
Después de la explosión del reactor, 50.000 “liquidadores” limpiaron
por turnos su techo contaminado.

Ciudad abandonada de Pripiat, Ucrania, cerca de Chernobil.

Un obrero trabaja en la descontaminación del suelo de la zona prohibida.
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La mayor reserva
radiactiva del mundo
En las semanas siguientes a la catástrofe,
las coníferas y los mamíferos que comían la vegetación
del lugar recibieron elevadas dosis de radiación. Los árboles murieron
y fueron enterrados por los llamados “liquidadores”. Las vacas que consumían
la hierba muy contaminada de cerca de la central perecieron, al igual que la mayor
parte de las ratas. Los científicos descubrieron con sorpresa que la mayor
parte de los supervivientes eran hembras; el número de machos sólo
empezó a remontar a partir de la cuarta generación.
Mona Dreicer, investigadora estadounidense que reunió datos para una gran
conferencia internacional sobre las consecuencias de Chernobil, organizada en Viena
en 1996, explica que el nivel de radiactividad era 100 veces inferior seis meses
después de la catástrofe y que “en 1989 se había iniciado la
recuperación del medio natural”. Las coníferas gravemente dañadas
producían nuevamente piñas de pino y la población de roedores
aumentaba con rapidez.
Hoy, en la región es posible encontrar jabalíes, alces, ciervos, zorros
y unos 200 lobos. La lista de animales que no regresaron es breve: incluye palomas
y ratas, pues proliferan sólo donde hay desperdicios producidos por el hombre,
y también golondrinas, que al parecer murieron a raíz de trastornos
genéticos.
Sin embargo, en la región persiste una fuerte contaminación, sobre
todo del suelo, de la vegetación y de la capa de hojas y de ramas que tapiza
los bosques. Estos representan un tercio de la zona de exclusión, que se ha
convertido así en la primera reserva radiactiva del mundo, un auténtico
laboratorio de investigación sobre el impacto de las precipitaciones radiactivas.
Nicolai Voronetsky, director de la reserva, constata sin embargo que son muy pocos
los científicos que se aventuran a visitarla, pues temen por su salud. “Lo
que no es de extrañar cuando se sabe que de los diez botánicos que
trabajaron en el lugar en 1986, tres murieron”, precisa.
Por su parte, los científicos de la reserva demostraron que los órganos
internos de los lobos y de la mayoría de los animales presentes siguen siendo
radiactivos. Los lobos plantean un problema particularmente serio, ya que salen de
la reserva para cazar corderos y caballos. “Son los jabalíes los que alcanzan
cifras más altas en el contador Geiger, pues hurgan en la tierra contaminada
en busca de alimento”, añade Voronetsky.
Rosa Goncharova, del Instituto de Genética y de Citología de Minsk,
ha observado un aumento de las “anomalías genéticas” entre los roedores
y los peces. Dreicer resta importancia a esas conclusiones: “Se ha demostrado que
la frecuencia de esas deficiencias es similar en las regiones altamente contaminadas
y en las que no lo están (…), lo que permite concluir que no obedecen a dosis
más elevadas de radiación.” Algunos ven en este razonamiento una pirueta
intelectual propia de las instancias internacionales. En primer lugar, cabe recordar
que no puede establecerse una correlación estricta entre las anomalías
genéticas y la importancia de las precipitaciones radiactivas. Como destaca
la propia Dreicer, los rumiantes que pastan en zonas con precipitaciones débiles
pueden recibir sin embargo dosis elevadas de radiación debido a la propagación
de sustancias radioactivas a través del suelo.
Esas sustancias se infiltran de diversos modos en las regiones que no han sufrido
precipitaciones directas. Así, a comienzos de año los especialistas
temían que los incendios de turba, frecuentes en las zonas contaminadas, despidieran
nubes de humo radiactivas. La embajada de Estados Unidos envió al lugar un
equipo que, al parecer, no encontró nada.
El agua, en cambio, ha resultado ser un verdadero vector de propagación. Durante
las inundaciones de primavera, las concentraciones de sustancias radiactivas en los
ríos a veces se multiplican por cuatro. La zona contaminada se ha inundado
seis veces después de la catástrofe y siempre que ello ha ocurrido
las sustancias radiactivas han sido arrastradas hacia las riberas del Pripiat, afluente
del Dniéper que a su vez desemboca en el Mar Negro. Nueve millones de ucranios
beben agua proveniente de los depósitos artificiales del Dniéper; y
más numerosos aún son quienes consumen productos agrícolas cultivados
gracias al agua de ese río. Según un informe de la Comisión
Europea, el agua radiactiva es la principal amenaza ecológica derivada de
Chernobil.
Han transcurrido 14 años, pero las sustancias radiactivas siguen circulando
por el suelo y los ecosistemas: su movilidad es muy superior a la prevista inicialmente
por los científicos. Jim Smith, del Centro de Ecología e Hidrología,
un organismo oficial británico, señalaba en mayo último que
“el medio ambiente no se deshace de la contaminación tan deprisa como habíamos
pensado”. En ciertos lugares, precisaba, el cesio “se esparce de nuevo en el ecosistema”.
El legado de Chernobil inicia un nuevo ciclo.
F.P.
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¿Cuáles fueron realmente
los daños provocados por el peor desastre nuclear de la historia? A pocas
semanas del cierre definitivo de la central de Chernobil, la polémica continúa.
Un suspiro de alivio recorre Europa al saberse
que un grupo de ingenieros se dispone a cerrar el 15 de diciembre próximo
la central nuclear de Chernobil. Las autoridades ucranias pueden por fin felicitarse
del acuerdo gracias al cual Occidente aportará los cerca de 2.000 millones
de dólares que se requieren para neutralizar y enterrar los reactores. Sin
embargo, para numerosos ciudadanos, la pesadilla continúa.
Hace pocos meses, el 26 de abril, miles de personas desfilaron solemnemente por las
ciudades de Belarrús, Ucrania y Rusia en memoria de los que perdieron la vida
en la catástrofe nuclear de Chernobil. A la 01h26 de la madrugada las campanas
repicaron marcando la hora exacta en que, 14 años antes, había estallado
el reactor despidiendo precipitaciones radiactivas letales que no tardaron en cubrir
campos y ciudades.
Pero a esa manifestación de duelo se sumaba el temor. Temor de la persistencia
de las radiaciones, que podrían cobrarse aún miles de víctimas.
Y temor de hablar. Esa noche del 26 de abril de 2000, Yuri Bandazhevsky, que hasta
su detención el año pasado era rector del Instituto Médico de
Gomel en Belarrús, se encontraba relegado en Minsk, la capital del país.
Es uno de los numerosos investigadores que estiman que sus trabajos han sido censurados
o ignorados por las autoridades.
Las estimaciones sobre el número de víctimas de la catástrofe
van desde las 32 señaladas por algunos especialistas de las Naciones Unidas,
a las 15.000 que sugieren algunos científicos ucranios. En el mes de junio,
expertos del Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio
los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR) declararon que “no hay indicios
de repercusiones importantes en la salud pública, fuera de la elevada tasa
de cáncer de tiroides observada en los niños, que sólo será
mortal para unos pocos”. Sin embargo, el Secretario General de las Naciones Unidas,
Kofi Annan, había declarado poco antes: “La catástrofe dista mucho
de haber sido superada. Sigue teniendo efectos devastadores no sólo en la
salud de la población, sino en todos los ámbitos de la vida social.”
¿Cuál es entonces la verdad? ¿A qué se deben tan grandes
discrepancias?
El accidente de la central nuclear de Chernobil convirtió su reactor nº
4 en una caldera infernal que despidió una nube radiactiva durante diez días.
Esa radiactividad era cien veces superior a la que emitieron juntas las bombas atómicas
de Hiroshima y Nagasaki. Tras varios días de silencio total, las autoridades
evacuaron a toda prisa a unas 116.000 personas que vivían en un perímetro
de 30 km en torno a la central.
Sólo años después del accidente el público supo que una
zona más vasta, situada a unos 150 km de distancia de Chernobil, cerca de
la ciudad belarrusa de Gomel, y que se extendía hasta Rusia, había
recibido abundantes precipitaciones radiactivas. En 1989, se demostró que
una quinta parte del territorio belarruso estaba seriamente contaminada; 400.000
personas fueron trasladadas. Y actualmente unos cuatro millones viven aún
en regiones oficialmente contaminadas.
El secreto observado por los gobiernos de la región en cuanto a la magnitud
de la contaminación sigue entorpeciendo toda acción encaminada a proteger
a los habitantes, afirma Tobias Muenchmeyer, especialista en Chernobil de la ONG
Greenpeace. Los científicos de los diversos países afectados lo confirman.
“En nuestro país se impuso un régimen de secreto desde el instante
mismo en que se produjo la catástrofe”, señala Vladimir Chernusenko,
el científico ucranio que coordinó las operaciones de descontaminación.
Según Muenchmeyer, este secretismo contribuyó a que los organismos
de las Naciones Unidas subestimaran gravemente el número de víctimas.
Personalidades críticas de la industria nuclear, como Rosalie Bertell, presidenta
del Instituto Internacional de Salud Pública de Toronto, estiman que también
hubo razones políticas. Denuncian el acuerdo, alcanzado en 1959, entre el
Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y la Organización
Mundial de la Salud (OMS), en virtud del cual el OIEA es responsable de “estimular,
asistir y coordinar la investigación sobre la energía atómica,
así como el desarrollo y las aplicaciones prácticas de ésta”.
Bertell resume así la situación: “Desde esa fecha, el OIEA se considera
guardián de la información sobre los efectos de las radiaciones en
la salud pública.” Este año, su Instituto y otras organizaciones solicitaron
a la OMS que reconsiderara el acuerdo de 1959.
Muertes
por omisión
Los principales isótopos
radiactivos liberados en la atmósfera por el reactor de Chernobil son el yodo
y el cesio. El yodo 131 tiene una semivida o periodo (tiempo necesario para que se
desintegre la mitad de los átomos de un isótopo radiactivo) de ocho
días. En Chernobil fue sobre todo inhalado o ingerido. En cuanto al cesio
137, su semivida es de unos 30 años. Siempre presente en los suelos y la vegetación,
sigue contaminando a la población a través de los productos alimenticios.
¿Quiénes sufrieron estas radiaciones? En primer término, los
“liquidadores”, es decir 600.000 a 800.000 soldados y funcionarios enviados al lugar
para neutralizar el reactor y enterrar los desechos contaminados. De los 50.000 que
trabajaron en el techo del reactor, 237 fueron hospitalizados, 32 de los cuales fallecieron.
Desde entonces, la Unión Soviética y los países que le sucedieron
no han querido o no han sabido controlar médicamente a ese grupo de riesgo.
Según el ruso Leonid Ilyn, ex integrante de la Comisión Internacional
de Protección Radiológica, “ninguno de esos individuos quedó
registrado con nombre y apellido. No fueron sometidos a controles regulares. Todos
volvieron a sus casas.” Esta omisión es probablemente la causa primordial
de las divergencias en cuanto al balance de la catástrofe. En abril de 2000,
Viacheslav Grishin, presidente de la Liga de Chernobil, organización con sede
en Kiev que se considera representante de los “liquidadores”, anunció que
desde 1986 15.000 de ellos han muerto y 50.000 han quedado inválidos. Partía
de una estimación controvertida de Chernusenko, basada en la tasa probable
de cánceres calculada en función de las radiaciones a las que según
el investigador ucranio habían estado expuestos los “liquidadores”.
Los cánceres representan la primera causa de inquietud. En 1991, los médicos
señalaron ya numerosos casos de cáncer de tiroides entre los niños
menores de cuatro años en el momento del drama. En 1992, un grupo de investigadores
occidentales del que formaba parte Keith Baverstock, de la OMS, admitió que
Chernobil era probablemente responsable de esas patologías. Sin embargo, las
Naciones Unidas no lo reconocieron oficialmente hasta 1995, después de que
se registraran 800 casos de cáncer infantil. Ese retraso tuvo graves consecuencias
para el diagnóstico y el tratamiento de la enfermedad, que no es fatal cuando
se ataca en su etapa inicial.
Las reticencias de Naciones Unidas se explican en parte por los datos sobre Hiroshima
y Nagasaki, que sirven de referencia y permitían prever un numero de casos
muy inferior. Pero la política también entró en juego. El semanario
británico The Economist daba la siguiente explicación: “Si efectivamente
se hubiese subestimado o minimizado el peligro, el Gobierno estadounidense habría
corrido el riesgo de afrontar diversos procesos, para responder de situaciones que
van de los ensayos [nucleares] en Nevada al accidente nuclear de Three Mile Island,
en 1979.”
En todo caso, actualmente se han detectado 1.800 casos de cáncer de tiroides
atribuidos a Chernobil. En las regiones más contaminadas, como Gomel, la tasa
de este tipo de patología en los niños es 200 veces superior a la de
Europa Occidental. Las estimaciones sobre el número de futuros casos oscilan
entre “algunos miles”, según el OIEA, y 66.000 tratándose solamente
de los niños bielorrusos menores de cuatro años en 1986, afirma Elisabeth
Cardis, científica de la OMS, quien destaca sin embargo que es una estimación
“sumamente aleatoria.”
¿Y qué hay de ciertas formas de cáncer que se desarrollan mucho
más lentamente? Oficialmente, la OMS se atiene a la posición que adoptó
en 1996 al señalar que “si bien algunos informes aluden a un aumento de la
incidencia de ciertas patologías malignas [...] esos informes carecen de coherencia
y reflejan tal vez diferencias metodológicas en el seguimiento de las poblaciones
expuestas.”
Basándose en los datos relativos a Hiroshima y Nagasaki, Baverstock pronostica
un “exceso” de 6.600 cánceres mortales, de los cuales 470 serán leucemias.
Un equipo de médicos belarrusos anuncia sin embargo haber descubierto tasas
de leucemia cuatro veces superiores a la media nacional entre los liquidadores más
expuestos. Y algunos temen, como en el caso del cáncer de tiroides, que las
cifras superen con mucho las previsiones.
El muro
del silencio
Las incertidumbres científicas
no deben sin embargo hacernos olvidar las razones políticas subyacentes, afirma
Tobias Muenchmeyer: los gobiernos, que filtran la mayor parte de las estadísticas
utilizadas por los organismos de las Naciones Unidas, tienen sus propios imperativos
políticos. Así, Ucrania dispone de 14 reactores nucleares y está
construyendo otros cuatro, según el OIEA. “Por un lado, el país no
quiere perjudicar su imagen de potencia nuclear, pero por otro las autoridades desean
también obtener ayuda para sus programas de salud, de ahí que se contradigan
con pocos días de intervalo”, explica este experto de Greenpeace.
Las autoridades belarrusas han minimizado reiteradamente la catástrofe, aunque
el país recibiera en su día 70% de las precipitaciones radiactivas.
“Parten del principio de que no pueden resolver el problema, pues las zonas y el
número de personas contaminadas son demasiado importantes y el gobierno demasiado
pobre. Han decidido acallar todas las voces discordantes”, dice Muenchmeyer. Esta
actitud ha obstaculizado la investigación y, al parecer, ha impedido que estudios
realizados por investigadores belarrusos lleguen a las Naciones Unidas.
Hace dos años, Rosa Goncharova, del Instituto de Genética y Citología
de Minsk, afirmó en una conferencia que desde 1985, los bebés nacidos
con labios leporinos, trisomías y otras anomalías habían aumentado
un 83% en las zonas más contaminadas, 30% en las zonas moderadamente contaminadas
y 24% en las zonas “limpias”.
Elizabeth Cardis, de la OMS, con la que tomamos contacto a los efectos del presente
artículo, afirmó que no había recibido copia de la comunicación
de Rosa Goncharova. Tampoco había recibido un ejemplar de los trabajos de
Vasily Nesterenko, director del Belrad, instituto independiente belarruso de radioprotección
(ver entrevista). Cabe mencionar también la suerte que corrió Yuri
Bandazhevsky, defendido actualmente por Amnistía Internacional, y lo que sucedió
con sus investigaciones. Como rector del Instituto Médico de Gomel, practicó
autopsias en personas cuyo fallecimiento, se pensaba, no tenía que ver con
la catástrofe de Chernobil. Comparando sus órganos con los de ratas
alimentadas con cereales que contenían cesio radiactivo hizo un descubrimiento
alarmante: las alteraciones patológicas de los riñones, del corazón,
del hígado y de los pulmones eran idénticas a las observadas en esos
animales. Conclusión: el cesio hizo que esas personas enfermaran y provocó
su muerte.
Las publicaciones del investigador tropezaron con un muro de silencio. Después
de criticar la forma en que el Ministerio de Salud había investigado las consecuencias
de la catástrofe de Chernobil, en el verano de 1999 fue detenido con una vaga
acusación de corrupción y encarcelado durante seis meses. Su computadora
y sus archivos fueron confiscados, y permanece en Minsk en detención domiciliaria.
Mientras vastas zonas de Belarrús continúan altamente contaminadas,
la OMS admite que ciertos alimentos producidos por granjas privadas contienen una
proporción de elementos radiactivos superior a la permitida, en tanto que,
gracias a que cavan la tierra a mayor profundidad y utilizan abonos, la mayoría
de las granjas colectivas no sobrepasan los topes mencionados.
Pero en un contexto económico difícil, miles de personas dependen de
las granjas privadas, recuerda Vasily Nesterenko. En su opinión, una cuarta
parte de los cultivos procedentes de las zonas contaminadas rebasan los máximos
oficiales de radiactividad y más de 500 pueblos beben leche contaminada. Por
último, recuerda Keith Baverstock, de la OMS, muchas personas recogen setas
o bayas, o practican la caza, cuya carne es la más peligrosa desde el punto
de vista de la radiactividad.
Por no hablar de la gente que vuelve a establecerse en la zona prohibida, en su mayoría
mujeres ancianas que estiman que, a su edad, la radiactividad no puede causarles
grandes males. Según fuentes no confirmadas, recientemente nació un
bebé en la zona. Como recordaba Kofi Annan, la tragedia prosigue.
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