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El Museo de la Ciencia
de Barcelona

Museos de ciencia: prohibido no tocar

Jorge Wagensberg, físico español. Director del Museo de la Ciencia de la Fundación La CAIXA, en Barcelona.
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Los museos modernos de ciencia estimulan la participación activa de sus visitantes.









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Una sala del museo catalán.









El Museo de la Ciencia
de Barcelona

Inaugurado en 1981, el Museo de la Ciencia de la Fundación la Caixa de Barcelona es el primero en su género en España. Su principal objetivo es divulgar la ciencia y la técnica entre el público en general, particularmente entre los estudiantes. Al servicio de la divulgación científica, facilita el contacto entre los profesionales de la ciencia, la enseñanza y las instituciones científicas. Tiene una superficie de 7.000 m2 y actualmente está realizándose una remodelación para ampliarla a 30.000 m2.

Para más información:
www.fundacio.lacaixa.es
Teléfono 34 93 212 60 50

Jorge Wagensberg espía al público que visita el Museo de Ciencia que dirige en Barcelona. A partir de los diálogos escuchados al azar, reflexiona sobre lo que debe ser el museo ideal, ese reino de los estímulos donde todos los sentidos, en particular el tacto, tienen cabida.

Desde hace tiempo tengo la costumbre de salir de mi oficina y pasearme por todos los rincones del Museo de la Ciencia de la Fundación La Caixa que dirijo en Barcelona, para espiar con disimulo a los visitantes. Algunos detalles no tienen desperdicio y son una rica materia para reflexionar sobre lo que debe ser un moderno museo de la ciencia.
Sigo de cerca a un joven padre y a su hijo, de unos siete años. Se detienen ante una planta singular que cuando alguien la toca reacciona retirando las hojas. Se trata de la Mimosa pudica.
Padre - ¿Has visto lo que sucede?
Niño- ¿Qué? ¿Qué pasa? ...¡Oh! Pero esto ... ¿es de verdad o es de mentira?
Padre- Es de verdad, hombre ...¿no lo ves?
Continúo tras ellos hasta una maqueta de la selva amazónica en la que se simulan 24 horas de la selva en 10 minutos, incluida una gran tormenta con aparato eléctrico, lluvia cerrada, arco iris, etc. En medio del espectáculo, el niño levanta la vista boquiabierto y pregunta:
Niño- Oye ... pero, ¿es de verdad o de mentira?
Padre- Es de mentira, niño ... ¿no lo ves?
Pocos minutos después, en una exposición sobre arqueología submarina y ante un gigantesco acuario en el que se ve el camarote del capitán de un barco hundido, con enormes morenas nadando entre los muebles, escucho un nuevo diálogo:
Niño- Son de verdad ... ¿verdad?
Padre- ¡Claro!¡Ya sabes que sí!
Niño- ¿Y los muebles?
Padre- Mmm ... pues los muebles no lo sé ... yo diría que unos sí y otros no.
La fijación metafísica del joven —reconocer la diferencia entre realidad y modelo, entre experiencia y teoría, entre la representación de la cosa y “la cosa en sí”— es mucho más profunda de lo que parece sospechar su padre. Y tiene, además, la virtud de replantear en nuestro museo un debate crucial: ¿Cuándo recurrir a un objeto real? ¿Cuándo a una simulación? ¿Pueden mezclarse ambas cosas?
Está claro, en todo caso, qué es lo que no debe hacerse en un museo: reducir las exposiciones a un libro cuyas páginas han sido ampliadas para que el sufrido visitante las lea paseando por un pasillo, salas repletas de vídeos y ordenadores que parecen más bien tiendas de electrodomésticos y maquetas para poner en escena todo tipo de demostraciones. Este es uno de los vicios más ingenuos de la museografía actual: olvidar la prioridad irrenunciable a lo real.
Así como las clases, las conferencias, y los seminarios se basan principalmente en la palabra hablada; el cine y la televisión en la imagen, y los libros y las revistas en la palabra escrita, los museos y las exposiciones deben centrarse en el objeto o el suceso real. La promesa de realidad es lo que animará al público a visitar el museo.
En los últimos años, los museos de ciencia son sin duda los que más han cambiado sus contenidos, sus métodos y su compromiso frente al ciudadano: nuestro lema hoy es “prohibido no tocar”. Del concepto de vitrina se ha evolucionado al de experimento, de la etiqueta académica se ha pasado a una más literaria y, sobre todo, la vista ha dejado de ser privilegiada para dar paso a una voluntad de hacer participar a los cinco sentidos.
Hay otro aspecto que he aprendido en mis paseos: queda mucho camino por recorrer para que los jóvenes sientan el museo como suyo. Hace poco sorprendí a una niña de no más de seis años lanzando enormes pedruscos contra un quiosco de madera que se utiliza en verano para vender helados en un espacio al aire libre. Es invierno y el quiosco está cerrado. Me acerco a la niña justo cuando se dispone a lanzar un nuevo proyectil. En cuanto descubre mi sombra suelta la piedra y se mira los pies, avergonzada. Ante mi presencia pertinaz y silenciosa, la niña levanta la vista, mira la caseta, luego me mira a mí y pregunta: “¿Es tuya?”.

Generar estímulos a partir de objetos reales
Para conseguir que nuestros jóvenes visitantes traten con cariño los objetos que el museo les ofrece, hay que conseguir que los consideren suyos. Y, aunque no es tarea fácil, una forma de intentarlo es generar estímulos.
En un museo de ciencia, los buenos estímulos se basan en una sabia mezcla de tres ingredientes: estímulos manuales, emocionales e intelectuales. Para ilustrar estas nociones, veamos algunos ejemplos.
Una vez acompañé de lejos a un niño de unos diez años que entró al gran terrario del museo donde se encuentra un módulo titulado “la quietud invisible”. Lo primero que el niño ve es ... nada. Pero en el interior, decorado con materiales naturales —hojarasca, tierra, raíces— viven dos o tres docenas de insectos-palo (Extetosoma tiaratum). Intrigado, el niño mira en torno suyo, visiblemente contrariado. Debe de pensar que se trata de una broma o de otro módulo en reparación. De repente su mirada tropieza con un letrero que anuncia: “Aquí hay 30 grandes insectos”. Con mirada incrédula, parece preguntarse cómo es posible no ver tantos insectos en un espacio tan pequeño. De repente, alcanza a verlos. Uno, dos, tres, “¡Ah, ya!, ahí estaban…”, alcanzo a escuchar mientras veo cómo se ilumina su rostro. Sus ojos miraban los insectos, pero su cerebro no los veía. Esta es la interacción emocional. Este niño, como muchos otros visitantes, queda literalmente atrapado para la percepción de todo lo que sigue.
Junto al terrario hay una ventana por la que se ve una nube de puntos aleatoriamente distribuidos en un plano. Imposible reconocer la menor lógica en su disposición. Sin embargo, si el visitante acciona un mando, parte de los puntos se mueven y aparece el dibujo de un animal. Es un caso de interactividad manual genuina: con la acción, el animal se hace visible, pero, al cesar ésta, desaparece ante las mismas narices del visitante. Este fenómeno estimula la imaginación y permite recordar que muchas presas adoptan la estrategia de la inmovilidad rigurosa aunque el aliento del depredador esté a una proximidad terrorífica. Aplicada a la vida cotidiana, (¿por qué agitamos la mano cuando queremos llamar la atención de uno de esos camareros especializados en hacer la vista gorda?) la experiencia permite explicar en qué consiste la interactividad mental, por la que el visitante establece analogías y logra reinterpretar vivencias anteriores.
Más que conservar un patrimonio, informar, formar o incluso enseñar, la principal tarea de un museo moderno debe ser la de generar este tipo de estímulos basados en objetos y fenómenos reales. Así, el ciudadano puede vivir en carne propia las emociones del científico, un hombre que no persigue ni el bien ni el mal de la humanidad, sino que, como cualquier otro ciudadano, necesita producir conocimiento sobre el mundo para poder compartir al máximo su soledad cósmica. Para ello recurre al experimento, su intento de diálogo con la naturaleza. El propósito del museo debe ser que el visitante se sumerja como un buzo en las emociones del científico.

Aprender de los que están aprendiendo
Con base en mi experiencia de director-espía, quisiera terminar recordándoles que debemos escuchar y atender a los niños, no sea que todavía quede algo que aprender de los que están aprendiendo.
Nuestro museo se dirige, en principio, a todo el mundo, sin distinción de edad o formación. Pero la cuestión es: hay ideas de los más jóvenes que resultan ser luego válidas universalmente. Por eso hay que estar atento a esas voces. Como ésta que escuché a la salida de la gran sala de exposiciones temporales. Me cruzo con una madre acompañada de dos niños, uno de unos 10 años y otro de unos cinco, que tiene que correr para mantenerse al paso de los demás. El niño de 10 años parece excitado e impaciente:
Niño de 10 años: “Mamá, mamá, ... ¿Qué hay en la Amazonia?
Madre: Ahora lo vereeeeeeemos ... tranquilo, a lo mejor te llevas una decepción ¿sabes?.....
Y ya de lejos tras de mí, apenas perceptible:
Niño de cinco años: Mamá ...
Madre: Sí, vida ...
Niño de cinco años: ¿Qué es una decepción?”

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