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Dos modelos enfrentados

Brasil se moviliza para salvar la Amazonia

Diana Alves, periodista brasileña especializada en temas de medio ambiente.
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La deforestación de la Amazonia puede verse a vista de pájaro.








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El terreno selvático quemado deliberadamente se transforma en cultivable.




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La Amazonia se extiende por nueve estados de Brasil y cubre
5,5 millones de km2.

La escasa rentabilidad de la deforestación salvaje de la Amazonia ha reforzado con argumentos económicos las reivindicaciones ecologistas.

Los propietarios rurales y los ecologistas brasileños recordarán el año 2000 como el de su enfrentamiento. Unos y otros querían decidir acerca del futuro de la mayor reserva biológica de la Tierra. Las recogidas de firmas, las manifestaciones de protesta y una lluvia de veinte mil mensajes electrónicos respaldaron a las ONG del país impidiendo una revisión del Código Forestal que pretendía aumentar en 25% el índice de deforestación permitido en la selva amazónica, esa deforestación que, entre 1978 y 1997, supuso arrasar 532.000 km2.
En el momento crítico del enfrentamiento, en mayo pasado, un sondeo de la opinión pública reveló que 88% de los electores no votarían por los diputados que defendiesen la citada revisión del Código Forestal. A juicio de 93% de los encuestados, la conservación del medio ambiente no es perjudicial para el desarrollo del Brasil, y un 90% opinó que una mayor deforestación no contribuiría a reducir el hambre. Aún más significativo: en un país donde pocos leen la prensa, 63% de los ciudadanos afirmó seguir atentamente el debate, en buena parte gracias a que éste encontró eco en la radio y la televisión.
Los medios financieros se manifestaron claramente contra la iniciativa revisonista: “No hay un solo argumento que justifique esa enmienda catastrófica”, afirmó la influyente Gazeta mercantil, recordando además que “en Brasil no faltan tierras productivas. Hay más de cien millones de hectáreas sin explotar sólo en la región del cerrado”, esa especie de sabana que ocupa la cuarta parte del territorio nacional y que en la Amazonia ha perdido el 60% de su vegetación original debido a la expansión del cultivo de la soja y, sobre todo, al pastoreo.
Otro gran diario brasileño, O Estado de São Paulo, expresó la preocupación por el futuro al preguntarse en un titular “qué aire vamos a respirar”. Para comprender la popularidad de la campaña de los ecologistas basta recordar que los personajes de la Banda de Mónica, historieta ilustrada que se publica en decenas de periódicos, aparecieron vestidos de luto en señal de protesta. “Por primera vez la sociedad brasileña reacciona, se organiza y obtiene resultados gracias a una movilización nacida dentro de sus fronteras”, dice Eduardo Martins, presidente hasta el año pasado de la agencia federal del medio ambiente (IBAMA). “En Amazonia el proyecto fue rechazado por sectores que nunca antes se habían movilizado, como la clase media y la prensa local”, afirma el biólogo Adalberto Veríssimo, investigador del Instituto del Hombre y el Medio Ambiente de la Amazonia (IMAZON), una de las ONG más respetadas de la región. “Todo el mundo comprendió que un bien público iba a ser destruido sin generar ningún tipo de desarrollo.”

Una explotación que no produce riqueza
El cambio de parecer de la opinión pública brasileña, ahora en sintonía con lo que desde hace años reclamaban numerosas instituciones y organizaciones internacionales, es hijo de un fiasco económico, el de la explotación incontrolada del bosque. La mayoría de zonas taladas se han destinado a la cría de ganado y a plantaciones de soja, palma, café y pimienta. Esos cultivos exógenos, poco adaptados a suelos pobres y lluvias abundantes, prosperan difícilmente en al menos dos tercios de la región. Además, la mitad de las 20 millones de hectáreas de pastoreo se encuentra en estado avanzado de degradación. Como la productividad es baja y la deforestación sigue avanzando año tras año, los agricultores buscan nuevas tierras y siempre en vano, pues el 78% de los suelos son ácidos y de baja fertilidad natural. A esa espiral infernal hay que sumarle las dificultades de transporte. Se necesitan varios días de navegación desde las propiedades enclavadas en la selva para llegar a un puerto que distribuya la producción. En resumen, la Amazonia, a pesar de haber destruido el 14% de su selva primitiva, sigue siendo una región pobre, y la actividad de sus 20 millones de habitantes —el 75% de ellos vive en las ciudades— sólo representa un 7% del PIB del país. La renta per cápita de los estados amazónicos se sitúa por debajo de la media nacional brasileña. El principal producto de exportación originario de la región son las nueces de Pará, que sólo significan un comercio de tres millones de dólares, muy lejos pues de los 230 millones que aporta la elaboración, en núcleos urbanos, de jarabe para bebidas refrescantes.
Un estudio que acaba de realizar IMAZON para el Banco Mundial explica por qué es tan dificil cultivar en la región. IMAZON ha observado que 18% del territorio amazónico brasileño se utiliza para actividades agropecuarias. Esa zona situada en el extremo sur es la más deforestada y se caracteriza por una pluviosidad baja (1.800 mm. anuales). Más arriba se encuentra una zona de transición, donde las lluvias son un poco más abundantes y en la que la agricultura sigue siendo posible aunque proliferan los hongos y las plagas. En el resto, que cubre 45% del territorio y donde llueve mucho todos los días, la única opción económica viable a largo plazo es la explotación forestal. “Incluso en la zona de transición los bosques son tan rentables como la agricultura”, afirma Veríssimo, uno de los científicos que participó en el estudio. “Ello demuestra que la explotación forestal es la principal vocación de la Amazonia.”

Los aserraderos, principales culpables
Pero la industria maderera no ha sabido aprovechar ese recurso natural sin destruirlo. Hace casi tres años, un informe de la Comisión Europea estimaba que la industria maderera era responsable de la deforestación en un 72%, siendo su actividad mucho más dañina para el bosque que ciertas talas salvajes de agricultores o ganaderos. Además, los aserraderos desperdician un enorme volumen de madera, que representa en casos extremos dos tercios de los árboles talados. Y, lo que es peor aún, muchas explotaciones madereras no respetan la ley. “Según el ministerio de Asuntos Estratégicos (SAE), aproximadamente 80% de las trozas extraídas en la región son ilegales. En la mayoría de los casos, los planes de gestión forestal son letra muerta”, indica un estudio coordinado por Greenpeace.
¿Cuáles son esos planes? Por un lado está la ya referida lucha por mantener vigente el actual Código Forestal y, sobre todo, por lograr aplicarlo con rigor. Durante los años sesenta la ley exigía de cada propietario la conservación del 50% de su bosque. En 1996, ante el ritmo creciente del índice de deforestación, el legislador obligó a los propietarios a preservar 80% de la superficie arbolada. El presidente Fernando Henrique Cardoso asumió las razones de las ONG al declarar que “es necesario un código forestal que garantice la preservación de la Amazonia, que es propiedad de los brasileños pero también patrimonio de la humanidad”.

Un pulmón verde con miles de pájaros y árboles
En efecto, Brasil es el país del mundo con una biodiversidad más rica y en el que hay más tipos de plantas. Allí viven uno de cada 11 mamíferos, uno de cada seis pájaros, uno de cada 15 reptiles y uno de cada ocho anfibios. En la Amazonia hay 5.000 especies de árboles, frente a las 650 que hallamos en toda América del Norte.
Otro plan en marcha es el Programa Piloto para la Conservación de Bosques Tropicales, financiado por el G7, la UE y el propio gobierno brasileño, que han aportado 280 millones de dólares para ayudar a la explotación sostenible. Este programa es la mayor inversión multilateral realizada hasta ahora en un único país con objetivos medioambientales.
Y a estos dos planes se añade el proyecto Amazon Region Protected Areas Program, defendido por el propio gobierno brasileño, pero también por el Banco Mundial y otras agencias y organismos internacionales (WWF, WB Forest Alliance Program) que quieren convertir el 10% del territorio de la Amazonia en zonas protegidas. En la actualidad 12 millones de hectáreas ya lo están y la iniciativa supondría aumentar esta superficie hasta los 37 millones de hectáreas, el equivalente del territorio alemán.
Todas estas medidas proteccionistas encuentran una mayor o menor oposición entre los propietarios, que presentan la Amazonia, con sus 5.100.000 km
2, como la última frontera agrícola con posibilidades ilimitadas de extensión. Creen que la sociedad tiene una deuda para con ellos en la medida en que han renunciado a explotar parte de sus propiedades para salvaguardar la calidad ambiental, y solicitan ser compensados económicamente.
Una comisión parlamentaria multipartidista dirigida por el diputado Mosir Micheletto, de un partido de centroderecha que apoya al gobierno, presentó a fines de 1999 un proyecto de ley que pretende introducir una gran flexibilidad en la interpretación de los límites impuestos por el Código Forestal. Según el proyecto Micheletto, debe preservarse la mitad de la superficie de las haciendas amazónicas, pero las autoridades de los estados de la zona pueden autorizar discrecionalmente una mayor deforestación.
Además, el texto dispensa a los propietarios de menos de 25 hectáreas de toda obligación de conservación forestal.
Durante una man-ifestación de apoyo a ese proyecto, en el mes de febrero pasado, 600 miembros de la Confederación Nacional de Agricultura (CNA) apelaron al nacionalismo al protestar contra “la injerencia nefasta de organizaciones ecologistas nacionales o extranjeras en la elaboración de leyes coercitivas que frenan el desarrollo nacional”.
El ministro del Medio Ambiente, Jose Sarney Filho, el Consejo Nacional del Medio Ambiente (CONAMA) y las ONG reaccionaron defendiendo la necesidad de seguir conservando el 80% del bosque amazónico y organizaron una serie de debates durante seis meses a lo largo y lo ancho de Brasil.

El peso de la opinión pública
Los ecologistas aprueban la decisión gubernamental con pocas objeciones. Su principal crítica se refiere a las zonas de cerrados amazónicos que quieren preservar, pues, contrariamente a una idea muy extendida, la selva no es el único tipo de vegetación amazónica. Las ONG ecologistas consideran que no es suficiente conservar sin explotar 35% de la superficie de las haciendas situadas dentro de ese ecosistema, como propone el CONAMA, y menos aún el 20%, como establece el proyecto de Micheletto. En cualquier caso, sea cual sea el porcentaje que la ley adopte, parece difícil que no tenga en cuenta a esa opinión pública brasileña que en su gran mayoría asume hoy unas razones que hasta hace poco se presentaban como antinacionales y al servicio de intereses extranjeros.