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2. Las nuevas olas
| Irán exporta cine | Corea del Sur: Libertad o amor | El rompecabezas chino | Kazajstán, una aventura efímera | Argentina: Entre melancolía y resistencia | Brasil, un renacimiento amenazado | La creación en el exilio | La técnica nunca ha sido enemiga del artista |
Talento a bajo costo

Brice Pedroletti, periodista francés instalado en Tokio
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© Collection Cahiers du Cinéma, Paris






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Bullet Ballet, de Shinya Tsukamoto, muestra una juventud japonesa al borde del abismo.




No hay cines nacionales, sino cineastas.

Youssef Chahine, cineasta egipcio (1926-)






JAPÓN

Puesto en la clasificación mundial de filmes producidos (1999):
Porcentaje del cine nacional en la recaudación total (1998):
32%
Número de películas producidas:



Población total (millones de habitantes)
1988:
122,6
1998:
126,3
Número de pantallas:
1988:
2.005
1998:
1.993
Entradas vendidas (millones)
1988:
144,8
1998:
153,1
Inversión total en producción (millones de dólares)
(1999):
1053,16


Fuentes: Screen Digest. Correo electrónico: David.Hancock@
screendigest.com
.






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Eureka, de Shinji Aoyama, película fetiche de la nueva generación de cineastas japoneses

El tono pesimista de los jóvenes realizadores japoneses acompaña una mirada crítica sobre su sociedad. Mientras, los grandes estudios agonizan.

El minúsculo bar del barrio de Shinjuku no ha cambiado desde la postguerra. Hileras de botellas de whisky tapizan los muros. La guardiana de ese templo vela celosamente sobre las botellas que llevan los nombres de cineastas del mundo entero. Las volverán a encontrar intactas cuando pasen nuevamente por Tokio. Para Masaki Tamura, es la escala favorita entre dos rodajes.
Este famoso director de fotografía trabajó con los grandes nombres del documental y de la ficción de los años setenta y ochenta. Un día, a comienzos de los noventa, fue contratado por un realizador conocido. En plena filmación, no pudo más. “Estaba harto. Los criterios eran los de siempre. Quise alejarme del cine. Dejé de rodar durante tres años. Creía que todo había terminado.” Hasta que conoció a Shinji Aoyama y firmó la imagen de su primera película, Helpless (1996). “Durante el rodaje todos los miembros del equipo tenían que saber desempeñar cualquier función. No hay otro remedio cuando se parte de presupuestos tan modestos. ¡Es un milagro llegar a hacer una película de tres horas en cinemascope sin dinero!”, dice Masaki Tamura.
A los 61 años, tiene los rasgos finos y la voz segura de un personaje de Ozu. “Al principio no entendía el lenguaje cinematográfico que esos jóvenes empleaban. Su manera de trabajar era nueva para mí. Me adapté y aprendí a expresar y poner en común las mías”. Desde entonces Tamura sólo trabaja para esa nueva generación cuya energía creadora ha revitalizado una cinematografía en decadencia.
Tienen entre veinte y cuarenta años, realizan películas de autor con cuatro cuartos en la ciudad más cara del mundo. Proceden de la tele, de la publicidad, de la historieta, y alternan diversos trabajos para ir saliendo adelante. A menudo intimistas, sus historias de perversión o de crímenes gratuitos escarban en el malestar difuso de una generación que rechaza los viejos principios del enriquecimiento como horizonte vital.
Al margen de los grandes circuitos, disponiendo, como única vía de distribución, de un ghetto de salas de arte y ensayo en el que la competencia es encarnizada, las películas del joven cine japonés nunca pueden dar grandes ganancias. Su financiación es un verdadero via crucis. Los presupuestos oscilan entre 100.000 y un millón de dólares. Las más de las veces, ni siquiera se tira un internegativo de la película (que permite hacer copias sin dañar el master), economía típica del cortometraje en otras latitudes.
“Para atender a los primeros gastos a menudo tengo que endeudarme. Luego comienza el rodaje. El equipo trabaja gratuitamente y, si todo va bien, cobrará más tarde. A continuación, muestro los rushes a editores de vídeo para tratar de convencerles de que inviertan”, dice Shinya Tsukamoto. Hombre orquesta, es a la vez realizador, cameraman, decorador, actor y productor. A los 40 años, ha sacado adelante seis películas como independiente (ha realizado otras dos con majors). Necesitó ocho meses para terminar Bullet Ballet (1998), su séptimo y penúltimo filme, con sus escenas callejeras rodadas casi clandestinamente. Como Tetsuo (1988) y Tokyo-ken (1995), cintas anteriores, Bullet Ballet respira, jadea al ritmo del esfuerzo del realizador y muestra una juventud en equilibrio al borde de un abismo de violencia.
De la misma manera en que, durante los años setenta, algunas majors se especializaron en la serie B o en la “fotonovela pornográfica”, que sirvieron de escuela a muchos cineastas, los realizadores contemporáneos dan sus primeros pasos gracias al “pinku eiga” (películas eróticas) o al filme de gángsters, pero con medios aún más reducidos que sus mayores. Rodadas en vídeo o en 16 mm, las películas están destinadas directamente al mercado del vídeo.
Kiroshi Kurosawa sigue realizando en 16 mm cine negro distribuido como vídeo y le insufla una dimensión filosófica insólita. Las dos obras de la serie Revenge II, Hebi no michi (1997) y Kumo no hitomi (1998), fueron rodadas una tras otra, en dos semanas cada una, con el mismo equipo y los mismos actores. El tema es común –la venganza– pero tratado de manera diferente. “No me disgusta rodar de este modo. En realidad, es un lujo poder hacer dos versiones de una misma historia”, admite. Lo mismo vale para Takashi Miike, maestro del filme de gángsters gore, y acostumbrado a rodar cuatro películas por año.
Takeshi Kitano, hermano mayor de la generación actual, ya había debutado así: se puso detrás de la cámara porque no le era posible combinar su trabajo como actor con la colaboración que le pedía un realizador de TV. Hoy, la Office Kitano produce las cintas que Kitano dirige e interpreta con absoluta independencia, aunque su modus vivendi sigue siendo la televisión.
Rara vez una nueva ola habrá hecho tanto de la necesidad virtud, creando su propia red para darse a conocer y con una libertad nunca igualada en la historia del cine japonés. La “nueva ola” de los años sesenta, a falta de otras posibilidades, no había podido o querido escapar a la dependencia financiera de las majors. Y mientras el cine atrae a un público numeroso, el compromiso entre independientes y grandes estudios se mantiene, pero cuando se venden menos entradas y llega la crisis económica, la industria renuncia a todo riesgo. Preocupadas por rentabilizar sus salas gracias a las películas extranjeras (70% de los ingresos de distribución), los dibujos animados (en 1999 se produjeron unos veinte), o las propias producciones, las tres últimas majors (Toho, Toei y Shochiku) han ignorado a los recién llegados.
La nueva ola de los años noventa tuvo que construirse sus escuelas, en sentido literal y figurado, en un país en el que la formación se recibía en el seno de las majors. Además del Festival Pia –un certamen que acoge películas de aficionados y produce todos los años el guión de un laureado–, el centro de cine experimental Image Forum, o incluso el instituto de cine creado por Shohei Imamura, nuevas escuelas de cine o de vídeo aparecen en la actualidad. Como la Eiga Bi Gakko, creada hace dos años por el productor Kenzo Horikoshi, donde a menudo la enseñanza es impartida por cineastas jóvenes de los que la propia escuela produce dos películas todos los años. Akihiko Shiota rodó varios “pinku eiga” antes de realizar en 1999 el notable Doko made itte mo, que muestra el despertar de tres niños en una ciudad suburbial y que la escuela produjo por apenas 200.000 dólares.
“Hacemos películas sin ninguna relación con el sistema de los grandes estudios”, dice Hirokazu Kore-Eda, autor de Wandafuru raifu. Como no deben nada a nadie, los realizadores jóvenes innovan con absoluta libertad. Para Wandafuru raifu, Kore-Eda, procedente del documental, envió a sus ayudantes a grabar en vídeo y durante cinco meses los “mejores recuerdos” de 500 ancianos. Tras analizar los rushes, hizo su reparto ideal y entró en contacto con las personas seleccionadas para aparecer en la película. Nobuhiro Suwa, realizador de M/Other, se ha construido en tres largometrajes un estilo sumamente personal basado en la improvisación y en planos muy largos, de a veces más de cinco minutos. H Story, su tercer filme, describe el rodaje de un remake (imaginario) de Hiroshima mon amour, en el que Béatrice Dalle revive el papel de Emmanuelle Riva.
Eureka, de Shinji Aoyama, presentada con éxito en el festival de Cannes del año 2000, explota un tema recurrente del cine japonés de los años noventa, el de una nueva vida, de la transición a una nueva etapa después de un traumatismo. Este largometraje muestra a tres supervivientes de una sangrienta toma de rehenes, un hombre y dos niños que, a lo largo de toda la película, procuran salir de un laberinto de angustia. Por su madurez técnica, estilística y narrativa, Eureka, rodada en cinemascope y en blanco y negro, se distingue del resto de la producción independiente, que, pese a toda su vitalidad, suele estar realizado de manera farragosa y dar demasiada importancia a la introspección. No es casual que sea una de las primeras películas de Suncent Cinema Works, la nueva sociedad de Takenori Sentoh, el productor más prolífico de los años noventa pese a haber sufrido dificultades durante mucho tiempo.
Sentoh, de 38 años, ha cumplido un papel importante en las primeras victorias de joven cine nipón. En 1992, se incorpora a la nueva cadena codificada Wowow y da una oportunidad a principiantes como Shinji Aoyama, con Helpless. En total, Sentoh produjo, para Wowow y otras, más de treinta y cinco películas en ocho años, entre las que figuran las revelaciones de los festivales de los últimos años. En 1999, creó su propia firma productora, Suncent Cinema Works. Aunque distribuir en el Japón siga siendo muy difícil, los éxitos de Sentoh en el extranjero y el auge comercial de Takeshi Kitano han galvanizado toda la producción independiente (de la que forman parte, ironía del destino, las ex-majors Daiei y Nikkatsu). Los inicialmente socios ocasionales del joven cine nipón (editores de vídeo, agencias de publicidad, radios y cadenas de televisión) prefieren ahora ser coproductores, y una infinidad de sociedades de multimedia (Little More, Uplink, Gaga…) alimentan una producción alternativa.
Al mismo tiempo, la descomposición del sistema de los grandes estudios se ha acelerado. Para escapar a la quiebra, la Shochiku vendió sus estudios de Ofuna. “Esto me recuerda el gekokujo”, observa el director de un escuela de cine, refiriéndose al periodo de los siglos XV y XVI en que los vasallos suplantaron a los señores en el Japón feudal. Takenori Sentoh, que para su nueva firma productora ha contratado ejecutivos procedentes de la industria y de la banca con la condición de que sean cinéfilos, declara: “¡Siempre me he preguntado si, en la industria cinematográfica japonesa, había alguien a quien le gustara el cine!”