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La vigencia del estereotipo

La FIFA reacciona

Desórdenes en Estrasburgo

Las mil caras del racismo en el fútbol
Tim Crabbe, profesor de sociología del deporte en la Universidad Hallam de Sheffield, Reino Unido.
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Aficionados británicos en un partido en Lille, Francia, durante la Copa del Mundo de 1998.





La FIFA reacciona

El Comité Ejecutivo de la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) reaccionó ante los incidentes registrados en España e Italia declarando que “condena enérgicamente esas manifestaciones públicas de racismo. Los comportamientos de esa índole, observados en el terreno, en las tribunas y fuera del estadio, son inaceptables”. Aunque encomiables, estas declaraciones no ocultan la falta de medidas contra los directivos del fútbol, como el presidente del equipo turco Trabzonspoor, Mehmet Ali Yilmaz, que llamó “caníbal” y “descolorido” al jugador inglés negro Kevin Campbell, obligándolo a declararse en huelga para obtener su traslado al equipo inglés Everton.




Desórdenes en Estrasburgo

Para y los directivos del Racing Club de Estrasburgo, la temporada 2000-2001 no podía empezar bajo peores auspicios. A raíz de una serie de malos resultados, alrededor de 50% de los aficionados del club de la región francesa de Alsacia-Lorena abuchearon al gerente, Claude Le Roy, y profirieron gruñidos de mono aludiendo a dos de los jugadores africanos del club. Unos días después, en un muro del estadio del club apareció pintada una esvástica con la leyenda “Le Roy, judío inmundo”. La directiva del Racing Club presentó inmediatamente una denuncia contra los presuntos culpables por incitación al odio racial, lo que dio lugar a una investigación por parte de los tribunales locales.

Las tribunas de algunos de los principales estadios de fútbol de Europa se han convertido en altavoz de comportamientos racistas, aunque el problema va má allá de lo que sucede el día del partido.

Tres días después de iniciarse la nueva temporada futbolística inglesa, Patrick Vieira, el centrocampista ganador de la Copa del Mundo en Francia y de la Copa de Europa 2000, fue expulsado cuando jugaba en el Arsenal contra el Liverpool, al ser sancionado con una tarjeta roja, la segunda en dos partidos. Enseguida la prensa inglesa empezó a especular sobre si dejaría de jugar en Inglaterra, basándose en las acusaciones del futbolista de que había sido víctima de intimidación “racista” tanto por parte de sus compañeros como de los directivos del club. Según Vieira, recibía insultos no por ser negro, sino por ser francés —queja formulada anteriormente por futbolistas como Eric Cantona, Frank Leboeuf y Emmanuel Petit. Pocos meses antes se había sancionado a un defensa del West Ham por haber tratado a Vieira de “French prat” (trasero francés) y de haber dicho, burlándose, que “sintió olor a ajo” cuando el centrocampista le escupió. “Todo eso es una sarta de tonterías”, comentó entonces Harry Redknapp, entrenador del West Ham. “No hay ninguna razón para castigarlo. ¿Por qué? ¿Por haberle gastado una broma?”
En Inglaterra, cuna de los hooligans (gamberros) en el fútbol, las formas que adopta el racismo en ese deporte han cambiado. El racismo ostensible entre los aficionados y los denuestos contra los jugadores negros, frecuentes en los setenta y ochenta, han remitido en los últimos años gracias a las intensas campañas públicas, aunque es evidente que los viejos prejuicios raciales contra los extranjeros no han desaparecido. En otros países, en cambio, invaden el juego manifestaciones de racismo mucho más triviales. En casi toda Europa, los campos de fútbol se han convertido en escenario de expresiones deplorables del fanatismo de los hinchas, que dan salida a través de las rivalidades deportivas a actitudes latentes en toda la sociedad.
La condena reciente de Ricardo Guerra por el asesinato de Aitor Zabaleta, un aficionado de la Real Sociedad oriundo del País Vasco español, es elocuente. La muerte de Zabaleta se produjo después del apedreo de un autobús de aficionados del Atlético Madrid tras un partido de liga jugado en San Sebastián, durante el cual un grupo de fanáticos que se autodenomina Bastión Atlético, al que pertenecía Guerra, cantó “Fuera, fuera maricones, negros, vascos, catalanes fuera, fuera” al son de los acordes del himno nacional español. Aunque la versión oficial asegura que lo que le costó la vida a Zabaleta fue ser partidario de otro equipo, las simpatías políticas del grupo agresor quedaron más claras cuando en el partido de vuelta sus miembros fueron filmados brincando con una bandera en la que había una cruz gamada.
Para diversos comentaristas, este odio racial puede explicarse por la influencia de grupos neonazis y neofascistas en los estadios. Además del que se ha observado en el Atlético, el extremismo racista ha resurgido entre los aficionados del Real Madrid y del Espanyol en España, del Lazio y del AC Milan en Italia, del Paris Saint-Germain en Francia y del Estrella Roja de
Belgrado en Yugoslavia. En Italia, el Udinese no insistió en contratar al jugador judío Ronnie Rosenthal cuando en las paredes de las oficinas del club aparecieron consignas antisemitas, mientras los aficionados del Lazio, antes de un partido con sus rivales locales del Roma, desplegaban una bandera con una esvástica que decía “Auschwitz es tu país, los crematorios tu casa”.
Sin embargo, lo cierto es que caracterizar a determinados clubes o aficionados como prototipos fascistas o racistas resulta engañoso. Aunque Alemania tiene una de las peores reputaciones en cuanto a influencia de la extrema derecha entre sus aficionados, muchos estiman que esta imagen, impulsada por los medios de comunicación, no refleja adecuadamente la realidad. Por ejemplo, el Profesor Volker Rittner, del Instituto de Sociología del Deporte de Colonia, sostiene que “los símbolos nazis cumplen un papel de provocación; rompen tabúes. Pero el fondo no es político, su finalidad es llamar la atención y aparecer en los periódicos del lunes.” Incluso cuando se demuestra un comportamiento con motivaciones racistas entre los aficionados, éste es a menudo inestable, contradictorio e incluso secundario en comparación con las enemistades resultantes del fútbol. Durante los últimos partidos de la Copa del Mundo celebrada en Italia en 1990, cuando los hinchas del Napoli abandonaron al equipo nacional italiano para animar a su héroe local argentino Diego Maradona, los hinchas del norte de Italia mostraron su hostilidad hacia Maradona, el Napoli y la región meridional apoyando a cualquier equipo que jugase contra Argentina, y así los elementos “racistas” entre los aficionados del Norte no tuvieron ningún empacho en vitorear con entusiasmo al equipo africano negro del Camerún cuando éste jugó contra Argentina, encarnación de todo lo que los del Norte detestaban, en ese momento.

Brasil prefiere los insultos sexistas a los raciales
En resumen, el racismo que se manifiesta en los partidos de fútbol en Europa depende, las más de las veces, de tradiciones y rivalidades propias de las culturas de los hinchas. En este caso, el concepto de “insulto eficaz” resulta útil: los aficionados tenderán a emplear la injuria más efectiva y virulenta, en un afán de causar el mayor daño posible. Los hinchas de los clubes ingleses, cuando se enfrentan a los clubes de Liverpool, cantan habitualmente “prefiero ser paki (pakistaní) que scouse (oriundo de Liverpool)”. En este caso, el insulto se elige pensando en los parias despreciados por ambos grupos de hinchas, con el claro objetivo de que resulte lo más hiriente posible. En este sentido, afirmar que la categoría racial de los pakistaníes es preferible a la identidad blanca de los de Liverpool significa añadir al insulto una dosis de veneno.
La raza como tal suele permanecer en segundo plano, pero lista para ser esgrimida si se estima adecuado incorporarla al ritual de denuestos de un partido de fútbol, y no como un elemento político decisivo de la identidad de los hinchas. El hecho de que muchos de los cánticos de los ultras italianos sean adaptaciones de melodías tradicionales comunistas o fascistas no constituye en sí una prueba de adhesión política, como tampoco indica una afiliación eclesiástica la frecuente utilización de músicas de himnos religiosos por parte de los aficionados británicos.
Las comparaciones entre las injurias registradas en los estadios de fútbol en el mundo sólo permite probar que el racismo emerge en un contexto de prejuicios compartidos por los aficionados. En Brasil, por ejemplo, donde muchos pertenecen a grupos étnicos marginados y discriminados, los insultos raciales son escasos (en su lugar se practica el humor sexista). En Inglaterra, el éxito de los jugadores negros ha hecho perder terreno al tipo de denuestos basados en la raza antes citados o al “humor” xenófobo de que fue víctima Vieira. En Europa Oriental, y hasta cierto punto en Alemania e Italia, la ausencia de jugadores negros, comparativamente hablando, ha hecho que los insultos racistas contra ellos sigan siendo un arma poderosa dentro del arsenal de injurias de los aficionados.
El espectro del racismo en el campo de fútbol nos sobrecoge, es cierto, pero no hay que buscar sus orígenes en facciones de extrema derecha ni en características peculiares de los aficionados.