
Entrada de la mezquita “Hacia el más allá”, en Chinguitti.

Mauritania

Los dibujos en las manos de las mujeres...

...se siguen inspirando en las decoraciones...

...de los muros de Ualata.

© Laurent Monlau/Rapho, París

Interior de una casa en Ualata.
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Moussa
Uld Ebnu
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| Es uno de los
principales novelistas mauritanos de lengua francesa. Actualmente es consejero cultural
de la presidencia de la República en su país. Es autor, entre otras
obras, de las novelas L’amour impossible y Le Barzakh, publicadas respectivamente
en 1990 y 1994 por la editorial L’Harmattan en París. |
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“Los
desiertos nos emocionan pues se trata de la naturaleza anterior al hombre. Representan
también el espectáculo de lo que podría ocurrir después
de éste, cuando haya desaparecido.”
Théodore
Monod, naturalista francés,
(1902-2000).
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Antaño
ricos centros comerciales e intelectuales, los ksur mauritanos luchan hoy contra
los embates de la arena, el viento y el olvido.
Oleadas de arena de
los colores más diversos, que van del blanco al rojo pasando por el beige,
procedentes del sur como del norte, vienen a estrellarse sin cesar contra la imponente
mole violácea del Adrar. Este macizo que atraviesa Mauritania, entre los desiertos
de Majabat El Kubra y de Auker, alberga cuatro joyas: Uadán y Chinguitti,
en el norte, Tichitt y Ualata, en el sudeste. Cristalizadas en un universo mineral,
esas antiguas ciudades, fundadas en los siglos XII y XIII, que fueron tan prósperas,
sobreviven hoy penosamente en un contexto hostil. Pero aunque estén agonizantes,
es mucho lo que nos enseñan sobre la historia de esta región, cuyo
destino está estrechamente ligado a la napa freática y al trazado de
las rutas comerciales entre el Magreb, el Sahel y el mundo de la negritud. Situados
en los grandes ejes caravaneros, los ksur, el más célebre de los cuales
fue Chinguitti, se transformaron a lo largo de los siglos en verdaderas megalópolis
del comercio transahariano, en particular del oro y de la sal. Hábiles negociantes,
los chanaguita (habitantes de Chinguitti) mantuvieron intercambios regulares con
el Magreb, Egipto y Arabia, pero también con Guinea, Côte d’Ivoire y
Nigeria, afirmando al mismo tiempo su papel en la difusión de la cultura árabe
e islámica. Las caravanas comerciales procedentes de Chinguitti contaban a
veces más de 30.000 camellos, que transportaban sal, lana, pólvora,
dátiles, mijo, trigo y cebada. Regresaban del sur con polvo de oro, esclavos,
marfil, pieles y plumas de avestruz. Esas mercancías se revendían después
en el Cairo, en Sijilmassa, en Fez y, sobre todo, en Tremcén, donde venecianos
y genoveses se abastecían en dos mercados especialmente reservados para ellos.
En cuanto a Ualata, (“lugar sombrío” en lengua beréber), cuyo origen,
según algunas fuentes, se remonta a tiempos anteriores al islam, era un emporio
tan importante en los siglos XIII y XIV que su nombre figuraba en los mapas europeos
de la época. Una gran familia musulmana, los Maqqari, habían instalado
allí un almacén para depositar las mercancías del sur y acopiar,
antes de revenderlas, las procedentes del norte. Es también en Ualata donde
se reunían los peregrinos de Africa Occidental antes de dirigirse a Chinguitti,
desde donde partía la caravana anual a La Meca. Esta peregrinación
dio tanta fama a la ciudad que durante mucho tiempo Mauritania fue conocida como
Bilad Chinguil, el país de Chinguitti.
Centros
comerciales, intelectuales y religiosos
Unida
a Ualata por una importante ruta mercantil, Uadán era una ciudad muy próspera,
sobre todo en los siglos XIV y XVIII. Pero el comercio no constituía su única
riqueza. Los mauritanos siempre dieron gran importancia al saber. Musulmanes sunníes
de rito malikí, transformaron los ksur en centros intelectuales de gran renombre
que atraían a numerosos estudiantes extranjeros. Sus bibliotecas y madrasas
(escuelas coránicas) han conservado celosamente hasta nuestros días
unos 40.000 manuscritos de valor inestimable. Se dice que hubo una época en
que hasta 40 sabios vivían en una misma calle de Uadán. Y, si se da
crédito a la etimología del nombre de esta ciudad, tal vez sea cierto,
pues significa “la ciudad de los dos uadis”: el uadi de las palmeras y el uadi del
saber.
Situada en el camino entre Ualata y Uadán, Tichitt supo aprovechar su emplazamiento
para convertirse en una magnífica ciudad. Con sus casas de varios pisos, sus
muros ciegos en la planta baja, cuya puerta constituía la única abertura
al exterior y sus fachadas de piedras variopintas, es un frágil conservatorio
de un estilo arquitectónico típicamente mauritano.
La policromía discreta de sus edificios contrasta con la exuberancia de las
fachadas de Ualata, adornadas con dibujos blancos sobre fondo marrón rojizo,
que decoran los contornos de las puertas, los porches, los conductos de ventilación
y los tragaluces. Particularmente hermosos son los rosetones que rodean las piedras
lustrales y que se rozan con las manos antes de hacer los gestos rituales de ablución,
en esta ciudad donde el agua ha faltado con frecuencia y cuyas callejuelas resultan
asfixiantes por la arena y el polvo.
Pero es sobre todo en los muros de los patios interiores donde se encuentran las
célebres pinturas de Ualata. Con motivos simples que se repiten hasta el infinito,
esos arabescos dan realce a escaleras, puertas, tragaluces, nichos y calados. Por
lo general, sus autores utilizaron una sustancia preparada a base de ocre pardo,
carbón de madera, goma y bosta de vaca.
Esa forma de decoración es típica de Ualata. En Uadán, por ejemplo,
el material de construcción de las casas era una arenisca rosa o gris, ligada
con una mezcla de arcilla y paja. El revoque de greda que revestía todos los
muros de la ciudad para protegerlos de las escasas lluvias, le daba un aspecto sumamente
sobrio y refinado. Hoy sólo subsiste en contados lugares, lo que indica el
avanzado estado de abandono en que se encuentra toda la ciudad. Las risas de los
niños, que correteaban por las callejas angulosas y trepaban por las angostas
escaleras que separan dos manzanas de viviendas, se han desvanecido; el bullicio
de la muchedumbre ha enmudecido para siempre. Un solo sonido emana ahora de este
reino del silencio: el silbido del viento que azota obstinadamente las fachadas fantasmales.
Las familias de Uadán se retiraron hacia un sector reducido de la “ciudad
alta”, abandonando todos los demás barrios. Y si en estos últimos algún
edificio sigue en pie, es sin duda gracias a la perspicacia de los constructores
de antaño, que lo habían dotado de aleros para protegerlo de la erosión
del viento y de las lluvias.
También en Chinguitti la arena invade lentamente los patios de las casas abandonadas,
hasta el punto de que el suelo de las antiguas habitaciones, aplastado por los escombros
de los muros desplomados, se halla actualmente a más de un metro por debajo
del nivel de la calle. Pero esta ciudad sigue siendo “el alma del país” y
se ha despoblado menos que las demás. El minarete cuadrado de su famosa mezquita,
durante mucho tiempo símbolo nacional del Bilad Chinguil, se yergue todavía
como un desafío al paso del tiempo.
Tichitt, en cambio, instalada en una hondonada junto al Adrar, está mucho
menos protegida de la arena. Según la leyenda, siete ciudades se superponen
en ese lugar. Y la que ha llegado hasta nosotros se sume inexorablemente en las dunas.
Sólo conserva unas pocas casas enterradas hasta la primera planta. Hace apenas
un siglo, se practicaban en este oasis los cultivos bajo palmeras, capaces de alimentar
a una población de varios miles de habitantes. Hoy las escasas palmeras azotadas
por el viento gimen recubiertas de arena hasta la mitad del tronco. El año
pasado, las lluvias torrenciales dieron el golpe de gracia a esta ciudad, destruyéndola
en 80%. Por fortuna, su espléndida mezquita y su minarete cuadrado, el más
hermoso de todos, se salvaron de la catástrofe.
Pese a sufrir los estragos del clima sahariano, e incluso saheliano en el sur, y
a ser víctimas desde hace decenios de una sequía dramática,
las ciudades antiguas de Mauritania se niegan a adormilarse. El genio creador de
las civilizaciones del pasado sigue animando la cultura mauritana. Los motivos de
las decoraciones murales de Ualata se reproducen en los dibujos con henna que siguen
luciendo las mauritanas en pies y manos, así como en la bisutería,
la artesanía de madera y cuero, los bordados de los atuendos masculinos, la
tintura de los velos de las mujeres, el tejido de las alfombras tradicionales e incluso
en la moneda nacional, el uguiya. Las melodías de Vala, compositora famosa
de Chinguitti que ha pasado a ser figura emblemática de nuestra música,
todavía se ejecutan al tidinit, o laúd moro. Otros aires tradicionales,
como el Awdid, que acompañaba el cargamento de las caravanas de Tichitt, inmortalizan
diversos aspectos de la vida de los ksur en sus tiempos de esplendor.
Así, la tradición se perpetúa a imagen y semejanza de esos balancines
que sacan agua de los viejos pozos en los pequeños reductos agrícolas
y que, indolentes, siguen prosternándose a través de los siglos.
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Cuatro
ciudades medievales sobrevivientes
Por ser los
últimos testimonios de la vida tradicional en un medio desértico, los
antiguos ksur mauritanos de Uadán, Chinguitti, Tichitt y Ualata fueron inscritos
en la Lista del Patrimonio Mundial en 1996. Cada una de esas ciudades, representativas
de una forma de ocupación del espacio típica de las poblaciones nómadas,
cuenta con algunos ejes principales que permitían el acceso de las caravanas
o conducían directamente a los palmares o los cementerios. Todas están
rodeadas de muros de defensa, reducidos hoy a unos cuantos fragmentos, que marcaban
las fronteras entre el antiguo ksar y los barrios más nuevos. Su arquitectura
se desarrolló también en función de las exigencias de la vida
nómada: las casas se utilizaban la mayor parte del año como depósitos
y las habitaciones cumplían diversas funciones según la estación
o el momento del día.
Centros mercantiles y religiosos a la vez que focos de la cultura islámica
depositarios de miles de manuscritos antiguos, estas cuatro ciudades medievales son
las únicas que han sobrevivido hasta nuestros días pese al abandono
del comercio caravanero, a los conflictos locales y regionales, la sequía,
el hambre y las epidemias. El hecho de estar enclavadas, el traslado de los centros
económicos y administrativos, y el éxodo constante de la población
agravan la precariedad de su existencia.
A petición del gobierno mauritano, la UNESCO lanzó en 1978 una campaña
internacional de salvaguardia de estas ciudades y financió las obras de restauración
y conservación, en especial de las mezquitas. Dos años más tarde,
el Instituto Mauritano de Investigación Científica constituyó
un fondo de archivos fotográficos y documentales. En 1993, el gobierno mauritano
creó la Fundación Nacional para la Salvaguardia de las Ciudades Antiguas,
cuya misión es ayudar a éstas a superar las causas de su decadencia
por medio de programas integrados de preservación y desarrollo. El proyecto
“Salvaguardia y Valorización del Patrimonio Cultural Mauritano”, financiado
por el Banco Mundial, comprende también las ciudades antiguas en su campo
de acción.
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