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Jardines hechos
con alma
Lu
Wenfu, novelista chino residente en Suzhou. |

“Jardín del maestro de las redes”. Las rocallas son el alma de los jardines;
los árboles viejos, su bien más preciado.

Suzhou

El “Jardín de la política de los simples”.

En el “Jardín de la armonía”, las ventanas dividen el espacio.
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Lu
Wenfu
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Nacido en 1928
en la
provincia china de Jiangsu, Lu Wenfu vive en Suzhou desde 1945. Periodista y novelista,
ha obtenido varios premios literarios nacionales. Vicepresidente de la Asociación
de Escritores Chinos, actualmente dirige la revista mensual Magazine de Suzhou,
fundada por él mismo. En español ha publicado
El gourmet: vida y pasión de un gastrónomo chino (Barcelona,
Seix Barral 1994). |
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“Se
deben escoger los guijarros del tamaño de un huevo de ganso con objeto de
que el pavimento sea semejante al brocado del país de Shu.”
Ji
Cheng, paisajista chino,
(1582-después de 1634).
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Los
jardines de Suzhou, en el sur de China, recrean la naturaleza en miniatura para celebrar
la armonía entre el cielo y el hombre. Recorrido por los recovecos de este
paisaje artificial.
En el siglo XIII, el
italiano Marco Polo fue el primero que dio a conocer Suzhou en Occidente. Para él,
este paraíso terrenal era ante todo una ciudad en la que florecía el
comercio de la seda. Más tarde otros europeos, fascinados por esta ciudad
surcada por canales, le dieron el sobrenombre de “la Venecia de Oriente”. En el decenio
de 1980 yo aporté a su fama mi propia contribución, al presentarla
como el paraíso de los sibaritas en mi novela Vida y pasión de un gastrónomo
chino. Y cuando en 1997 la UNESCO inscribió cuatro de sus jardines clásicos
en la Lista del Patrimonio Mundial, Suzhou añadió una nueva dimensión
a su reputación.
Como hijo de la naturaleza, el ser humano, por muy insensible que sea, no puede prescindir
de la montaña, el agua, la hierba, los árboles, el sol, el aire. Lejos
de ellos se asfixia, se encuentra mal, necesita evadirse y, en cuanto puede, se va
de vacaciones. Ahora bien, en vez de practicar el turismo (ejercicio fatigoso, oneroso
e incluso peligroso), ¿por qué no hacer una copia en pequeño
de la naturaleza, una “naturaleza artificial” para el propio uso diario?
En Europa, por ejemplo, los parques son enormes: bosques inmensos, recorridos por
ríos, se extienden hasta donde alcanza la vista sin que ningún obstáculo
perturbe el espectáculo natural. En realidad se trata de una parcela grande
de naturaleza, cercada y más o menos retocada con la construcción de
edificios a orillas del agua o en el lindero del bosque.
El jardín chino, en cambio, expresa a la perfección el concepto —propio
de la filosofía china— de armonía entre el cielo y el hombre. Los jardines
de Suzhou son el resultado de una verdadera “fabricación”. En un terreno llano,
los hombres “confeccionan” en miniatura todos los elementos esenciales de la naturaleza.
Como las montañas no se pueden desplazar, se construyen rocallas; como es
imposible desviar ríos y arroyos, se cavan surcos para hacer canales. Como
el agua abunda en el subsuelo, tres metros de excavación bastan para hacer
un estanque. Sus habitantes confiesan con la mayor sinceridad que “falsifican” montañas
y ríos. Pero esta “falsificación” es una creación artística
y, como tal, esencialmente verdadera.
Las rocallas son el alma de los jardines. Las piedras con que se construyen —el receptáculo
del alma— proceden del lago Tai, en las proximidades de Suzhou. Sus fascinantes rocas
escarpadas, roídas por la erosión, tienen tanta fama que hasta los
emperadores del lejano norte mandaban a sus arquitectos a buscarlas para decorar
con ellas sus jardines. Las más conocidas y más hermosas son llamadas
“cimas de rocas”. Su calidad se evalúa en función de tres criterios:
han de ser “flacas” y no “carnosas”; deben contener galerías verticales, además
de los “túneles” que las atraviesan de parte a parte; su superficie ha de
ser rugosa y no lisa.
Pero amontonar hermosas piedras no basta para crear una obra de arte. Los primeros
maestros de la roca, artesanos de gran talento y sumamente cultivados, surgieron
en Suzhou en tiempos de la dinastía de los Tang (618-907) y los Song (907-1271),
época de auge de los jardines en todo el país. Estos antepasados del
paisajismo chino tuvieron sucesores ilustres, hasta el punto de que en tiempos de
la dinastía Ming (1368-1644) existían entre 200 y 300 jardines en la
ciudad y sus alrededores. En la actualidad subsisten 77, veintisiete de ellos protegidos
como monumentos nacionales. Algunos no son en realidad más que grandes patios,
una especie de minijardines decorados con flores, plantas, bambú y rocallas
como hay en la mayoría de las viejas mansiones de Suzhou.
El maestro más celebrado bajo la dinastía Qing (1644-1840) fue Qing
Gu Yliang, autor de la montaña de cal en el Jardín de la Villa de la
Montaña Abrazada por la Belleza (Huanxiu)1. Gu Yliang perdió
la vista en sus últimos años, y fueron sus discípulos los que
acabaron la obra bajo su dirección. El secreto de la belleza de esta montaña
reside en que fue construida con el alma y no con las manos del maestro. Es una reproducción
en miniatura de la verdadera montaña que vivía en su corazón.
Sus dimensiones son modestas —cubre menos de 500 metros cuadrados y sus picos no
superan los siete metros de altura—, pero en cuanto se entra en ella se tiene la
impresión de penetrar en las entrañas de una inmensa montaña
salvaje, al borde de un barranco tortuoso. El especialista contemporáneo del
jardín chino, Chen Congzhou, afirma con gran acierto: “Una montaña
que parece una rocalla es una curiosidad; una rocalla que parece una montaña
es una maravilla.”
El
agua, elemento fundamental del jardín chino
Pero
una montaña por sí sola no constituye un paisaje. El agua es el segundo
elemento esencial del jardín. Y para contar con él, hay que aprovechar
un estanque o un arroyo ya existentes, o bien cavar la tierra. En cualquier caso,
hay que saber cómo abrir los surcos, cómo hacer que el agua circule
por ellos, cómo ramificar primero y reunir después los brazos del riachuelo
y, en suma, cómo hacer los meandros para conseguir lo que nosotros llamamos
corrientes sinuosas. Los maestros de Suzhou logran aquí maravillas.
Quien dice río, dice puentes. En los jardines de Suzhou abundan toda clase
de puentes, ya sean de madera o de piedra. El jardín del Maestro de las Redes
(Wangshiyuan)1, tiene, por ejemplo, un lindísimo puentecillo en arco que se
puede franquear en dos o tres pasos.
Montañas, riachuelos, puentes… pero, ¿y los árboles? Un paisaje
sin plantas ni flores es un desierto. Los viejos árboles son el bien más
precioso de los jardines clásicos chinos. Todo, en efecto, se puede construir,
incluso se puede instalar un jardín de Suzhou en medio de Estados Unidos,
pero no es posible erigir un árbol. En el Jardín No se apresure (Liuyuan)1,
hay un majestuoso ginkgo milenario. Su propietario decidió construir la rocalla
a la sombra de su follaje en forma de abanico.
Un
conjunto formado por varias unidades
Cuando
se visita Suzhou no hay que ser impaciente. A diferencia de Versalles, donde una
sola ojeada basta para captar el esplendor del palacio y del parque, los jardines
de Suzhou se esconden en callejuelas estrechas como las damas en su camarín.
Al entrar en un jardín se puede incluso experimentar cierta decepción:
ante uno se extiende una larga galería en zigzag que puede parecer poco interesante.
Se llama “la avenida sinuosa que conduce a la belleza serena”, y es un elemento fundamental
en la arquitectura de jardines. Pero pronto, del otro lado del muro, un retazo de
jardín le guiña a uno el ojo a través de las filigranas de una
ventana esculpida. Árboles y pérgolas se dibujan en lontananza… Unos
pasos más y, en el primer recodo, un magnífico jardín se ofrece
a la vista.
Otra regla a respetar es “cambiar de paisaje a cada paso”. Este se va modificando
a medida que uno avanza para evitar la impresión de repetición y monotonía.
Con tal fin se construyen paredes con ventanas esculpidas que dividen el jardín
en varias unidades, pero sin impedir la visión de conjunto. Los ojos no tienen
un momento de descanso en los jardines de Suzhou. En cada recodo hay una nueva
sorpresa, ya sea una roca, un penacho de bambú o un banano. Cada parcela de
tierra es como un cuadro admirable. Un ángulo muerto sería aquí
una pincelada fallida.
Esta manera de recortar el espacio por medio de puertas, ventanas, galerías,
rocallas o arroyos es lo que produce la impresión de una naturaleza en pequeña
escala y el efecto que nosotros llamamos “un vislumbre de la grandeza a través
de la miniatura”.
Hoy en día los arquitectos preparan proyectos antes de construir un parque
o un terreno de juegos. Los maestros de los jardines de Suzhou no tenían planos.
Encontraban su inspiración en la poesía y la pintura, al igual que
la pintura china ha exaltado con frecuencia la belleza de los jardines. Son muchos
los pintores, poetas y calígrafos que han contribuido a la creación
de los jardines de Suzhou.
Los jardines no quedaban nunca terminados; se iban agrandando, enriqueciendo y perfeccionando
con el paso del tiempo. Cada vez que se agregaba una nueva rocalla, un arroyo o un
pabellón, los maestros tenían por costumbre invitar a sus amigos letrados
a degustar buenos licores y dar rienda suelta a su inspiración lírica.
Los invitados caligrafiaban los dinteles de las puertas y escribían sentencias
paralelas2 en los montantes.
También aconsejaban sobre el emplazamiento de otro puente o de una nueva pérgola.
Los maestros seguían embelleciendo el jardín en función de esos
consejos e invitaban de nuevo a sus amigos a tomar una copa y a componer versos...
Si no hubiera sido así, los jardines de Suzhou carecerían seguramente
del refinamiento que les ha valido tanta fama.
1 Sitio inscrito
en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
2 Dos frases que contienen palabras que establecen correspondencias entre sí,
tanto en el sentido como en la fonética. |
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Reflejos
de la evolución de China
El “paisajismo”
clásico chino, ese arte que consiste en recrear paisajes naturales en miniatura,
no tiene mejor ilustración que los cuatro jardines de la ciudad histórica
de Suzhou. Universalmente reconocidos como obras maestras en su género, en
1997 fueron inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial. No sólo reflejan
la gran importancia metafísica de la belleza natural en la cultura china,
sino también la evolución política, económica y cultural
de la antigua China.
Creados entre los siglos XVI y XVIII, en pleno apogeo del paisajismo chino, los jardines
clásicos de Suzhou fueron ideados como deleite a la vez intelectual y emocional
de los habitantes de la ciudad. Estos microcosmos, que contienen todos los elementos
esenciales de la naturaleza y de la cultura —el agua, la piedra, las plantas, los
edificios, la poesía, la pintura— contribuyen hoy al estudio de la arquitectura,
las ciencias humanas, la estética, la filosofía, la botánica,
la hidráulica, las ciencias del medio ambiente y el folkore de China.
El Jardín del Humilde Administrador es el más grande de los cuatro
(52.000 m2). Tiene un lago que
ocupa la quinta parte de su superficie, y alberga una gran variedad de especies vegetales:
lotos, glicinias, forsythias y otros árboles y arbustos floridos. Su parte
central es una reproducción en miniatura del curso inferior del Yang-Tseu-Kiang,
el tercer río del mundo detrás del Amazonas y el Nilo.
El Jardín No se apresure, que cubre más de 23.000 m2, contiene, además de
su famoso “Pico cubierto de nubes” (colina calcárea de 6,5 m de altura), una
hermosísima colección de estelas con inscripciones grabadas. Es obra
de Xu Taishi y su creación se remonta a finales del siglo XVI.
El Jardín del Maestro de las Redes, mucho más pequeño (5.400
m2), fue construido en
el siglo XVIII, y se distingue por poseer una fastuosa mansión, con cuatro
patios sucesivos, edificada ateniéndose estrictamente a las reglas feudales.
El más pequeño de estos cuatro jardines (menos de 2.200 m2) y, probablemente,
el más antiguo, es el Jardín de la Villa de la Montaña Abrazada
por la Belleza. Es obra del académico real Shen Shixing, y en él se
encuentra la famosa “montaña” de Qing Gu Yliang (ver artículo), cuyos
valles, senderos, grutas, barrancos, precipicios, crestas y acantilados artificiales
parecen rivalizar con la naturaleza.
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