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Las mil caras del racismo en el fútbol

La vigencia del estereotipo

Tim Crabbe, profesor de sociología del deporte en la Universidad Hallam de Sheffield, Reino Unido.
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Euforia en Francia tras una victoria de la selección en la Copa del Mundo.










El entusiasmo con que los franceses acogieron las victorias de su selección en el Mundial-98 y la Eurocopa-2000 está lejos de traducirse en las relaciones del día a día.

Tras la victoria de Francia en el Mundial de Fútbol de 1998, Nick Fraser escribió en el diario liberal británico The Guardian que “ni hombres ni mujeres creían realmente en una Francia multicultural… Lo que tal vez deseaban los franceses era sencillamente que los extranjeros fueran más semejantes a ellos”.
Esta observación pareció desvanecerse en medio de la exuberancia del triunfo francés. Así como los grandes torneos deportivos constituyen uno de los últimos espacios en que los conceptos de identidad y nación pueden expresarse y celebrarse como un rito, al parecer la victoria logra también reducir o eliminar las diferencias raciales en un país. Y el hecho de que el equipo francés resultara victorioso en la Copa del Mundo y en la Copa de Europa 2000 fue unánimemente considerado como un triunfo sobre el nacionalismo tradicional y culturalmente homogéneo.
La selección francesa que llevó a cabo estas proezas presenta una increíble diversidad, ya que muchas de sus estrellas, como Marcel Desailly, Patrick Vieira y Lilian Thuram, nacieron fuera de la Francia metropolitana. Otros, como Yuri Djorkaeff, Thierry Henry, Zinedine Zidane y los goleadores de la final contra Brasil, Sylvain Wiltord y David Trezeguet, corresponderían a lo que el líder del partido ultraderechista Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, llama “franceses recientes” para indicar que tales jugadores no son “verdaderos” franceses, pues son hijos de inmigrantes.
La ministra francesa de Deportes, Marie Georges Buffet, declaró después de la Copa de Europa 2000 que la victoria del equipo multiétnico demostraba que en Francia se había constituido una comunidad armoniosa “que podía hacer grandes cosas unida”. La presencia masiva de ciudadanos árabes y negros entre las muchedumbres entusiasmadas pareció confirmar el punto de vista de Buffet, sobre todo teniendo en cuenta que los franceses alejaron la pobreza de París en buena medida relegando a la población inmigrante a un cinturón de barriadas lúgubres de la periferia.
Con todo, la noción de diversidad sigue siendo poco más que un estilo de nacionalismo que asimila (en vez de excluir) a los recién llegados e insiste en una identidad soberana universal. Lo que interesaba en la celebración de la victoria era que los ciudadanos árabes y negros aclamaban una Francia cuya identidad se había consolidado ya cuando ellos aún estaban ausentes. Las formas más profundas de discriminación estaban resueltas.
La geografía racialmente estratificada de París se puso una vez más de manifiesto a la mañana siguiente, cuando los mismos árabes y negros ensalzados como símbolos de la nueva Francia unida regresaron a sus hogares de las afueras, mientras que los jugadores triunfantes se dirigían a sus lujosas residencias de Italia, Inglaterra y Alemania, en cuyos clubes juegan con la ayuda de entrenadores blancos, pagados por directivos blancos y contemplados por espectadores blancos.
Es muy posible que el pretexto para instaurar esas jerarquías deportivas sea la cultura de las ex potencias coloniales, en las que los colonos blancos regían a las poblaciones “de color” basándose en una supuesta mayor racionalidad de la población blanca frente a la sensualidad, la falta de control emocional o de inteligencia de los “nativos”. Lo importante en la actualidad no es tanto el desempeño de esos papeles respectivos, como la identificación eurocéntrica de las características deportivas deseables en términos de “raza”. La vigencia y resonancia persistentes de esas nociones quedó patente en la interpretación de los resultados de la Copa de Europa 2000 por el diario francés de izquierda Libération, para el que “la victoria de Francia, su secreto, se basa sin lugar a dudas en la combinación ganadora de dos estilos, el físico y el técnico”. Lamentablemente, a mi modo de ver la metáfora físico = negro, técnico = blanco apenas se disimula en semejantes análisis, que no contribuyen en nada a superar las diferencias raciales inherentes al concepto de multiculturalismo.