
Un modelo de Lucy (izquierda) y su compañero. Al haberse conservado 40% de
su esqueleto, Lucy nos permite vislumbrar cómo era uno de nuestros antepasados
erectos más remotos, el A. Afarensis, con más de tres millones de años
de antigüedad.

Dibujo de nuestro árbol familiar por Tattersall.

No se ha aclarado el misterio que rodea esta calavera...

...los científicos no están seguros de si se trata de un hombre de
Neanderthal, o de una especie emparentada con éste.
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© Ian Tattersall
Espécimen:
Ian Tattersall.
Género y especie:
Homo sapiens.
Edad: 55 años.
Origen: nacido en el Reino Unido, criado en Africa Oriental.
Status: conservador de antropología del Museo de Historia Natural de Nueva
York.
Evolución personal: siguiendo los
pasos de su ilustre antecesor Charles Darwin, realizó estudios en el Christ’s
College de la Universidad de Cambridge, especializándose en antropología
y arqueología. Sin embargo, se desvió del curso normal de la evolución
humana
en su doctorado al dar un salto para estudiar a los primates, en especial los lemúridos
de Madagascar y los monos de Mauricio.
Señas particulares: adquirió dos rasgos específicos poco
comunes durante su permanencia en la
selva con nuestros primos los primates: una vista de lince para reconocer la diversidad
de nuestros antepasados humanos y un profundo respeto por
la naturaleza, que lo ha llevado a calificar a nuestra especie de monstruosa, pues
su avidez y su comportamiento
irracional ponen en peligro el planeta.
Importancia histórica: es maestro
en el arte de derribar a nuestra especie de su pedestal.
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El crano del Homo sapiens descubierto en Sudáfrica tiene probablemente más
de 100 000 años.

En niño de Nariokotome, que aún no ha sido posible clasificar definitivamente,
parece remontarse en tiempo a un millón de años. |
El
“cazador” de fósiles humanos Ian Tattersal destruye viejas ideas
sobre nuestro árbol genealógico para hacer surgir de las tinieblas
una multitud de antepasados desconocidos, especies humanas extinguidas.
Como todo el mundo,
aprendí que la evolución de la especie humana constituía un
proceso lineal, y que ese largo perfeccionamiento había culminado con la aparición
del Homo sapiens. Ésa es al menos la teoría tradicional de los paleoantropólogos,
auténticos “cazadores” de fósiles humanos, que intentan reconstituir
nuestro pasado. Pero los especialistas están cada vez más divididos,
y usted es la cabeza visible de una nueva escuela. ¿Podría explicarnos?
La idea de que la evolución es una progresión uniforme que va de
un ser primitivo a un ser perfecto es totalmente errónea. Me interesé
por la paleoantropología tras haber estudiado a los lemúridos (primates
próximos a los monos) de Madagascar, una isla donde se observa una fauna extraordinariamente
variada y uno no puede dejar de preguntarse sobre las razones de tal diversidad.
En cambio, nadie se plantea esa pregunta en paleoantropología, porque no hay
en la actualidad más que una sola especie humana. En cierto modo nos parece
normal y natural que seamos únicos en el mundo. Pero lo cierto es que si observamos
los fósiles de nuestros antepasados advertimos que el fenómeno es absolutamente
inusitado –tal vez sea la primera vez en la historia que existe solamente una especie
humana en el mundo.
La competición entre varias especies humanas se inició hace unos cinco
millones de años y concluyó con la aparición del ser humano
actual. Hace dos millones de años, por ejemplo, al menos cuatro especies humanas
diferentes se codeaban en un mismo medio. Es posible que se ignoraran unos a otros
o que mantuvieran relaciones pacíficas. No lo sabemos.
En todo caso, somos la única rama sobreviviente del árbol frondoso
resultante de esos experimentos de la evolución.
¿En qué se diferencia su teoría sobre la evolución humana
de las concepciones darwinianas tradicionales?
Según Darwin, existe una multiplicidad de organismos que evolucionan con
el correr del tiempo, dando lugar a nuevas especies. Es un proceso de ajuste, determinado
por la selección natural, en el que los individuos mejor adaptados a su entorno
se reproducen y transmiten sus caracteres “favorables”, por lo que cada generación
mejora respecto de la precedente.
Así pues, tendemos a concebir la evolución más bien en función
de caracteres que de especies. Por ejemplo, hablamos de “paso a la posición
erecta” o de “evolución de la mano”, a menudo sin advertir que piernas y manos
no son sino partes de un todo. La verdad es que la selección natural es un
mecanismo ciego que conserva o elimina organismos enteros. Cada organismo individual
es un sistema de una complejidad impresionante: triunfa o fracasa como suma de las
partes que lo integran, y no en función de una característica determinada.
Lo mismo ocurre con las poblaciones y las especies. En un mundo con recursos limitados,
es inevitable que las especies compitan entre sí. Es más, los ecosistemas
que contribuyen a formar muestran una peligrosa tendencia a cambiar brutalmente.
Si tu hábitat está cubierto por una capa de hielo, no interesa para
nada que estés perfectamente adaptado a los campos y bosques sepultados bajo
el hielo.
En definitiva, según las concepciones darwinianas, la lenta acumulación
de cambios de una generación a otra desemboca en la aparición de una
nueva especie (cuando los individuos del mismo grupo ya no pueden reproducirse entre
sí). Sin embargo, una población puede experimentar transformaciones
morfológicas con el paso del tiempo sin dar necesariamente origen a una nueva
especie. En realidad, los cambios genéticos significativos sólo pueden
producirse cuando la población es reducida (cuanto más numerosa sea
la población, más difícil resulta que los cambios se extiendan).
A partir de los fósiles se han inventariado en general unas seis o siete especies
humanas. Sin embargo, usted afirma que existen por lo menos 17 o más...
Es muy simple; los paleoantropólogos no han prestado la debida atención
a la morfología cuando comparan restos fósiles y tienden a ignorar,
por ejemplo, las diferencias en la forma del cráneo, de la mandíbula
o de la columna vertebral. Suelen pensar que una vez que han calculado la edad y
el tamaño del cerebro del fósil, pueden clasificarlo en una determinada
especie. Es evidente que con el tiempo el tamaño del cerebro de los homínidos
ha aumentado. Sin embargo, esta tendencia ha llevado a los científicos a olvidar
la diversidad y a concentrarse en la continuidad, confirmado así la idea de
que la historia de nuestra evolución no ha sido más que un progreso
lento e ineluctable de un estado primitivo hasta una cierta forma de perfección.
Además, cabe destacar que numerosos paleoantropólogos inician su carrera
estudiando la anatomía humana e ignoran en qué consiste el resto del
mundo viviente.
Hace siete años que recorre usted el mundo con uno de sus colegas, Jeffrey
Schwartz, para estudiar todos los fósiles humanos importantes descubiertos
en el planeta. ¿Qué los mueve a esta búsqueda?
Empezamos por estudiar el hombre de Neanderthal, descubierto hace 150 años.
Ahora bien, de inmediato observamos ciertas estructuras en la cavidad nasal que hasta
entonces habían pasado desapercibidas. Al sacar otras informaciones de los
fósiles, esperamos hacernos una idea más clara de la diversidad de
las especies humanas.
No creo que nadie haya podido analizar nunca el conjunto de los fósiles descubiertos
en el mundo. ¿Cómo lograron tener acceso a esas colecciones?
Es sumamente difícil, sobre todo tratándose de fósiles encontrados
recientemente. Los investigadores que los han descubierto suelen tomar muy mal que
alguien pueda opinar sobre esos restos. Además, la mayor parte de las osamentas
proceden del Tercer Mundo y a menudo se utilizan como un medio para sacar dinero
a los occidentales. Además, suele ser necesario pasar por un número
impresionante de comisiones, oficinas y otros engorros administrativos antes de poder
ver los fósiles.
Su escritorio está sepultado bajo unas 2.000 cuartillas en las que describe
esos fósiles, que, con las fotos correspondientes, se publicarán en
marzo de 2001. ¿Por qué es tan importante describir y analizar esos
fósiles, cuando algunos se conocen desde hace más de un siglo?
Un serio problema es que cada cual describe los fósiles a su manera. Los
especialistas toman como referencia el Homo sapiens y utilizan términos que
no resultan necesariamente adecuados para otros tipos de homínidos. En cambio,
en nuestras descripciones ponemos a todas las especies en pie de igualdad, a fin
de que los que no hayan visto los fósiles puedan hacer comparaciones y sacar
sus propias conclusiones.
El estudio de los lemúridos lo sensibilizó a la diversidad de los fósiles
humanos. Pero, ¿puede contemplar la calavera de uno de nuestros antepasados,
por ejemplo el hombre de Neanderthal, con la misma indiferencia con que mira la calavera
de un mono?
No me parece que haya que observar un fósil humano con deferencia. Todas
las osamentas, humanas o no, demuestran la existencia de especies desaparecidas y
la diversidad del mundo. Además, cuando uno estudia cientos de fósiles,
no tiene tiempo de plantearse cuestiones existenciales.
¿No es ésa la debilidad de sus teorías? Al centrarse solamente
en las diferencias biológicas se pasan por alto otros factores, en particular
la cultura.
Creo que no descarto nada. Pero debemos empezar por la morfología, pues
si no, vamos a seguir un camino errado para todo lo demás. Una vez que tengamos
una estructura sistemática en la que coloquemos las especies, podremos analizar
otros aspectos, como las herramientas que usaban o sus formas de asentamiento.
¿No le parece surrealista tratar de reconstituir una historia tan larga con
pistas tan modestas como un trozo de mandíbula por aquí o un fragmento
de cráneo por allá? Se necesita una gran seguridad en sí mismo
para sacar conclusiones claras.
No, porque uno no está creando nada. Está poniendo cuanto está
de su parte para seguir las huellas de la evolución, a sabiendas de que la
ciencia en general no es más que un sistema de conocimientos provisionales.
No es un conjunto autoritario de creencias en el que un “descubrimiento” tiene carácter
definitivo. Lo único que se sabe realmente es que lo que creemos hoy probablemente
no sea lo que vamos a creer mañana. La ciencia se basa en la duda.
Pero algunos están dispuestos a aceptar este carácter provisional y
otros no. Es probable que haya colegas que ven con malos ojos la labor que usted
realiza.
Ello se debe a que no están acostumbrados. Cuesta convencer a las personas
de que examinen de nuevo fósiles que conocen desde hace treinta años.
En cambio, son mucho más flexibles tratándose de nuevos descubrimientos,
ya que, por ser especies cuya existencia era desconocida, no hay ninguna idea preconcebida
al respecto.
La genética está actualmente en el candelero. Si ésta lograra
descifrar el ADN de restos fósiles, podría incluso dar la clave de
la evolución humana. ¿Piensa que ello va significar un vuelco para
la paleoantropología?
Mi impresión es que los dos tipos de datos apuntan en el mismo sentido,
a saber la multiplicidad de las especies humanas. Pero hay paleoantropólogos
que se inquietan.“¡Dios mío!, dicen, nuestros datos no son tan precisos
como las moléculas, y éstas siempre tendrán prioridad sobre
la morfología.” Pero no creo que sea cierto. No hay recetas mágicas.
Podemos ampliar el campo de nuestros conocimientos gracias a la genética y
al estudio de los isótopos, pero aprenderemos más persuadiendo a los
especialistas de que examinen con más detenimiento los fósiles disponibles.
Hay una lucha cruenta entre sociobiólogos y antropólogos de la cultura.
Los primeros creen que todos los seres humanos comparten ciertas características
esenciales, que son resultado de la evolución. Los segundos, en cambio, rechazan
con vehemencia las posturas universalistas sobre la naturaleza del ser humano y explican
nuestro comportamiento a partir del contexto. ¿Qué le parece a usted?
No sé muy bien qué defienden los antropólogos de la cultura.
Lo que se admite en general es que los factores culturales influyen en el curso de
la historia. Pero no hay que olvidar que el azar y los elementos contingentes cumplen
también un papel muy importante.
En cuanto a los psicólogos de la evolución (la sociobiología
aplicada a nuestra especie), la verdad es que están totalmente equivocados.
Por ejemplo, si tuvieran que explicar la violencia la considerarían como una
categoría aparte e imaginarían diversas hipótesis para justificar
su aparición. De ese modo olvidarían que un carácter específico
siempre forma parte de un conjunto mucho más complejo.
Hablando justamente de la violencia, ¿cómo explica la agresividad?
¿Por qué el hombre no aprende de las generaciones precedentes a evitar
los conflictos?
Psicológicamente somos muy complejos, e incluso tortuosos. Ello se debe
en parte a la manera en que nuestro cerebro se ha ido construyendo con el correr
del tiempo, al añadirse cada estructura a la anterior. Sería simplista
afirmar que sufrimos un conflicto intrínseco entre nuestras antiguas y nuestras
nuevas estructuras cerebrales. Pero es evidente que las claves de nuestras contradicciones
se ocultan en el órgano de control que es el cerebro.
Creía que acababa usted de condenar la tendencia de los biólogos de
la evolución a explicar nuestros comportamientos por factores físicos…
En mi obra titulada Becoming Human afirmo que puede parecer sorprendente que
dedique cientos de páginas a la forma de examinar osamentas fósiles
para llegar finalmente a la conclusión de que nada nos dicen sobre el comportamiento
del hombre de hoy. Si usted quiere entender a los seres humanos, no se vuelque hacia
el pasado, mire lo que son en la actualidad.
No sólo miramos hacia el pasado para entender el presente, sino que para interpretar
aquél nos basamos en éste. El hombre de Neanderthal, al que damos tanta
importancia, no era más que un actor entre tantos otros sobre la faz de la
tierra. ¿Cómo explica nuestro interés por él?
Los hombres de Neanderthal vivieron en Europa durante 200.000 años, luego
llegó el Homo sapiens moderno y, ¡cataplum!, desaparecieron. Para que
el asunto parezca menos cruel se llegó a imaginar que habían sido sumergidos
genéticamente por hordas de seres humanos modernos. Esto no es creíble.
El hombre de Neanderthal y el Homo sapiens eran demasiado diferentes para reproducirse
entre sí. Sencillamente, la gente prefiere creer que ese pobre hombre de Neanderthal
no fue exterminado.
Algo que nos distingue realmente de las demás especies es la conciencia. Ese
“ojo interior” explicaría por qué las relaciones humanas son mucho
más complejas que las observadas entre los animales. Ahora bien, la anatomía
humana tiene 100.000 años , pero la conciencia solamente unos 40.000 años,
como demuestran por ejemplo las pinturas del sitio de Cro-Magnon, en Europa. ¿Qué
provocó esta revolución?
Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero la hipótesis más convincente
es que la invención de lenguaje fue lo que desencadenó todo. El lenguaje
no sólo es un medio para expresar ideas o experiencias: es esencial para el
proceso mismo del pensamiento, que no podemos concebir sin él.
¿Por qué el lenguaje hablado es privativo de la especie humana?
Numerosas especies disponen de sistemas de comunicación sumamente complejos
basados en señales vocales, gestuales u olfativas, pero incluso entre los
simios de gran tamaño, la vocalización queda reservada para la expresión
de emociones. Nosotros, en cambio, hemos logrado separar el lenguaje de lo afectivo
e incluso asociarlo con representaciones mentales. Esta capacidad, de acuerdo con
lo que sabemos, sólo fue adquirida recientemente. Por lo demás, si
nos remontáramos en la evolución, digamos algunos cientos de miles
de años, no es seguro que viéramos aparecer de nuevo un Homo sapiens
que hable. La naturaleza es muy aleatoria.
¿Recuerda el día en que penetró por primera vez en la cueva
de Lascaux, en Francia, y descubrió pinturas de 30.000 años de antigüedad?
Nunca he vivido una experiencia tan intensa. Las pinturas son extraordinarias
y el lugar también lo es. Su antigüedad es algo muy secundario. Esta
actividad simbólica apareció tan bruscamente con la pintura, la escultura,
el grabado, la notación musical, las pinturas corporales, los ritos fúnebres…
Usted sostiene que esta actividad simbólica era esencialmente atributo de
Europa. ¿No es posible que se desarrollase también en Africa y Asia
sin que lo sepamos? Podrían acusarle de eurocentrismo.
Muy pronto, en Africa, los hombres recorrieron largas distancias transportando
materiales raros; también se han encontrado huellas de extracción de
sílice y abalorios de cáscara de huevo de avestruz, de 50.000 años
de antigüedad. También es probable que algunos africanos lograsen cruzar
el océano hasta Australia hace 60.000 años. Todo ello exigía
probablemente un aparato cognitivo equivalente al que se manifiesta en Lascaux. Pero
las huellas que conservamos son muy escasas. Yo no afirmo que esas actividades se
iniciaran en Europa.
Al parecer, los primeros hombres de Cro-Magnon ya estaban dotados de este tipo de
aptitudes cuando llegaron al lugar. En cuanto a saber de dónde venían…
Es posible que todo empezara en Africa, pero los vestigios más abundantes
se encuentran en Europa, y de ahí la importancia de este continente para los
investigadores. Espero que aprendamos más sobre el resto del mundo a medida
que hagamos nuevos descubrimientos.
Usted afirma que las pinturas de Lascaux reflejan una mitología, una visión
del universo y del lugar de la humanidad en éste. ¿El afán de
conocer sus orígenes es un rasgo característico del ser humano?
Sin duda. Esa curiosidad intensa, esa necesidad de conocer los porqués,
es algo muy arraigado en nosotros. En el fondo, el deseo y la capacidad de formular
esas preguntas forman parte de la psiquis humana. Esperamos satisfacer esa curiosidad
cuando estudiamos la evolución del hombre, pero ello no necesariamente nos
ayuda a entender quiénes somos hoy día.
Recientemente hablaba con un colega que sostenía que la cuestión fundamental
era saber si el hombre primitivo era más noble y más dichoso que el
hombre civilizado. ¿Vivió el hombre primitivo un estado de gracia antes
de la llegada de la civilización?
(Lanza una carcajada) En primer lugar, el estado de gracia es un concepto que
el hombre inventó a sabiendas de que no existe. La mayoría de nosotros
nos encontramos en estado de desgracia y lo estaremos siempre. En segundo término,
la ética es un producto de la mente humana. La naturaleza no nos enseña
nada sobre la moral o sobre una hipotética ley natural, pues es indiferente
al sufrimiento o al éxito del individuo.
Usted afirma que la evolución natural se ha detenido. No hemos cambiado realmente
desde que adquirimos nuestras facultades cognitivas y no debemos esperar grandes
innovaciones en el futuro. ¿Qué nos detiene?
Las innovaciones genéticas significativas se producen en poblaciones poco
numerosas. Ahora bien, la población mundial no cesa de aumentar y los individuos
viajan cada vez más. Imaginar un grupo humano que viva aislado resulta más
improbable que nunca. Cabe concebir escenarios de ciencia ficción con colonias
en el espacio, pero éstas sólo sobrevivirían si estuvieran conectadas
con la Tierra. También es posible pensar en las manipulaciones genéticas.
Sin embargo, sólo secuestrando a los individuos “manipulados” sería
posible mantener genotipos producidos artificialmente: dudo —y espero— que una situación
semejante no se tolere nunca. En caso contrario, esas manipulaciones genéticas
quedarían circunscritas a una muy pequeña población “de laboratorio”.
No vale la pena esperar que un ajuste en nuestra evolución resuelva nuestros
problemas. Tenemos que ingeniárnoslas con nosotros mismos como lo hacemos
con el mundo. Hemos llegado al apogeo, en el sentido de que el Homo sapiens es absolutamente
único en su género. Cada cual tendrá que ver si estima que esta
especie es superior. Pero, a mi juicio, si otras especies pudieran reflexionar sobre
esta cuestión, no verían en nosotros la culminación de un proceso.
En Estados Unidos, la enseñanza en los colegios de las teorías evolucionistas
suscita un acalorado debate. El movimiento “creacionista” quiere imponer el aprendizaje
de los textos bíblicos. ¿Ha obstaculizado ese movimiento su trabajo?
Hay numerosos sitios en Internet que critican sus investigaciones e incluso alientan
a los visitantes a rezar por la salvación de su alma.
Es consternante. Estados Unidos es el único país donde suceden
cosas así. Algunos protestantes fundamentalistas parecen estimar que el ser
humano necesita la palabra divina para obrar correctamente. Se sienten amenazados,
inquietos y buscan un chivo expiatorio.
A veces recibo cartas de creacionistas deseosos de salvar mi alma y que me conminan
a que siga la “verdadera vía”. Pero nunca he recibido amenazas y he podido
realizar mi trabajo.
Usted ha escrito que todo intento de limitar la decisión de las mujeres en
materia de reproducción es “el ejemplo mismo de la locura humana”, en una
época en que el crecimiento de la población mundial provoca estragos
ecológicos. ¿Por qué ir tan lejos?
Sólo saco conclusiones de lo que veo como ser humano y no en mi calidad
de paleoantropólogo. El crecimiento de la cantidad de vida me inquieta, porque
terminará por tener efectos desastrosos en su calidad. Actualmente hay tres
veces más individuos en el mundo que el día que yo nací. Esto
no puede continuar indefinidamente… |