
El director chino Jiang Wen
tras recibir el Gran Premio del Festival de Cannes 2000.
|
El
cine, por supuesto, es el arte más internacional.
Eisenstein,
cineasta soviético (1898-1948)
|
|
El Festival de
los Tres Continentes
Creado en Nantes (oeste de Francia), en 1979
por dos hermanos, Philippe y Alain Jalladeau, empujados por su pasión por
el cine y los viajes, el Festival de los Tres Continentes, primero del mundo dedicado
a las cinematografías de Asia, Africa y América Latina, ha exhibido
hasta ahora más de un millar de películas. A través de obras
de ficción en estreno exclusivo, retrospectivas de cineastas, homenajes a
un actor o una actriz, presentación del cine de un país o de una entidad
cultural, el festival multiplica sus miradas.
La regla de su selección es reflejar las realidades social, histórica
y cultural de esos tres continentes. De Uzbekistán a Irán, de Palestina
a Egipto, de Malí a Níger, o de India a China, pasando por Corea del
Sur, Brasil o Bolivia, el festival siempre se ha inscrito en la perspectiva de una
expresión cinematográfica distinta. También ha descubierto las
primeras películas de cineastas reconocidos después como verdaderos
autores impregnados de una fuerte cultura nacional: el maliense Souleymane Cissé,
el chino Chen Kage, el iraní Abbas Kiarostami, los taiwaneses Hou Shiao-hsien
y Tsai Ming-liang, o el kazako Dejan Omirbaev. El festival también ha contribuido
a recuperar a los indios Satyajit Ray, Ritwick Ghatak, y Guru Dutt, al japonés
Shohei Imamura o al brasileño Nelson Pereira dos Santos. La cita: del 21 al
28 de noviembre, en Nantes.
Más información:
www.3continents.com y www.cinema.diplomatie.fr
|
|
Las cinematografías
de Asia o de Irán sorprenden, maravillan. Su vitalidad garantiza la perennidad
del cine de calidad y la resistencia a la hegemonía estadounidense.
Sí,
el cine conserva una vitalidad asombrosa. Todavía hoy hay creadores que nos
sorprenden y entusiasman, sobre todo en Asia. La calidad de los filmes de ese inmenso
continente progresa constantemente. Nuevos talentos procedentes de allí se
imponen a los cineastas estadounidenses y europeos.
La edición 2000 del Festival de Cannes subrayó esa vitalidad extraordinaria.
La iraní Samira Majmalbaf, con los profesores errantes de Takhté Siah
(La pizarra), desbancó a películas más sofisticadas, como la
irónica O Brother where art thou? de los hermanos Coen. Mientras la muy nórdica
Dancer in the Dark del danés Lars von Trier conquistaba la Palma de Oro, el
chino Jiang Wen ganó el Gran Premio, Tony Leung, de Hong Kong, fue elegido
mejor intérprete masculino y el taiwanés Edward Yang mejor director.
El festival de Locarno confirmó esta tendencia, ortogando su Leopardo de Oro
a Baba, de Wang Shuo (China) y un Leopardo de plata a Little Cheung, de Fruit Chan
(Hong Kong). A su vez, en septiembre pasado, la Mostra de Venecia reservó
un lugar notable a las películas orientales y coronó otro iraní,
Jafar Panahi, autor de Deyereh (El círculo)
La emergencia de cinematografías nuevas no es un fenómeno de ahora.
A principios de los 60, la “nouvelle vague” francesa propuso la fórmula mágica.
En Polonia (Roman Polanski, Jerzy Skolimowski...), en Checoslovaquia (Milos Forman,
Ivan Passer...) en Japón (Nagisa Oshima, Shohei Imamura...), o en Brasil (Glauber
Rocha, Ruy Guerra...) también la aplicaron. Aquel decenio y los siguientes
fueron ricos en insurrecciones creadoras. Con la perspectiva que da la distancia,
puede decirse que esas “nuevas olas” (puesto que este término se generalizó
y se hizo mundial) fueron reflejo de una fuerte contestación, de una ruptura
con la tradición. Sus pioneros reivindicaban una mayor libertad de expresión
para escapar a las cortapisas que imponía la industria cinematográfica
de la época.
El contexto que encuentran ahora las “nuevas olas” es distinto: la industria estadounidense
ha confirmado su posición hegemónica, apropiándose de la casi
totalidad de las salas de cine del mundo. Al controlar la distribución, el
campeón mundial del cine de diversión aplasta a sus hipotéticos
competidores con el rodillo de un marketing agresivo. En ese movimiento de conquista,
la creatividad del cine estadounidense se ha erosionado singularmente. Por ejemplo,
hoy es difícil encontrar en los Estados Unidos un equivalente de John Cassavetes
que nos deslumbre y abra caminos con un nuevo Shadows (1960).
Los críticos internacionales y los festivales siguen jugando un papel relevante
a la hora de dar a conocer nuevas cinematografías y nuevos autores. En su
día, los franceses Langlois, Bazin o toda la “banda” aglutinada alrededor
de los Cahiers du Cinéma hicieron mucho por el reconocimiento de numerosos
cineastas japoneses, indios, soviéticos, escandinavos, estadounidenses, etc.
Los festivales –Cannes, Venecia, Berlín, Locarno, San Sebastián, Nantes…–
descubren talentos y ayudan a sostener la carrera de artistas importantes. Los críticos
o los certámenes no crean una realidad distinta, pero la hacen emerger.
Frescura
y sensibilidad, claves del éxito iraní
La cinematografía
taiwanesa nos proporciona un buen ejemplo de esa manera de funcionar. Al premiar,
en 1984 y 1985, dos películas del taiwanés Hou Hsiao-hsien, el Festival
de los Tres Continentes reveló a un cineasta que pronto adquiriría
el reconocimiento unánime de la crítica internacional. Al mismo tiempo,
los responsables taiwaneses decidían apoyar a los realizadores más
prometedores, favoreciendo así la emergencia de una cinematografía
nueva. Pero, lamentablemente, esa política no ha tenido continuidad. Hou Hsiao-hsien,
Edward Yang y Tsai Ming-liang han podido encontrar, gracias a su renombre, fuentes
de financiamiento fuera de Taiwán, pero para los directores jóvenes
empezar vuelve a ser muy difícil.
La hegemonía del cine de Estados Unidos ha hecho estragos en algunos países
asiáticos. En Indonesia, por ejemplo, donde a principios de los 80 existía
una verdadera industria, la producción ha disminuido en poco tiempo de 60
a dos o tres películas por año. Al acaparar la distribución,
las empresas estadounidenses han logrado controlar el 99% del mercado y, en consecuencia,
asfixiar la creación indonesia. No es de esperar que la situación cambie
en los próximos años, a menos que se extienda el ejemplo del peculiar
patriotismo cultural de Corea del Sur.
El más bello ejemplo de vitalidad nos viene hoy del Irán. Cualquier
cinta iraní nos sorprende, nos maravilla, nos revela más humanidad
que la gran mayoría de la producción estadounidense. Frescura y simplicidad
son las claves del éxito iraní. La cinematografía persa existía
desde mucho antes de la llegada –1979– de los religiosos al poder. Abbas Kiarostami
(por citar sólo al más célebre de los cineastas iraníes
actuales), ya había realizado filmes formidables, como Mosafer (El viajero),
en 1974 o Gozaresh (El informe, película muy cercana al trabajo de John Cassavetes)
en 1977, pero hubo que esperar a la edición de 1988 del Festival de los Tres
Continentes para descubrir fuera de su país una película de Abbas Kiarostami,
con Khaheh-Ye Doust Kojast (¿Dónde está la casa de mi amigo?).
El nuevo régimen no hizo nada por exportar su cine, y pocos eran los festivales
que podían exhibir el trabajo de esos cineastas. Tuvieron que transcurrir
años antes de que el público se diera cuenta de la magnitud de su creatividad
o comprendiera por qué resortes, a pesar de la censura, lograban hallar una
escritura personal, original y fuerte.
Otro país asiático atraviesa un gran momento: Japón. A pesar
de que no siempre ha merecido la atención occidental, el cine japonés,
basado en una estructura industrial calcada de la de Hollywood, producía mediados
los años 50 más de 600 títulos anuales y contaba con nombres
como los de Kenji Mizoguchi, Mikio Naruse, Yasujiro Ozu o Akira Kurosawa. Su primera
“nueva ola” nos reveló a Nagisa Oshima o Shohei Imamura, mientras que ahora,
abordando la realidad social de manera directa, encontramos a Takeshi Kitano, Kiyoshi
Kurosawa, Shinji Aoyama o Shinya Tsukamoto.
Las nuevas cinematografías garantizan la perennidad del cine y la resistencia
a la voluntad hegemónica de Hollywood. En Argentina o en Corea del Sur, en
Brasil o en Egipto hay cineastas que nos ayudan a ver el mundo y la realidad bajo
otro prisma, lejos de ciertos moldes narrativos y de la uniformización estética
que impone una industria cinematográfica que sueña con el control del
planeta. Mientras los críticos y los festivales no se dejen avasallar por
ese sueño, seguirán existiendo también otros espectadores, espectadores
deseosos de diferencias y excepciones. Si es así, entonces no habrá
razones para el pesimismo.
|