
Una escena de Dancer in the Dark, de Lars von Trier, filmada con cien cámaras
digitales.
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¿Las nuevas tecnologías?
Todos los realizadores pueden aprovecharlas, afirma el cineasta egipcio. El riesgo
sería que perturbaran los circuitos de distribución.
He rodado mi cuarto y último largometraje, El Medina,
en vídeo digital, en las calles del Cairo y en París. Era el primer
cineasta egipcio que realizaba una ficción con esta nueva técnica.
Después del cine sonoro, el color y la aparición de la televisión,
muchos estiman que el vídeo digital es la cuarta revolución en la historia
del cine. Ha encontrado propagandistas de talento, como Lars Von Trier y los cineastas
daneses que adhieren a su manifiesto, Dogma. ¿Sus preceptos? Filmar con la
cámara al hombro, sin iluminación artificial, lo más cerca posible
de la realidad. La idea sólo podía nacer en un país rico, donde
los artistas para estimular su creatividad tienen que imponerse límites. A
nosotros nos basta con los que supone vivir bajo un régimen autoritario y
de censura fuerte. Si dejé de lado la cámara de 35 mm, no fue por aplicar
un dogma, sino, al contrario, por pragmatismo. Mi presupuesto no me dejaba otra posibilidad.
No hay imagen fácil
El pragmatismo consiste en primer lugar en
no lamentarse por la película que uno habría podido rodar. ¡Hay
que realizarla! Por todos los medios. Me fijo un solo límite: conservar mi
independencia. En mi primer largometraje, Sarikat Sayfeya (Robo de verano) en 1988,
quería confiar a una vedette del star system egipcio el papel de la mujer
de un terrateniente, en los años cincuenta, que detestaba a Nasser. No quiso
participar. Su público, decía, no se lo hubiera perdonado. Modificar
mi guión, era perder mi independencia. Rodé entonces con no profesionales:
una arquitecta, una guía turística, una periodista.
Trátese de actores aficionados o de vídeo digital, una vez aceptados
los imperativos que no he elegido, debo resolver los problemas resultantes. Y eso
me estimula. Ahí comienza la creación.
La técnica nunca ha sido enemiga del artista. Un pintor va a probar la gouache,
el óleo, la aguada… El operador jefe y yo queríamos sacar el máximo
partido de nuestra cámara. Contrariamente al filme de 35 mm, el vídeo
no define la profundidad del campo: cerca o lejos, la imagen es nítida. Para
volver a crear planos, relieve, tratamos de añadir el mayor número
posible de colores pintando muros o eligiendo tonos vivos para los trajes. El estilo
visual de la película tenía que estar en consonancia con una historia
de personas que se espían de un balcón a otro.
Cuando una nueva tecnología aparece, uno empieza por plantearse preguntas
inadecuadas: el menor coste del vídeo, ¿va a convertir a la creación
en algo banal? Está claro que la respuesta es negativa: la aparición
del lápiz no uniformizó la creación literaria. Los realizadores
jóvenes deben entender que no existen imágenes fáciles, sino
sólo una manera más económica de abordar un problema. El temor
a la estandarización a través de la técnica sigue siendo, sin
embargo, una preocupación legítima. Con el vídeo digital ha
surgido un efecto de moda: como las cámaras son ligeras, hay que correr y
agitarse. Pero recuerden La Grande Valse, de Julien Duvivier: la cámara, del
tamaño de un armario, se mueve con una ligereza increíble porque la
película lo exige. De la misma manera una película de vídeo
puede requerir planos fijos.
Si una inquietud despiertan las nuevas tecnologías, es en cuanto a la distribución:
se habla de enviar cine a las salas vía satelite. Para las grandes producciones,
proyectadas en miles de cines, el procedimiento se justifica. Pero los gigantes de
las telecomunicaciones tratan de asegurarse el monopolio de este mercado. ¿Qué
ocurrirá entonces con las “pequeñas” películas de los países
del Sur?
El imperio de las tecnologías siempre tiene ciertos límites. Durante
mucho tiempo, la televisión nos aisló. A todos: espectadores, realizadores,
guionistas. Vean las fichas técnicas de las películas de Fellini o
Youssef Chahine en los años cincuenta. Los autores eran numerosos. La gente
tenía ganas de conocerse, de hablar sobre la vida, sobre el cine. Era magnífico.
Y por todas partes, hoy día, los cineastas jóvenes se asocian, trabajan
juntos, combaten el aislamiento. Se manifiesta el mismo deseo. También en
mi caso: para cada película, quisiera movilizar el mayor número posible
de personas.
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