
a un médico que acoge favorablemente ese tipo de peticiones. La Asociación
Médica Mundial3 establece así que el médico
“debe oponerse y negarse a utilizar métodos” cuya finalidad sea “aumentar
o mantener artificialmente el rendimiento durante las pruebas” o la “modificación
artificial de las características propias a la edad y al sexo” (Declaración
sobre las Normas de Atención Médica para la Medicina Deportiva,
adoptada en 1981 y modificada en 1999).
Medicina
del “deseo”
Sin embargo, numerosos
médicos deben hacer frente a las consecuencias de la práctica deportiva.
Desde un punto de vista fisiológico, hacer deporte consume las reservas naturales,
sobre todo hormonales. Así sucede con la testosterona. Un entrenamiento intensivo
lleva al organismo a agotar sus existencias de esta hormona masculina a un ritmo
más rápido que el de su reconstitución. Requerido por un atleta,
un médico puede así prescribir una terapia complementaria, tal como
se administra hierro o vitaminas a las personas que sufren carencias. Neutralizarán
así una deficiencia orgánica, de cuyo origen no tendrán que
preocuparse (desnutrición, agotamiento, patología…).
No se trata todavía de una medicina de los resultados, sino de un vuelco reciente
de las misiones de la medicina. En los países más ricos y entre la
elite de los países pobres4, se recurre a ella para superar las consecuencias
de las transformaciones sociales fruto de la exigencia de resultados. Esta lógica
también se asemeja, en sus principios, a las terapias contra el envejecimiento
con las que se procura adaptar la atención médica a la prolongación
de la esperanza de vida. Los tratamientos sustitutivos de hormonas para personas
mayores responden al propósito de “ganar en calidad de vida lo que hemos ganado
en duración de la existencia”, según afirma el profesor Bruno Deslignières,
jefe del servicio de endocrinología del hospital parísino de Necker.
También en este caso el ajuste hormonal obedece a la vez a los avances de
la ciencia de lo vivo y a la exigencia de los pacientes que acuden a los facultativos
para aliviar las secuelas del envejecimiento. La medicina responde así a una
lógica de mejoramiento de la vida física. A semejanza de la cirugía
estética o de las terapias contra la impotencia, dinamizadas por la aparición
del Viagra, se transforma en una medicina del “deseo”, aguijoneada por las quimeras
del bienestar y de la juventud. La exigencia que apunta a obtener, cuidar o conservar
un cuerpo funcional y sin arrugas visibles, se torna cada vez más apremiante.
Lo mismo sucede con la atenuación del dolor durante el parto, durante la vejez,
en todas las circunstancias de la vida cotidiana y, por consiguiente, en el marco
de la práctica deportiva.
Podría pensarse entonces que nada se opone a la prescripción de productos
destinados a mejorar la calidad de vida de un deportista que se entrega a una actividad
intensa. Luchar contra el estrés, recuperarse de una fatiga acumulada, reclamar
antiinflamatorios para disminuir un dolor provocado por la práctica deportiva
pasan a ser exigencias legítimas, habida cuenta de las aspiraciones sociales
a un bienestar asistido por moléculas químicas.
El umbral
de tolerancia
Sin embargo, la testosterona
y sus derivados (en particular la nandrolona) están clasificados precisamente
en la categoría de los esteroides anabolizantes y ocupan un lugar destacado
en la lista de los productos que se detectan más a menudo durante los controles
contra el dopaje. Administrada en grandes dosis, unida a una alimentación
y a un entrenamiento adecuados, la testosterona provoca el aumento de la masa, la
fuerza y la potencia musculares y desarrolla al mismo tiempo la agresividad y la
resistencia a la fatiga y al dolor. Asimismo, los corticoides permiten extender los
límites de la fatiga y atenuar el dolor físico. Es pues muy lógico
que tales productos se hayan adoptado a fin de paliar las consecuencias físicas
y los imperativos psicológicos de la competición deportiva.
La cuestión del umbral se plantea entonces para fijar el límite entre
una medicina reequilibrante y una medicina de los resultados. De ese modo se establece
una frontera artificial. Se fijan tasas para apreciar el grado de aportes de “complementos”
y mediante pruebas médicas cuantitativas es posible detectar la presencia
de cantidades “no razonables” de productos cuya absorción no sólo no
está prohibida, sino que es tolerada dentro de ciertos límites.
Ciñéndose a la deontología médica, no cabe interrogarse
para saber si hay “trampa” desde el punto de vista de los reglamentos deportivos.
Un médico no debe tener en cuenta exigencias elaboradas por misiones que no
son las suyas. El problema planteado tiene que ver con la definición de salud
en la que se funda el facultativo y no con la del dopaje. En este punto, la Declaración
de Ginebra de la Asociación Médica Mundial (adoptada en 1949 y modificada
en 1983) es explícita: “Velaré ante todo por la salud de mi paciente.”
Por consiguiente, es lógico que ésta condene los “procedimientos tendientes
a ocultar el dolor u otros síntomas de autoprotección utilizados para
permitir al atleta participar en pruebas, cuando hay lesiones o síntomas que
no aconsejan su participación.” Un médico (deportivo o no) que actúe
de ese modo no cumple sus deberes frente a sus pacientes (que consistirían
en prescribir la suspensión de la actividad traumatizante) pero responde a
las exigencias de la institución deportiva. Por el contrario, el punto de
vista deontológico prohíbe que se tenga en cuenta, en el diagnóstico
o en el tratamiento, toda consideración vinculada a un imperativo de resultado.
En efecto, la ética médica condena todo acto dictado por un interés
o una presión que no respondan a una preocupación por la salud.
Imperativos
de rendimiento
Y es ahí donde el
debate se torna particularmente complejo, pues en el lenguaje corriente y en el discurso
sobre el dopaje deportivo, la salud se entiende como la ausencia de enfermedades
o de secuelas orgánicas. Ahora bien, desde 1940 la Organización Mundial
de la Salud (OMS) la define como un estado de bienestar
físico, emocional y social completo. La Asociación Canadiense de Educación
para la Salud (Universidad de Toronto) destaca que la salud no es un fin en sí,
sino un medio para alcanzar un equilibrio de vida. La salud sería entonces
la búsqueda de un mayor bienestar que incorporase dimensiones sociales y culturales
ligadas a las aspiraciones individuales. Por consiguiente, sería subjetiva
y variable según la época, el lugar, la categoría social, la
edad…En efecto, cada individuo define su relación con el bienestar, el dolor
y la enfermedad en función de su historia y de su entorno cultural.
La práctica deportiva coloca así a los médicos frente a una
paradoja. Por un lado, en su mayoría están convencidos de los efectos
benéficos de la actividad física para un equilibrio de vida, pero por
otro comprueban los efectos perturbadores de las prácticas competitivas sobre
este equilibrio y están en condiciones de contrarrestarlos químicamente.
Si lo hacen contribuyen a acentuar la alienación de los individuos ante las
exigencias de resultados, una exigencia que en la práctica deportiva es más
espectacular que en otras facetas de la actividad humana.
Pero siempre pueden, según su leal saber y entender, negarse a participar
en el engaño y denunciar las consecuencias de los ritmos de vida derivados
del imperativo de rendimiento. Aportar un mayor bienestar a los pacientes presupone
también una educación acerca de modos de vida no traumatizantes. Al
médico le incumbe la responsabilidad de informar sobre el origen de las patologías.
Y, lo que hace sin rodeos tratándose de un exceso de peso o de una patología
resultante del consumo de tabaco o de alcohol, debería poder hacerlo a propósito
de la dimensión mortífera de la práctica de los deportes.
En definitiva, la medicina deportiva prefigura la medicina del mañana, una
medicina al servicio de las instituciones que actúa para aumentar la eficacia
de éstas y que puede engendrar una normalización de los seres humanos
en cuanto a la apariencia (cirugía estética), a ciertas cualidades
(diagnosis prenatal) y a imperativos sociales (exigencia de resultados en los planos
profesional, sexual, deportivo).
1. Dictado con motivo
del proceso de Nuremberg en 1947, apunta a proteger al individuo como objeto de experimentación.
Las principales organizaciones médicas internacionales se inspiraron en este
código para elaborar directrices acerca los problemas planteados por el desarrollo
de la investigación biomédica.
2. Pero esta realidad se presenta en todos los deportes en los que los atletas
enfrentan individualmente periodos prolongados de preparación.
3. La Asociación Médica Mundial (AMM o World Medical Association)
es una organización internacional de médicos. Fue fundada el 18 de
septiembre de 1947, en París, con la presencia de 27 países miembros.
Su finalidad era velar por la independencia de los médicos y alcanzar los
más altos niveles en materia de ética y de atención médica.
Este objetivo, particularmente importante después de la Segunda Guerra Mundial.
hace que actualmente la AMM sea una confederación independiente de asociaciones
profesionales libres (www.wma.net).
4. Actualmente cabe hablar de apartheid sanitario (Martine Bulard, Le Monde
diplomatique, enero de 2000) para expresar la desigualdad de acceso a la atención
médica en función de la riqueza de los Estados y de las personas.
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