
Mohamed ag Hamadida enseña
la lengua tuareg a un niño de Yebok, al norte de Malí.
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Los tuareg, que durante mucho
tiempo desconfiaron de la escuela, comienzan a aceptarla. Pero, ¿qué
sistema debe adoptarse, la enseñanza ambulante o la sedentarización
de los alumnos? Cada Estado tiene su propia solución.
No cabe duda, la situación ha cambiado.
Desde hace algunos años, en todos los campamentos, los padres valoran la escuela.
Quizá nuestra cultura nómada se esté transformando”, afirma
M. Khatta, representante de los padres de los alumnos de la pequeña escuela
de Imbassassoten, al sur de Tombuctu (Malí), que acoge a alumnos peul y tuareg.
Las seis clases que la componen cubren los dos ciclos fundamentales, de seis a 12
años y de 12 a 18 y, además, el centro propone cursos nocturnos de
alfabetización de adultos.
En otros lugares, la situación invita a la cautela. La escuela de Yebok, por
ejemplo, a 40 kilómetros al este de Gao, cuenta este año 254 alumnos
en las cuatro clases de primer ciclo y sólo 25 en las cinco de segundo ciclo.
Su director, Mohamed ag Hamadida, se queja de la “evaporación” anual del 15%
de los alumnos. Esto se debe, explica, a las condiciones de vida: algunos campamentos
están situados lejos de la escuela y la tradición considera que la
cría del ganado es más importante que la asistencia a lo que aquí
llaman “la escuela francesa”.
En los primeros años, la enseñanza es impartida en las diferenteslenguas
maternas, conforme al sistema pedagógico “convergente”. En el primer año,
el 75% de la enseñanza es en tamazight, la lengua materna de los tuareg. Paulatinamente,
el francés asume un lugar cada vez más importante hasta convertirse,
a partir del sexto año, en el único idioma oficial de enseñanza.
La escolarización “moderna” remonta al tiempo de la colonización francesa.
Entonces, los jefes tuareg, que no la aceptaban, reemplazaban a sus hijos con otros
niños que arrebataban a las familias vasallas. Después de la independencia
de los distintos países, la desconfianza respecto a esta institución,
alejada de la cultura tradicional y culpable de fomentar la sedentarización,
persistió. Pero los acontecimientos recientes han modificado completamente
esta percepción. Las grandes sequías de 1973 y 1984, la rebelión
armada de principios de los 90 y la represión han provocado éxodos
repetidos. Después de los acuerdos de paz (firmados por primera vez en 1992
en Malí y en 1995 en Níger) las poblaciones desplazadas comenzaron
a retornar con la ayuda del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados
(ACNUR).
Desde entonces, al constatar que la escolarización ayudaba a encontrar trabajos
diferentes a la cría nómada de animales y promovía la inserción
de los tuareg en la administración, los padres adoptaron una actitud nueva.
Hoy, numerosas organizaciones intervienen en la escolarización de los tuareg:
el Banco Mundial, la Cooperación francesa y neerlandesa, la Organización
de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), US Aid, o el Banco Islámico
para el Desarrollo. Por su parte, también los Estados se preocupan de este
problema.
En enero de 2000, Emmanuel Sagara, director regional de enseñanza primaria
de la región de Gao, presidió en N’Djamena (Chad), un seminario de
pedagogos y administradores de Burkina Faso, Mauritania, Níger, Chad y Malí.
En él se constató que cada país sigue una política muy
diferente. Chad mantiene las “escuelas nómadas”, cuyos profesores se desplazan
junto con los campamentos. Níger prefiere una semisedentarización:
los niños van a la escuela seis meses al año y pasan los otros seis
en los campos de pastoreo. Malí promueve la implantación de zonas con
perforaciones para el agua y edificios escolares alrededor de los cuales los pastores
viven como nómadas.
Según Sagara “en la región de Gao el índice de escolarización
de los niños de 6 a 12 años es de 36%”. Las niñas representan
el 18% de los alumnos. Pero no existen datos sobre el grado de escolarización
de los niños nómadas, porque el idioma y el origen cultural no son
considerados referencias pertinentes. También Suleyman ag Mehdi, responsable
de la ONG Télouet para el desarrollo del Norte de Malí, observa un
cambio de mentalidad. Consciente del riesgo de pérdida de la propia cultura
de los jóvenes tuareg escolarizados, subraya que son ellos mismos quienes
han de desarrollarla, creando instituciones como editoriales, periódicos,
centros de investigación y documentación o museos, que hasta ahora
brillan por su ausencia.
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