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Un paisaje armonioso

Las escaleras del cielo

Alfred A. Yuson, escritor filipino.
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El mejor arroz es cultivado por los más pobres en las terrazas más altas y exiguas.








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Filipinas






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Dispuesta a preservar estos arrozales en terrazas, Filipinas los declaró “tesoros nacionales” en 1973.









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© McCurry/Magnum, Paris







Alfred A. Yuson

Autor de una decena de libros de poesía, ensayos y cuentos para niños, Alfred A. Yuson es vicepresidente de la Unión de Escritores Filipinos. Realizador y
guionista de documentales, enseña literatura en la Universidad Ateneo de Manila. Ha sido galardonado con diversos premios literarios, entre los que cabe mencionar el Centennial Literary Prize (con motivo del centenario de la independencia de Filipinas) por su última novela Voyeurs&Savages (Anvil Publishing Inc., 1998). Recientemente ha publicado un ensayo, The World of Paradise (Office of Research&Publications, Ateneo de Manila University, 2000).




“Hasta el día de hoy, las terrazas resisten, y, lo que es más importante, continúan funcionando.”

Fidel Ramos, ex presidente de Filipinas (1928-).

Para salvaguardar los espectaculares arrozales en terraza de las cordilleras de Luzón, hay que preservar primero la cultura indígena a la que deben su existencia. Este verano, después de más de 50 años de silencio, volvieron a retumbar los tambores
de los sacerdotes ifugao.

Los arrozales de Banaue son la octava maravilla del mundo, dicen los filipinos. Tienen razón. De todas las terrazas de arroz escalonadas en las vertientes de las cordilleras de Luzón, la isla más grande del archipiélago, las de Banaue constituyen el más acabado testimonio de la ingeniería rural de las tribus locales. Junto con los arrozales de Mayoyao, Kiangan y Hunghuan, representan en cierto modo la “marca registrada” de la cultura ifugao. “Único monumento filipino construido sin influencia ni intervención extranjeras y sin ninguna forma de trabajo forzado”, según la fórmula del arquitecto filipino Augusto Villalón, dotan a la provincia de Ifugao de un paisaje único, fruto de una complicidad armoniosa entre el hombre y la naturaleza.
Aquí, a más de 1.000 metros de altitud, el hombre se empeña desde hace dos milenios en cultivar arroz en condiciones particularmente adversas. Sondea el terreno, descubre las superficies cóncavas, llena de grava las fallas de las pendientes para evitar los desprendimientos, erige muros de piedra, a veces de seis metros de altura, y eleva capa por capa el nivel de la tierra… Valiéndose de herramientas muy sencillas, sin ayuda de animales, redibuja pacientemente los flancos de las montañas, respetando sus repliegues naturales.
Las terrazas así habilitadas, que a veces tienen sólo tres metros de ancho, están dotadas de un ingenioso sistema de riego. Conductos de bambú, de diámetros diferentes, permiten controlar el abastecimiento de agua según el tamaño de las parcelas. Cada nuevo brote recibe la cantidad de agua indispensable y el exceso, gracias a una red muy compleja, se derrama sobre las terrazas inferiores.
Hombres y mujeres tatuados perpetúan los gestos y las prácticas de sus antepasados. Como a comienzos de nuestra era, sólo utilizan abonos orgánicos y pesticidas de origen vegetal, recogidos en los bosques vecinos. Dado que los extensos campos al pie de la montaña quedan reservados para una minoría acaudalada, los campesinos más pobres se han retirado a las alturas para cultivar en las terrazas mas exiguas tinawon, arroz perfumado, mucho más apreciado que el arroz comercial de las tierras bajas. De todos los cultivos locales —batata, maíz, taro, fríjol mongo, guisante cajan— es el único que se consume en los grandes festejos, servido con pollo y cerdo.
Tras el descubrimiento del archipiélago por Magallanes en 1521, los españoles se apoderaron de las tierras bajas sin encontrar resistencia, pero las montañas y sus tribus “incansables y guerreras”, bautizadas igorots (de Ygolot, que en el dialecto local significa “hombres de las montañas), resultaron hueso duro de roer. Los kankaney, ibaloi, ifugao, kalinga, isneg y bontoc —como se llamaban a sí mismos— resistían a la ocupación militar y a las incursiones de los misioneros. Espantados por la caza de cabezas que practicaban algunos grupos, los españoles reaccionaban con expediciones punitivas. Durante más de tres siglos, el enfrentamiento entre las dos culturas se limitó a escaramuzas sangrientas sin pena ni gloria, a un juego cruel entre el gato y el ratón.

La persistencia de las creencias ancestrales
Con la ocupación norteamericana iniciada en 1898 y la llegada de los ingenieros militares hasta las tierras altas, los montañeses se doblegaron. Las misiones episcopalianas estadounidenses tuvieron más éxito que los intentos españoles de evangelización.
Pese a esta fuerte presencia misionera durante un siglo, los ifugao no han abandonado sus creencias ancestrales. Bul-ol, el dios del arroz, ocupa un lugar destacado en su panteón. Su doble efigie –un par de esculturas de madera dura– vela siempre sobre los graneros. En las ceremonias rituales los ancianos degüellan pollos, salmodian hechizos y rocían con sangre del sacrificio las imágenes del dios, a fin de que proteja las cosechas y propicie la abundancia.
Aunque el culto se perpetúa, se ven menos esas estatuillas antiguas, primorosamente esculpidas, que adornaban antaño los muros de las casas. La población ha aprendido a deshacerse de su patrimonio, a cambio de las cuantiosas sumas que ofrecen los coleccionistas itinerantes.
Otra cosa ha cambiado: con el crecimiento de la población, los jóvenes heredan parcelas cada vez más exiguas que no bastan ya para alimentar a las familias. Y los oropeles de la vida urbana los arrastran lejos de esos arrozales tan difíciles de cultivar y mantener. Las tierras altas ocupan 7% de la superficie total de Filipinas y sólo albergan 2% de la población del país.
Para Filipinas, consciente del riesgo de degradación que amenaza las terrazas, su preservación ha pasado a ser un asunto de Estado. El gobierno las declaró “tesoros nacionales” en 1973, antes de instaurar hace poco más de diez años una Región Autónoma de las Cordilleras (RAC), que agrupa las provincias enclavadas en éstas: Benguet, Ifugao, la de las Montañas, Abra y Kalinga-Apayao. Pero si bien se han concretado numerosos proyectos científicos y tecnológicos para salvaguardar los arrozales, pocos esfuerzos se han hecho para preservar la cultura indígena de la que proceden. Si ésta muere, la agricultura perecerá con ella.
A mediados de agosto del presente año, la Comisión Nacional de Cultura y Arte (NCCA) resucitó el Patipat, rito agrícola que los mumbaki (sacerdotes ifugao) habían celebrado por última vez en 1944. Tras un prolongado silencio, los tagtags volvieron a atronar en la aldea de Amduntog. Estos escudos de madera, golpeados con palillos, ritman la danza del Patipat, que expulsa de los arrozales a los espíritus malignos y a las ratas que causan estragos en cosechas y destruyen las terrazas al cavar sus madrigueras.
“Tras haber entonado invocaciones y ofrecido un animal en sacrificio, los mumbaki se sumaron a algunos hombres de la aldea para tocar el tagtag”, cuenta el escritor filipino Dexter Osorio. “Todos llevaban el tradicional taparrabo y el aderezo de dongala, unas hojas de color púrpura que se utilizan para los ritos. Siguiendo el ritmo complejo de las percusiones, la hilera de ejecutantes ondulaba bailando en torno a la aldea. A la cabeza, un mumbaki blandía su lanza a intervalos regulares, marcando la cadencia con clamores esporádicos, coreados por todos. Al llegar junto a las terrazas, el grupo tropezó con otro cortejo procedente del pueblo vecino de Nalnay. Los niños, que representaban más de la mitad de los participantes, golpeaban sus escudos con entusiasmo, rivalizando con los mayores. Las dos hileras de bailarines, confundidas en una orgía controlada de sonidos, colores y movimientos, siguieron su camino a través de las terrazas hacia el río, donde se suponía que iban a ahogarse las ratas y los espíritus malignos. Un miembro del grupo de Nalnay explicó que los ancianos no habían querido sumarse al ritual.”
¿Cómo no preguntarse entonces, con Dexter Osorio, si no es la cultura ifugao la que está afectada por la erosión? “Desde que la educación occidental homogénea y el cristianismo se introdujeron en las cordilleras, afirma, se han abandonado los viejos rituales y olvidado las creencias tradicionales, lo que acarrea apatía y erosión del sentimiento de identidad.”
Sin embargo, la participación masiva de los niños en el rito permite esperar que la erosión cultural no sea irreversible y que no sea aún demasiado tarde para mantener vivo el genio de los antepasados, que construyeron esas magníficas escaleras para acercarnos al cielo.




Un paisaje armonioso

En el norte de Filipinas, la isla de Luzón, la más grande de las 7.000 de este archipiélago, alberga 2.000 hectáreas de arrozales en terrazas. Inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial en 1995, los cuatro grupos de arrozales de los municipios de Banaue, Mayoyao, Kiangan y Hungdun se encuentran en la Región Autónoma administrativa de las Cordilleras. Los arrozales en terrazas que tapizan las cordilleras constituyen un paisaje espléndido, expresión de la armonía entre el hombre y su entorno. Cada grupo de terrazas está rodeado de bosques privados (muyong) administrados de acuerdo con la tradición y alberga unas cuantas aldeas. Las viviendas de madera, con techumbres de paja, disponen de una sola habitación. Construidas sobre pilotes, se accede a ellas por una escalera que se retira por la noche. Un arrozal sagrado, el primero que se siembra y se cosecha, ocupa el centro de la aldea. Junto a ésta, en la colina de los ritos, los sabios (mumbaki) viven y ofician en una choza, rodeada de plantas sagradas de betel. Lo sagrado tiene una importancia primordial en el cultivo del arroz; los métodos ancestrales practicados hasta el día de hoy, perpetúan el saber de los ifugao en materia de ingeniería y ecología hidrológica. Pero en los últimos decenios el equilibrio social de las comunidades se ha vuelto más frágil, muchas terrazas han sido abandonadas y la deforestación ha afectado gravemente al entorno.
Como la falta de una visión de conjunto hizo fracasar los intentos esporádicos de preservar los arrozales, la Comisión de Terrazas Ifugao (ITC), creada en 1994, elaboró un plan general aplicable en seis años que favorece un enfoque holístico.

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