
Imagen del sitio web de Unext.com, proveedor de cursos en línea.
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Si
el gobierno se decidiera a exigir que todos los niños recibieran una buena
educación, se ahorraría el problema de tener que dársela. Dejaría
a los padres elegir libremente una escuela para sus hijos y se contentaría
con pagar la educación de los niños más pobres.
John
Stuart Mill,
filósofo británico
(1806-73)
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Universidades prestigiosas se
alían para entrar en el mercado de la enseñanza electrónica.
Pero la competencia con las empresas privadas es muy dura.
Las universidades del planeta reaccionan ante la mundialización
del mismo modo que las compañías aéreas: formando alianzas estratégicas.
El Mercado Mundial de la Educación, que en mayo de 2000 congregó en
Vancouver a más de 60 países, fue una iniciativa muy oportuna, puesto
que el objetivo de esa feria era poner en contacto a las universidades, a los prestatarios
de servicios de formación, a los editores de programas y a los representantes
de los Estados con mayor demanda educativa.
¿Por qué esta fiebre de alianzas? En la mayor parte de los países
industrializados ha disminuido el presupuesto para enseñanza superior, obligando
a las facultades a encontrar nuevas fuentes de ingresos para financiar sus actividades
o, sencillamente, para sobrevivir. Paralelamente, la necesidad de formación
permanente aumenta sin cesar, puesto que cada vez son menos las personas que cambian
de trabajo varias veces en su vida. Además, en la sociedad de la información
los conocimientos cambian constantemente. Por último, las innovaciones tecnológicas
brindan a la ciberenseñanza instrumentos cada más complejos.
Para las empresas, la e-educación o educación en línea es una
nueva mina de oro. Las necesidades en materia de formación permanente y de
cursos de perfeccionamiento crearán un mercado de 11.500 millones de dólares
de aquí al año 2003. Ahora bien, el sector privado parece ser el más
apto para crear y mantener la infraestructura tecnológica que exige el funcionamiento
de amplias redes electrónicas. Y todo el mundo, incluso las universidades,
reconoce que hay que disponer de un sistema de telecomunicaciones particularmente
eficaz para responder a la demanda. En vista de ello, han surgido numerosas empresas
especializadas que ayudan a las universidades a concebir y realizar cursos por Internet,
mientras los proveedores de acceso se movilizan para introducirse en este campo.
Estados Unidos es el líder indiscutido de la enseñanza electrónica:
por eso, los gobiernos británico, canadiense y australiano han emprendido
estudios detallados sobre el peligro que supone para sus universidades la internacionalización
de la actividad educativa estadounidense. Canadá y el Reino Unido apenas comienzan
a lanzar sus universidades virtuales. En esta carrera por conquistar el mercado de
la formación permanente, es indudable que el tradicionalismo y los métodos
burocráticos de muchas las universidades llevan las de perder.
Hasta la fecha las universidades han penetrado en el mundo de la e-educación
de dos maneras: concibiendo cursos para una empresa asociada, o concertando alianzas
entre ellas. La compañía británica Universitas 21, por ejemplo,
es una red de 18 prestigiosas universidades de 10 países. A principios de
año, se alió con la News Corporation de Robert Murdoch para proporcionar
programas de enseñanza superior de muy alto nivel, que utilizan tecnologías
y métodos de enseñanza innovadores. En octubre de 2000, Stanford, Princeton,
Yale y Oxford constituyeron la Alianza de las Cuatro Grandes a fin de brindar formación
literaria y científica a medio millón de estudiantes.
Por temor a perder prestigio, las universidades más destacadas se abstienen
de transmitir en línea la totalidad de sus programas. Muchas sólo imparten
a través de Internet educación continua o cursos que no confieren diplomas,
y en su mayoría apuntan al mercado de las empresas. Así, la empresa
UNext.com se ha asociado con establecimientos de primer orden como la Universidad
de Columbia en Estados Unidos o la London School of Economics para vender cursos
en línea a 500 de las principales empresas mundiales. En la concepción
de sus programas participan varios premios Nobel y las universidades cobran derechos
por los cursos. Otros establecimientos públicos han creado “filiales” comerciales
para elaborar programas en línea. Esta técnica facilita la comercialización
de sus productos sin comprometer su prestigio académico.
La educación no es un producto cualquiera
Además, hay universidades virtuales con fines comerciales, despreciadas por
las viejas instituciones, orgullosas de su larga tradición de servicio público.
La más conocida es Phoenix University de Estados Unidos. Propiedad actualmente
del grupo Apollo, administra el programa en línea más importante del
país para 12.200 clientes. Phoenix controla los progresos de sus alumnos y
establece contacto con los que no entregan sus deberes a tiempo o no se matriculan
en el nivel superior. Su espíritu abiertamente comercial suscita críticas,
pero es indiscutible su influencia en materia de formación permanente.
Aunque la enseñanza virtual se encuentre en pañales, su impacto es
muy real. Nuevos actores entran en juego, y la tendencia se acelera hasta perturbar
el monopolio de las universidades. Una formación en tecnología dispensada
por Microsoft tiene hoy día más valor que una licenciatura obtenida
en más de una universidad de prestigio.
Además, cuanto más espíritu comercial tiene el “formador”, mayor
es la influencia que ejerce la demanda en sus servicios. En el mercado de la educación
predominan los estudios de administración de empresas (MBA) seguidos muy de
cerca por los de tecnología de la información. Como el nuevo consumidor-alumno
exige flexibilidad, libertad de elección y resultados rápidos, inevitablemente
habrá empresas que tratarán de atender sus exigencias a expensas de
la calidad de la enseñanza. Por otra parte, ¿el consumidor sabe realmente
elegir lo que le conviene? La educación es un producto mucho más complejo
que un dentífrico o una lejía. Si ese mercado se plegara totalmente
a la demanda de los consumidores, no respondería adecuadamente a los intereses
de la sociedad a largo plazo.
Más libertad de elección
para el alumno
La mercantilización de la enseñanza
va unida por lo general a un proceso de descentralización: la concepción
de un curso, su presentación, el seguimiento personal de los alumnos, la evaluación
de sus conocimientos y su certificación pueden correr a cargo de varias organizaciones
distintas. Los alumnos pueden perfectamente seguir cursos o módulos de organismos
de formación diferentes para luego presentarse a los exámenes de la
institución que deseen.
Aunque a la mayor parte de las universidades no les gusta corregir exámenes
o trabajos de sus alumnos, condenan sin embargo el sistema mercantil acusándolo
de matar la idea de la universidad como comunidad de investigadores. También
se ha vaticinado la muerte del curso académico, pues los alumnos, –sobre todo
los que trabajan– desean módulos breves. ¿Cómo dominar un tema
cuando sólo se han estudiado fragmentos de un saber sin un vínculo
entre sí? Existe el riesgo de que los estudiantes zapeen entre esas breves
secuencias tal como hacen frente al televisor.
Sin embargo, si la enseñanza en línea inquieta a algunos profesores,
genera también lo esencial de la innovación pedagógica universitaria.
Internet es el medio a través del cual las facultades elaboran instrumentos
multimedia y simulaciones interactivas. Y sus métodos nuevos de estudio en
grupo, por ejemplo, hacen que sus cursos sean a veces más estimulantes que
muchas clases magistrales.
Pese a las hipótesis catastrofistas, la mayor parte de los observadores estima
que el futuro de los campus no está amenazado, pues siguen siendo ideales
sobre todo para impartir los primeros años de enseñanza superior. La
e-educación debería sobre todo llegar a los adultos de profesiones
liberales o técnicas y a los trabajadores independientes. Algo de comercio
en la educación no hace mal a nadie: fomenta la innovación, la búsqueda
de calidad y la sensibilidad frente a la demanda. Aunque, en educación como
en todo lo demás, lo que es bueno en pequeñas dosis puede no serlo
en grandes cantidades.
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