
Nelson Mandela bailando en la octava asamblea del Consejo Mundial de Iglesias, celebrada
en diciembre de 1998.
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Un
pionero de la teoría sobre la coreografía africana
Perteneciente a una de las grandes “familias”
herederas de las llamadas máscaras de sabiduría del Oeste africano,
el coreógrafo e investigador independiente Alphonse Tiérou, 43 años,
muy pronto conoció el entorno de los grandes jefes tradicionales y de los
altos dignatarios. Tras una formación clásica en dialéctica
y retórica africana, realizó estudios en el Instituto de Artes de Abidján,
capital de Côte d’Ivoire, su país natal.
Su primer libro, Le Nom africain ou langage des traditions, publicado en 1977, está
dedicado a la civilización oral. Un año más tarde, apareció
su obra sobre las máscaras africanas, Vérité première
du second visage africain. En 1983 publicó La Danse africaine c’est la vie,
seguido de su principal obra sobre la coreografía tradicional, Doplée:
loi éternelle de la danse africaine, de la que ha habido tres ediciones desde
1989. Su primera novela, Ségoulédé, apareció en 1992.
Su nuevo libro para la misma editorial parisiense, Maisonneuve et Larose, se titulará
Si la danse bouge, l’Afrique bougera.
Alphonse Tiérou es también autor de una exposición itinerante
presentada en junio de 2000 en el Museo del Hombre en París: “De la danza
a la escultura: una mirada diferente en la estética africana.”
Actualmente dirige el Centro Dooplé de recursos, pedagogía e investigación
sobre la creación africana, en París. Para más información,
llamar al (33 1) 44 73 42 01.
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Desde que la danza africana se ha difundido a través del mundo, ha hecho más
por el acercamiento entre la juventud del Norte y del Sur que todas las políticas,
por buenas y generosas que sean. |
Para el coreógrafo
e investigador de Côte d’Ivoire Alphonse Tiérou, la danza, elemento
esencial de la cultura africana, constituye un factor de desarrollo económico
y social.
Su última obra se
titula Si la danse bouge, l’Afrique bougera (Si la danza cambia, Africa cambiará.)
¿Qué quiere decir con esa frase?
Que el desarrollo económico de un país no depende sólo del
capital y del trabajo, como sostienen los economistas y la tradición liberal.
La cultura es igualmente decisiva. En La société de confiance (La sociedad
de la confianza. Ed. Andrés Bello) libro publicado en 1995, el académico
francés Alain Peyrefitte explicaba justamente que las grandes teorías
que estiman que el eje del desarrollo reside en los recursos económicos (materias
primas, capitales, mano de obra, producción, inversión, tasa de crecimiento...)
se habían quedado desfasadas. Según él, los factores de orden
cultural, relegados a la categoría de “pequeños satélites”,
debían ser considerados como el motor esencial del progreso.
En efecto, los elementos intangibles e inmateriales de la cultura condicionan las
mentalidades. Por eso pueden ser una auténtica locomotora para la sociedad.
Si eso no se tiene en cuenta, si no se les sitúa en el centro del problema
del desarrollo, corren el riesgo de transformarse en obstáculos insuperables.
¿Cuáles son los factores culturales que pueden representar obstáculos
al desarrollo de Africa?
Los tabúes, la superstición, la poligamia, el tribalismo... Una
mujer, ¿cómo puede realizarse si está obligada constantemente
a luchar contra rivales para conservar el afecto de su marido? ¿Cómo
puede uno criar adecuadamente a sus hijos si tiene que someterse a la voluntad de
los mayores? ¿Cómo lograr la distancia necesaria y reflexionar con
serenidad cuando la costumbre obliga a diez o veinte personas a vivir bajo el mismo
techo? Esta práctica constituye a mi juicio un abuso de los valores tradicionales
de fraternidad y generosidad, pues frena todo proyecto individual. No es posible
ahorrar dinero ni hacer planes personales pues prevalecen las exigencias del grupo.
Esta percepción “gregaria” del hombre, arraigada en la cultura tradicional,
no concibe la existencia del individuo al margen de la comunidad cuando, justamente,
la fuente del progreso es la individualidad.
Pero de todos estos problemas, el más grave es la dimensión y extensión
que ha adquirido el complejo de inferioridad. Genera una cultura del subsidio en
detrimento de una cultura de la responsabilidad. Este depender de la asistencia
exterior paraliza y asfixia a todo un continente y destruye las bases del vínculo
social. Estoy convencido de que la causa primordial del subdesarrollo de Africa es
la falta de confianza de los africanos en sí mismos.
¿Qué quiere decir?
El africano no confía en el africano. Basta ser blanco para disfrutar
de mayor consideración y mayores medios que un negro. Voy a dar un ejemplo
personal. En 1987, durante una gira de conferencias en Africa negra, fui detenido
en un país y llevado ante el ministro de la Juventud, Deportes, Cultura e
Investigación Científica, que había considerado sospechoso mi
discurso sobre la cultura africana. Al cabo de un interrogatorio interminable, un
blanco entró en el despacho. Intervino en mi favor. El ministro cambió
de tono inmediatamente. Con unos pocos telefonazos, me abrió las puertas de
todos los medios de información y puso a mi disposición la más
hermosa sala de conferencias de la capital, la del único partido político
de su país. Situaciones semejantes se producen todos los días en nuestros
países.
Ese complejo de inferioridad se observa también en la relación con
la danza tradicional. Ocurre que artistas africanos que han adquirido un barniz de
formación en danza occidental rápidamente empiezan a denigrar sus raíces.
De la misma manera, muchos intelectuales africanos, en vez de hacer su propio análisis,
se contentan con repetir lo que dicen y escriben acerca de nuestra cultura ciertos
pseudoespecialistas extranjeros. El discurso de estos últimos tiende a encerrar
la danza africana en un ghetto y a negar al continente el derecho a la evolución,
a la modernización: ven Africa como un museo viviente de las tradiciones del
pasado.
¿Puede la danza cambiar esta mentalidad?
Estoy convencido de ello. Es sabido que el acto creador es fundamental para la
emancipación del individuo. Pero lo es más en el contexto africano,
en el que la individualidad, fuente del progreso, a menudo es aplastada por la presión
de la conformidad con el grupo.
En ese plano puede intervenir la danza como factor de desarrollo. Es capaz de arrancar
las raíces muertas, de destruir las causas del mal, profundamente arraigadas
en el subconsciente humano, de dar al individuo la posibilidad de reconciliarse consigo
mismo, de realizarse. Es así como puede ayudar a que la sociedad cambie. Pues
sólo una sociedad constituida por individuos libres y seguros de sí
mismos puede encontrar soluciones adecuadas a sus dificultades.
Elemento esencial de la cultura africana, la danza moviliza una suma considerable
de energía que habría que encauzar mejor. En Africa, todo el mundo
baila: los faraones, los reyes y las reinas, los santos, los sacerdotes, las mujeres
embarazadas, los bebés, los ancianos, los jueces, los generales, los jefes
de Estado... ¡Acuérdese de Mandela!
Los poderes públicos en Africa deberían tener más en cuenta
el aspecto emancipador de la danza y dar, tanto a los creadores como a los investigadores,
medios para proseguir su misión con mayor eficacia. No deben olvidar que el
mero hecho de interrogarnos sobre nuestros bailes, que condicionan toda nuestra existencia,
es un gran paso en la propia
autoestima para liberarnos de complejos, mostrarnos equilibrados y confiados en nuestras
posibilidades y en las de todos los africanos.
¿Cómo contribuye la danza africana a estrechar lazos con el mundo?
La creación coreográfica es un producto cultural “exportable”.
Programada en gran escala, podría convertirse en un arma para la modernidad
africana. Desde que la danza africana se ha difundido a través del mundo,
ha hecho más por el acercamiento entre la juventud del Norte y del Sur que
todas las políticas, por buenas y generosas que sean. La danza sigue siendo
el camino más corto entre un ser humano y otro. Es pasión y seducción.
En tiempos de la colonización, los occidentales lo habían entendido
perfectamente y evitaban bailar con los aborígenes.
En estos últimos decenios, gracias a la diáspora africana y a los múltiples
cursos de baile organizados en todas partes, la tendencia se ha invertido. Se han
creado verdaderos intercambios, se han trabado amistades sinceras y profundas, en
un clima de confianza, dignidad y respeto.
El creciente interés por la danza africana exige una respuesta adecuada de
parte de sus depositarios, a fin de que la oferta se desarrolle con tanta rapidez
como la demanda. Pues, retomando la fórmula del filósofo francés
Albert Jacquard, en la pista de baile, “el único combate que vale no es superar
a los demás, sino superarse gracias a los demás”.
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