Le Courrier

sommaire
d'ici... opinion notre planete
ethiques signes connexions dires
dossier
2. Las nuevas olas
| Irán exporta cine | Talento a bajo costo | Corea del Sur: Libertad o amor | El rompecabezas chino | Kazajstán, una aventura efímera | Brasil, un renacimiento amenazado | La creación en el exilio | La técnica nunca ha sido enemiga del artista |
Entre melancolía y resistencia
David Oubiña, profesor de la Universidad del Cine y de la Universidad de Buenos Aires. Colaborador en revistas especializadas y autor de varios libros, el último de ellos “Filmología” (2000).
photo
Garage Olimpo, de Marco Bechis, muestra la crueldad de la dictadura militar argentina.






photo
Un fotograma de Mundo grúa, primer largometraje de Pablo Trapero.









Argentina

Puesto en la clasificación mundial de filmes producidos
(1999): 19º
Porcentaje del cine nacional en la recaudación total (1998): 13%
Número de películas producidas:



Población total(millones de habitantes)
1988: 31,6
1998: 36,1
Número de pantallas:
1988: 647
1998: 810
Entradas vendidas (millones):
1988: 28,38
1998: 32,40
Inversión total en producción (millones de dólares)
(1999): 133,33.


Fuentes: Screen Digest. Correo electrónico: David.Hancock@
screendigest.com
.
Instituto de estatistica de la UNESCO.

Filmar en la calle, captar lo real, amar a los personajes... la simplicidad es el arma del nuevo cine argentino.

El presente es una consecuencia absurda del pasado”, dice el joven cineasta Pablo Trapero. “Es absurdo que un tipo, cumplidos los cincuenta, tenga que empezar de cero como un pibe. Ese absurdo crea una tensión que utilizo para contar la historia de Rulo.” Mundo grúa (1999), primer largometraje de Trapero, presenta a un obrero peleando por la subsistencia que de joven tuvo quince minutos de fama como miembro de una banda de música, pero hoy acepta la evolución de las cosas de manera fatalista. Le enseñan a utilizar grúas y se convierte en maquinista, pero no consigue el puesto porque no supera el examen médico. Su única opción es aceptar un trabajo en el interior: manejar una excavadora a cientos de kilómetros de Buenos Aires, de la familia y los amigos. Rulo lo soporta todo hasta que comprende que siempre topa con lo mismo y regresa a Buenos Aires dispuesto a enfrentarse a un futuro incierto. Hay algo de admirable en ese hombre que se mantiene a flote aferrándose a lo poco que tiene: afectos leales e incondicionales.
Trapero, de 28 años, estudió cine en la Universidad y, antes de dirigir Mundo grúa, sólo había realizado cortometrajes. El rodaje se prolongó un año, ya que sólo trabajaba cuando había dinero para reunir material y equipo técnico. Esas interrupciones le permitieron montar secuencias y reescribir el guión de acuerdo con lo que la moviola le descubría. “Quería un filme que funcionara como una cámara oculta, que robara pedazos de la realidad”, dice.
Con un estilo cercano al documental, el filme presenta una visión de lo cotidiano exenta de todo costumbrismo. “La grúa es para todos nosotros un icono de la construcción del futuro. Rulo quiere tener un lugar en ese futuro, pero no se lo dan”, resume Trapero. La cotidianidad, los personajes reconocibles, una narrativa austera y la producción independiente son características heredadas de John Casavetes, del neorrealismo y de los “nuevos cines” de la década de los 60 que Mundo grúa comparte con otras películas recientes.
En la Argentina, el referente más cercano de estos nuevos filmes hay que buscarlo en la llamada Generación del 60, un conjunto de cineastas formados en el cineclubismo y el cortometraje. Si durante los 60 se postuló una ruptura con los géneros, el star-system y la noción misma de “entretenimiento”, los jóvenes de los 90 presentan las contradicciones de la vida moderna en un país del tercer mundo y libran su batalla contra el discurso estandarizado de la televisión y de los medios de comunicación. El éxito de crítica, público y festivales de Mundo grúa permite entrever el potencial de los nuevos filmes.
Aunque fugaz, el entusiasmo renovador del cine argentino de los 60 alumbró a dos cineastas fundamentales: Leonardo Favio y Hugo Santiago. Pero para aprovechar su herencia hubo que esperar años, porque el golpe militar de 1976 anuló cualquier posibilidad de hacer cine. A partir de 1983 y del regreso de la democracia, el grueso de la producción optó por adular la buena conciencia del espectador. Es un cine oportunista y amnésico que encuentra su quintaesencia en La historia oficial (1984), de Luis Puenzo, Oscar a la mejor película extranjera, que cuenta cómo una mujer empieza a sospechar que su hija adoptiva puede que lo sea de desaparecidos.
De ese período inmediatamente posterior a la dictadura sólo El amor es una mujer gorda (1987) y Boda secreta (1988), ambas de Alejandro Agresti; Las veredas de Saturno (1985), de Hugo Santiago; El ausente (1985), de Rafael Filippelli; El exilio de Gardel (1986), de Fernando Solanas; La deuda interna (1987) de Miguel Pereira; o Un muro de silencio (1993), de Lita Stantic, asumieron el desafío del horror del pasado inmediato. Mientras Puenzo sostiene que la gran mayoría de los argentinos desconocía las atrocidades de los militares, la película de Stantic acaba con la imagen de la hija de un desaparecido que interpela a la cámara mientras su madre le asegura que “todos sabían”.
Aprobada en 1994, la Nueva Ley de Cine creó dos nuevos impuestos (uno sobre cada videocassette y otro sobre cada filme emitido por televisión) que, sumados al ya existente –un porcentaje sobre cada entrada vendida– pretendían acrecentar el fondo destinado a financiar la producción argentina. La crisis económica terminó reduciendo ese fondo a un tercio de su cuantía, al tiempo que la nueva ley no tardaba en traducirse en aplicaciones perversas: las ayudas a las cintas estrenadas no se hicieron en función de sus méritos, sino de su recaudación. Es así como Manuelita (1999), gracias a sus dos millones de espectadores, recibió una subvención mucho mayor que Mundo grúa, con 68.000.
Pero Trapero no está solo. Martín Rejtman, Esteban Sapir o la pareja Adrián Caetano/Bruno Stagnaro, bajo la etiqueta de “Nuevo Cine Argentino”, han hecho las obras más estimulantes de los últimos años. “Hay que hacer películas sobre lo que sucede todos los días”, sostiene Sapir, “hay que filmar de otra manera, encontrar la crudeza en la calle. Hay que transformar el cine poetizando la realidad”.
Todo comenzó en 1995, cuando Historias Breves reunió cortos premiados por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales. La fórmula se repitió, permitiendo el debut de varios directores jóvenes cuyo entusiasmo rompe con el academicismo en que se habían encerrado Raúl de la Torre, Eliseo Subiela o Juan José Jusid.
En los últimos años, la producción nacional ha oscilado entre 20 y 30 títulos anuales. Con sólo el mercado interior es imposible amortizar filmes de uno o dos millones de dólares, un presupuesto al que los consagrados no quieren renunciar. Rejtman los critica, porque “es importante que los cineastas dejen de pensar en una estrategia de mercado y lo hagan a partir de una estrategia cinematográfica. No digo que no hagan cine comercial, sino que dejen de pensar sólo en eso”. Mundo grúa o Mala época, con costos cuatro o cinco veces inferiores a los citados, son apuestas más equilibradas entre inversión y recuperación. La estrategia de los jóvenes pasa por las cooperativas y los rodajes discontinuos durante fines de semana, en escenarios naturales, con actores no profesionales y equipos técnicos formados por estudiantes.
Bruno Stagnaro y Adrián Caetano, dos de los participantes en Historias Breves, se unieron en 1997 para codirigir Pizza, birra faso y lo hicieron desde esos supuestos. El reconocimiento entusiasta hacia este filme o hacia Mundo grúa dio visibilidad a una tendencia que llevaba tiempo gestándose con obras como Rapado (1991) y Silvia Prieto (1998), ambas de Martín Rejtman, que construyen una poética de insólita densidad a partir de situaciones insignificantes; Picado fino (1996), de Esteban Sapir, que combina los experimentos de Godard con las innovaciones del videoarte; Garage Olimpo (1999), de Marco Bechis, una mirada lúcida y dolorosa a los centros de detención durante la dictadura; Mala época (1998), de Mariano De Rosa, Nicolás Saad, Rodrigo Moreno y Salvador Roseli, que enlaza una serie de historias en un paisaje urbano hostil donde nadie encuentra su lugar; o Que vivan los crotos (1995), de Ana Poliak, Hijo del río (1995), de Ciro Capellari, Patrón (1995) de Jorge Rocca, y Dársena Sur (1997), de Pablo Reyero, que narran historias sobre los olvidados por la globalización.
“Filmamos lo que nos gustaría ver como espectadores”, resume el novel Andrés Tambornino. A Lucrecia Martel, que también se estrena con la cámara, lo que le molesta de “los dinosaurios” de la generación anterior es que “se volvieron tibios, y por eso terminaron recurriendo a metáforas falsas en lugar de salir a la calle y mostrar las cosas como son”.
Aún no es posible pensar en términos de movimiento: las películas no ni presentan una homogeneidad estética; su vitalidad nace de la variedad. Sí comparten la historia padecida por un país y tienen en común el espíritu generacional, el modo de producción, la impronta “de autor”, la huida de la retórica y la preocupación por la identidad. Insisten por igual en un relato despiadado y apasionado sobre la Argentina posterior a la dictadura militar, la de Alfonsín y Menem. El éxito de Mundo grúa se debe a que traza un retrato melancólico de quienes resisten a perder sus ilusiones. Esa combinación entre melancolía y resistencia es una de las claves del cine argentino de este principio de siglo.