
Abderrahmane
Sissako (a la derecha) en La vida en la tierra.
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Las
películas son como balizas que marcan el terreno emocional e intelectual para
indicar cómo evitar el dolor.
John
Cassavetes, cineasta estadounidense
(1929-1989)
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Alejandra Rojo

Rithy Pan
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Comencé
a hacer cine para que mi madre, que no fue a la escuela, pudiera leer en imágenes.
Safi
Faye, cineasta senegalés (1943-)
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Tres cineastas extranjeros que
viven en Francia, el camboyano Rithy Panh, la argentina Alejandra Rojo y el mauritano
Abderahmane Sissako, se refieren a sus trayectorias y a lo que los diferencia.
¿Cómo llegó a dedicarse
al cine?
Rithy Panh: No fue algo que decidí. El cine vino a mí a raíz
del exilio y de lo que me había ocurrido en Camboya. Si hubiera permanecido
allí lo más probable es que no fuera cineasta. ¡En mi país,
ése no era un oficio! Pero siempre tuve conciencia del poder de la imagen.
En Camboya vivía al lado de un estudio y espiaba el rodaje de las películas.
El genocidio khmer rojo es un genocidio sin imagen, salvo algunas fotos. Pero todo
quedó impreso en las conciencias y lo visto y vivido asalta una y otra vez
la memoria. Lo que me llevó al cine fue la memoria. El afán por hacer
películas me vino aquí, en Francia. Cuando llegué, en 1979,
sabía que mi trabajo guardaría necesariamente relación con lo
que había sucedido en Camboya. Después de la guerra, o te callas, o
tratas de reconstituir lo que se destruyó. Intenté pintar, escribir.
Luego, un buen día, alguien me prestó una cámara, con ocasión
de una fiesta en un taller donde seguía un cursillo de carpintería.
Algunos prepararon dulces; por mi parte, rodé una película breve. A
los 20 años, supe que sería mi oficio. Seguí los cursos del
IDHEC (escuela oficial francesa de cine, hoy rebautizada FEMIS) e hice mi primer
documental, Site No 2, acerca de un campo de refugiados camboyanos.
Alejandra Rojo: Cuando era niña, quería ser pintora a pesar de
un entorno familiar —padre abogado, madre psicoanalista— muy politizado. A los 15
años, cambié de idea. Terminé el bachillerato e inicié
estudios científicos. Pero a los dos años, después de un verano
en Argentina, interrumpí todo y me dije que iba a hacer películas.
Estudié cine y me lancé.
Abderahmane Sissako: Después de una infancia transcurrida en Malí,
regresé a Mauritania para terminar mis estudios secundarios. Inmediatamente
después, partí a la URSS, al igual que miles de estudiantes africanos:
era más fácil ir allí que a Francia. Obtuve una beca para realizar
estudios de cine y empecé a rodar.
¿En qué circunstancias llegó a Francia?
R. P.: A causa de los khmers rojos. Tenía 17 años. Gran parte de
mi familia pereció; los demás nos refugiamos en Francia.
A.R.: Llegué a los 12 años. Mi padre defendía presos políticos.
Toda la familia tuvo que abandonar la Argentina. Era la época de los escuadrones
de la muerte, de los 22.000 desaparecidos… Al parecer, estábamos en la lista.
A.S.: Vine en 1993 porque mi película Octobre fue seleccionada en el Festival
de Cannes. Me propusieron que prosiguiera mi actividad artística aquí.
Pasé 12 años en Rusia; hoy me encuentro en Francia. ¿Por cuánto
tiempo?
¿Cuáles son los inconvenientes y las ventajas del alejamiento de su
país de origen? ¿Influye en su manera de hacer cine?
R. P.: Cuando se vive el exilio, no se tiene una verdadera identidad. En Camboya
o en Francia, me siento bien y mal, en casa y forastero, lejos y cerca de todo. Esta
distancia me interesa, permite una cierta perspectiva, ver más lejos, distinguir
la forma. Un exiliado ha de saber aprovechar esto. Voy y vengo de Camboya como si
se tratase de un ciclo natural. En mi estudio de París me siento como en una
celda monacal, aprovecho para cargarme de energía. Camboya vive en plena sequía
cultural.
A.R.: El exilio es un cambio de destino y ahí siempre hay algo que se
desgarra. Pero yo vi cómo asesinaban a la mitad de mi familia o la internaban
en campos de concentración. Sólo hice un viaje de 15 días para,
al llegar, descubrir lo que es bajar de categoría. En tu país eras
alguien y, bruscamente, ya no eres nadie. En el fondo no es algo tan negativo. Dependes
menos de tu medio social, ves las cosas desde un prisma más personal.
El hecho de no trabajar en el propio idioma crea un estilo a partir de una cierta
falta de adecuación entre lo que se dice y el cómo se dice. Tienes
conciencia de la diferencia, de que lo que aquí es de una manera allá
sería de otra Esa impresión de desdoblamiento, de doble vida, es uno
de los gajes del oficio de emigrado. Pero mi condición de artista va más
allá. Un filme, un cuadro, una música, son un país en sí.
Cuando se tiene eso ya no se necesita un país.
El exilio no es vitalmente muy interesante, pero es apasionante en el plano cinematográfico.
Crea la novedad, es una fuente de ficciones. Nuestro planeta recuerda ciertos relatos
de ciencia-ficción en los que hay poblaciones intergalácticas que se
mudan, que protagonizan grandes éxodos. Cuando me pongo a escribir, no me
digo “voy a contar una historia de exilados” pero ahí están, vienen
solas, de un lugar recóndito, inconsciente. No haces las películas
que quieres, sino las que tienes que hacer.
A.S.: El exilio es siempre una desventaja. Pero el alejamiento permite que uno pose
sobre su país, su pasado y su historia, una mirada un poco extranjera. Cuando
uno habla de su tierra, titubea, va a tientas. Uno se siente frágil ante una
situación que en todo momento puede escapársele. Tal vez se sienta
más ternura. Otras veces se opta por el silencio, por la libre interpretación.
¿Cuáles son sus vínculos con su país de origen?
R.P.: Acabo de rodar mi primera película en Francia, un documental sobre
la comunidad camboyana. También filmé una vez en Malí.
Mis demás películas las hice en Camboya. Lo que me interesa es ir a
vivir con la gente. En cierto modo, la película pasa a segundo plano. Aquí
me siento cansado, tenso. Allá, las personas que pelean me transmiten su fuerza.
Los supervivientes siempre se sienten culpables. Para superar esa sensación
extraña, necesito estar con los demás. La cámara me permite
hacerlo, decir que tengo una palabra, una fantasía, un pensamiento, que realmente
formo parte del mundo. El cine me ha ayudado a recuperar una cierta dignidad.
En Camboya ayudo también a formar a cineastas y técnicos, en colaboración
con el Ministerio de Cultura. En 10 años hemos constituido un buen equipo.
A.R.: No vuelvo a la Argentina con frecuencia. La última vez tuve la
impresión de vivir en una colonia de Estados Unidos. En Francia no notas la
velocidad con la que avanza la mundialización. Los países del Sur,
en cambio, se están convirtiendo en colonias, en centros de vacaciones o campos
militares del gran imperio estadounidense. Habría que hacer una película
sobre el tema. Podría regresar a la Argentina para trabajar, sin más,
pero hay algo de rechazo a la familia. Ser argentina no me parece algo tan extraordinario.
Es muy difícil sentir una identidad cultural en ese país. Es una especie
de patchwork reciente del que soy un buen ejemplo. Mi abuela materna era lituana
y su marido un egipcio, cuya lengua era el yiddish. Mi abuelo paterno, católico
español, se casó con una rusa alemana protestante.
A.S.: Suelo ir Malí y a Mauritania, por término medio dos veces
al año, a menudo para hacer localizaciones. Se trata de un ir y venir. Cada
viaje enriquece y transforma la historia; cada reparto da una nueva dirección
a la película.
¿Tiene ganas de vivir en su país de origen?
R. P.: Muchas ganas. Pero en Camboya no existe una economía del cine.
Es más fácil buscar dinero en Francia. Encuentro financiamiento aquí,
aunque se trata de presupuestos modestos, a escala camboyana.
A.R.: Pienso que en América Latina hay algo en lo que vale la pena ahondar,
pero aún no lo he descubierto. Algún día abordaré el
asunto.
B.S.: Sé que algún día volveré. Estoy en Francia
por razones económicas. Empiezo a ser conocido, a recibir propuestas interesantes
de un productor o de una cadena de televisión, según los casos. Es
muy difícil trabajar en nuestros países. Los cineastas están
aislados. No hay dinero, ni industria nacional, ni escuela de cine. En Africa siempre
ha habido esta escasez de producción y la situación va de mal en peor.
Como máximo, en el continente, se hacen diez películas al año.
No puede haber un campeón de esquí en un país donde no existe
la nieve.
¿Cuáles son sus proyectos?
R. P.: Además de las obras de ficción y los documentales, tengo
sobre todo el proyecto de crear un fondo audiovisual acerca del genocidio en Camboya.
Dentro de 20 años, los testigos habrán desaparecido o sus recuerdos
estarán deformados. Vivimos en una sociedad de la imagen. Si uno no fabrica
sus propias imágenes, deja de existir. Tras haber sido saqueados económicamente,
los países del Sur también perecerán de eso.
A.R.: Trabajo en la historia de una mujer que se desdobla. Un robot que reemplaza
a una mujer.
A.S.: Mi próxima película hablará del exilio. Voy intentar
narrar la vida de candidatos a la emigración que esperan emprender viaje.
Quisiera mostrar que el exilio es anterior al viaje mismo. Mi cine está ligado
a mi vida; procuraré al mismo tiempo contar cómo llegué al cine.
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