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Kosovo: el saqueo del patrimonio

El puente de Mostar:
renacimiento de un símbolo

CRÍMENES CONTRA LA CULTURA

Colin Kaiser, especialista en patrimonio, antiguo director de la oficina de la UNESCO en Sarajevo.
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Una iglesia en Croacia destruida cuando se combatía en Lipik.




El puente de Mostar:
renacimiento de un símbolo

Bastaron 30 minutos para que Stari Most (el Puente Viejo), símbolo señero del pasado multicultural de Mostar, fuera destruido por la metralla de un tanque del ejército croata el 9 de noviembre de 1993. Concluido en 1556, después de nueve años de obras, el puente, diseñado por el arquitecto otomano Mimar Hayruddin, se alzaba antiguamente sobre las aguas del río Neretva, uniendo sus riberas.
El puente de piedra de 29 metros de largo dio su nombre a la ciudad y contribuyó convertir una aldea medieval en un emporio que atraía a mercaderes y viajeros. Al estallar las hostilidades, los habitantes cubrieron el puente con neumáticos en un intento por protegerlo.
Tan pronto como el puente fue destruido, arquitectos y expertos en patrimonio del lugar que habían abandonado la ciudad empezaron a planear su reconstrucción. En 1997, buzos militares húngaros de la fuerza para el mantenimiento de la paz en Bosnia dirigida por las Naciones Unidas extrajeron los bloques de piedra del monumento depositados en el lecho del río. En 1998, la Unesco, el Banco Mundial y el Ayuntamiento de Mostar lanzaron un proyecto de reconstrucción del puente, calificado de “símbolo de paz y reconciliación” por dirigentes de las diversas comunidades religiosas del país. Por estar demasiado deteriorados, los bloques recuperados podrán aprovecharse menos de lo que se había pensado, por lo que se ha previsto extraer piedra de una cantera cercana que ya utilizaron los constructores del Stari Most. Fotografías tomadas en los años 70 facilitarán la labor de los arquitectos, al permitirles estudiar una imagen en tres dimensiones de la estructura original.
Mostar ya se están preparada para presenciar la resurrección de su emblema. La fecha fijada es el año 2004, el 15 de septiembre a las cinco de la tarde, día elegido por los arquitectos de Mostar para rememorar la guerra. La reconstrucción de la ciudad es ahora la tarea de su vida.

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El puente de Mostar

En las ciudades de la ex Yugoslavia, la destrucción del patrimonio ha eliminado los signos de una identidad común mientras en el campo daba cuerpo a un pasado primitivo mitificado.

En 1991, recién terminada la Guerra Fría, los habitantes de Europa occidental vieron con horror en sus televisores el diluvio de explosivos que caía sobre el apacible pueblo de Vukovar, a orillas del Danubio, y columnas de humo que serpenteaban sobre Dubrovnik, “joya del Adriático” y sitio destacado de la Lista del Patrimonio Mundial. Entre 1991 y 1999, los países de la ex Yugoslavia han sido escenario de una guerra cruenta. Si los comentaristas moderados aludían a una campaña de “limpieza étnica”, otros no dudaban en hablar lisa y llanamente de “genocidio”. Por su responsabilidad como autores de crímenes de lesa humanidad, generales y políticos son procesados actualmente por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia.
Otras expresiones surgidas en aquel momento fueron: “urbicidio”, para describir el bombardeo de ciudades como Mostar y Sarajevo, y “limpieza cultural” o “genocidio cultural” para referirse al triste destino de las mezquitas, iglesias, museos, archivos, o bibliotecas. Inevitablemente, tales términos formaban parte de una guerra de propaganda, pero con suma frecuencia reflejaban también la nueva situación de Croacia, de Bosnia y Herzegovina y, en tiempos más recientes, del Kosovo.
La destrucción deliberada del patrimonio cultural en tiempos de guerra no es una novedad. A lo largo de la historia se ha traducido unas veces en el pillaje de obras valiosas con fines de lucro, y otras se ha practicado en nombre del sacrosanto derecho a aniquilar al enemigo. Durante la Primera Guerra Mundial, numerosos templos y centros históricos de ciudades fueron reducidos a ruinas sin ser objetivo militar. Y, durante la Segunda Guerra, vastos centros urbanos alemanes desaparecieron bajo los bombardeos de las fuerzas aéreas del Commonwealth. En el caso de pueblo judío al genocidio físico perpetrado por los nazis se sumó un genocidio cultural —la destix, los ejércitos de los Habsburgo y los administradores católicos de Croacia transformaron unas pocas mezquitas en iglesias y demolieron las demás. Durante la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas fascistas del grupo Ustachá destruyeron de forma masiva los templos ortodoxos serbios en Croacia y en partes de Bosnia y Herzegovina. Las ruinas existentes en Eslavonia Oriental y en Krajina, dos zonas de Croacia predominantemente serbias, son prueba tangible de lo ocurrido entonces.
Pero los últimos acontecimientos tienen características muy distintas. Ya no se trata de potencias extranjeras que invaden un territorio barriendo todo lo que encuentran a su paso. Estamos ante sociedades antiguas, hasta cierto punto integradas, que entran en un proceso de dislocación. Los habitantes serbios de la Krajina croata no eran unos recién llegados a la región en 1991. Croatas, musulmanes y serbios convivían en Bosnia y Herzegovina desde el siglo
XVI. Y, ya en el siglo XX, los matrimonios mixtos en ciudades y pueblos fueron un factor importante en la constitución del tejido social. En el campo, donde la población se estableció a menudo en función de su procedencia étnica, la situación es diferente. En consecuencia, cuando durante la guerra musulmanes, croatas, serbios o albaneses del Kosovo fueron expulsados de las aldeas campesinas y sus mezquitas e iglesias minadas o quemadas, era al “otro”, al “forastero”, a quien se desalojaba de la región. El sueño abiertamente reconocido por los nacionalistas (y el sueño secreto e inconfesable de los aldeanos) se hacía así realidad: por fin estamos en paz, solos entre nuestro propio pueblo. Se creó así el mito de la pureza del mundo rural.
En las ciudades y pueblos de Bosnia y Herzegovina la destrucción tuvo otro significado. Era frecuente oír en Sarajevo y Mostar que las sinagogas, las iglesias cristianas y las mezquitas se encontraban a 100 metros unas de otras, aunque no siempre fuera cierto. Lo religioso era un elemento fundamental en ciudades que albergaban obras muy representativas del patrimonio sagrado otomano. La integración se logró gracias al apego compartido por ciertos lugares y a la convivencia en un espacio común. La coexistencia de las tradiciones religiosas brindó al pueblo un sentido de propiedad conjunta del patrimonio sagrado. Serbios, musulmanes y croatas se sentían orgullosos también de sus edificios civiles, como la Biblioteca de Sarajevo.

Borrar al otro
Las guerras han modificado esta situación. Aunque la destrucción es un acto de barbarie, a quienes la perpetran les parece un acto creativo. En las zonas campesinas de Croacia y de Bosnia y Herzegovina, se trataba de crear una sociedad rural mítica eliminando los símbolos del otro —sus minaretes o los campanarios de sus iglesias, según los casos. Pero en las ciudades de Bosnia y Herzegovina han destruido los signos de identidad común y, con ella, el “otro” en el seno de la población. El patrimonio sagrado y secular pasó a tener connotaciones étnicas: antes de la guerra nadie habría sostenido en Mostar que el Puente Viejo era un monumento musulmán, pero los tanques croatas lo han transformado en eso. En Bosnia y Herzegovina el empobrecimiento de las ciudades es terrible, no sólo porque las han vaciado de un grupo étnico sino también porque los edificios que aún subsisten, incluso intactos, son ahora fantasmas del pasado.
En un contexto así, la restauración del patrimonio cultural puede cobrar dimensiones políticas y favorecer las divisiones: no se trata ya de reconstruir lo que se poseía en común, sino sólo “lo que era nuestro”. Los problemas técnicos que plantea la reconstrucción son menos importantes que el de despojar al patrimonio de su carácter étnico. Es difícil imaginar cómo superarán este problema las sociedades balcánicas. La única esperanza de restablecer un paisaje común es que se comprometan a hacerlo los grupos étnicos o nacionales que cometieron los crímenes.