
El cine cambió la visión del mundo de Moshen Majmalbaf. En la imagen,
el director iraní con su hija menor.
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IRÁN
Puesto en la clasificación mundial
de filmes producidos (1999): 13º
Porcentaje del cine nacional en la recaudación total (1998): 95%
Número de películas producidas:

Población total (millones de habitantes)
1988: 51,9
1998: 65,8
Número de pantallas:
1988: 279
1998: 285
Los datos correspondientes al número de entradas vendidas y
a la inversión total en producción no se encuentran disponibles.
Fuentes: Screen Digest.
Correo electrónico: David.Hancock@
screendigest.com.
Instituto de
estatistica de la UNESCO.
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La república islámica
dio carta de ciudadanía al cine con fines de propaganda, pero, al imponer
una visión personal de la realidad, una generación de cineastas ofrece
al mundo una imagen diferente de Irán.
En Irán el cine conquistó su legitimidad (a
juicio de los creyentes) con la revolución de febrero de 1979. Antes de esa
profunda transformación política, consecuencia del descontento popular
frente el régimen del shah y que desembocó en una “república
islámica” bajo la égida del ayatollah Rutollah Jomeini, el clero siempre
había estigmatizado el séptimo arte.
El cine apareció en Irán a comienzos del siglo XX. Desde la apertura
de las primeras salas en Teherán, en 1904, los religiosos manifestaron su
oposición. Varios cines fueron incendiados con consecuencias a veces dramáticas:
en agosto de 1978, en Abadán, 400 personas perecieron en el Rex. La sala de
cine, símbolo del Occidente ateo y lugar de reunión popular que competía
con la mezquita, era vista por los mollahs como una amenaza directa contra su autoridad.
Además, el cine aparecía como blasfemo, pues mostraba imágenes
de mujeres sin velo y, más tarde, escenas de baile con acompañamiento
musical.
Los creyentes fanáticos no podían admitir la representación
iconográfica del ser humano: sólo Dios es el Creador y el que da forma
a los seres vivos. Toda representación figurativa está ausente de la
ornamentación de las mezquitas, sobre todo en Irán. Sin tradición
de expresión artística visual (con excepción de las miniaturas
de los siglos XIV y XV), las representaciones “imaginativas” pertenecían a
los escritores, fundamentalmente a los poetas.
Si bien el séptimo arte produjo, entre 1930 y 1979, unas 1.100 películas
de ficción proyectadas en 420 salas, lo cierto es que no tenía la más
mínima legitimidad a juicio de los ayatollahs. Los hijos de las familias más
estrictas sufrían incluso castigos corporales si iban al cine. Ahora bien,
con la llegada de Jomeini al poder se produjo un vuelco muy extraño.
De la noche a la mañana, el cine pasó a interesar a todo el mundo,
incluso a los religiosos. El nuevo régimen decidió que necesitaba un
control muy fuerte sobre la sociedad y se lo apropió, confiscó la imagen.
La propia representación del poder se hizo omnipresente en la televisión,
periódicos, carteles o cines. El séptimo arte, bendito y purificado
de ese modo, fue legitimado. En cambio, el cine extranjero, contrario a los valores
islámicos, fue prohibido. La producción iraní pasó así
a reinar sin rival en el territorio nacional.
Desde su exilio en Francia, el ayatollah Jomeini había cobrado conciencia
del papel de la imagen como instrumento eficaz de propaganda política. A su
regreso a Teherán, descubrió en la televisión el filme de Dariush
Mehrjui, La vaca (1969). En esa película, de un cierto realismo, el realizador
evoca la vida difícil de unos campesinos modestos en un pueblo aislado, donde
uno de ellos se identifica, tras la muerte del animal, con la vaca que era su único
bien. Esta ficción inspiró al jefe religioso un discurso acerca del
papel pedagógico del cine.
Desde el primer año de la revolución, todos los órganos del
Estado se pusieron al servicio de ese arte a fin de crear un “cine islámico”,
que debía ir por “buen camino”. Paralelamente, otro cine, que se situaba en
la tradición de las películas de calidad anteriores a 1979, nació
dolorosamente. En razón de una censura implacable, algunos cineastas crearon
un lenguaje que eludía los tabúes y se inspiraba en la realidad cotidiana
y en la poesía persa. Lograron imponerse gracias a su frescura y enfoque inocente.
Kiarostami, el pionero
La cabeza visible de este nuevo cine, Abbas
Kiarostami, uno de los fundadores del departamento de cine del Instituto de Desarrollo
Intelectual de los Niños y Jóvenes Adultos, creado en 1969, se opuso
con la cámara a los preceptos cinematográficos de Jomeini. En el momento
en que Irán e Irak se preparaban para una guerra particularmente cruenta (1980-1988),
el nuevo régimen, tras pocos meses de una democracia incipiente, se endureció.
A fines de 1979, en este contexto sombrío, Abbas Kiarostami rodó Alternativa
1, Alternativa 2, alegato contra la delación. En el filme, se valió
de testimonios de personas de diversas clases sociales, incluidos unos religiosos
que evidenciaban su incompetencia. Un panfleto tan directo y eficaz, que fue prohibido
de inmediato y aún no ha sido autorizada su proyección. Pero Kiarostami,
que se declara realizador laico, había puesto en marcha una maquinaria temible
para el régimen.
En sus películas criticó el control de los mollahs sobre la sociedad.
Arremetió contra el lavado de cerebro de los niños en Mashgh-e Shab
(Deberes, 1990). Luego, con Ta’m e guilass (El sabor de la cereza,1997), abordó
el suicidio, contrario a la ley islámica, cuyas causas hay que buscarlas en
Irán en una cierta desesperanza de la población frente a una sociedad
bloqueada. Y aludió a la improbabilidad del Más Allá en Bad
ma ra khabad bord (El viento nos llevará,1999).
No es el único realizador que se interrogó sobre la sociedad iraní.
Bahram Beyzai, en Bashu (1987), denunció las terribles consecuencias de la
guerra santa contra Irak, al igual que Mohsen Majmalbaf en Arousi-ye Khouban (La
boda de los bendecidos,1989). Amir Naderi evocó la actitud de las autoridades
frente a los desaparecidos, al comienzo del conflicto. Presentó una lectura
diferente de la cuestión en La Recherche 2, película que nunca ha podido
estrenarse. Ese realizador fue el primero desde la revolución en dar papeles
principales a los niños en Davandeh (El corredor,1985). Desde entonces se
convirtieron en los “actores” fetiches de este cine.
El tema está de actualidad, pues en Irán se registra una explosión
demográfica espectacular. En veinte años, la población casi
se ha duplicado y cerca de la mitad de los iraníes tiene menos de 20 años.
Los realizadores parten del adagio que asegura que “la verdad sale de boca de los
niños” para abordar la realidad a través de sus ojos.
De ser un cine de ensueño inspirado en parte en las series B egipcias o indias,
el cine iraní se ha lanzado por un camino que se halla entre el “neorrealismo
italiano” y la “nueva ola francesa”. Hace tabla rasa de los tabúes y dice
lo que no anda bien en Irán. Y lo que es peor, en opinión de los mollahs,
seduce a los turiferarios del régimen. El caso más espectacular fue
el de Mohsen Majmalbaf. Puro producto de la contestación que marcó
el final del reinado del shah, fue liberado al triunfar la revolución de 1979,
tras cuatro años de prisión. Se implicó a fondo en el nuevo
régimen y dirigió el Centro artístico islamista del teatro,
un organismo de propaganda, pero luego quiso hacer cine. Majmalbaf, que gozaba de
la confianza total de las autoridades, rodó Dastforoush (El buhonero,1987).
En él criticaba el régimen denunciando las “mentiras de la mezquita”.
Fue interpelado por los periodistas: “Majmalbaf, ¿en qué te has convertido?
¿Te has apartado de la línea?”. Respondió: “Descubrí
el cine y eso cambió mi visión del mundo.”
Durante una estancia en Europa, Les Ailes du Désir (El cielo sobre Berlín)
de Wim Wenders le impresionó hasta tal punto que, de regreso a Irán,
pronunció palabras blasfemas. “Si Dios envía un nuevo profeta, será
Wim Wenders”, declaró. A todo esto, rodó una película que contradice
algunos dogmas de la nueva sociedad. Nobat e Asheghi (Tiempo de amor,1990) muestra
la relación de una mujer casada con su amante. Contra toda expectativa, esa
película fue exhibida en el Festival de Teherán y atrajo a muchos espectadores
a las pocas proyecciones autorizadas. Este episodio costó el cargo al entonces
ministro de Cultura y hoy presidente del país, Mohamed Jatamí.
1990 marcó una nueva etapa. Occidente descubrió con sorpresa, en los
festivales, otra imagen de Irán. Su cine habla de cosas sencillas: la amistad,
la tolerancia, la solidaridad. Y así se inició el periodo de las distinciones
y los honores. “Antes Irán explotaba petróleo, alfombras y pistachos.
Ahora hay que añadir películas. Irán exporta su cultura, y eso
es bueno”, declaró Kiarostami, que en 1997 obtuvo la Palma de Oro en Cannes
por El sabor de la cereza. En 2000, una vez más en Cannes, el cine iraní
fue galardonado con tres recompensas: una otorgada a la hija de Majmalbaf, Samira,
de 20 años, la laureada más joven de la historia de ese festival por
Takhté Siah (La Pizarra) y la Cámara de Oro a Bahman Ghobadi Zamani
Barayé Masti Asbha (Estación para la embriaguez de los caballos, 2000)
y a Hassan Yektapanah (Djomeh).
En Irán existe hoy una auténtica cantera. Unos veinte cineastas de
talento, como Kiarostami, Majmalbaf, Jalili, Mehrjui, Beyzai, Forozesh, Naderi, Panahi...,
realizan 15% de las sesenta películas que produce anualmente el país
y aprovechan las divergencias entre los distintos organismos estatales para ganarse
un espacio de libertad.
Por primera vez, una ficción, El círculo, presentada en el Festival
de Venecia 2000, donde ganó el León de Oro, abordó el tema de
la prostitución, totalmente tabú hasta ese momento en la República
Islámica. Esta película excepcional de Jafar Panahi, de 40 años
(agraciado ya con la Cámara de Oro, en Cannes 1995, por Badkonake sefid, El
globo blanco), fue realizada sin presentar el guión a censura. Dicha voluntad
de ir siempre más lejos existe también entre los escritores o los periodistas,
algunos de los cuales fueron asesinados o encarcelados en 1999.
Con dificultades, las realizadoras han conquistado también su lugar detrás
de la cámara para tratar de la condición femenina: así, Rajshan
Banni-Etemad, Tahminé Milani y otras diez más se afirman en esta sociedad
“macho-islamista”.
Irán ha adoptado esta imagen contemporánea que es la imagen cinematográfica.
Documental o de ficción, la imagen se ha liberado y forma parte de la vida
cotidiana de la población. Todo iraní siente el hechizo de la imagen.
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