Le Courrier

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2. Las nuevas olas
| Irán exporta cine | Talento a bajo costo | Corea del Sur: Libertad o amor | El rompecabezas chino | Argentina: Entre melancolía y resistencia | Brasil, un renacimiento amenazado | La creación en el exilio | La técnica nunca ha sido enemiga del artista |
Kazajstán: una aventura efímera
Chloé Drieu, investigadora y asistente francesa de Darejan Omirbaev








El cine kazako nos hizo soñar con un futuro que ha sido cruel con él. A finales de los ochenta, ese cine fue el primero en aprovechar los vientos de libertad que trajo consigo la perestroika de Gorbachov. Unos diez realizadores jóvenes, formados entonces en el VGIK, la prestigiosa escuela de cine de Moscú, regresaron al país en 1987. Entre ellos, algunos fueron premiados muy pronto en los grandes festivales: Serik Aprymov, Darejan Omirbaev, Amir Karakulov, Talgat Temenov…
Esta aventura cinematográfica empezó con La aguja, rodada en 1988 por Rachid Nugmanov. El filme, que obtuvo un éxito resonante en toda la URSS, fue uno de los primeros en romper el tabú de la toxicomanía. Más adelante surgió la película con la que se graduó Serik Aprymov, Terminus, filme-manifiesto que describe cómo se tiñe de absurdo la vida cotidiana en un pueblo kazako.
La tónica estaba dada. Las películas realizadas a continuación, a menudo autobiográficas, compartían la misma vena realista y se inspiraban en la nueva ola francesa. El cine pasó a ser una suerte de desahogo, en el que la realidad se describía de manera casi documental, sin artificios.
Los años consecutivos a la perestroika y a la independencia (1991) fueron relativamente propicios para la creación. El Estado siguió financiando el cine, a la vez que surgieron más de treinta estudios privados. Pero pocos de ellos sobrevivieron a las dificultades económicas. En 1994, Kazajstán (16 millones de habitantes) produjo unas diez películas, pero menos de la mitad en el 2000.
Las condiciones de trabajo son difíciles: no hay un marco legislativo que facilite la producción privada, los equipos de los estudios son anticuados, la red de distribución casi inexistente y el público cada vez más pobre. Los cineastas han perdido prestigio. La homogeneidad de tono y de temática que los caracterizaba en sus comienzos se ha esfumado poco a poco. En vista de ello, los filmes norteamericanos reinan en solitario.
Cada cual se adapta a su manera a la nueva situación. Los más afortunados, como Omirbaev o Aprymov, encuentran coproductores extranjeros (franceses o japoneses), otros realizan filmes publicitarios o hipotecan su apartamento.