
Una imagen de la partida entre Garry Kasparov y el ordenador Deep Blue, capaz de
analizar 200 millones de jugadas por segundo.
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El
desarrollo acelerado de las tecnologías de la información nos facilitará
muy pronto el acceso instantáneo al conjunto del saber. ¿Cómo
soportará la memoria humana la arremetida de la computadora del futuro?
Si damos crédito
a los artífices del próximo gran salto tecnológico, pronto será
posible condensar todos los conocimientos en un punto tan minúsculo que se
tornará invisible. Según estos precursores, el futuro pertenece a la
nanotecnología, es decir a la informática de los átomos. Investigadores
de IBM afirmaban recientemente que este procedimiento asombroso permitirá
almacenar y consultar instantáneamente unos 11 millones de obras de 400 páginas,
o sea el equivalente del contenido de la Biblioteca Nacional de Francia, en un soporte
que cabrá en la palma de la mano.
El elixir de la omnisciencia portátil ya no es pues algo remoto. El aumento
constante de la potencia de los ordenadores y el desarrollo de nuevas tecnologías
sumamente eficaces, permiten vislumbrar el momento en que el conjunto de los conocimientos
será trasladado a máquinas de uso corriente. Algunos se inquietan ya
por las consecuencias para el cerebro humano.
“Los ordenadores nos apartan de la reflexión sobre los valores fundamentales.
Es más, nos apartan de la reflexión en sí”, estima Stephen Bertman,
profesor de idiomas de la Universidad de Windsor (Canadá), y autor de una
obra publicada recientemente con el título de Cultural Amnesia. Según
él, la pasión de nuestras sociedades por los aparatos rápidos
–computadoras conectadas a la Red, ordenadores de bolsillo y teléfonos móviles–
produce de modo inexorable una merma de nuestra capacidad de memorización.
Como han demostrado reiteradamente algunos estudios, se advierte un rápido
retroceso de nuestros conocimientos históricos, literarios, geográficos
e incluso políticos. 60% de los norteamericanos han olvidado el nombre del
presidente que dio la orden de lanzar la primera bomba atómica, mientras 77%
de los jóvenes británicos se muestran perplejos cuando se les habla
de la Carta Magna. El triunfo de la nanobiblioteca tal vez sea efectivo muy pronto,
pero ¿cuál de sus usuarios se acordará aún de un solo
verso de un poema?
Nada permite establecer una relación directa entre el desarrollo de las tecnologías
de la información y las enormes lagunas de nuestra cultura general. Sin embargo,
numerosos teóricos de diversas disciplinas temen que el asunto cobre una actualidad
candente. “Un soporte exterior a nuestra memoria tiene consecuencias directas en
ésta”, resume Jean-Gabriel Ganascia, eminente teórico del conocimiento
que enseña en la Universidad de París VI. “Un soporte así nos
ayuda a aumentar nuestras capacidades físicas, pero reduciendo a la vez nuestras
facultades individuales. Se trata de una cuestión vital, que por lo demás
se ha planteado desde tiempos muy antiguos. Platón, en el Fedón, estimaba
ya que la escritura es a la vez un bien y un mal para la memoria.”
La
potencia de los ordenadores se duplica cada dos años
Buena
o mala, la escritura ha sido uno de los principales instrumentos de la evolución
de la memoria humana. Más aún, el avance de toda la humanidad descansa
en este empeño por almacenar información en soportes materiales (muros
de cuevas, manuscritos, bibliotecas, obras impresas y, por último, computadoras).
Cada una de estas innovaciones permitió al ser humano “descargar” su memoria,
como destaca el neuropsicólogo canadiense Merlin Donald. En las sociedades
sin escritura, el saber depende de la transmisión oral, práctica ciertamente
propicia a la poesía épica, pero siempre amenazada por los fallos de
un intelecto agotado. Gracias a lo escrito, los conocimientos se liberan del cerebro:
se conservan en obras en las que es posible consultarlos y reestructurarlos para
crear los códigos complejos en que se basan nuestras sociedades modernas.
Donald cita entre otros ejemplos las ecuaciones que demuestran el teorema de Pitágoras.
Almacenar conocimientos fuera del cerebro humano presenta ventajas innegables, pero
la invención de la imprenta hace más de cinco siglos y la aparición
de la informática después de la Segunda Guerra Mundial agregaron una
nueva faceta al fenómeno, la de una aceleración vertiginosa. Una fórmula
simple, llamada ley de Moore por el nombre de su inventor Gordon Moore, cofundador
de Intel, resume este proceso: la potencia de las computadoras (o sea, su memoria
y su rapidez) se duplica cada dos años. Hace cuarenta que dura esta situación.
Si se mantiene hasta 2020, como es de prever, una microcomputadora tendrá
por entonces la misma capacidad de tratamiento que un cerebro humano. Si a ello se
suman los prodigios anunciados de la nanotecnología, la óptica y la
mecánica cuántica, esos aparatos podrán realizar proezas absolutamente
impresionantes. “Hacia 2099, con una inversión de unos centavos de dólar,
dispondremos de una máquina dotada de una capacidad de tratamiento mil millones
de veces superior a la de todos los seres humanos del planeta”, anuncia sin rodeos
Ray Kurzweil, una autoridad en Estados Unidos en materia de inteligencia artificial,
en su obra titulada The Age of Spiritual Machines.
Tal vez sea demasiado optimista, pero si las computadoras se vuelven tan rápidas,
potentes y baratas, el cerebro humano, pobre comparativamente, ¿tendrá
todavía una función que cumplir? Hace tres años, el ordenador
Deep Blue de IBM derrotó en seis partidas a Garry Kasparov, el primer jugador
de ajedrez (de carne y hueso) del mundo. Si las funciones del cerebro humano se asemejan
en definitiva a jugadas de ajedrez, ¿tendrá que someterse el hombre
a la sabiduría superior del microprocesador?
Para numerosos especialistas del conocimiento, las relaciones entre el intelecto
y la máquina han sufrido ya una transformación profunda. Sólo
hablan de “inteligencia artificial distribuida”, término que comprende todos
los sistemas en los que individuos y ordenadores en red llevan a cabo una tarea común,
trátese del aterrizaje de un avión o de averiguar la cotización
de una acción en bolsa. Internet encarna en la actualidad el triunfo de la
inteligencia artificial distribuida, puesto que en principio reúne a individuos
en un poderoso “cerebro colectivo”. Para Norman Johnson, que trabaja en el Simbiotic
Intelligence Project (Proyecto de Inteligencia Simbiótica) del Laboratorio
Los Alamos en Nuevo México, el poder colectivo que resulta de un sistema semejante
podría resolver problemas que superan con mucho las capacidades de un solo
individuo.
La
memorización desaparece de los programas escolares
Todo
ello puede parecer abstracto, pero las consecuencias de estas innovaciones ya se
dejan sentir. La memorización de hechos y cifras ha desaparecido de los programas
escolares. Hace dos años que Corea del Sur, Singapur y Hong Kong, auténticos
refugios del aprendizaje memorístico, se proponen suprimir capítulos
enteros de la enseñanza tradicional. Los especialistas en educación
estiman que los alumnos deben aprender a adaptarse, a manejar símbolos abstractos,
a reaccionar ante situaciones nuevas. En resumen, tienen que prepararse para la nueva
economía, en la que el ordenador es rey.
“Vamos a necesitar múltiples competencias nuevas”, insiste Donald. Tendremos
que convertirnos en buenos administradores de la memoria. En vez de mantener una
cantidad de cosas en nuestra cabeza, vamos a tener que utilizar mecanismos de almacenamiento.
Este experto reconoce que la “presencia individual” perderá terreno en aras
de una forma de vida intelectual que algunos denuncian con vehemencia. A comienzos
de 2000, la Alliance for Childhood (Alianza para la Infancia) salió a la palestra
publicando un informe titulado Fool’s Gold, en el que deplora los efectos embrutecedores
de la informática en la escuela, especialmente en primaria: “Un régimen
intensivo de imágenes informáticas prefabricadas y de juguetes programados
parece esterilizar el pensamiento imaginativo. El personal docente señala
que los niños de nuestras sociedades electrónicas se muestran inquietantemente
torpes a la hora de tener ideas propias y crear imágenes de su cosecha.”
Los partidarios de un futuro informatizado destacan el potencial liberador de las
máquinas para elevar el espíritu. Kurzweil sugiere incluso conectar
nuestros cerebros a computadoras ultrapotentes gracias las cuales llevaríamos
una vida más estimulante para nuestro intelecto y nuestros sentidos. Sin embargo,
la desconfianza va en aumento. Jean-Gabriel Ganascia recuerda que la memoria humana
va mucho más allá del mero tratamiento de la información. Así,
existen al menos cinco sistemas de memorización, que constituyen una red de
recuerdos de una riqueza inaccesible para las computadoras. ¿Qué sucederá
con esos sistemas si almacenamos nuestro saber en aparatos que utilizaremos después
para aprender, trabajar o divertirnos? ¿Qué repercusiones tendrá
esa decisión en nuestra imaginación, nuestra inteligencia, nuestra
capacidad de entendimiento, todas ellas dependientes de una memoria eficaz? De momento
no lo sabemos.
Una imagen desasosiega a muchos. No la del ordenador malévolo, vieja ficción
al estilo de 2001, Una odisea espacial, sino la de un ser humano privado de memoria
propia. Stephen Bertman fue el primero en pensar que la información electrónica
ilimitada puede ser la peor enemiga del saber: “No basta con que cada cual sepa su
dirección, la fecha de su nacimiento y el nombre de su pareja. La personalidad
y la identidad de un ser humano no se limitan a los detalles que figuran en su documentación. |