
La “Sala Roja” del programa
estadounidense Big Brother, desde donde los participantes se comunican con
los productores del programa.

Fans de los participantes de
Big Brother en Alemania. |
Si los programas como Gran
Hermano triunfan en todo el mundo, es por simple voyeurismo. Viaje al corazón
del televidente moderno.
Nueve
personas recorren España en autobús. Diez polacos serán encerrados
en una casa en Varsovia. Los alemanes que adelgacen ganarán el peso perdido
en oro. Son acontecimientos prosaicos que, seguidos por las cámaras, pasan
a ser ofrecidos como programas de televisión en las horas mayor audiencia.
Todos sus protagonistas aparecen embarcados en un misma aventura, pero sólo
uno ganará.
Durante siglos filósofos y científicos han querido saber qué
era la realidad. Para la televisión de hoy es un material que seduce a un
público de incansables mirones. En Europa Oriental y Occidental, en América
del Norte y del Sur, programas basados en mostrar la sucesión “real” de hechos
vividos por gente “corriente” —atraída por los premios en metálico—
constituye un desafío a las normas de funcionamiento de la industria. Basta
con instalar a diez hombres y mujeres desconocidos bajo llave en una casa en España
y grabarlos con 29 cámaras de televisión para obtener un resultado
sorprendente: 12 millones de personas, un tercio de la población del país,
miran el programa.
Dondequiera que se haya trasplantado la fórmula de la pantalla pequeña
como vigilante siempre alerta unida a los premios en efectivo y al aislamiento, dicha
fórmula ha triunfado. En Estados Unidos, Survivor, que abandonó a 16
concursantes en una isla de Malasia con un calor sofocante y los obligó a
alimentarse a base de gusanos, captó 50 millones de telespectadores en pleno
verano. Un programa semejante en Brasil obtuvo un enorme éxito. Al mismo tiempo,
15 países han adaptado el programa holandés Big Brother, lanzado en
1999, en el que diez personas que viven en una casa conversan, conspiran, mientras,
gracias al voto de los televidentes, su número se reduce a lo largo de los
meses hasta que sólo queda el ganador. Se calcula que 300 millones de personas
han visto ese show. Los “veteranos” de El gran hermano en España son ahora
estrellas. Incluso las mantas que usaron fueron subastadas y algunos se han convertido
en héroes de videojuegos.
“Hemos creado un nuevo género que descubre que las personas comunes y corrientes
pueden ser interesantes. De pronto comprendemos que quizás nuestro vecino
salga del paso mucho mejor de lo que cualquiera se hubiese imaginado”, declara John
De Mol, el director holandés de Endemol Entertainment e inventor de Big Brother.
Para críticos indignados y obispos ofendidos, el nuevo género es el
símbolo del bajísimo nivel de una televisión que no respeta
la dignidad humana. Y aunque algunos coinciden con De Mol en el sentido de que se
trata de un espectáculo para todos los públicos, competitivo y excelente
para alimentar las charlas de los empleados en las oficinas, sus detractores subrayan
que exalta el voyeurismo y que es degradante. En Alemania, algunos ministros propusieron
que el programa fuera declarado inconstitucional. Bernard Crick, biógrafo
de George Orwell, señaló con desaliento que se había cumplido
la profecía de éste. La gente “a través de la degradación
cultural se despolitiza, permanece muda, y a nadie se le ocurre exigir una participación
adecuada”, ha escrito refiriéndose a la sátira de Orwell 1984, la novela
que inventó al Gran Hermano.
Un tal éxito de público y la naturaleza de las críticas parecería
indicar que entre las cámaras y los seres humanos ha nacido una nueva relación.
“Los televidentes proceden de todos los medios sociales, incluso de los de un alto
nivel cultural”, señala Ignacio Bel, profesor de Derecho en la Facultad de
Ciencias de la Información en Madrid. “Obedecen a una fascinación morbosa,
a una curiosidad malsana.” Ese dictamen ha sido confirmado por el canal estadounidense
Court TV, que ofreció una emisión en la que los delincuentes confesaban
ante las cámaras los asesinatos que habían cometido. Sin embargo, viendo
Big Brother se desvanece la sensación de estar violando la intimidad. Para
empezar, los participantes quieren estar allí: lo que temen no es ser observados,
sino el anonimato. Y aunque buena parte del interés se basa en la expectativa
de espiar algún momento escabroso —todo el tiempo se habla de sexo, pero rara
vez se muestra realmente—, lo cierto es que la dieta del telespectador no es muy
sabrosa. En la versión británica, los participantes dormían
en exceso, se ocupaban del gallinero, fotocopiaban su anatomía y se lamentaban
del profundo aburrimiento de vivir de la televisión y sin televisión.
Pero una mirada más atenta nos revela otros significados de la misma falta
de acción. No sucede casi nada, nadie dice nada inteligente, pero las cámaras
captan los parpadeos, los gestos que alimentan la TV de la realidad. Cada conversación,
por vacua que sea, participa de la expresión personal, del afán por
impresionar a aquéllos con los que se comparte casa (y que se expulsan entre
sí) y del deseo de granjearse la simpatía de millones de telespectadores.
Es una tremenda operación de relaciones públicas. “Interesó
al psicólogo que hay en mí”, afirma Nidi Etim, 39 años, de Manchester
(Inglaterra), “el observar cómo interactuaban, quiénes eran los líderes,
cómo se hacía la selección”.
El origen de la popularidad de los reality shows está en esos conflictos interpersonales
—el mismo motor que anima el drama tradicional, las telenovelas y los talk-shows.
Y lo cierto es que los talk-shows son parientes cercanos de los nuevos programas,
al permitir que personas “comunes y corrientes” saquen a colación problemas
íntimos bajo los focos de los estudios. Pero el enfoque del nuevo género
es diferente. Las cámaras están instaladas en una isla o en una casa,
a la que se invita a una minicomunidad. Los televidentes fisgan lo que sucede, vigilan
las reacciones, juzgan los comportamientos. En vez de narrar una historia individual,
el tema es la desintegración de una comunidad artificial.
“Es la mejor combinación de ficción y realidad vista hasta ahora”,
dice Elizabeth López, productora de Gran Hermano para Tele 5 de España.
Los shows pueden fabricarse artificialmente (los productores de Big Brother trataron
de sobornar a los concursantes sosos, dándoles 50.000 dólares por permitir
el ingreso de una nueva participante “sexy”), pero, como afirma López, quien
compite “escribe su propio guión”. Para muchos espectadores la lucha es demasiado
evidente. Se trata del equilibrio entre permanecer en el show, expulsar de él
a los demás, y mantener al menos una solidaridad de fachada. Es un “guión”
equiparable a la experiencia que vivimos en nuestra familia o en nuestro puesto de
trabajo, siempre luchando por ser reconocidos como los mejores sin dejar de ser populares
como compañeros. En los debates de chat de Internet, se discute sobre quién
es sincero, quién está representando el papel del bueno y quién
es el malo: en resumen, cómo afronta cada persona el desafío. Si añadimos
cámaras y preparación escénica, dice el psicólogo social
Peter Lunt (ver entrevista pág 47), el juego será aún más
serio: los concursantes no sólo se enfrentan unos con otros, sino con la esencia
misma de la vida en un mundo dominado por las emociones, el lenguaje y las imágenes
acuñadas por los medios de comunicación.
Estamos ante un nuevo tipo de fama. Bart Spring, de Holanda, y el vencedor del Survivor
estadounidense, Richard Hatch, un preparador de ejecutivos homosexual, son tan famosos
que incluso pueden lanzar una línea de ropa. En vez de mostrar una dentadura
perfecta, las nuevas estrellas brillan siendo como todo el mundo: son personas que
cualquiera habría podido conocer antes de que contratasen los servicios de
guardaespaldas y de asesores de imagen. La disponibilidad de numerosos shows en Internet,
los sitios de chismorreo, incluso la posibilidad de participantes por e-mail, refuerzan
su atractivo democrático. La televisión parece sometida al control
de los televidentes, incluso cuando proclama el poder de los medios de comunicación.
Las
cadenas buscan nuevos programas con más emociones
A raíz
de sus éxitos iniciales, esta combinación de documental y programa
de juegos sin interrupción está generando un verdadero frenesí
de búsqueda de nuevas emisiones. De ahí el encerrar voluntarios en
autobuses (The Bus, el nuevo show de De Mol), encadenándolos a posibles amantes
(Chains of Love, De Mol nuevamente), o persiguiéndolos por las ciudades (un
juego sumamente extraño en www.realityrun.com). “Todos los que tienen éxito
son copiados”, afirma Todd Gitlin, de la Universidad de Chicago.
Nadie resulta dañado, dicen los productores del show. No hay derramamiento
de sangre. Y nadie termina siendo más pobre. La relación televisión
y sociedad es una madeja enredada. Ver bajo lupa, sufriendo las de Caín, a
hombres y mujeres, puede ser divertido ¿pero no será que la televisión
está extendiendo su imperio? Y al hacerlo, ¿no está imponiendo
su propia visión del mundo “real”?
“Sospecho que de esos shows se desprende una suerte de cinismo lúcido”, afirma
Gitlin, “la aceptación de la idea de que todo es representación, de
que los sentimientos son superficiales, de que la diferencia entre la vida y la simulación
es insignificante”. No estamos ante un infierno voyeurista, sino ante la adaptación
de la vida al formato televisivo: tal vez sea ése el principal mensaje de
la “televisión de la realidad”.
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