
© Alain Le Quernec, Francia
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Después
del pan, la educación es la necesidad más primordial del hombre.
Georges
Jacques
Danton, líder revolucionario francés (1759-1794)
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Apoyándose en una
creciente ola de críticas a la educación pública, los círculos
comerciales están invadiendo un nuevo territorio con mentalidad de gerentes
y espíritu de empresa.
Al
soplar con más fuerza los vientos de la liberalización, un nuevo vocabulario
inspirado directamente en la jerga de los negocios está sentando sus reales
en la educación. Los directores son gerentes, los padres clientes quisquillosos,
mientras las escuelas innovan para ofrecer un servicio eficaz que reporta beneficios
y convierte a los alumnos en individuos aptos para el mercado de trabajo.
Este movimiento se impone en el mundo entero, impulsado por la vox populi y por los
círculos empresariales. Su blanco es la mala imagen de la educación.
A mediados de los años noventa, la Mesa Redonda de Industriales Europeos,
que agrupa a empresas muy importantes, señaló con el dedo “el foso
cada vez más amplio entre la formación necesaria para desenvolverse
en el complejo mundo actual y la educación que se recibe”. La firma de corretaje
Merril Lynch deplora que “en las últimas pruebas realizadas a nivel internacional,
los bachilleres de Estados Unidos figuraron en último lugar en matemáticas
y entre los últimos en ciencias”. El Foro Mundial sobre la Educación,
reunido en Dakar en abril de 2000, estimó “inaceptable que en el año
2000 haya todavía más de 113 millones de niños sin acceso a
la enseñanza primaria y que la adquisición de valores humanos y competencias
diste tanto de las necesidades y aspiraciones de las sociedades”.
La educación, que representa 25 a 30% del gasto público, “se está
convirtiendo en un tema político que suscita controversias en los planos nacional
y local, a causa de la descentralización”, destaca Motoyo Kamiya, de la OCDE.
El sector privado, que absorbe aproximadamente 20% de los gastos de educación,
siempre ha brindado servicios, libros de texto o escolarización a través
de establecimientos confesionales, ONG u otros canales. Pero ahora se estima que
el conjunto del sector público de la educación está maduro para
una liberalización. Para sus partidarios, la educación, junto con la
salud, es el último bastión que queda por conquistar.
Quienes critican al sector público denuncian sus estructuras ineficaces, anticuadas,
burocráticas y, a menudo, demasiado centralizadas. Invocando los principios
que han hecho prosperar a las empresas, sostienen que la escuela necesita el incentivo
del mercado y la presión de la competencia para mejorar y renovarse, objetivo
que se puede lograr con diversas formas de privatización. Como afirman los
industriales europeos, “la situación podría cambiar radicalmente si
la escuela viviera la misma transformación que el lugar de trabajo”.
Educación,
el último bastión que se resiste al mercado
La educación
superior está en vanguardia de esta mercantilización, que supone entre
otras cosas estrechar lazos con la industria y conquistar la enseñanza en
línea. Pero las nuevas tecnologías no son los únicos responsables.
Como señala Motoyo Kamiya, está en curso una profunda reforma del sector
público de la enseñanza, orientada hacia el mercado. En Estados Unidos
y en el Reino Unido, ciertas clasificaciones ampliamente difundidas por los medios
de información “están ejerciendo presión en las escuelas para
atraer alumnos y, por ende, financiación”. En muchos países, las reglamentación
aplicable a la instalación de nuevas escuelas se vuelve menos estricta, a
la vez que la gestión de los establecimientos del Estado se encarga a empresas
privadas.
El paso siguiente es convertir las escuelas en empresas. En Africa Occidental abren
sus propios centros profesores jubilados. En otras regiones en desarrollo, verdaderas
redes de colegios totalmente privados atraen a un número cada vez mayor de
jóvenes. Obligados a reducir gastos, los gobiernos desregulan y ofrecen incentivos
al sector privado. En Côte d’Ivoire, 60% de las escuelas secundarias están
en manos de particulares.
Y la tendencia se acentúa. “Lo que da impulso al sector comercial es la exigencia
de los padres de una educación diferente y mejor”, afirma Harry Patrinos,
del Banco Mundial. “Actualmente, en países relativamente pobres las personas
quieren inglés y tecnología. Saben que les hace falta. Estiman que
el sector privado puede ofrecer productos que respondan a esta carencia.”
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