
Interior
de la Cúpula de la Roca.

El
Kotel, muro occidental o Muro de las Lamentaciones.

Vista aérea del Monte del Templo/Haram desde el suroeste.

Reconstitución del segundo templo por el arqueólogo israelí
L. Ritmeuer, 1977.

Interior de la mezquita Al-Aqsa
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La
ciudad vieja de Jerusalén y la UNESCO
Desde 1967,
la UNESCO es llamada con cierta regularidad a intervenir, sobre todo por los países
árabes, para velar por la “salvaguardia del patrimonio cultural de Jerusalén
oriental”, zona que comprende la ciudad vieja y por lo tanto el Monte del Templo/Haram.
Estos países insisten en pedir que “no se adopte ninguna medida ni se realice
ninguna actividad que pueda modificar el carácter religioso, cultural, histórico
y demográfico de la ciudad, ni el equilibrio del lugar en su conjunto”, según
el texto de la resolución de la última Conferencia General de la UNESCO,
celebrada en el segundo semestre de 1999.
Esta solicitud se apoya principalmente en el hecho de que las Naciones Unidas consideran
Jerusalén Oriental como una “ciudad ocupada”. Sus promotores se basan en el
Protocolo de La Haya para la Protección de los Bienes Culturales en Caso de
Conflicto Armado (UNESCO, 1954) y en la Convención para la Protección
del Patrimonio Mundial Cultural y Natural (UNESCO, 1972): Jerusalén forma
parte de la Lista del Patrimonio Mundial desde 1981 y de la Lista del Patrimonio
Mundial en Peligro desde 1982. La Convención del Patrimonio Mundial obliga
al Estado responsable del sitio a velar por el respeto de su integridad y su autenticidad.
La principal preocupación de los países árabes son las obras
emprendidas por las autoridades israelíes en la ciudad vieja, sus cambios
demográficos y sobre todo las excavaciones arqueológicas. “En el enfrentamiento
de Oriente Próximo, cada uno afirma su legitimidad cavando el suelo. Estratos
simbólicos y arqueológicos marcan la anterioridad de uno respecto al
otro”, escribía recientemente Jacques Tarnero, del Centro Interdisciplinario
de Investigación sobre los Judíos y las Diásporas, con sede
en París.
En particular, los israelíes desearían poder seguir realizando trabajos
arqueológicos que contribuyan a reconstituir la historia de sus lugares sagrados.
Sin embargo, en principio les está vedado hacerlo, puesto que la recomendación
de Nueva Delhi (UNESCO, 1956), prohíbe realizar este tipo de actividades a
una potencia ocupante. Las autoridades islámicas, por su parte, temen que
las excavaciones socaven la explanada al punto de provocar el derrumbamiento de las
mezquitas. Las autoridades israelíes rechazan todas estas quejas, por estimar
que no responden a una voluntad de proteger el patrimonio, sino a consideraciones
políticas. Además, según su actual embajador, en el proceso
de negociación emprendido entre ambas partes, “cualquier medida adoptada por
un organismo exterior, y con mayor razón por una organización internacional
como la UNESCO, provoca malestar y constituye una injerencia inoportuna”.
Las decisiones de los órganos soberanos de la UNESCO sobre esta cuestión
se apoyan en misiones de expertos. La próxima, que estará dirigida
por el profesor Oleg Grabar, espera la luz verde de las autoridades israelíes.
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“Los
conflictos políticos pueden resolverse mediante compromisos, pero sólo
la coexistencia permite superar los conflictos religiosos” |
En
un extremo de la ciudad vieja de Jerusalén, 4.000 años de historia
han acumulado en un perímetro minúsculo una carga religiosa, simbólica
y mítica sin parangón en el mundo.
Si hay al menos un punto
en el que israelíes y palestinos están de acuerdo es en que el principal
escollo de sus últimas negociaciones en Camp David fue el futuro estatuto
de Jerusalén y, ante todo, el del Monte del Templo o Haram, un perímetro
que abarca menos de 15 hectáreas. Pero, ¿acaso existe algún
otro lugar en el mundo santificado por varias religiones, y tan sagrado, sacralizado
y sublimado?
Una
plataforma que parece suspendida en el aire
Esta
superficie casi rectangular, de unos 300 metros por poco menos de 500, tallada en
la roca al norte y edificada al este y al oeste para compensar el declive natural
del terreno, constituye el ángulo suroriental de la ciudad vieja de Jerusalén,
de la que ocupa aproximadamente la quinta parte.
El Monte del Templo de los judíos, o el Haram al Sarif de los musulmanes (el
“noble santuario” en árabe) es una plataforma que parece suspendida en el
aire: desde lo alto de sus murallas, que pueden alcanzar 40 metros de altura, domina
toda la ciudad vieja y se proyecta mucho más allá. Y lo primero que
permite ver al visitante, devoto, peregrino o turista que se acerca son esos inmensos
muros de bloques de piedra tallada que tienen a veces 10 metros de largo. Fueron
construidos en tiempos de Herodes el Grande, reconocido por los romanos como rey
de los judíos, que ordenó reconstruir en su cumbre el templo judío
entre 19 a.C. y 9 d.C.
Existen descripciones escritas bastante precisas de este templo. Todas destacan su
grandeza y su magnificencia: 50 metros de longitud, otros tantos en su parte más
ancha y su altura, en una explanada bordeada de cientos de columnas de mármol
blanco de más de 30 metros, y gigantescas puertas y escaleras que conducían
a la propia explanada. Pero después de que fuera incendiado por las legiones
de Tito en 70 d.C., ¿qué subsiste de él hoy día, no en
las creencias religiosas, los mitos, o las ideologías, todos más fuertes
los unos que los otros, sino en las piedras? Del Templo mismo, ninguna huella material
ha subsistido; del recinto herodiano, sólo algunas puertas grandes de acceso
y la mayor parte de las murallas. Un fragmento de éstas , en la parte occidental,
fue llamado Muro de las Lamentaciones por los cristianos en la Edad Media: los judíos
acudían allí a rezar y a llorar sus desdichas. Éstos lo llaman
sencillamente el “muro occidental” (Kotel). Desde hace algunos siglos lo consideran
su lugar más sagrado, sobre todo porque algunos afirman que fue construido
sobre el zócalo de la muralla que rodeaba el primer templo judío. Por
su parte, los arqueólogos estiman más bien que sólo subsisten
restos de esta primera muralla en el actual muro oriental.
“He resuelto construir el templo en honor del Señor, mi Dios, cumpliendo lo
que el Señor dijo a mi padre David: ‘Tu hijo, a quien yo pondré como
sucesor en tu trono, será quien edifique un templo en mi honor’” (I Reyes,
5). Salomón, hijo del rey David que reunió a las doce tribus de Israel
en un reino cuya capital era Jerusalén, compró una colina que se llamaba
entonces el monte Moria. Fue allí donde hace más de 3.000 años
hizo construir el primer templo judío, de 960 a 953 a.C. Poco importan sus
dimensiones modestas: unos 30 metros de largo por 10 de ancho y 15 de alto, según
las fuentes literarias. Lo que destaca es el esplendor de su decoración interior,
que combinaba el oro, la plata, el bronce y la madera de cedro del Líbano.
Y, sobre todo, que en el centro, a la sombra del Sancta Sanctorum cuya única
abertura es una puerta que a partir del siglo VI a.C. sólo el sumo sacerdote
puede franquear, descansaba el Arca de la Alianza. Era el lugar de residencia del
Eterno. En ella se guardaban las dos tablillas de piedra —las Tablas de la Ley— que
Moisés había recibido de Dios en el monte Sinaí. Éstas
sellan la Alianza entre un “pueblo elegido” y un Dios exclusivo de los israelitas,
que éstos proclamaron después Dios único para toda la humanidad:
había nacido el monoteísmo.
Una
larga historia de exilios
Esta
Alianza es un contrato. Dios ordena a sus fieles: “No tendrás otros dioses
frente a mí” y “no harás ídolos”, y enuncia las grandes reglas
morales y litúrgicas. Si respetan Su Ley, sus fieles no sólo se convertirán
en “una gran nación” feliz y próspera, sino que también recibirán
de Él una tierra. Como la Alianza es eterna, también lo es la propiedad
de ésta. Si respetan las obligaciones divinas, residen en ella. Si no, Dios,
que da la tierra, puede también quitarla y condenar a su pueblo al exilio,
a la vida errante y a las desgracias consiguientes. Sin embargo, algún día
se les promete el regreso: “Si cumplís mis mandamientos…os conduciré
de nuevo al lugar que he escogido para morada de mi nombre.”
Exilios. Exilio en Asiria de los israelitas del reino del Norte (Samaria), siete
siglos antes de nuestra era; exilio en Babilonia de los judíos de Judea, tras
la destrucción del primer templo por Nabucodonosor en 587 a.C; exilio nuevamente,
durante casi dos milenios, después de la destrucción del segundo templo
por Roma en el año 70. Exilios durante los cuales los judíos religiosos,
tres veces al día y 365 días al año, imploraban a Dios que reinstituyera
el templo, y por ende que restaurara la Alianza entre El, ellos y su tierra, en el
centro de la cual se eleva el Monte del Templo. “Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me seque la mano derecha; que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo
de ti”, se promete en los matrimonios judíos.
¿Dónde se hallaba exactamente ese primer templo? Según los historiadores
y arqueólogos, se admite en general que su emplazamiento era el monte Moria.
En cuanto al Altar de los Holocaustos, se encontraba probablemente en el punto más
alto de este monte, según las reglas imperantes en la época para escoger
el lugar donde erigir un santuario. Hay una roca allí. La Tora —los cinco
primeros libros de la Biblia— sitúa en esa misma roca el lugar en que Abraham,
mil años antes de que fuera escrita, había probado que veneraba a Dios
hasta el punto de estar dispuesto a sacrificarle a su hijo Isaac. Quedó así
concluida la primera alianza. Abraham, llamado en el Corán Ibrahim, es tradicionalmente
el antepasado común de judíos y árabes. Más de dos milenios
después, según la tradición musulmana, el profeta Mahoma, de
regreso de La Meca tras un viaje celestial, subió al cielo desde esta misma
roca. Los fieles distinguen en ella la huella venerada del pie del profeta. En 683,
el califa Omar conquistó Jerusalén. La explanada que los árabes
descubren entonces es un terreno baldío cubierto de ruinas, sin ninguna función
religiosa durante siglos, como para simbolizar la “desjudeización” de Israel.
Se dice que llegó a servir de vertedero tras haber albergado probablemente,
según fuentes escritas, un templo romano. Relatos posteriores describen cómo
el califa Omar ordenó despejar esta explanada y la propia roca. Y desde ese
momento, por tratarse de una época más reciente y ser más abundantes
los vestigios, las hipótesis se esfuman ante las certidumbres. Se emprenden
obras de reconstrucción y de lo que hoy se llamaría rehabilitación
para convertir la explanada en un espacio religioso y social al servicio de la nueva
comunidad musulmana. Esas obras se prolongarán durante siglos.
Se empiezan a reconstruir en parte las murallas meridionales y orientales. Las dos
plataformas erigidas entonces sobre la explanada siguen existiendo. Fue tal vez en
la más meridional de las dos donde se construyó una primera mezquita
—en realidad un simple cobertizo que protegía a los creyentes de los rayos
del sol—, que será bautizada Mezquita al Aqsa (“la más distante” en
árabe). En la otra plataforma, más alta, surge un poco después,
en la conjunción de los siglos VII y VIII, la Cúpula de la Roca. Desde
entonces, su bóveda cilíndrica, remate de un edificio octogonal que
Solimán el Magnífico ordenará recubrir más adelante con
las tejas de colores que aún existen, dominará no sólo el Haram,
sino prácticamente toda Jerusalén y sus alrededores. La mezquita Al
Aqsa ha sido reconstruida varias veces.
Los Cruzados (1099-1187) se apoderan de todo el espacio de la explanada, que utilizan
sin introducir modificaciones irreversibles: cuando Saladino les arrebata Jerusalén,
ordena borrar las huellas de su presencia y devolver a los edificios su función
anterior. Los Ayyubíes (su dinastía) y luego sobre todo los mamelucos,
del siglo XIII a comienzos del XVI, convirtieron el Haram en lo que es actualmente.
En especial, multiplicaron otros lugares de oración y construcciones como
las escuelas religiosas, las bibliotecas, los asilos de ancianos o las posadas para
peregrinos. En el Haram coexisten desde ese momento edificios estrictamente religiosos
y edificios sociales, instalados incluso fuera de las murallas.
No hay en el Corán ninguna referencia incuestionable a un lugar santo en Jerusalén.
Al comienzo los creyentes debían volverse hacia la ciudad para orar, pero
muy pronto esa mezquita que el Corán considera “la más distante”, y
a la que, según afirma, fue transportado el Profeta al término de su
viaje celestial desde La Meca, fue asociada al lugar de culto que se erigía
en Jerusalén. Luego, probablemente en el siglo VIII, confluyeron los episodios
del viaje y de la ascensión de Mahoma. Un vínculo emocional, religioso,
incluso identitario, de una fuerza increíble, quedaba establecido así
entre Al Qods, “la Santa”, nombre árabe de Jerusalén, y los musulmanes,
hasta el punto de convertirse en la tercera ciudad santa del islam, después
de La Meca y Medina, en Arabia Saudí. Este vínculo era tanto más
fuerte cuanto que la peregrinación a Jerusalén era muy apreciada. Por
último, de acuerdo con algunas tradiciones musulmanas, la Kaaba, el edificio
que se alza en el centro de la mezquita de La Meca y que contiene la Piedra Negra,
atribuida a Ibrahim, sería trasladada al final de los tiempos a las proximidades
de la Cúpula de la Roca. Es también allí donde la comunidad
de fieles musulmanes afrontará el Juicio Final.
En el Haram o Monte del Templo se ha dado durante casi tres milenios un ciclo ininterrumpido
de construcciones y destrucciones, de reconstrucción y rehabilitación:
en los mismos emplazamientos, las mismas piedras sirvieron quizás para levantar
edificios consagrados a divinidades paganas y al Dios único de las tres religiones
monoteístas. Durante siglos, todos los poderes, que eran indisociablemente
temporales y espirituales, borraban las huellas de sus predecesores, a los que habían
sojuzgado para hacer a su vez ostentación de su soberanía en forma
monumental sobre esta explanada que domina toda la ciudad de Jerusalén.
Ciertamente, esta Jerusalén en torno a la cual cristalizaba la identidad de
los judíos en el exilio era una Jerusalén celestial. “En alguna parte
entre cielo y tierra, y a menudo más en el cielo que en la tierra, Sión
(una colina próxima al Monte del Templo, NDLR.) hacía señas
y daba sentido al presente2 de esos exiliados”.
A partir de finales del siglo XIX, el movimiento sionista, pese a estar compuesto
en su gran mayoría de laicos, “conferirá a los mitos antiguos sentidos
modernos” y “recuperará para sí la sacralidad de esa tierra”3. Jerusalén
celestial y Jerusalén terrenal, tierra prometida y tierra nacional eran una
sola y misma cosa. En 1980, el Parlamento israelí decidió que “Jerusalén
entera y reunificada es la capital de Israel”. Paralelamente se afirmaba un nacionalismo
palestino que, en parte como reacción a esta decisión, hizo de la proclamación
de Jerusalén como capital de su futuro Estado un objetivo esencial, mientras
la comunidad de los musulmanes del mundo entero reivindicaba vigorosamente la inalienabilidad
del Haram.
El monte del Templo/Haram es hoy doblemente sagrado para los religiosos, doblemente
sacralizado por numerosos laicos y, a veces, instrumentalizado al servicio de dos
nacionalismos. ¿Cabe pues imaginar una salida en la que uno ganara todo y
el otro aceptaría una derrota total? ¿Es imaginable un reparto de esta
maraña, de este amontonamiento de estratos y estructuras cargados de tantas
fuerzas? Simon Peres, ex ministro israelí de Asuntos Exteriores, uno de los
artífices de los acuerdos de Oslo, suele repetir que los conflictos políticos
pueden resolverse mediante compromisos, pero que sólo la coexistencia permite
superar los conflictos religiosos.
1 Salvo mención
especial, este artículo está tomado totalmente de las obras de Oleg
Grabar, profesor emérito del Institute for Advanced Study de Princeton (Estados
Unidos), especialista en arte islámico, y de Ernest-Marie Laperrousaz, profesor
honorario de la Sección de Ciencias Religiosas de la Escuela Práctica
de Altos Estudios de París y, autor, entre otros escritos, de Les Temples
de Jérusalem, ed. Paris-Mediterranée, noviembre- diciembre 2000.
2 Jean-Christophe Attias y Esther Benbassa, Israel, la tierra y lo sagrado, en Notre
Histoire, noviembre-diciembre de 2000.
3 Idem.
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Datos
históricos
. Hacia 2000 a.C.: según
la Biblia, Abraham parte por orden de Dios hacia la Tierra Prometida que Este le
ha asignado, y que se extiende entre el Mar Muerto y el Mediterráneo; según
la misma fuente, en la roca que culmina en la cumbre de lo que se llamará
más tarde el Monte del Templo o el Haram, Abraham está dispuesto a
sacrificar a Dios a su hijo Isaac.
. Hacia 1200 a.C.: Moisés
recibe de Dios las tablas de la ley en el monte Sinaí.
. Hacia 953 a.C.: el
rey Salomón concluye el primer templo.
. Hacia 587 a.C.: destrucción
del primer templo por Nabucodonosor.
. 515 a.C.: conclusión
del segundo templo.
n de 19 a.C. a 64 d.C.: reconstrucción del segundo templo bajo Herodes el
Grande; la obra es tan importante que algunos estiman que en realidad levantó
un tercer templo.
. 70: destrucción
del segundo templo.
. 132-134: hipótesis
de la construcción de los rudimentos de un nuevo templo, que habría
sido el cuarto.
. 632: muerte del profeta
Mahoma; según la tradición musulmana, desde la roca de la explanada
ascendió al cielo, tras un viaje místico desde La Meca.
. 638: el califa Omar
se apodera de Jerusalén y ordena construir una primera mezquita.
. 691-92: construcción
de la Cúpula de la Roca.
. 1099-1187: los Cruzados
ocupan Jerusalén.
. 1187-comienzos del
siglo XVI: la dinastía ayyubí, y sobre todo los mamelucos (a partir
de 1250) dan a la explanada de las Mezquitas, y en especial a la mezquita Al-Aqsa,
su fisonomía actual.
. 1917: comienzo del
mandato británico sobre Jerusalén.
. 1948: como consecuencia
de la guerra israelo-árabe, Israel se anexiona Jerusalén Oeste. Jerusalén
Este, donde se encuentra la ciudad vieja, queda sometida a administración
jordana.
. 1967: Israel se apodera
de Jerusalén Este.
. Según la religión
judía, la construcción del tercer templo será obra del Mesías
cuyo advenimiento esperan los fieles.
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