Más de cinco
días para ir de Beijing a Moscú, pasando por Mongolia, es algo que
asusta a los impacientes. Sin embargo, siempre me han gustado esas travesías.
Hubo una época en que la partida era solemne: vagones casi vacíos se
ponían en movimiento frente a una hilera de guardias rojos que agitaban su
librito cantando El Oriente es Rojo. Hoy la partida es febril: de los pasillos atestados
debordan las más variadas mercancías.
Al salir de la estación, ante la torre angular, excepcional vestigio de las
murallas que se alza en el sudeste de la ciudad tártara, se advierte en las
oscilaciones del tren una última vacilación. Los viajeros pasean su
mirada por los últimos barrios de la capital china. Otros toman posesión
de su nuevo universo, célula que emprende una lenta progresión. Las
primeras horas transcurren en los relieves de la China del Norte, donde la Gran Muralla,
inicialmente restaurada y luego reducida a la condición de ruina lamentable,
marcaba antaño el límite del mundo civilizado. Tras penetrar en un
paisaje de loes, con barrancos de tonos ocre, jalonado de sauces enjutos, el convoy
asciende lentamente hacia la meseta mongola. Según las estaciones, desfila
un paisaje erosionado por las lluvias estivales o yerto como una piedra en el frío
invernal. El ritmo mesurado del tren y el espectáculo de esas tierras de epopeyas,
fascinantes como una ribera que se aleja, incitan a la contemplación. Hasta
que un entumecimiento se apodera de los pasajeros. No es aburrimiento ni cansancio,
sino una mezcla de ensueños, lecturas, conversaciones, confidencias, momentos
privilegiados concedidos por el tiempo, que parece olvidado o haberse vuelto menos
apremiante. Una vez pasado Dantong, más al norte en tierra mongol, la estepa
se extiende monótona hasta el horizonte. Un jinete, el cuidador de un rebaño
de camellos, una cabaña, son puntos de humanidad en la extensión sin
fin, escasamente cubierta de hierba en pleno verano, lunar a partir de noviembre.
La
caída de la tarde alarga la sombra del tren.
En los vagones, las luces
han borrado el mundo exterior.
La
caída de la tarde alarga la sombra del tren. En los vagones, las luces han
borrado el mundo exterior. En el corazón de un desierto que se olvida, una
extraña intimidad invade los compartimentos. La decoración anticuada
mantiene la ilusión de un pasado esplendor: terciopelo gastado color frambuesa,
pantalla rosa encintada de la lámpara sobre la mesilla junto a la ventana,
espejos biselados, falsos enchapados de caoba, cortinas verdes descoloridas. Un universo
hermético, arrastrado a la cadencia de la fractura de los rieles, que avanza
en la noche. En los demás vagones las literas están dispuestas en tres
niveles. Una luz tenue alumbra cuerpos reclinados entre sombras. El equipaje, cuidadosamente
amarrado y amontonado, termina de saturar el espacio.
Ulan Bator, el valle del Selenga y las orillas del Baikal, Irkutsk, Tomsk, Novosibirsk,
Sverdlovsk, que ha vuelto a ser Ekaterinburgo, el Ural. Los días transcurren
al son de una letanía de nombres que giran como las ruedas del tren. Las transiciones
son lentas y ya se han creado hábitos entre los pasajeros. Vuelven del samovar
instalado en el extremo del pasillo con paso vacilante, se sumen en sus sueños
acodados en la ventana o, cansados de un trayecto que les parece infinito, juegan
a las cartas o al ajedrez.
El vagón restaurante cambia según el territorio. Chino para empezar,
mongol a continuación, ruso para terminar, ofrece una trayectoria gastronómica
poco refinada y experiencias desiguales. Pero, cantina o figón, forma parte
del viaje, suscita migraciones regulares, brinda a su manera un suplemento de exotismo.
Los fuertes olores a ajo, los efluvios de carnero hervido o las emanaciones agrias
de la solianka (sopa de repollo) acompañan el chirrido y el balanceo de los
ejes. A las horas de apertura es el sitio más animado del tren. La clientela
es variopinta. Hay unos pocos occidentales, curiosos del más mínimo
detalle, que tratan de charlar con los autóctonos en alguna lengua conocida,
chinos que descubren prudentemente a sus vecinos y, más lejos, rusos inclinados
sobre su borsch, confundidos por semejante afluencia de extranjeros.
Hubo una época en que sólo contados diplomáticos de los países
del Este tomaban el transiberiano para llegar a la URSS.
Las
paradas no son frecuentes.
Pero, en esos altos,
el andén se transforma de
pronto en bazar.
Pero
de unos años a esta parte, suben a este tren semanal que une Beijing a Moscú,
por Mongolia o por Manchuria, pasajeros con motivaciones sumamente diversas. La más
frecuente es el comercio. Revela las penurias más allá de una frontera,
el ingenio de que hacen gala los comerciantes, el frenesí de poblaciones privadas
de intercambios durante muchos años y que han redescubierto el trueque. También
hay “especialistas”, atraídos por los expresos internacionales, al acecho
para cometer algún latrocinio o incluso un crimen. Rondan aún aventureras
con mirada perdida y candidatos a la emigración que sueñan con los
paraísos de Europa y tratan de pasar inadvertidos.
Cuanto más nos adentramos en Siberia, más se animan los pasillos. Empleados
del ferrocarril y pasajeros, todos chinos, sacan a relucir cargamentos de sacos de
arroz, fardos de ropa, utensilios de plástico. Las paradas no son frecuentes.
Pero, en esos altos, el andén se transforma de pronto en bazar. Hileras de
mujeres rusas, venidas expresamente, ofrecen los objetos más inesperados:
bayas de los bosques vecinos, papas calientes, lámparas recargadas, zapatos
evidentemente incómodos. Hombres y mujeres cruzan las vías y se deslizan
bajo los vagones, arrastrando sacos abarrotados de quién sabe qué mercancía.
Un adolescente huye tras haber arrebatado un pantalón que un chino ofrecía
por una ventanilla del tren. Bruscamente, el silbido de la locomotora pone fin a
las transacciones, y los últimos pasajeros se apresuran a subir pensando en
la próxima etapa.
Luego se llega a las cercanías de Moscú, a aldeas con campanarios blancos
o dorados, como los abedules que cubren la campiña rusa en otoño.
Este viaje, fuente de aventuras, es propicio a la imaginación. ¿No
es La Prosa del Transiberiano del escritor francés Blaise Cendrars una de
las obras más hermosas de la poesía moderna? La travesía ferroviaria
de Asia a Europa sigue ejerciendo la misma fascinación. Como si los personajes
errantes de un continente a otro, fijados en nuestros recuerdos al capricho de los
compartimentos y las cursivas, encarnaran por sí solos la permanencia del
destino de la humanidad. |
El
vagón restaurante cambia según el territorio.
Chino para empezar, mongol a continuación,
ruso para terminar, ofrece una trayectoria gastronómica poco refinada y experiencias
desiguales.
Diez
mil kilómetros de vías

El
“verdadero” Transiberiano es el tren que va de Moscú a Vladivostok y recorre
9.198 kilómetros. Sólo circula en territorio ruso, gracias a una línea
que se terminó de construir en 1916. Esta se sumaba a otra línea, concluida
en 1904, pero que los rusos no consideraban suficientemente segura tras la guerra
ruso-japonesa de 1904-1905, porque atravesaba Manchuria. Por otra parte, dos vías
férreas unen Moscú y Beijing siguiendo en una primera etapa el trazado
del Transiberiano, y luego bifurcándose hacia el Sur, una a través
de Manchuria, la otra cruzando Mongolia. |
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