
El bailarín en dooplé está de pie, con las rodillas dobladas,
los pies paralelos firmemente puestos en el suelo, separados por una distancia igual
a la existente entre los hombros...

... Ligeramente inclinado hacia adelante y con los puños cerrados, su imagen
recuerda a la de una persona que maneja el mortero.
La danza transmite nuestra visión del mundo y condiciona toda nuestra existencia.
Todos sus movimientos básicos arrastran una fuerte carga simbólica.
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En Africa la danza y la
economía están intrínsecamente ligadas: las raíces del
dooplé, primero de los diez movimientos esenciales de la danza africana, provienen
del ir y venir de la mano del mortero.
El gran poeta y presidente senegalés
Léopold Sédar Senghor decía que al emplear la palabra “paso”
los europeos hacían de la danza algo abstracto “para sacar al hombre de la
tierra y proyectarlo hacia el cielo”. Los africanos prefieren la expresión
“movimiento de base”, pues lleva implícita la adhesión del bailarín
a la tierra. Una frase famosa del mismo poeta expresa perfectamente esta simbiosis
entre el ser humano y la tierra: “Somos los hombres de la danza cuyos pies recuperan
su vigor golpeando el suelo duro.”
El primero de los diez movimientos de base, que he podido observar en todas las regiones
y en los distintos pueblos africanos, es el dooplé. Es una palabra compuesta,
tomada del ueulú, lenguaje secreto de las glaé del pueblo weon, que
vive en el Oeste de Côte d’Ivoire. Gla (singular de glaé) designa la
máscara, en el sentido africano del término, o sea que comprende tanto
el traje y los accesorios como al hombre que la lleva. Elegí la lengua de
esta comunidad de máscaras de sabiduría pues es sagrada, espiritual,
divina y, por consiguiente, no pertenece a ningún pueblo en particular. Además,
los weon (conocidos también con el nombre de gueré) son depositarios
de la única oración de las glaé, cuyo contenido expresa claramente
los aspectos a la vez espirituales, técnicos y estructurales de la danza.
En ueulu, doo significa mortero y plé, la mano de éste. Se trata de
utensilios de cocina comunes a todo el continente africano, que ocupan un lugar destacado
en la vida diaria. Los gestos de una persona que maja constituyen el fundamento de
la danza africana. Por un lado, el contacto de la mano con el mortero produce sonidos,
percusiones, una cadencia, un ritmo, en suma, una música. Por otro, el vaivén
del plé en el doo, lo pone en movimiento, lo hace temblar, vibrar, menearse...
bailar, en definitiva. Así, el doo se convierte en instrumento musical, el
plee, en objeto que baila y la persona que maja, en compositor.
La danza transmite nuestra visión del mundo y condiciona toda nuestra existencia.
Todos sus movimientos básicos arrastran una fuerte carga simbólica.
Expresan la relación del hombre con la Tierra, con Dios, con la comunidad
de los vivos, con la de los muertos... Por lo demás, cada gesto tiene un significado
preciso: bailar agachado, con los brazos cruzados sobre el plexo es un símbolo
de elevada iniciación; dar pataditas en el suelo permaneciendo en su sitio
es la expresión de un enorme júbilo; golpearse mutuamente frente contra
frente es un acto de comunión... Lenguaje codificado, la danza permite así
entablar un diálogo entre los
bailarines y los espectadores, que conocen el simbolismo que encierra. Ello explica
que no pueda calificarse con criterios occidentales, como ha sucedido a menudo. Por
ejemplo, en la danza africana presentar las dos manos abiertas es un signo de honradez,
de conciencia tranquila y de hospitalidad. En la danza contemporánea, ese
mismo gesto simboliza la densidad física del aire que el artista aprehende
o rechaza con sus manos. Unir las manos palma contra palma es un signo de oración
en el mundo cristiano. Para el africano, es una forma de concentrar todas las energías
de su cuerpo, ya que la mano derecha tiene una polaridad negativa y la izquierda,
una polaridad positiva.
El simbolismo de los gestos arranca de un contexto ético, estético
y social, que no es posible ignorar si se quiere captar el sentido profundo de la
danza africana. Y, con mayor razón, si se quiere juzgarla.
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