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Belleza y astucia

Los molinos de mi infancia

Serge van Duijnhoven, escritor neerlandés.
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Patinadores en Kinderdijk. Este paisaje existe gracias a los diques y molinos.











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Países Bajos









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La madera de las aspas chirría cuando giran.











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Vivir en un molino es como vivir en un barco en alta mar.















Serge van Duijnhoven

Escritor e historiador, Serge van Duijnhoven es un artista polivalente. Nacido en Oss (Países Bajos) en 1970, vive y trabaja en Bruselas, donde creó, con el rapero Def P. y el saxofonista y poeta Olaf Zwetsloot, el grupo De Spooksprekers. También es fundador de la revista MillenniuM, en colaboración con un grupó de teatro.
Ha publicado Obiit in orbit, un disco de poemas y música (Bezige Bij/Djax Records, 1998), así como varias obras poéticas y novelas.










“Las granjas y casas de campo yacen quietas y abatidas en la tierra yerma, donde lo único vivo son los molinos, cuyas poderosas aspas atrapan la fuerza del mismo viento que vence a las lluvias.”

Henri Polak, político y escritor neerlandés,
(1868-1943).


Contentos o de luto, los molinos forman parte de la infancia de este escritor. Sin ellos, la mitad de los Países Bajos no existiría.

De niño veía los molinos de viento como helicópteros que sobrevolaban el paisaje de mi imaginación. Sus formas sorprendentes me parecían a la vez futuristas y arcaicas. Eran artefactos extraños, fuera del tiempo, que navegaban sobre los elementos: la tierra, el viento, el agua.
Mi padre, que era ingeniero hidráulico en la zona septentrional de Brabante, me llevaba a veces a un pólder en el que un molinero jorobado me enseñaba “el lenguaje” de los molinos. Un molino, con sus aspas desplegadas, avanza “en cabeza”, me decía el buen hombre, y, cuando hay tormenta, “anda con las piernas al aire”. Los molinos podían estar “contentos” o “de luto” y podían cumplir su función en la soledad de un pólder o bien en pareja, a la orilla de un boezem (estanque de un pólder, próximo al río y por encima del nivel de agua de éste). Estas visitas eran siempre expediciones azarosas hacia un mundo irreal, un mundo de aguas oscuras y estancadas, recubiertas de espuma blanca, de depósitos con efluvios de moho, de zumbidos del viento y olores intensos.
Cuando hace poco visité la red de molinos de Kinderdijk-Elshout, al noroeste de Alblasserwaard (“terrenos al borde del agua”), descubrí jubiloso que desprendía el mismo olor que las estaciones de bombeo de mi infancia. Un olor a agua dulce, a piedra fresca, a gasóleo, a lubricante usado y maquinaria. Llevado por la curiosidad, me dirigí primero a la fábrica, a orillas del río Lek. Durante un rato deambulé entre las enormes máquinas… y llegué al taller de reparaciones. La vista desde los ventanales me cortó la respiración: el pólder, los diques a lo largo de los dos canales, el ancho cauce del río Lek, los juncales ondulantes en los dos estanques superiores, los 19 molinos en la línea misma del horizonte, sosteniendo arrogantemente un cielo sombrío y amenazador, son como un dibujo de Ruysbroeck, Rembrandt, Mesdag o algún otro mago del pincel. Sólo un edificio gris en la lejanía y un extraño complejo de viviendas en forma de transbordador recuerdan el presente.
Situada en las proximidades del mar y en la desembocadura de algunos ríos caudalosos, la región de Alblasserwaard ha vivido siempre bajo la amenaza del agua y ha sufrido no menos de treinta inundaciones. La última marea catastrófica se cobró 1.800 vidas humanas en 1953. La inundación más tristemente célebre sigue siendo la de 1421, en la que las olas arrasaron sesenta pueblos en la noche del 18 al 19 de noviembre. La leyenda cuenta que un gato consiguió mantener en equilibrio a una criatura en su cuna en medio de las olas embravecidas. El dique contra el que fue a dar la cuna se llama Kinderdijk, “el dique del niño”.
La historia neerlandesa debe mucho a los molinos de viento. La parte occidental de los Países Bajos se creó, desde luego, gracias a los diques, pero son los molinos los que durante siglos han hecho habitables las tierras ganadas al mar. Si no fuera por ellos, la mitad de Holanda no existiría actualmente. Los hombres habrían terminado por abandonar esas tierras, hartos de sus vanas batallas contra el agua.
“Dios creó el mundo, pero los holandeses crearon Holanda”, dijo René Descartes. El filósofo francés conocía bien el país, pues residió en él por algún tiempo, pero no tenía del todo razón. Hace más de cinco mil años los hombres vivían ya en numerosos lugares ganados al agua y sobrevivían en los pantanos. Prueba de ello son los restos de una barca y de un esqueleto femenino (bautizado con el nombre de Trijntje), descubiertos con motivo de las obras de construcción de la Betuwlijn, una nueva línea de ferrocarril que ha desatado abundantes polémicas.
Los primeros canales de drenaje en Alblasserwaard se remontan al siglo XI. Cien años después, un dique rodeaba ya la casi totalidad de la comarca, y se acondicionaron las cuencas de las dos corrientes que la cruzan, el Alblas y el Giessen, que se convirtieron, respectivamente, en los distritos de Nederwaard (tierra baja) y Overvaard (tierra alta). En 1277, el conde Floris V de Holanda estableció la Administración de Aguas y Pólderes de este último distrito, encargada del mantenimiento de los diques. Pero todos estos esfuerzos resultaron insuficientes. La evidencia se impuso a raíz de una gran inundación que se produjo en 1726: los molinos de drenaje eran imprescindibles.
En 1738 se construyó en el Nederwaard una primera hilera de ocho molinos circulares de piedra. Dos años después se construyeron otros tantos molinos en Overwaard, pero esta vez de forma octogonal, de madera y con techo de paja. Con el paso del tiempo esta red se fue completando con nuevos molinos, esclusas y estaciones de bombeo. Este sistema innovador de riego hidráulico se conoce con el nombre de “drenaje por pisos”. Los molinos empiezan por drenar el agua en los estanques de los pólderes inferiores, de donde la llevan hacia las albercas, que se encuentran a una altura superior, y el agua excedente, a través de media docena de esclusas, se vierte en el río.
Todos los molinos se mantienen actualmente en estado de funcionamiento, listos para ponerse en marcha en caso de avería del material moderno. Y todos ellos están habitados. Un columpio en un jardincillo, verduras plantadas en un huerto, una chalupa de pescador amarrada a la orilla, entre los juncos, son el testimonio de la vida cotidiana de sus habitantes. Un solo molino está abierto, en verano, al público. En su interior no sólo es posible hacerse una idea del tamaño impresionante de las ruedas de paletas, que podían subir el agua del pólder o del estanque inferior hasta un máximo de dos metros, sino también de la existencia frugal del molinero y su familia. Dentro del molino se siente uno como en un barco en alta mar. Cuando gira, sus maderas chirrían con todas sus nervaduras. En la entrada está colgada una jaula con un ratón almizclero muerto. A comienzos del siglo pasado estos animales se importaban, por su piel, de Checoslovaquia y de América, pero pronto se convirtieron en una auténtica plaga para los habitantes, pues al excavar y escarbar causaban grandes daños en los diques. Hoy en día son víctimas de una caza masiva y, con el nombre más apetitoso de “conejos de aguas”, se cocinan en una salsa de vino.
“Por nada del mundo quisiera vivir en estos molinos”, declara Henk Bronkhorst, encargado de la administración de estas viviendas en nombre de la Alta Inspección de los Pólderes. “¡Demasiada humedad, demasiada falta de espacio y demasiadas molestias!” Sin embargo, les tiene mucho cariño y le complace sobremanera su inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. “Gracias a este reconocimiento, seguramente podremos evitar que sean desmantelados”, afirma.
La suerte de los molinos de viento holandeses ha sido efectivamente terrible. Hacia 1860 sumaban casi diez mil, de los que no subsisten en la actualidad más de novecientos. Es milagroso que hayan podido conservarse tantos en Kinderdijk. En 1950, la Administración de los Pólderes se disponía a demoler todos los que estaban “averiados”. Sustituidos por bombas hidráulicas de gasóleo capaces de evacuar mucho más deprisa el agua sobrante, se los consideraba trastos inútiles y demasiado costosos de mantener. Gracias a su reconocimiento internacional, su futuro parece ahora asegurado, y Bronkhorst espera recaudar con más facilidad los fondos necesarios para restaurarlos. “Los necesitamos de veras. La piedra de los molinos redondos se ha vuelto porosa con el paso de los años, y el quinto molino se está viniendo abajo”, explica.

Un conjunto monumental de difícil administración
Administrar los molinos no es fácil. Ayuntamientos, agricultores, negociantes y administradores han venido peleándose regularmente por su mantenimiento, por la construcción de vías de acceso y estacionamientos, por el costo de los proyectos… Tras la inscripción del sitio en la Lista del Patrimonio Mundial, se ha constituido una asociación encargada de administrar los intereses de todos los molinos de esta hacienda. Kinderdijk se ha convertido así en el ejemplo por excelencia del “modelo de los pólderes”, esta economía de concertación holandesa en la que las diferentes partes deciden conjuntamente la política que se va a aplicar.
A la entrada de Kinderdijk, al oeste de las esclusas, se encuentra el Gemeenlandshuis, o sea, el Ayuntamiento. En este edificio es donde los administradores juzgaban en los momentos difíciles la gravedad del peligro y decidían qué medidas aplicar. Durante las reuniones de alto nivel se regalaban con copiosos festines en un salón decorado con cuadros de maestros más o menos famosos del siglo XVII. La Inspección de Overwaard tenía por costumbre dar la bienvenida a los nuevos miembros de la dirección sirviéndoles vino en una copa de un litro de capacidad. Se instaba al candidato a bebérsela de un trago y a escribir después un poema en el libro del Ayuntamiento. Uno de ellos dice así: “Me ofrecieron la copa / con estas palabras: bébetela, compañero / ya que te has atrevido a ocupar este cargo / aquí es el agua lo que rechazamos, no el vino”. En su batalla contra el agua, los inspectores no vacilaban en recurrir ni a las musas…
Desde el Ayuntamiento se llega con facilidad a los molinos de Overwaard. Cuanto más se avanza hacia el dique central, más se retrocede en el tiempo. En lugar de automóviles aparecen vacas y ovejas que pastan apaciblemente. Sólo se oye el cotorreo de las aves acuáticas, los alcaravanes, las garzas púrpura, las golondrinas marinas, el canto de un gallo, el susurro de los juncos y el viento. Flota en el aire el olor de las manzanas maduras caídas de los árboles. Permanezco silencioso al divisar cinco paraguas verdes que cobijan la paciencia de unos cuantos viejecillos dedicados a la pesca. Las aspas de los molinos giran obstinadamente y se empeñan en combatir el viento, un viento de fuerza seis en la escala de Beaufort.
El conjunto de los molinos de Kinderdijk es el símbolo del paisaje típicamente neerlandés, en vías de desaparición. Para los holandeses simboliza también el combate sin fin para conservar la tierra. “El terreno sigue hundiéndose”, afirma Henk Bronkhorst, “hemos tenido que agregar al estanque superior otra alberca para poder recoger aún más agua, y una pompa suplementaria en las esclusas.”
A lomos de su jamelgo Rocinante, Don Quijote arremetía contra los molinos. Con los molinos como única arma, los holandeses hacen frente al eterno avance de las aguas. Según ciertas previsiones, el país habrá dejado de existir dentro de unos cuantos siglos. El agua reconquistará lo que los hombres en su día le conquistaron. La historia dirá si fueron tan temerarios como el hidalgo de la Mancha.


Belleza y astucia

Inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial en 1997, la red de molinos de Kinderdijk-Elshout da prueba del ingenio y la valentía de los hombres, que, gracias a un astuto sistema hidráulico, lograron estabilizar y cultivar una amplia extensión de turberas en los Países Bajos.
Situada en el extremo noroeste de la Alblasserwaard (tierra a orillas del agua), esta red permitió drenar los distritos interiores de la Overwaard (tierra alta) y de la Nedervaard (tierra baja) hasta 1950, fecha del cierre de los molinos. Sin embargo, sus 19 molinos están todavía hoy funcionando.
Con sus pólderes provistos de sistemas naturales de drenaje, sus corrientes de agua, sus estaciones de bombeo y sus sumideros, el sitio está prácticamente intacto desde el siglo XVIII. Al ser un paisaje típicamente holandés, disfruta de la protección de las autoridades en tanto que monumento cultural y reserva natural.

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