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  Guerra a la corrupción: el modelo surcoreano

Glenn Manarin, periodista residente en Seúl.
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Manifestación ante la Asamblea Nacional en Seúl, el 7 de febrero de 2000.
Grupos de ciudadanos de Corea del Sur han emprendido una campaña sin precedentes contra la corrupción. La publicación de una lista negra de políticos deshonestos antes de las elecciones de abril pasado contribuyó a cambiar algo las cosas.

Según un viejo dicho de Corea del Sur, cuando un individuo alcanza una elevada posición política, la situación económica de su familia queda asegurada por tres generaciones. Pero, al calor de su democracia incipiente, los coreanos están descubriendo que son capaces de apartar a los políticos corruptos y de agruparse para luchar contra los vicios de la política.
Las elecciones celebradas en abril pasado para designar a los miembros de la Asamblea Nacional constituirán un hito en materia de reconocimiento de los derechos ciudadanos. El 10 de enero, una organización no gubernamental denominada Coalición de Ciudadanos por la Justicia Económica (CCEJ), publicó una lista de 167 candidatos “incorrectos”. Se acusaba a los seleccionados de violaciones a la ley electoral de la nación, y resistencia a la reforma democrática y a la lucha contra la corrupción.
En los días siguientes, en un afán de aunar esfuerzos, una agrupación de 470 grupos cívicos constituyó la Alianza de los Ciudadanos para las Elecciones del Año 2000 (CAGE). La CAGE elaboró una lista adicional de 47 nombres, y amenazó con lanzar una campaña de desprestigio contra los políticos supuestamente inmorales si los partidos no designaban otros candidatos en su lugar.
No es de extrañar que los partidos acusaran a la CAGE de “terrorismo político” e hicieran hincapié en que las leyes electorales prohíben a los grupos que no sean políticos, con excepción de los sindicatos, participar en campañas electorales. Pero, como quien decide en definitiva es el público —las encuestas de opinión mostraron que 80% de los electores no votarían por los candidatos de la lista negra—, el presidente Kim Dae-jung y la Asamblea modificaron la ley electoral de modo que permitiera la existencia de la CAGE. Los grupos presionaron también al gobierno, y lograron que se impusiera a los candidatos la obligación de dar a conocer sus antecedentes penales, tributarios y militares.

Los efectos positivos de la crisis del 97
La nueva legislación constituyó un golpe mortal para los políticos corruptos. Temerosos de las campañas de desprestigio, los partidos fueron más cuidadosos en la designación de sus candidatos e incluyeron en sus listas a numerosos jóvenes prometedores. Pero al mismo tiempo, muchos jefes de partido escogieron a políticos que figuraban en la lista negra, pese a la advertencia de la CAGE, que reaccionó divulgando otra lista en la que desenmascaraba a 86 candidatos y señalaba cuáles eran los 22 principales acusados, en su mayoría antiguos peces gordos de la política.
La CAGE organizó manifestaciones callejeras, peticiones, y campañas telefónicas, y creó sitios en Internet para ganarse al electorado joven. Estos sitios, que contaron con el apoyo de destacados músicos y estrellas de cine y televisión, recibieron casi un millón de visitas.
El 14 de abril, los coreanos se despertaron con dirigentes políticos mucho más jóvenes. Los votantes habían rechazado 70% de los candidatos de la lista negra. De los 22 principales acusados, sólo siete resultaron elegidos. La nueva asamblea estaba integrada en un 70% por legisladores primerizos o que cumplían un segundo mandato, muchos de ellos con 30 o 40 años de edad. Se saludó la elección como un hito en la política coreana: había surgido una nueva fuerza, la sociedad civil, decidida a librar al país de los políticos deshonestos.
Esta amplia coalición fue una consecuencia del poderoso movimiento por la democracia que culminó en 1987, cuando los trabajadores de clase media y los campesinos se sumaron a los estudiantes para exigir al presidente Chun Doo-hwan elecciones libres e imparciales. “El movimiento anticorrupción ha sucedido al movimiento democrático de los últimos decenios”, señala Kim Geo-sung, de la Red Anticorrupción de Corea (ACNK). “Antes no era posible porque nosotros (la sociedad civil) no teníamos peso suficiente para realizar ese tipo de actividades.”
Pero la movilización de una ciudadanía acostumbrada a leer en primera página de los periódicos noticias sobre el tráfico de influencias y el soborno no habría cobrado tal impulso sin la crisis financiera de 1997. La opinión generalizada es que las políticas que provocaron el choque entre el gobierno, los chaebols (conglomerados industriales) y los bancos fueron las que precipitaron la crisis. “La responsabilidad incumbe a los políticos que manejaban los hilos del sistema económico”, señala Kim Young-rae, especialista en ciencias políticas de la Universidad Aju de Suwon. De un informe de julio de 2000 del Instituto de Investigación Económica de Corea se desprende que la corrupción ha mermado el crecimiento económico del país en 1,5%.
“Se decidió que con motivo de las elecciones de este año debíamos al menos poner término al ciclo irracional de reelegir a personas que habían estado implicadas en la corrupción”, afirma Woo Pil-ho, coordinador de la Solidaridad Popular para una Democracia Participativa (PSPD).

De acusadores a acusados
Después de la elección, dentro del propio sector de los ciudadanos surgieron problemas que constituyeron una seria amenaza para la movilización incipiente. Varios de sus dirigentes se vieron comprometidos en escándalos, acusados incluso de aceptar dinero de empresas acostumbradas a comprar influencias. Un funcionario de la CAGE fue detenido por haber recibido una suma cuantiosa de un candidato.
Mientras tanto, en la Asamblea Nacional, los legisladores novatos, deseosos de dar mayor impulso a las reformas contra la corrupción, llegaron a desafiar las instrucciones de los partidos, actitud hasta entonces inconcebible en la política coreana. Sin embargo, tropezaron con una oposición feroz de la vieja guardia, que invocaba la unidad partidaria por encima de todo. Y aunque el presidente Kim ha prometido apoyar la reforma de la ley electoral, las divisiones de la Asamblea, en la que ningún partido dispone de mayoría suficiente, han mantenido la situación bloqueada casi todo el año.
Organizaciones como la ACNK saben que su misión implica una transformación profunda de la sociedad. “Necesitamos cambiar el sistema y crear un nuevo tipo de rectitud”, afirma Kim, de la ANCK. “Tenemos un tipo de sistema que mantiene la corrupción. Cualquiera podría dar la voz de alarma, pero si lo hace se convertirá en un paria.”
El éxito de la CAGE alentó a los principales grupos de ciudadanos del país a constituir la Alianza Coreana de Solidaridad Ciudadana y Social. Esta coalición permanente batalla por una legislación que obligue a los políticos a llevar una contabilidad transparente de los fondos de que disponen y garantice una estructura partidaria democrática, sobre todo en materia de designaciones, así como una mayor participación de la población en el control y la evaluación de los responsables elegidos.
Lo que ocurre en Corea, que es uno de los países más desarrollados de Asia y una democracia joven, es seguido de cerca por el resto del continente. “Servir de modelo tal vez sea una de las misiones más importantes de las ONG coreanas”, declara Kim. “Pensamos que otros países pueden adoptar este tipo de medidas, pero todo depende del poder con que cuente la sociedad civil.”

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