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La
educación
es el arte de hacer ético al hombre.
Georg
Friedrich Hegel, filósofo alemán,
(1770-1831)
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Si los planificadores no
adoptan una visión más cabal de la educación, pueden llevar
a sus países por muy mal camino.
El imperativo de la supervivencia
en una economía global ha impulsado los cambios del sistema educativo que
se han producido en la mayoría de los países a lo largo del último
decenio y que, debido a la fuerte conmoción provocada por el desastre económico
de 1997, han sido particularmente notables en Asia y el Pacífico. Pero en
el actual proceso de reforma, caracterizado por la comercialización acelerada,
algunas misiones esenciales de la educación están quedando al margen,
y los países corren el riesgo de pagar muy cara su imprevisión.
Las consideraciones económicas revisten gran importancia en el mundo de hoy.
Los estudiantes deben adquirir conocimientos y capacidades que les permitan sobrevivir
y competir en la economía global, que valora el capital humano. Una mano de
obra bien preparada sitúa favorablemente a una nación en la competencia
mundial. Es lógico que el énfasis en los beneficios económicos
que impera hoy en el mundo de la educación atraiga fondos privados. Pero a
la educación le corresponden otras funciones, consecuencia insoslayable de
un desarrollo más equilibrado y más equitativo.
La primera es la función social: la educación tiene que facilitar la
movilidad social y favorecer la integración de grupos que presentan una gran
diversidad. Es en la escuela donde los niños amplian su círculo de
relaciones, conviven y cobran conciencia de su pertenencia a una comunidad. Vinculada
a esta función social de la educación está su función
política: las escuelas existen para inculcar los valores cívicos, para
enseñar derechos y obligaciones, en suma, para formar a ciudadanos responsables.
Habida cuenta del avance de la democracia en numerosos países en los últimos
años, esta función es esencial. Viene a continuación la función
cultural: desarrollar la creatividad y el sentido estético, aceptar otras
tradiciones y creencias sin dejar de apreciar las propias son elementos que contribuyen
a la plena realización del individuo. Por último, la educación
es un objetivo en sí y por sí misma. Las escuelas enseñan a
los niños a aprender y tienen un papel determinante en la transmisión
del saber de una generación a otra. Todas estas facetas del aprendizaje son
fundamentales para nuestras sociedades a largo plazo. En este mundo globalizado e
interdependiente, estas funciones se internacionalizan cada vez más. La educación
ha de actuar para eliminar el racismo y el sexismo, fomentar intereses comunes, promover
movimientos en favor de la paz y mejorar el entendimiento internacional.
Más
ética y menos comercio en la enseñanza benefician a la sociedad
Prácticamente nadie discute que la educación es la columna vertebral
de una sociedad instruida. El problema surge a la hora de establecer un equilibrio
entre sus distintas funciones. La comercialización de la educación
a la que asistimos en el mundo entero obliga a las escuelas, los educadores, los
padres y los planificadores a buscar de modo inevitable resultados comercialmente
interesantes y a corto plazo. Abogados, banqueros y hombres de negocios participan
cada vez más en los debates sobre educación. A raíz de la crisis
del sudeste asiático de 1997, su intervención fue decisiva para modificar
el punto de vista de los docentes, y en muy poco tiempo el interés por los
resultados académicos se transformó en interés por el desarrollo
de las habilidades de comunicación y creatividad. Este proceso no es en sí
deplorable, el problema es que esas habilidades están supeditadas a la supremacía
de los valores económicos.
Cada vez se da más por sentado que si el crecimiento económico no va
acompañado de buen gobierno, distribución justa de los beneficios,
protección social y ambiental e interés por la cultura, la fractura
se producirá. Sólo la educación responde a todos estos problemas.
Pero los planificadores conscientes de esta misión holística de la
educación son minoritarios en los debates y reformas actuales. El principal
desafío consiste en controlar la comercialización y adoptar una actitud
más ética frente a la educación, es decir, una visión
estratégica a largo plazo.
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