
Seom, de Kim Ki-duk, es una buena muestra del nuevo cine coreano.
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El
neorrealismo es una postura moral desde la que se observa el mundo.
Roberto
Rossellini, cineasta italiano (1906-1977)
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COREA DEL SUR
Puesto en la clasificación mundial
de filmes producidos (1999): 14º
Porcentaje del cine nacional en la recaudación total (1998): 25%
Número de películas producidas:

Población total (millones de habitantes)
1988: 42
1998: 46,1
Número de pantallas:
1988: 696
1998: 528
Entradas vendidas (millones)
1988: 52,2
1998: 45,7
Inversión total en producción (millones de dólares) (1999):
111,7
Fuentes: Screen Digest.
Correo electrónico: David.Hancock@
screendigest.com.
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La democracia y las medidas de
protección contra los productos de Hollywood han permitido la eclosión
de un joven cine coreano.
Soplan vientos de revuelta en el cine surcoreano. Los profesionales
del séptimo arte luchan contra la apisonadora estadounidense, que trata de
suprimir todo obstáculo a la hegemonía de sus producciones. Los resistentes
no están todavía acorralados: su vitalidad cultural encuentra eco en
un amplio movimiento de ciudadanos que defiende con uñas y dientes a la nueva
generación de cineastas. “La diversidad de su imaginario y el éxito
comercial de sus cintas merecen nuestro reconocimiento. Saben lo que quieren expresar,
y eso es muy importante. Es un fenómeno nuevo”, afirma Lee Doo-yong que, a
sus 58 años, ha dirigido más de 50 filmes.
Los resultados económicos del joven cine coreano son sorprendentes. En 1999,
alcanzó una cuota de mercado de 37% (frente a 25% en 1998 y 18% en 1997),
un resultado en el que sin duda tuvo que ver el récord de 6,5 millones de
entradas vendidas por la película Swiri (a título comparativo, Titanic
no superó los 4,3 millones de entradas). Gracias a los providenciales ingresos
obtenidos con esa película, su autor, Kang Je-gyu, decidió producir
a jóvenes realizadores, renovar la red de distribución y sentar las
bases de una cooperación entre países asiáticos. Nuevas productoras
como Sidus, Cinema Service, Myung Film, East Film, Bom, etc. respaldan a los jóvenes
que ruedan sus primeras tomas. Fondos financieros o grupos inversores como Mirae
Esset, Unikorea, CJ Entertainement, National Technology Finance, etc. han tomado
el relevo de los grandes grupos industriales —los chaebols (conglomerados económicos)—
que se retiraron del cine durante la crisis económica de 1997-1998.
Aprovechando ese clima de recesión, Estados Unidos lanzó su ofensiva
contra la política de cuotas en vigor en Corea del Sur desde 1985. Esta medida,
garantía de la excelente salud del cine, es una cuota de pantalla que reserva
entre 100 y 146 días por año para proyectar películas coreanas.
La movilización de los profesionales surcoreanos, apoyados por Francia, hizo
retroceder a Washington.
A pesar de la caída de la producción que siguió a la crisis
económica, en 1998 se produjeron 18 primeras películas —el total fue
de 43—, siete de las cuales figuraron entre las 10 más vistas. En 1999, se
produjeron 22 primeras películas —ese año se rodaron 53 títulos—
y 10 segundas películas con un costo medio de producción de 1,4 millones
de dólares.
La emergencia de este joven cine se remonta de hecho a la segunda mitad de la década
de los 80, que marcó el final de los años de plomo inaugurados en 1961
por la larga dictadura de Park Chong-hee, a la que siguió la de Chun Doo-hwan.
Sin embargo, hasta 1971, el cine coreano había conocido una primera edad de
oro, con una producción de alrededor de 200 películas por año.
A pesar de la dictadura militar y de los efectos perversos de la guerra fría,
que paralizaban en buena medida la vida cultural, la sociedad estaba entonces en
plena ebullición, y el cine lo reflejaba.
El desfile de los imbéciles (1975) de Ha Kil-jong, simboliza ese periodo.
La escena final de este filme de referencia del joven cine sigue suscitando una emoción
inolvidable y ha inspirado una obra emblemática de la nueva ola, La declaración
de los imbéciles, de Lee-Jang-ho. Describe a una juventud que aspira a la
libertad y a la democracia. “Todo el cine coreano, sin excepción, padeció
la brutalidad de los censores. En 1980, un funcionario de poca monta cortó,
delante de mí, los negativos de media hora de mi película El último
testigo, una de mis preferidas. ¡Qué cantidad de trabajo de creación
perdido! Quise dejar el oficio.”
Tras la liberalización de la producción, en 1985, y la supresión
de la censura de guiones dos años después, apareció, hacia 1988,
un cine joven y diferente. Jeon tae-il (El único destello,1996) de Park Kwang-su
y Un pétalo (1996) de Jang Sun-woo, películas de los dos primogénitos
de esta “nueva ola” marcaron el apogeo del interés del público por
un cine que gana su libertad. Abordan dos episodios clave de la vida política
ocultados durante años: la prohibición de los movimientos sindicales
y la masacre de Kwang-ju, en 1980 (200 víctimas según el régimen
de Chun Doo-hwan y 2.000 según testigos).
El impacto causado por la película colectiva La noche antes de la huelga (1990)
fue también determinante para el cine independiente, entonces militante y
contestatario. Para poder ver en las universidades (únicos lugares que lo
proyectaban) este filme menor desde un punto de vista estrictamente estético,
más valía calzar deportivas y saber correr: durante una de esas proyecciones,
las autoridades movilizaron a 1.700 agentes y un helicóptero para confiscar
la copia. A pesar de todo ese esfuerzo, la cinta, que no obtuvo visado de estreno,
fue vista por un millón de jóvenes espectadores.
Los productores y realizadores de esta película, al igual que muchos otros,
como Lee Eun, Lee Yong-bae, Chang Dong-hong, Jang Yun-hyun o el crítico Lee
Yong-kwan, pertenecían a una corriente que defendía el acercamiento
entre el mundo cinematográfico y el movimiento obrero. Hoy ocupan un lugar
importante, incluso dentro de la KOFIC, estructura inspirada en el Centro Nacional
de Cine (CNC) francés y encargada de dinamizar la creación.
En 1993, Sopyonje (La cantante de Pansori) supuso otra revolución: la del
éxito. Exaltando en tono melancólico el arte del canto tradicional,
en vías de desaparición, Im Kwon-taek, realizador confirmado con más
de 90 películas, revisita en la cinta la historia dolorosa del país
desde la ocupación japonesa y provocó una verdadera conmoción.
Con más de un millón de espectadores, batió todos los récords,
por delante del Parque Jurásico de Steven Spielberg.
Desde entonces, la estima por la producción nacional se ha confirmado. La
frecuentación de salas no cesa de aumentar y numerosas primeras películas
superan el millón de entradas, aunque los centros de interés del público
han cambiado. Los jóvenes de entre 17 y 25 años (la mayoría
de los espectadores) garantizan el éxito comercial del cine. El dinamismo
de la industria, unido al de los inversores, no beneficia sin embargo a todos los
cineastas. Chunhyang por ejemplo, de Im Kwon-taek y primera película coreana
presentada en competición oficial en el festival de Cannes del año
2000, ha sido un fracaso comercial. Asimismo, la generación que hoy ronda
los 50 años, —Lee Doo-yong, con Eh (1999) o Bae Chang-ho con Jeong (Mi corazón,
1998)— tropieza con dificultades para terminar películas “independientes”
de pequeño presupuesto. Y el anciano maestro Sin Sang-ok, de 75 años,
no ha logrado acabar La Visita. Esa historia de un padre que se reencuentra con su
hija, convertida en camarera de un bar de alterne en Seúl, ilustra el conflicto
entre dos mundos.
La democracia influye en los
nuevos temas
El viento sopla a favor de un cine inspirado
en las fórmulas hollywoodienses y en los guiones de videojuegos, pero el cine
independiente no se ha rendido y algunas de sus obras más significativas han
traspasado fronteras: Areundawoon sheejul (Primavera en mi pueblo,1998) de Lee Kwang-mo
o Bakha Satang (Caramelo de menta,1999) de Lee Chang-dong. Desde la instauración
de la democracia los cineastas parecen haber cambiado de lema: tras “libertad o muerte”
ahora proclaman, en una sorprendente referencia a Robert Desnos, “libertad o amor”.
El más conocido de estos jóvenes cineastas independientes, Hong Sang-su,
autor de Daijiga umule pajinnal (El día en que el cerdo cayó en el
pozo, 1996), es optimista: “Estoy convencido de que el cine coreano seguirá
siendo muy interesante durante al menos diez años más.” Este director
constata que las facultades de cine atraen a estudiantes muy preparados, que los
cortometrajes se han hecho con un público, que proliferan los sitios Internet
dedicados al séptimo arte: “El cine va a convertirse en el principal referente
de la cultura coreana en toda su diversidad”, añade. “Y eso es apasionante”.
La hipótesis de la reconciliación entre las dos Coreas, abordado por
Park Chan-ook en Joint Security Area (2000), que atrajo a un millón de espectadores
en tan sólo tres días, prueba lo que hay de exacto en la profecía
de Hong Sang-su.
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