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Preservar un milagro de cinco siglo

Las mil y una noches de Xemaa el Fna
Juan Goytisolo, escritor español.
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La plaza Xemáa el Fna de Marraquech es única en el mundo. Cada día se presentan músicos, bailarines, actores y narradores de historias ante una multitud siempre ávida.






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Marruecos






Juan Goytisolo

Nació en Barcelona en 1931 y vive entre París y Marraquech. Es autor de numerosos ensayos, críticas, artículos y novelas que le han valido notoriedad internacional. Entre ellas destacan: Juegos de manos (1954), Duelo en el Paraíso (1955), El circo (1957), Juan sin Tierra (1975), Makbara (1980), La saga de los Marx (1993), El sitio de los sitios (1995) y Las semanas del jardín (1997). Su último libro es Carajicomedia (Barcelona, Seix Barral 2000).




“Marraquech era la ciudad donde las leyendas negras y blancas se entrecruzaban, los lenguajes se entremezclaban y las religiones topaban con el silencio inmutable de las arenas en perpetuo movimiento.”

Fatima Mernissi,
socióloga y escritora marroquí.
(1940-)











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Un espacio público que invita a la fraternidad y al humor.
Las tradiciones y los cuentistas de la célebre plaza de Xemáa el Fna, en Marraquech, originaron un concepto nuevo: el de patrimonio oral e inmaterial de la humanidad.

Mi primer contacto con la literatura oral en la plaza de Xemáa el Fna de Marraquech me condujo a una reflexión sobre la especifidad de la escrita a partir de las diferencias existentes entre ambas: mientras en la comunicación oral, el locutor puede referirse en todo momento al contexto, eso es, a una situación concreta y precisa, común a todos los auditores y espectadores de la halca, en el campo de la literatura escrita, el autor y el lector no tienen nada en común, salvo el texto compuesto por el primero y el dato de pertenecer (por nacimiento o por aprendizaje) a una misma comunidad lingüística. El hecho de que al leer, por ejemplo, una novela, la comunicación no se establezca entre un locutor y un auditor con idéntica o aproximada experiencia del mundo (como en el caso de la literatura oral), sino entre un narrador y un lector, ocasiona que el primero no pueda verificar si el segundo posee en el momento de la lectura el conocimiento del contexto que da por supuesto el texto narrativo. Ello explica que el lector alejado del texto en el tiempo y/o en el espacio requiera un intermediario que recree las situaciones contextuales para suplir precisamente la ausencia de situación.
En la halca nada de eso es necesario. El cuentista se dirige directamente al corro de espectadores y cuenta con su complicidad. El texto que recita o improvisa funciona como una partitura y concede al intérprete un amplio margen de libertad. Los cambios de voz y de ritmo de declamación, de expresiones del rostro y de movimientos corporales desempeñan un papel primordial. Una obra en apariencia sacra puede ser parodiada y rebajada a un nivel escatológico. En los cuentos infantiles y gestas caballerescas, el amplio uso de números cinegéticos y paralingüísticos subraya la magia, fuerza o dramatismo de los episodios narrados.
Poco a poco, conforme mejoraban mis conocimientos del darixa (el árabe dialectal marroquí), pude apreciar la riqueza y variedad de las tradiciones orales de la plaza de Marraquech. Junto a la audición de obras clásicas (Las Mil y una noches, La Antaria, etc) y a leyendas populares inspiradas en héroes como Xeha, Aicha o Kandixa, participé como espectador en las improvisaciones burlescas y a veces pantomimas sexuales de halaiquis de gran clase, como los hoy fallecidos Saruh y Bakchich. Ambos se expresaban llanamente en el dialecto de los espectadores y recurrían a unos eufemismos cuya ganzúa poseían éstos merced a su asiduidad a la halca.
Pero en ese gran crisol de culturas populares que es la plaza de Xemáa el Fna convergen otras dos tradiciones: la beréber y la subsahariana de los gnaua o descendientes de esclavos de una popular cofradía marroquí. La primera, ya se trate de cánticos o recitales en tamazigh (la lengua bereber mayoritaria) o en susi (el bereber de la región de Agadir), abarca en su registro poemas de amor, elegías y obras de crítica moral y social. La segunda contiene un vasto repertorio de invocaciones y preces empleadas en las ceremonias de trance ritual. Un reciente estudio del profesor Hamid Hogadem reúne en un volumen las grabaciones hechas por el autor de los actuales halaiquis de las tres tradiciones y será publicado próximamente con el patrocinio de la UNESCO.
El punto de partida de mis reflexiones se extendió a lo largo de los años a las relaciones existentes entre la literatura oral y escrita. La interdependencia entre una y otra en las culturas europeas y árabes que conozco muestra que la oral alimentó a la escrita al ser codificada y repertoriada y ésta a su vez influyó en aquélla al introducirse en el circuito del relato oral.
Numerosos textos medievales, tanto poéticos como narrativos, fueron escritos para ser recitados y una lectura adecuada de los mismos requiere tomar en consideración su dimensión auditiva y paralingüística. Muy significativamente, el sector más innovador y revulsivo de la narrativa del siglo XX (Joyce, Céline, Arno Schmidt, Carlo Emilio Gadda, Guimaraes Rosa, Cabrera Infante...) entronca con algunos elementos básicos de la tradición oral: las novelas de estos autores proponen una lectura en voz alta, una verdadera galería de voces, que permitiría apreciar de modo cabal la propuesta literaria de sus autores. En lo que a mi concierne, he de señalar la importancia del estímulo de la oralidad de la Plaza en cuanto he escrito desde mi novela Makbara y su “Lectura del espacio en Xemaa el Fna”. Sin dicho incentivo, mi obra seria probablemente distinta. La audición, esto es, la presencia simultánea del autor o recitador y del público adiestrado a su escucha, concede a los textos poético-narrativos una dimensión nueva, como en tiempos de Chaucer, Bocaccio, Juan Ruiz, Ibn Zayid o Al Hariri. Una continuidad soterrada enlaza el Medioevo con la vanguardia literaria del siglo que termina. Como señaló agudamente Bajtin, “una obra no puede vivir en los siglos venideros si no se alimenta de los siglos pasados... Todo lo que pertenece tan sólo al presente está condenando a morir con él”.

Un espacio público frágil y precario
Por muy diversas razones, la fragilidad, por no decir la precariedad, del espacio publico de Xemáa el Fna es para mí un tema de preocupación recurrente. Creado por un conjunto afortunado de circunstancias (algunos documentos señalan su existencia a mediados del siglo XVI) el espectáculo de la Plaza de Marraquech corre el riesgo de desaparecer y ser barrido por los embates de la modernidad incontrolada que amenaza nuestras vidas y obras. Considerado aún hasta fecha reciente por una buena parte de la elite europeizada de Marruecos como un residuo “tercermundista” (de hecho, la Plaza fue cerrada temporalmente después de la independencia del país, pero la presión popular obligó a las autoridades a abrirla de nuevo), se da la paradoja de que lo estimado por aquélla anacrónico sea visto como modelo deseable y, como tal, digno de imitarse, por los urbanistas de las sociedades técnicamente avanzadas del llamado Primer Mundo: un ámbito de encuentro y comunicación social, en donde personas de todos los orígenes y clases pueden comer, regatear, pasear, darse cita y disfrutar de la riqueza y variedad de su espacio en movimiento continuo. Como dije entonces, la Plaza puede ser destruida por decreto, pero no creada por decreto. Tomar conciencia de ello contribuiría sin duda a salvarla.
El aumento del tráfico rodado, la degradación ambiental y, sobre todo, algunos proyectos inmobiliarios en contradicción flagrante con las cláusulas de protección de la ley de 1922 –proyectos que, de llevarse a cabo, desfigurarían para siempre el entorno de Xemáa el Fna–, son lo suficientemente graves como para alentar una movilización internacional en defensa de este patrimonio oral e inmaterial en peligro. Tras la reunión de expertos venidos de áreas muy distantes y distintas– reunión organizada por la UNESCO en Marraquech en junio de 1977–, sabemos con certeza que es el único lugar del planeta en el que todos los días del año, músicos, cuentistas, bailarines, juglares y bardos actúan ante un gentío numeroso y que sin cesar se renueva. La Plaza nos ofrece un espectáculo permanente en el que se desdibuja la distinción entre actores y espectadores: todo el mundo puede ser lo uno o lo otro si lo desea. Frente al rodillo compresor de unos medios informativos que homogeneizan y empobrecen nuestras vidas, capsulándolas en la lobreguez teledirigida de lo privado, Xemáa el Fna opone el ejemplo del espacio público que invita a la socialidad gracias al humor, tolerancia y diversidad creados por sus poetas, pícaros y cuentistas.
La adopción por la Conferencia General de la UNESCO del concepto de patrimonio oral e inmaterial de la humanidad, en 1997, aporta un sostén decisivo a nuestro empeño por preservar del peligro de extinción a un número incontestable de tradiciones orales y musicales, de saberes y prácticas artesanales, así como a sus “tesoros vivos”. Hoy ya no es posible alegar ignorancia ante el hecho de que toda esa riqueza cultural que fue el núcleo seminal de lo que denominamos “alta cultura” puede ser barrido si no acudimos a socorrerlo. Como escribía mi amigo, el escritor Carlos Fuentes, refiriéndose a las comunidades indígenas de México: “cada vez que un indio muere, es toda una biblioteca la que muere con él”.

Preservar un milagro de cinco siglos

Lenguas, literatura oral, música, danza, juegos mitología, ritos, y costumbres son algunas de las expresiones culturales que la UNESCO se comprometió a proteger en 1997. Detrás de tan innovadora empresa, la plaza Xemáa el Fna y el compromiso de un hombre, el escritor español Juan Goytisolo, que vive en Marraquech buena parte del año. “Todo empezó cuando escribí, hace algunos años, un artículo contra el proyecto de construcción de un edificio acristalado de 15 plantas en la plaza. Alcé mi voz porque estoy convencido de que cualquier modificación en la plaza pondría en peligro el milagro que se produce cada día en ella desde hace cinco siglos. Creo que las autoridades fueron sensibles a mi razonamiento, a una comparación que les propuse. Saben que los turistas acuden a Marraquech para ver, entre otras cosas, Xemáa el Fna, de la misma manera que muchos visitan París para visitar la torre Eiffel. ‘¿Qué pasaría’, les dije, ‘si amputaran 60 metros a la Torre?’ Esa decisión no concerniría exclusivamente al ayuntamiento de París, sino a toda la humanidad’. El proyecto se paró”. Poco después nació otro proyecto: la proclamación de las obras maestras del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad. Pronto podrían exhibir tan honroso título tradiciones orales y otras formas populares de expresión cultural, así como los lugares que las albergan. El director general de la UNESCO, Koichiro Matsuura, ha nombrado a tal efecto un jurado compuesto por nueve personas que se renovará cada cuatro años. La presentación de las primeras candidaturas se hará hasta el 31 de diciembre de 2000 y la proclamación de las primeras obras maestras tendrá lugar en junio de 2001. La lista se irá ampliando cada dos años.
“El aval de la UNESCO”, añade Goytisolo, “sirve para hacer cambiar de opinión a las autoridades, para que muchas personas miren determinados fenómenos culturales con otros ojos. Es importante comprender que la desaparición de un halaiqui es mucho más grave para la humanidad que la muerte simultánea de 200 autores de best-sellers. La UNESCO sola quizás no pueda salvar nada, pero ayuda a hacerlo. En la plaza de Marraquech, por ejemplo, hemos grabado a los distintos halaiquis, y vamos a publicar sus relatos, pero no se trata sólo de eso. Hay que evitar “museificar” lo que está vivo, pero contribuyendo a que lo siga estando, para que los narradores orales no tengan que acabar sus días mendigando. Por ejemplo, no es difícil pensar que las escuelas se turnen para llevar a los alumnos a escuchar a los halaiquis para hacerles descubrir su propia cultura, en suma, para enseñarles que no todos los cuentos son propiedad de Walt Disney.”

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