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El encuentro
del dar y
el recibir
Charles
Carrère, poeta y pintor senegalés, vicepresidente de la Casa Internacional
de la Poesía, autor de una decena obras entre las que cabe mencionar Hivernage
(L’Harmattan, París, 1999). |
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Patrimonio mundial:
he aquí un tema para nuestro mundo de hoy, sacudido por una crisis de una
intensidad y una violencia inquietantes, que hace tambalearse todo un sistema de
valores, desvirtuando la relación entre el hombre y su entorno. Los efectos
de la evolución industrial y tecnológica lo demuestran: el pacto sagrado
del hombre con la naturaleza y el universo se ha roto, el planeta está envenenado
y la vida misma parece amenazada en sus diversas formas.
Esta crisis nos obliga a proceder a replantearnos no sólo los medios del desarrollo,
sino, ante todo, la noción misma de desarrollo, demasiado tiempo considerada
únicamente desde el punto de vista materialista de la producción y
el consumo. Pensadores, artistas y escritores están cada vez más convencidos
de que esta concepción del desarrollo, que sacrifica la cultura al crecimiento
económico, lo cualitativo a lo cuantitativo, no puede tener más que
consecuencias catastróficas.
Por eso afirmamos, hoy como ayer, “primero la cultura”. Las grandes citas de la historia
de la humanidad han sido siempre culturales. No se trata de crear guetos culturales,
étnicos y geográficos, sino, por el contrario, de apreciar todas nuestras
riquezas en su identidad y su especificidad, para consolidar los logros del pasado
e incrementar el acervo que legaremos a los hombres de mañana. Un patrimonio
en el que todas las razas, todas las naciones, todos los continentes, en resumen
todas las civilizaciones aportarían cada una sus valores irremplazables.
Es este humanismo de “dar y recibir” lo que el poeta martiniqués Aimé
Césaire desea a toda costa que se instaure: una nueva concepción de
la relación de intercambio.
Simbiosis de culturas pues, no para confundirse ni para fundirse unas en otras, sino,
al contrario, para multiplicarse unas con otras y desarrollarse. Esta “cultura de
lo universal”, tan cara al poeta senegalés Léopold Sédar Senghor,
no es una cultura universal, sino un encuentro de civilizaciones.
Este encuentro es el patrimonio mundial de nuestra humanidad. El hombre se fue diferenciando
del animal por su creatividad, que trasciende los horizontes de lo visible. El fuego,
dominado, se transformó en rumores en el bosque: rumor de vida, rumor de colores,
rumor de formas, inmensidad recomenzada, espejismo, claridad… El primer abejorro
en el que se apoyó, la primera piedra que escogió para descansar, la
primera caverna en que se refugió ostentaban los colores de la luz. Pues había
nacido desde el principio en la belleza: nació para lo Bello.
Polvo de estrellas, recorre el mundo y, como Pulgarcito, lo siembra de piedras. Con
el tiempo, construyó monumentos en los que se inscriben el genio y la permanencia
de su especie.
Para ordenar su acción, necesita una imagen de su pasado y una visión
de su futuro. Y aunque las ciencias no responden todavía a la cuestión
de los primeros orígenes ni a la de los fines postreros, descenderá
de todas las cruces para proclamar su fe en la vida. En esta fe reside su espíritu
de resistencia y de esperanza. Y es la que proclama, como una necesidad vital, en
los frontispicios de todos sus edificios.
De las cabañas de su infancia a las columnas de los templos, en cada piedra,
detrás de todas las puertas, de todos los siglos, inscribirá esta esperanza. |
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