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Nacida de la plata

Guanajuato: una mina de historia

Rafael Segovia, escritor Mexicano.
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El espíritu de Guanajuato está en la piedra.




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Mexico





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En el centro de Guanajuato abundan las calles estrechas.




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© D. A. Harvey/Magnum, Paris





Rafael Segovia

Fotógrafo, productor, realizador, dramaturgo, traductor y profesor de literatura, Rafael Segovia nació en Ciudad de México en 1951. Coordinador de numerosos eventos culturales y proyectos de televisión, vídeo, cine y teatro, es autor del espectáculo El Retablo de los Poetas o Amor y Muerte en el Siglo de Oro, presentado en el Festival Cervantino de Guanajuato en 1986.
Actualmente prepara la publicación de sus numerosos textos de crítica literaria.
Enclavada en una estrecha garganta de la Sierra Madre mexicana, Guanajuato alberga una de las minas de plata más grandes del mundo. La historia de sus gentes y la de sus minas son indisociables.

Contrastando en el paisaje agreste y macizo de Cuanaxhuata (la colina de las ranas), esta graciosa dama española de 450 años de edad continúa parapetada contra el viento pertinaz de esa zona semidesértica como lo hizo contra los ataques de los chichimecas, indígenas nómadas enemigos jurados de los conquistadores.
Guanajuato reposa sobre una multitud de calles subterráneas accesibles por escalinatas talladas en la roca. Sus antiguas casonas y palacios, conventos, iglesias barrocas y neoclásicas forman un paisaje cargado de presencias de otros tiempos. En sus callejas sinuosas, que siguen perfectamente las formas del terreno accidentado, el eco de los pasos que resonaban antaño se confunde hoy con las voces cristalinas de las fuentes que brincan sobre las losas de cantera. Y un viejo recuerdo de amores prohibidos flota todavía en el Callejón del Beso, que debe su nombre a los amoríos de dos jóvenes que aprovechaban la estrechez de éste para poderse abrazar de balcón a balcón, contraviniendo la prohibición de sus padres. Tras ser descubiertos, la muchacha tuvo que recluirse en un convento y el joven fue obligado al destierro.

El Festival Cervantino atrae multitudes
El espíritu de Guanajuato, encerrado en la piedra, está impregnado de una memoria secular. Pero no por eso la ciudad está anclada en una somnolencia ancestral. Antaño, un único camino ondeaba entre las rocosas laderas para desembocar en una amplia explanada llamada Plaza de los Pastitos. Hoy, túneles ultramodernos agujerean las montañas, multiplicando los accesos a este centro turístico, económico, cultural y universitario.
Los miles de turistas que frecuentan las terrazas de los cafés, los hombres de negocios que recorren este “pasillo económico de México”, los mineros menores de edad que, sin permiso de sus padres, continúan destripando la tierra para extraer de ella el oro y la plata, los estudiantes que contaminan las múltiples plazoletas de la ciudad con su entusiasmo juvenil, contribuyen a sacar de su letargo a esta pequeña villa provinciana que hoy cuenta 50.000 habitantes. Sin olvidar el bullicio impresionante de sus calles durante la celebración del Festival Cervantino, que cada mes de octubre desde hace unos veinte años invade Guanajuato y atrae a hordas cada vez más numerosas y menos cultas, sedientas de algarabía. Hubo años en que la verbena popular espontánea que derivaba del festival fue tan molesta para los habitantes que pidieron al gobierno federal la cancelación de futuros festivales.
Al cruzarse en las calles con tanta gente que habita este rincón de México, no puede uno dejar de preguntarse cómo sería la vida aquí si la historia hubiese seguido un curso más apacible. Unas veces metrópoli bulliciosa, otras pueblo desertado por sus habitantes, la fortuna de Guanajuato siempre estuvo ligada a la de sus explotaciones mineras y a los vaivenes de la historia política mexicana. Da la impresión de que esta inconstancia fue forjando el espíritu de sus gentes. Conscientes de la fragilidad de la existencia, sujetos al azar de un hallazgo, esperando la riqueza sin poder olvidar la miseria, los guanajuatenses se forjaron una personalidad reservada, obstinada, terriblemente inclinada a la fe.
La aventura de Antonio de Ordóñez, el descubridor de la vena madre de La Valenciana, ilustra mi teoría. Cuando ya la mina había sido abandonada por considerarse agotado su mineral, inicia en 1760 una exploración con la que consigue apenas sobrevivir y mantener viva su esperanza. Durante cuatro años trabaja arduamente sin hallar la veta buscada, pero siempre con la convicción de que hay allí una inmensa riqueza por descubrir. Cuando ya sus compañeros de aventura pretenden abandonarlo, logra convencerlos a fuerza de prédicas y súplicas. Su fuerza le viene de una gran fe en el milagro divino. Pasan, contra viento y marea, otros cuatro años, y al fin su empresa es recompensada al descubrirse una de las vetas más ricas de todas cuantas ha habido, que por sí sola inundó los cinco continentes con oro y plata en una proporción tal que desestabilizó la economía mundial. Hoy en día, La Valenciana, al igual que muchas de las minas de la región, sigue produciendo, y su pozo principal alcanza 525 metros de profundidad, mientras que sus galerías subsidiarias totalizan cerca de 40 kilómetros. Se ha convertido además en una fuente de trabajo para los miembros de la Cooperativa Minera, que la administran como un centro turístico. La mina antigua dependía para su acceso de escalinatas, que descienden oblicuamente más de 700 metros en las entrañas de la tierra. Los peones de mina debían recorrer esta vía 14 veces al día cargando cada vez 75 kilogramos de mineral sobre la espalda. Esto da apenas una idea de las condiciones en que el imperio español obtuvo sus enormes riquezas.
La fe de Ordóñez lo llevó a devolver al Cielo parte de lo que la Tierra le había dado, y construyó así la hermosísima Iglesia de La Valenciana, una de las joyas del arte churrigueresco mexicano, en el que se funden la factura indígena y la española. Los retablos de su altar mayor están forrados de oro laminado, y la profusión de ornamentos y piezas de arte que contiene, aún intactas en gran parte, hace de este edificio un museo de arte colonial único.

Vigilar el pecado atiza la pasión
Basta un paseo por Guanajuato para comprender hasta qué punto la religión católica desempeñó aquí un papel primordial. Sólo en los siglos XVII y XVIII se edificaron más de 15 conventos, templos, iglesias y capillas en una superficie de menos de dos kilómetros cuadrados, lo que hoy es el centro histórico de la ciudad. Y, como para recordarnos que la fe nunca desfallece, la calle del Campanero, alude a la dedicación de Luis Antonio Solórzano, campanero de la Parroquia de Santa Fe de Guanajuato, que a principios del siglo XX rigió las vidas de los guanajuatenses con sus llamados a misa, a difuntos e incluso a toque de queda.
Guanajuato fue por mucho tiempo bastión de la moral católica más acendrada, y su gente, encerrada dentro de la ciudad como en una inmensa y única vivienda, se conocía toda. Era así posible reconvenir al infractor de las buenas costumbres ante la menor acción pecaminosa. Claro está que esta promiscua cerrazón daba lugar a las más descabelladas pasiones, muchas de ellas contadas con delicioso humor por Jorge Ibargüengoitia, guanajuatense afable y caluroso, muerto prematuramente en 1983, que alimentó con sus relatos el teatro y el nuevo cine mexicanos, inmortalizando así el alma a la vez surrealista y conservadora de este pueblo que, lentamente, desaparece bajo el efecto de la modernidad.

Nacida de la plata

Fundada por los españoles a principios del siglo XVI, la ciudad de Guanajuato, capital del estado del mismo nombre, situado en el centro de México, se convirtió pronto en el principal centro mundial de extracción de plata. Nacida de las minas, Guanajuato siempre ha vivido en simbiosis con ellas: la organización de las calles, y sobre todo las pintorescas “calles subterráneas”, la edificación de sus suntuosas iglesias, como la de la Compañía y la Valenciana, que figuran entre los más bellos ejemplos de arquitectura barroca de América Latina, la construcción de numerosas presas e instalaciones hidráulicas, la perforación de pozos mineros, el más impresionante de los cuales, La Boca del Infierno, se hunde hasta 600 metros bajo tierra, son indisociables de su historia industrial.
La ciudad de Guanajuato y las minas adyacentes forman parte de la Lista del Patrimonio Mundial desde 1988.

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