Cuál
es la mirada de siete escritores sobre otras tantas maravillas del mundo, testigos
ejemplares de una parcela de nuestra memoria borrada con harta frecuencia?
Durante mucho tiempo, esas maravillas sólo podían ser obras maestras
monumentales o espacios naturales vírgenes. Hace ya algunos años que
esta concepción estrecha y demasiado occidental ha desaparecido. Como explica
Léon
Pressouyre,
el patrimonio mundial se ha abierto a los paisajes culturales, marcados por la interacción
del hombre y la naturaleza, y al “patrimonio inmaterial”, ese conjunto difuso de
creencias, leyendas, tradiciones y comportamientos en el que se encarna nuestra diversidad.
Estas nuevas maravillas es lo que evocan estos escritores y lo que el poeta senegalés
Charles Carrère
presenta a la vez como legado y herencia, encuentro e intercambio, memoria y esperanza.
Nuestro recorrido empieza con los paseos del escritor chino Lu Wenfu, que
nos cuenta los secretos de los jardines de Suzhou. Serge van Duijnhoven recuerda
su infancia junto a los molinos de Kinderdijk, en los Países Bajos, sin cuya
acción la mitad del país no existiría. Mussa Uld Ebnu describe
cuatro antiguas ciudades mauritanas, comerciales y religiosas, que desaparecen poco
a poco bajo las arenas del desierto.
Rafael
Segovia
cuenta la fe inquebrantable de los habitantes de la ciudad de Guanajuato, surgida
de las entrañas de las montañas del centro de México y alimentada
por sus minas de oro y plata. En Filipinas, Alfred A. Yuson se
extasía ante la rara complicidad de la naturaleza y el hombre, entre su cultivo
y sus cultos, a la que deben su existencia los arrozales en terrazas de la isla de
Luzón. Por último, de la mano de Juan Goytisolo, el
patrimonio oral cobra todo su sentido con los relatos de los cuentistas de la plaza
de Xemáa el Fna en Marraquech, Marruecos. |