
Peregrinación para venerar la reliquia del diente de Buda en Candy, Sri Lanka.
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Léon
Pressouyre
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| Profesor de la
Universidad de París, Léon Pressouyre preside la Comisión para
la preservación de los monumentos nacionales de Bosnia Herzegovina, nombrada
por la UNESCO. Fue coordinador de la lista del patrimonio mundial en el seno del
ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios) entre 1980 y 1990. Entre 1990
y 1997 representó a Francia en el Comité del Patrimonio Mundial. Es
autor de La Convención del patrimonio mundial, 20 años después,
(UNESCO, París, 1993). |
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“El
patrimonio de un país es en esencia su identidad cultural, y sea aquél
grande o pequeño, majestuoso o sencillo, físico o no físico,
debe ser conservado y tener significado para cada nueva generación.”
I.M.
Pei, arquitecto estadounidense, (1917-).
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Entre
los nuevos valores del patrimonio cuyo reconocimiento debe favorecer la UNESCO, revisten
una importancia singular aquéllos que, más impalpables que las piedras,
guardan relación
con la memoria de los pueblos.
¿QQué tienen en
común los diferentes sitios de la lista del patrimonio mundial que han sido
fuente de inspiración en este número del Correo de la Unesco para toda
una serie de escritores y creadores, sensibles a su carácter único
e irremplazable? Sin la misma carga afectiva ni correspondencia estructural entre
ellos, estos sitios son testigos ejemplares de algunas evoluciones conceptuales recientes.
Me referiré sobre todo a dos: la desaparición progresiva de las barreras
que separaban el patrimonio cultural del patrimonio natural, y una mayor atención
a los valores del patrimonio inmaterial, maltratados y fragilizados por la mundialización.
La Convención del Patrimonio Mundial, adoptada por la Conferencia General
de la UNESCO en 1972, al mismo tiempo que formulaba un concepto esencial e innovador
en un instrumento jurídico internacional, definía en términos
muy conservadores la existencia de dos elementos integrantes del patrimonio de la
humanidad, uno cultural y otro natural. Culminaban así una larga tradición
y una búsqueda intelectual más reciente, al término de la cual
las maravillas de la naturaleza debían equilibrarse con las maravillas del
arte.
Es sabido que la admiración que el ser humano siente por sus propias obras
se plasmaba ya, dos siglos antes de nuestra era, en la famosa lista de las siete
maravillas del mundo –un mundo estrictamente circunscrito a la cuenca oriental del
Mediterráneo. Pero las primeras listas de maravillas de la naturaleza son
también, contrariamente a lo que suele creerse, muy anteriores a los tiempos
modernos y a la aparición de una conciencia ecológica. En un manuscrito
latino del siglo XII que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia, el autor
contrapone a las siete maravillas artificiales y perecederas creadas por el hombre
otras tantas maravillas de la naturaleza que son, a su juicio, obra de Dios. La lista
es la siguiente: las mareas, la germinación, el ave fénix (que renace
milagrosamente de sus cenizas), un volcán —el Etna, en Sicilia— una fuente
termal próxima a Grenoble, en Francia, el sol y la luna. Se trata de maravillas
sobre las que ni el tiempo ni los accidentes tienen poder alguno y a las que sólo
el fin del mundo pondrá fin, mientras que las obras humanas son perecederas
por naturaleza.
En el siglo XX, la Convención de 1972 se inscribe en esta doble tradición
europea. No fue fruto de las reflexiones de filósofos, historiadores o sociólogos
en torno a la noción de patrimonio, sino de algo mucho más sencillo,
el encuentro de dos corrientes de pensamiento. La primera, procedente de la Conferencia
de Atenas, organizada en 1931 por la Sociedad de Naciones, se centraba en la conservación
del patrimonio cultural y se basaba en gran medida en los conceptos clásicos
de “obra maestra” o “maravilla del mundo”; la otra partía de la primera conferencia
internacional sobre la protección de la naturaleza, celebrada en Berna en
1913, que, revigorizada en la Conferencia de Brunnen en 1947, culminó con
la creación de la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN), en 1948.
Sus representantes querían transmitir a las generaciones futuras unos cuantos
sitios naturales “vírgenes”, es decir, nunca tocados por el hombre.
Los
sitios naturales entran en la Lista del Patrimonio Mundial
Esta
oposición entre bienes culturales, que la opinión asimilaba al principio
a los monumentos u obras humanas, y bienes naturales, que existen de por sí,
ha supuesto durante mucho tiempo una traba para la aplicación de la Convención
de 1972. Casi la mitad de los bienes inscritos en 1994 en la Lista del Patrimonio
Mundial eran bienes culturales situados en Europa. Nada podía ser más
contrario al espíritu de la Convención. Al hacer suyas las recomendaciones
de un grupo de expertos reunido para dotar de representatividad a la Lista del Patrimonio
Mundial (20-22 de junio de 1994), el Comité del Patrimonio Mundial avaló
una concepción de la cultura, compartida por antropólogos y etnólogos,
que permite abarcar conjuntos complejos que son la traducción espacial de
las organizaciones sociales, los modos de vida, las creencias, los conocimientos
y las representaciones de las distintas culturas pasadas o presentes.
La aparición en la Lista del Patrimonio Mundial de paisajes culturales, como
los arrozales en terraza de las cordilleras de Filipinas o los viñedos de
Saint-Emilion en Francia, es una de las consecuencias positivas de la revisión
de las orientaciones que se produjo en 1994. Algunos años antes, plenamente
reconocido ya el interés de los jardines históricos, polémicas
estériles habrían sin duda retrasado su inscripción. Estas observaciones
son igualmente aplicables al patrimonio industrial, camuflado al principio tras su
“valor arquitectónico” (inscripción de las minas de sal de Wieliczka,
en Polonia, en 1978 o de las salinas francesas de Arc-et-Senans en 1988), antes de
ser admitido abiertamente. Al mismo tiempo, el debilitamiento progresivo de los valores
monumentales se viene reflejando en el interés por las rutas, las redes ferroviarias,
los ríos y los canales, durante tanto tiempo excluidos de la Lista del Patrimonio
Mundial, tal vez por las dificultades jurídicas que su protección plantea.
Esta nueva orientación revela una evolución conceptual de gran alcance,
ya que, al poner por primera vez en tela de juicio un concepto de obra maestra heredado
de la Antigüedad y arraigado en la tradición europea, el Comité
del Patrimonio Mundial ha permitido que el patrimonio de la humanidad esté
representado de modo más equitativo. Un patrimonio común e indivisible,
en el que se tiene plenamente en cuenta la interacción del hombre y la naturaleza,
va sustituyendo poco a poco en nuestra mente a ese patrimonio fragmentado cuyo recuerdo
perpetuaba, sin pretenderlo, la Convención de 1972. Ya no se percibe una gran
diferencia entre Tongarirog, la montaña sagrada de los maoríes de Nueva
Zelandia, y el Monte Athos, aunque el bosque y las fumarolas sean los únicos
monumentos con que cuenta la primera, en tanto que el segundo conserva la mayor colección
de arte bizantino del mundo.
El patrimonio inmaterial, todo ese conjunto difuso de creencias, leyendas, tradiciones
escritas u orales y comportamientos en los que se encarna nuestra diversidad, vuelve
a ocupar así un lugar preponderante en la Lista del Patrimonio Mundial. Después
de tantos años de marginación, ya que la Convención de 1972
sólo alude a él de modo incidental, aparece hoy, precisamente a causa
de su vulnerabilidad, como el aval más importante de la memoria de la humanidad.
¿En qué se convertiría Marraquech, inmovilizada en la conservación
museística de sus murallas, mezquitas y palacios, si la Plaza Xemáa
el Fna dejara de ser esa encrucijada de culturas vivas, poblada de músicas
y clamores, abigarradamente coloreada y saturada de los olores de varios mundos,
que tenemos la suerte de conocer? ¿Qué sería la ciudad de Candy,
en Sri Lanka, sin la peregrinación anual de los fieles que acuden en masa
a venerar la preciosa reliquia del diente de Buda? O, si se prefiere, ¿qué
sucedería con el sitio de Sukur, en Nigeria, si la comunidad sumamente estructurada
que allí vive perdiera de pronto las tradiciones que conserva desde hace siglos?
La Convención
sobre la protección del patrimonio mundial, cultural y natural fue adoptada
en 1972 por la Conferencia General de la UNESCO. Ratificada por 161 Estados, alienta
a la identificación y la conservación de los sitios excepcionales.
En noviembre de 2000, la Lista del Patrimonio Mundial contaba 630 sitios (480 culturales,
128 naturales y 22 mixtos) en 118 países.
Para saber más http://www.unesco.org/whc
Revista del Patrimonio Mundial. Publicación trimestral de las Ediciones UNESCO.
http://www.worldheritagereview.org |