
Tuenjai Deetes (a la izquierda), en la región de Chiang Rai.

Cerca de la frontera de Myanmar, los Akhas emplean la técnica de la chamicera.

Tailandia

Una mujer akha hace la compra en Chiang Rai
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Una vida en las
montañas
En 1973, los estudiantes universitarios
de Tailandia organizaron manifestaciones masivas por el restablecimiento de la democracia
y el fin de la dictadura militar. En respuesta, las autoridades sometieron a vigilancia
todas las actividades estudiantiles que se desarrollaban en el país. La labor
de Tuenjai Deetes, profesora voluntaria en Baan Pangsa, una aldea en las montañas,
no constituyó una excepción. Pese a la intimidación de que fue
objeto, Deetes prosiguió su misión. En 1976, después de una
revuelta estudiantil brutalmente reprimida por las autoridades militares, que habían
tomado el poder en octubre de ese año, la fuerza pública fue a detenerla.
Ella recuerda haber contestado: “Creo en la paz y en la no violencia. Deseo proseguir
mi labor con las tribus de las montañas.” Inicialmente escépticas,
las autoridades le permitieron continuar sus actividades y finalmente logró
el apoyo del gobierno. Durante todo su combate, tuvo la prudencia de no tomar partido
en los conflictos étnicos y de evitar todo enfrentamiento directo con los
barones de la droga en esa zona fronteriza, particularmente sensible.
Menuda y vivaz, Tuenjai Deetes, que tiene 48 años, viaja de una aldea a otra.
Con el correr del tiempo, se ha granjeado el respeto y la admiración de la
población, que la ha elegido ahora senadora independiente en Chiang Rai, capital
de la provincia montañosa del Norte de Tailandia en la que trabaja.
En 1986 Tuenjai Deetes creó la HADF, cuya misión es ayudar a las tribus
a hacer frente a los problemas ambientales y de desarrollo social. La HADF trabaja
actualmente en 27 aldeas a orillas de los ríos Mae Chan y Mae Salong, en la
frontera birmano-tailandesa. Casada y madre de dos hijos, su labor le valió
el Goldman Environmental Prize en 1994, otorgado anualmente a quienes realizan actividades
en favor del medio ambiente. En 1997, con motivo del XXV aniversario del Programa
de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, fue designada como una de las “25
activistas femeninas destacadas” por su dedicación a la protección
del planeta.
El objetivo de Deetes para los años venideros es formar a nuevos voluntarios
que trabajen con las tribus de las montañas y crear una red de organizaciones
en la región. “Sola, no puedo cambiar los gobiernos del mundo. Pero los grupos
pequeños son capaces de influir en las grandes decisiones y de señalar
la orientación adecuada”, afirma sin alzar la voz.
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A comienzos de los
años setenta, cuando numerosos tailandeses estimaban que las tribus de las
montañas del Norte1 constituían un peligro para la seguridad del país,
usted empezó a trabajar con ellas. ¿Por qué?
Yo era estudiante en Bangkok y oía todo tipo de historias sobre las tribus.
Se las acusaba de tráfico de drogas, de prostitución y de incendiar
bosques para transformarlos en tierras cultivables. Algunas de ellas habían
huido de los conflictos étnicos de los países vecinos, Birmania, Lao,
China y Camboya. Quise enterarme por mí misma de la situación y me
incorporé a un programa de enseñanza de la lengua tai a cargo de voluntarios.
Vi enseguida que esas acusaciones carecían de fundamento.
Primero pasé una temporada con los lizu, en la provincia de Chiang Rai. Nacida
en Bangkok, yo era una joven de la ciudad que jamás había escalado
una montaña. Nunca olvidaré lo grato que resulta, tras trepar horas
por los senderos, encontrarse en una aldea apacible en medio de la inmensidad del
bosque. Descubrí asombrada que la gente de la montaña llevaba una existencia
simple y tradicional, en armonía con el entorno. No entendía su idioma,
pero sabía, sentía que su corazón era puro. Su espíritu
fue una inspiración para mí. Quise entender y compartir su filosofía,
su manera de vivir que permite a los mayores transmitir su saber a los jóvenes.
El jefe de la primera aldea donde residí se portó conmigo como un padre.
Me invitó a quedarme allí y me propuso construirme una choza, a cambio
de lecciones de tai a los niños y a los adultos. A causa de su aislamiento,
eran muy pocos los lizu que hablaban tai. Llegamos a un acuerdo: hasta que dominaran
el idioma, yo les serviría de intermediaria con las demás tribus, con
el gobierno y con la sociedad en general.
¿Qué problemas tenían estas tribus?
Casi la mitad no tenía la nacionalidad tailandesa, aunque sus miembros
vivieran en el país desde varias generaciones. Así sucedía con
los lizu, por ejemplo. En consecuencia, carecían de todo derecho legal sobre
las tierras que cultivaban. A causa de la deforestación, el gobierno trataba
de proteger regiones enteras, creando reservas naturales. Existía un conflicto
entre las tribus y las autoridades sobre esta cuestión.
En las montañas no había ningún servicio público: ni
carreteras, ni escuelas, ni hospitales… Alrededor de 90% de la población era
analfabeta, el índice de natalidad era tres veces más elevado que en
el resto del país, y la mortalidad infantil, dos veces superior. En resumen,
los habitantes de las montañas eran los más desfavorecidos de Tailandia.
Sin embargo, no se consideraban excluidos, ya que la naturaleza les permitía
cubrir todas sus necesidades, incluso de medicamentos.
¿No se acusaba a las tribus de estar implicadas en el cultivo de opio?
Durante generaciones, los lizu, los hmong y otras tribus cultivaron opio. Las
personas mayores fumaban en las reuniones familiares y en las fiestas de los pueblos.
El opio entraba también en la composición de numerosos remedios tradicionales.
A esa altitud, hay que subsistir con sus propios recursos. Pero puedo asegurar que
ninguna tribu se ha enriquecido con el tráfico de opio.
La situación cambió al producirse un fuerte aumento de la demanda en
Occidente. La zona fronteriza entre Tailandia, Lao y Birmania fue explotada al máximo
por los traficantes de opio (a partir del cual se fabrica la heroína). Se
dio entonces a la región el nombre de Triángulo de Oro. Pero la represión
arreció sobre las tribus: las Naciones Unidas y el gobierno tailandés
decidieron sustituir el opio por cultivos comerciales de frutas y verduras. Estos
proyectos, muy nocivos para el medio ambiente, no contribuyeron a que las tribus
alcanzaran un nivel de vida mejor y más digno.
Los hmong sufrieron duramente los efectos de estas medidas. Para aumentar el rendimiento
de los cultivos de verduras, tuvieron que desviar el agua de los ríos y utilizar
abonos. Al reducir los recursos de agua y contaminar los cauces entraron en conflicto
con los granjeros tailandeses que vivían en las tierras bajas.
¿Y la deforestación? ¿No se ha acusado a las tribus de las montañas
de causar grandes daños a los bosques, desbrozando primero y quemando luego
los campos después de la cosecha para regenerar los suelos?
Tradicionalmente, las tribus utilizan poco la chamicera, sólo para procurarse
el sustento. Pero con la introducción de cultivos comerciales se ha desbordado
la capacidad natural de los suelos, ya degradados por la deforestación y la
erosión. Los akha, por ejemplo, empezaron a sembrar arroz en zonas escarpadas.
En la actualidad ensayan otros métodos.
En todo caso, no creo que los cultivos en campos incendiados sean la causa principal
de la deforestación. Las empresas forestales y otros grupos comerciales procedentes
del Sur tienen una gran responsabilidad en esta situación. El desarrollo de
Tailandia exige la explotación del bosque y de los demás recursos naturales.
Pero, ¿a qué precio? Por desgracia, en la actualidad nadie debate públicamente
este problema.
Usted fue inicialmente portavoz de las tribus. ¿Cómo fue cambiando
su misión?
Primero me gané su confianza, estudiando su lengua, su historia y su régimen
de parentesco. Pude así elaborar proyectos de enseñanza elemental.
El programa inicial de alfabetización, aplicado durante un año por
voluntarios de la Universidad Thammasat de Bangkok, culminó en la creación
de la Fundación para el Desarrollo de las Zonas Montañosas —HADF— (ver
recuadro). A partir de entonces, gracias a la ayuda de diversos organismos de financiación
y del gobierno tailandés, pudimos fundar escuelas para los niños y
para la formación de adultos.
Nuestra meta fundamental era brindar acceso a la educación formal a los niños
de las montañas. Pero para ello es indispensable lograr que se sientan orgullosos
de su historia y de sus valores. No se trata de que se adapten a los cambios sin
perder su propia cultura. En las escuelas dirigidas por la Fundación, conjugamos
el programa escolar nacional con una enseñanza específica que recoge
el saber tradicional.
Por otro lado, nos esforzamos por inculcar métodos de cultivo que favorezcan
una agricultura sostenible, como el de las curvas de relieve, o las tecnologías
para las tierras agrícolas inclinadas (SALT). Estas nuevas técnicas,
al reemplazar las chamiceras, regeneran los suelos, además de evitar la erosión.
Los grupos de defensa del medio ambiente tenían razón al combatir la
deforestación. La reacción del gobierno es más criticable: en
vez de buscar otras soluciones, decidió expulsar a las tribus de las zonas
forestales. Nuestra meta no es sólo introducir técnicas novedosas o
importadas, sino adaptar y revivir prácticas agrícolas tradicionales.
Los karen, por ejemplo, siguen empleando un sistema de rotación ancestral.
En vez de desbrozar íntegramente, se contentan con cortar las ramas en la
parte baja de los árboles. Luego alternan los cultivos entre diversas parcelas,
y los suelos pueden así renovarse.
Los proyectos de formación de esta índole apuntan también a
evitar los conflictos entre grupos que explotan los mismos recursos limitados. ¿Puede
hablarnos de las tensiones entre las tribus de las montañas, que viven en
las regiones húmedas, y los campesinos de las llanuras?
En los países tropicales como Tailandia, las aguas pluviales son drenadas
hacia los ríos gracias a los bosques. Se trata de un proceso natural complejo
y frágil. Cuando el bosque retrocede, el agua se escurre por la pendiente
y, como no alimenta los ríos, se pierde. Hay que adoptar medidas inmediatas
de preservación: el bosque húmedo engendra los ríos, pero también
resulta indispensable para numerosos ecosistemas.
Lamentablemente, toda la responsabilidad de la conservación del bosque recae
en las tribus de las montañas, sin que los que viven más abajo, en
los campos o las ciudades, modifiquen para nada sus hábitos. De hecho, éstos
últimos utilizan más agua que los primeros, por lo que es sumamente
injusto que las autoridades impongan restricciones a las tribus y las obliguen a
abandonar la región.
¿Por qué imponer a las tribus solamente todos los sacrificios? Preservar
el entorno es obligación de todos: ¿No queremos que esas tribus exploten
el bosque? Entonces busquemos con ellas otras soluciones. Nunca podré insistir
lo suficiente en la necesidad de instaurar entre las dos partes una relación
armoniosa.
En los últimos años el gobierno ha invertido en proyectos de desarrollo
en el Norte. ¿Cuáles son los resultados conseguidos hasta ahora?
Las infraestructuras esenciales, como las carreteras y la electricidad, han mejorado,
pero se ha invertido mucho menos en proyectos de educación o relativos al
medio ambiente porque los políticos no obtienen beneficios de ellos. Cuando
una empresa se presenta a una licitación para construir una nueva carretera,
por lo general la autoridad competente en la materia recibe una comisión.
Con el desarrollo de las infraestructuras, los contactos entre las tribus de las
montañas y los habitantes de las llanuras se han multiplicado, dando lugar
a nuevos problemas. El aislamiento en las alturas favorecía una visión
del mundo común, basada en la armonía con la naturaleza Ahora las tribus
se enfrentan con los símbolos del materialismo. En cierto modo, tropiezan
con los mismos problemas que los países en desarrollo.
El contacto con la publicidad despierta afanes de consumo. Los jóvenes, en
particular, quieren llevar vaqueros y conducir una moto o un coche como los habitantes
de la ciudad. Ya no les interesa trabajar la tierra, y sólo desean ganar dinero.
Muchos emigran a las grandes ciudades, lo que origina múltiples tensiones
sociales. Por ejemplo, en las urbes suelen verse obligados a prostituirse y regresan
a la montaña aquejados de enfermedades como el sida.
Poco a poco, el materialismo socava la identidad cultural. A este paso, temo que
las culturas tribales desaparezcan para siempre. Por eso, tribus, ONG y gobiernos
hemos de encontrar juntos los medios de mejorar las condiciones de vida de los pueblos
de las montañas y garantizarles derechos similares a los de los habitantes
de las llanuras, pero preservando su identidad cultural propia.
A propósito de derechos, muchas de esas personas ni siquiera tienen pasaporte
tailandés. ¿Por qué la nacionalidad plantea tantos problemas?
Desde hace siglos, por razones económicas y políticas, numerosas
tribus procedentes de países vecinos se instalaron en Tailandia. Por regla
general, los pueblos indígenas no respetan las fronteras nacionales. Conflictos
políticos o exigencias derivadas del entorno son la causa de sus desplazamientos.
Hasta 1992 era relativamente fácil conseguir documentos de identidad si uno
había nacido en Tailandia. Pero la legislación fue modificada a raíz
de las grandes corrientes de inmigración hacia la región provocadas
por razones económicas y políticas. Hoy los postulantes deben probar
que han nacido en Tailandia, y sus padres también. Pero, en la práctica,
los certificados de nacimiento no se conocen en las tribus. También tenemos
que pensar en la suerte de los que no han nacido en el país. ¿Cómo
podemos devolver personas a Myanmar, país donde la justicia es inexistente?
Es un asunto muy complejo. El gobierno tailandés no puede otorgar la nacionalidad
a todo el mundo. Dadas las circunstancias, hace todo lo que puede. Las migraciones
fronterizas provocan también tensiones en las tribus. Los hmong, por ejemplo,
carecen de espacio suficiente en el bosque para sus propias familias. Por eso, cuando
los conflictos étnicos obligaron a los hmong de Lao a cruzar la frontera,
la asociación de los hmong tailandeses los conminó a regresar a su
país en cuanto se estabilizara la situación.
Las tribus montañesas constituyen una atracción turística. ¿Han
aprovechado esa situación?
El ecoturismo y el turismo cultural deberían mejorar el entendimiento
entre personas de diversas partes del mundo. Pero, en realidad, las agencias de viajes
sacan partido de las tribus sin ni siquiera darse cuenta de ello. El Estado percibe
los ingresos del turismo, pero son muy escasos los fondos que se reinvierten en la
región. Sólo las agencias de viajes y algunos intermediarios sacan
beneficios.
Los turistas tienden a tratar a los pueblos indígenas como curiosidades exóticas.
Deberían aprender a respetar a las poblaciones locales y su cultura, pero
sólo vienen a tomar fotos. En las aldeas lahu y karen, a orillas del Mekong,
los niños se abalanzan hacia los barcos, con la esperanza de que los turistas
les arrojen chocolatinas o dinero. Y los que buscan turismo sexual también
se aventuran en las montañas. La comunidad interna cional debería adoptar
medidas eficaces para impedir estas prácticas.
¿En qué consiste la labor de una ONG que defiende la causa de los
pueblos indígenas de Tailandia? ¿Mantiene contactos con otras ONG en
el extranjero, y en torno a qué aspectos?
Muchas personas critican a las organizaciones no gubernamentales y su labor o estiman
que practican la oposición sistemática al gobierno. Algunos periódicos
nacionales acusan a las ONG de vender la miseria del país en el extranjero
para obtener financiación exterior. A mi juicio, la función primordial
de las ONG, en un país como el mío, es brindar a los sectores desfavorecidos
la oportunidad de expresarse: al dar a conocer un punto de vista diferente, abrimos
otras perspectivas a nuestra sociedad. Estoy convencida de que la mayor parte de
los miembros de las ONG se dan cuenta de que no pueden cumplir su misión aisladamente
y que necesitan la cooperación de otros sectores de la sociedad.
La labor con grupos indígenas a nivel internacional me ha enseñado
mucho, sobre todo a través de la Red de Acción de los Bosques Húmedos.
En muchos aspectos, en Malasia, Filipinas e incluso Nigeria, estamos empeñados
en una misma lucha, con poblaciones deseosas de que se reconozca su derecho a la
tierra y a los demás recursos, a vivir decentemente y que requieren protección
contra las multinacionales que saquean sus riquezas, como la madera, el petróleo
y los minerales.
En nombre de la investigación científica, las empresas ganan fortunas
patentando los conocimientos y medicinas tradicionales de los pueblos indígenas.
Actualmente se utiliza incluso a las tribus con fines de investigación genética,
sin la más mínima retribución. En Tailandia son sobradamente
conocidos varios casos de explotación de los conocimientos tribales por empresas
occidentales. Pero la complejidad de la legislación no permite hacer nada
para poner coto a estos abusos.
También son criticables las políticas estatales de gestión de
los recursos. Como sucede, por ejemplo, cuando los países asignan a ciertas
regiones forestales el estatuto de zonas protegidas, ignorando los derechos de los
pueblos aborígenes que han vivido en ellas desde tiempos inmemoriales. Hasta
hace poco, las grandes campañas de defensa del medio ambiente y los tratados
correspondientes no tenían en cuenta la existencia de los pueblos indígenas.
A comienzos de los años noventa, las Naciones Unidas proclamaron el Decenio
Internacional de las Poblaciones Indígenas del Mundo (1995-2004), pero los
resultados obtenidos son insignificantes. Sólo unos pocos países han
adoptado medidas dirigidas al reconocimiento de sus derechos.
Esta iniciativa tiene no obstante un aspecto positivo: los distintos grupos coordinan
sus esfuerzos en el plano internacional e intercambian experiencias. Pero ha llegado
el momento de que se integren en las organizaciones internacionales, como el Banco
Mundial o la Organización Mundial del Comercio, para participar plenamente
en el debate sobre el futuro del planeta.
1 En su mayoría
dichas poblaciones emigraron de China, de Birmania y de Lao en los últimos
200 años.
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