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Desaparición digital
Sara Gould, Marie-Thérèse Varlamoff, respectivamente, encargada del programa para el acceso universal a las publicaciones de la IFLA (Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas) y directora de preservación y conservación de la Biblioteca Nacional de Francia, París.
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Hace algunos años, las bibliotecas nacionales que podían permitírselo emprendieron la digitalización de sus fondos.





En un futuro próximo, los estudios de historia de la literatura se verán frustrados si todo el material disponible se limita a un disquete con una versión final “perfecta” sin borradores, dudas, notas, dibujos o garabatos.

En la era de Internet, miles de páginas nacen y mueren cada día ¿Cómo conservar el inmenso patrimonio digital mundial? Archiveros y bibliotecarios ensayan nuevos métodos.

Los pasos tambaleantes de Neil Armstrong en la luna están grabados en la memoria de al menos una generación. Sin embargo, 30 años después, la mayor parte de los datos relacionados con aquella misión se ha perdido. Al parecer, a la Nasa no se le ocurrió conservar el equipamiento y el software necesarios para leerlos. Si la plaga de la obsolescencia tecnológica puede causar tal pérdida a la agencia espacial más importante del mundo, es fácil entender el reto que supone para las bibliotecas nacionales preservar el patrimonio mundial digital.
Hace tan sólo unos años, los archiveros veían las nuevas tecnologías digitales como un regalo de los dioses. Con la popularización de Internet y del correo electrónico, no faltó quien profetizara la desaparición de las obras impresas. Las bibliotecas que se lo podían permitir empezaron a digitalizar sus preciosas colecciones. En vez de someterlas al deterioro infligido por los eruditos en su búsqueda incesante de información (páginas desgastadas, lomos estropeados), grabaron sus principales obras en CD-ROM consultables en unos minutos. En un abrir y cerrar de ojos, las bibliotecas mejoraban de forma significativa el acceso a sus colecciones.
Sin embargo, es posible que al digitalizar a diestro y siniestro se hayan destruido recursos valiosos. Al carecer de una estrategia coordinada, algunas organizaciones hermanas hicieron copias digitales de los mismos materiales cuando, con un poco de orden, podrían haber ofrecido una selección más amplia. Algunos, convertidos al culto de las nuevas tecnologías, han pecado de exceso de celo al seleccionar –por no decir tirar– documentos antiguos, como los periódicos. Finalmente, algunas de las instituciones más prestigiosas, tras exhibir orgullosamente lo mejor de sus colecciones en la Red, están empezando a ver la otra cara de la moneda. Las versiones digitales incitan al gran público a conocer la obra en sí, físicamente, y eso significa que documentos como la Constitución corren peligro al querer ser consultados por muchas personas.
Resulta irónico que, en la lucha por constituir y preservar archivos, la digitalización no sea la supuesta salvadora. En efecto, la tecnología es tan nueva que no se sabe cuál es la longevidad de, por ejemplo, un CD-ROM. Un riesgo más inmediato es la velocidad del progreso tecnológico. “El gran creador se convierte en gran destructor”, advierte Stewart Brand, futurólogo estadounidense. Podemos leer manuscritos de más de mil años pero hemos perdido ya algunos materiales que no cumplieron los 20.
Este es el caso de los primeros disquetes. Es prácticamente imposible encontrar las macizas máquinas, las piezas de recambio, el software y los técnicos especializados que requieren. Hoy día, el software capaz de leer las versiones anteriores suele estar limitado a una o dos generaciones; es insuficiente ya que el ciclo de vida medio del material no supera los 18 meses. En un estudio realizado en 1998, el Research Libraries Group estadounidense descubrió que la obsolescencia impedía a casi la mitad de sus instituciones miembros (15 de cada 36) acceder a parte de sus datos digitales. A la espera de una solución a largo plazo, los archiveros siguen dependiendo de una auténtica reliquia para permitir la consulta de las colecciones dañadas en soporte de papel: el microfilme. Sin embargo, este recurso tradicional no resuelve el problema que supone la nueva generación de documentos 100% digitales, aquéllos totalmente creados en el ordenador, como los sitios web y los boletines electrónicos.
Consideremos el caso de los documentos continuamente actualizados en la Red. ¿Se deben preservar todos los borradores o sólo la versión final? Los manuscritos de las grandes obras literarias son auténticos tesoros para los eruditos. Por ejemplo, la magnífica letra de Victor Hugo y los impresionantes dibujos con los que llenó los márgenes de su papel azul pálido favorito tienen un gran valor histórico. En un futuro próximo, los estudios de historia de la literatura se verán frustrados si todo el material disponible se limita a un disquete con una versión final “perfecta” sin borradores, dudas, notas, dibujos o garabatos.
Lo mismo pasa con el correo electrónico. Hace un siglo, los escritores famosos comunicaron sus movimientos, descubrimientos y emociones a sus amigos y familiares en unas cartas que a menudo han sido preservadas como parte de nuestro patrimonio cultural, permitiendo situar las obras literarias en el contexto de la vida y el pensamiento de su autor. El almacenamiento de e-mails se considera cada vez más como una carga para el sistema informático. ¿Los ordenadores van pues a impedir que se conserve la memoria de los genios literarios actuales?
Otro ejemplo es el de los numerosos enlaces de las publicaciones electrónicas. La euforia que invade al internauta cuando navega por la Red se convierte en angustia cuando se trata de preservar ese mar de informaciones.
Las bibliotecas nacionales están probando dos enfoques diferentes. Debido al extraordinario volumen de material almacenado en el web, los archiveros australianos se están convirtiendo en “seleccionadores” que examinan y escogen los materiales destinados a un registro electrónico nacional. Para ser elegido, un documento debe tratar del país o ser particularmente relevante para los intereses del mismo. También puede ser obra de un australiano considerado una eminencia en un tema de importancia internacional. Si bien este enfoque parece ser el más práctico, puede resultar demasiado selectivo. Cuando en 1810 Napoleón saqueó los archivos del Vaticano y los envió a París, los franceses sólo salvaron los documentos con un interés inmediato y evidente. El segundo enfoque consiste en salvar el dominio electrónico entero de un país. Suecia, en colaboración con otros países nórdicos, ha iniciado este ambicioso proyecto. Gracias, en gran parte, a un robot que toma “fotos instantáneas” de la red, el registro electrónico central sueco ya dispone de más de 58.000 elementos —desde publicaciones on-line hasta actas de conferencias. Ambos enfoques plantean dos problemas: el coste y los conflictos sobre propiedad intelectual. En algunos países, los editores deben entregar una copia de cada nueva publicación a las bibliotecas nacionales. Sin embargo, esta normativa no siempre es aplicable en el ámbito electrónico. Si bien algunos editores entregan de forma voluntaria una copia de obras “móviles”, como los CD-ROM, las obras efímeras como los boletines electrónicos son prácticamente intocables por motivos legales. Al suscribirse a un boletín, las bibliotecas o los particulares no compran realmente una “copia”, sino un derecho de acceder al material. ¿Están autorizados a ofrecer este acceso al público? ¿Qué pasa si una biblioteca cancela una suscripción? No siempre están autorizadas a publicar u ofrecer un acceso público a ediciones antiguas por las que pagaron. Tanto las bibliotecas nacionales como los editores se ven abocados por motivos financieros a allanar diferencias, asociarse y crear nuevas prácticas. Los editores no quieren asumir la responsabilidad de la preservación pero, a la vez, no pueden permitir que sus colecciones se vuelvan obsoletas.
Por su parte, a los archiveros les cuesta más caro adquirir una publicación electrónica que una tradicional. Por ejemplo, la biblioteca nacional de Australia estima que una persona necesita un día de trabajo completo para lograr la primera versión de una publicación en línea, es decir, cinco veces más que en el caso de una obra impresa. Según un estudio de la British Library, resulta aproximadamente 20 veces más caro preservar una publicación digital durante 25 años que una edición impresa.
Una gran parte de los costes se dedica a “refrescar” los documentos digitales. Cada cinco o diez años, las colecciones electrónicas deben “migrar”, según la jerga de los archiveros, hacia una configuración informática actualizada. Lamentablemente, dicha “migración” conlleva riesgos. Los formatos y la presentación pueden cambiar y algunas secciones desaparecer. ¿Es realmente importante que el aspecto y el estilo de un sitio web cambien si el contenido se mantiene?
Para algunos archiveros, la “migración” no es más que una solución provisional en espera de que se pueda realizar la “emulación”, en la que una combinación de software y equipamiento conseguirá imitar el comportamiento de plataformas y sistemas operativos obsoletos. En definitiva, se trata de desarrollar una especie de mini-archivo para “recordar” a los ordenadores su pasado. Sin embargo, las maravillas tecnológicas sólo son una parte de la solución para preservar los documentos digitales, que sigue necesitando, sobre todo, de una mejor relación entre bibliotecarios y editores.