
Equipajes delante de un vagón del tren literario en la estación de
Kaliningrado.

Nacido en 1959 en Rabius (Grisones, Suiza), Leo Tuor es filósofo, escritor
y traductor en invierno, pastor y vaquero en verano. Gran defensor de su lengua materna,
el romanche o retorrománico, publicó entre 1994 y 1999 una edición
crítica en seis volúmenes de la obra del poeta e historiador Giacun
Hasper Muoth (Octopus, Coira, Suiza). Su último libro publicado en francés
es Giacumbert Nau (L’Age de l’Homme, Lausana, Suiza, 1997).

Escena del tren literario entre Bruselas y Dortmund
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Cien
escritores
de 43 países

Concebido
por Thomas Wohlfahrt, director del Taller de literatura de Berlín, el Tren
Literatura Europa 2000 es un proyecto que reunió a todos los países
del continente europeo, con el patrocinio de la UNESCO. Del 4 de junio al 16 de julio
de 2000, un centenar de escritores procedentes de 43 países europeos viajaron
en él. Las doscientas manifestaciones culturales, lecturas públicas
y debates, que se llevaron a cabo en las 19 ciudades etapas, así como los
intercambios de puntos de vista a lo largo de 7.000 kilómetros de vía
férrea, apuntaban a mostrar una Europa diferente de la de los negocios, el
dinero, los mercados y las finanzas.
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“En
nombre de la literatura, nos hemos embarcado en una aventura que ya no tiene nada
que ver con ella.” |
Un
centenar de escritores hicieron del Tren Literatura Europa 2000 un espacio de intercambio
de ideas y encuentros en más de 40 idiomas. Crónica de un diálogo
cultural europeo que no siempre avanza sobre rieles..
Cien escritores viajando
en un mismo tren. Es impresionante. Inaudito. El tren partió de Lisboa y,
hasta París, se llamaba Expreso Sur. A continuación se dirigió
a Berlín, pasando por San Petersburgo y Moscú, y en ese tramo fue rebautizado
Expreso Norte. El nombre completo del trayecto era pues Expreso Norte-Sur… Toda una
leyenda, comparable a la del Orient Express.
Tomé este tren sin ningún a priori. Me bastaba saber que en Alemania,
donde nació la idea, se llamaba Literaturexpress Europa 2000, y que en los
demás países era el Comboio da literatura europea 2000, o el Expreso
da literatura europea 2000, o Literaturtrena europa 2000, o Literaturas ekspresis
eyropa… y así sucesivamente. Un tren con muchos nombres que dicen lo mismo,
pero cada vez con un sonido diferente. En este sentido, nuestro tren es lírico,
como piden los poetas.
Pregunta intermedia: ¿Que sería de un tren semejante sin teléfonos
móviles, cámaras y otros sucedáneos de la virilidad masculina?
Respuesta: no tendría ningún valor. Los teléfonos móviles,
profusamente utilizados por los viajeros con expresión grave a lo largo de
todo el trayecto, son para nuestro tren lo que el revólver para la película
de vaqueros.
Al comienzo había un tren. Pero con el tiempo se convirtió en el tren
de todos nosotros: escritores, attendants –aquí se prefiere este término
inglés para hablar del “personal”, pues suena más chic– y periodistas.
Para mi sorpresa, los periodistas son sumamente correctos. Ellos también pertenecen
a nuestra gran familia. Los hemos aceptado y eso los ha calmado mucho. Esta situación
nos agrada, pues no sólo nos hacen preguntas muy distintas de las habituales,
sino que además nos fotografían con perspectivas que se salen de lo
corriente.
Nuestro tren está en Internet: www.literaturexpress.org. Cruzamos Europa en
un tren de alta velocidad. Nuestras almas, sin embargo, no nos siguen el paso. Pero
estamos en Internet, luego existimos.
Representamos un potencial considerable: la intelectualidad europea sobre rieles.
Viajamos todos juiciosamente en la misma dirección, reunidos en los vagones
de primera clase. Si el tren desapareciera en el túnel de Dürrenmatt1, muchos libros que
dormitan en nuestros vientres y en nuestras cabezas jamás saldrían
a la luz y gran parte de la poesía sería devorada para siempre por
la oscuridad. ¡Oh, querida locomotora, cualquiera que sea la forma de tus fauces
—las de un cocodrilo, las de un tiburón o las de un cormorán burlón,
poco importa— ten cuidado en el túnel de Dürrenmatt! Las editoriales
nunca te perdonarían nuestra muerte, ellas que sienten por nosotros un amor
semejante al que prodigan los proxenetas a las prostitutas.
La comunidad de letrados será recibida por Alain Juppé, ex primer ministro
de Francia, diputado y alcalde de Burdeos, que los invita a una recepción
en los salones del Ayuntamiento. Pero Juppé no está presente y una
representante lee un discurso en su nombre, redactado probablemente por una secretaria.
Al cabo de tres frases, empiezan a traducir el discurso al inglés, al alemán…
Esto retrasa mucho la ceremonia, aunque las frases, cuanto más pasan por el
molinillo de la traducción, más se acortan. A fin de cuentas, lo que
habría que hacer es seguir traduciendo ad absurdum, hasta que la máquina
triturase todas nuestras lenguas, y luego volver a traducir de la última lengua
al francés, lo que nos daría un texto totalmente nuevo. Es así,
pensé, como se blanquea el dinero en mi país.
Burdeos es la ciudad de las 3 M. Si de entrada pensó usted en MacDonalds o
en el símbolo de la cadena de hoteles Mercure o incluso, si conoce Suiza,
en el logotipo MM de MigrosMarkt, significa que tiene una manera muy prosaica de
pensar. Burdeos es la ciudad de Montaigne, Montesquieu y Mauriac.
¿Qué te parece la idea del tren?, indagan los periodistas. Y a ti,
¿qué te parece?, nos preguntamos unos a otros. Para nosotros esta idea
ya es una realidad. En nombre de la literatura, nos hemos embarcado en una aventura
que ya no tiene nada que ver con ella. El tren no es más que un suceso que
sale de lo común y, por consiguiente, es una noticia como cualquier otra,
del tipo: leve temblor de tierra en Chile, el monstruo de Kaliningrado2 o quién sabe
qué. Por lo demás, nadie espera que presentemos nuestros textos. Nuestros
libros no viajan con nosotros. Nadie, estrictamente nadie, nos los pide. He ahí
la particularidad de este tren: en él viajamos desnudos, ¡somos los
autores sin libros! El vagón biblioteca que contendrá nuestros escritos
en todas las lenguas europeas no ha dejado de ser un proyecto. Hasta Kaliningrado,
convendría escribir un libro titulado Crítica de la ilusión
pura.
Ya que son siempre los demás los que interrogan, pido el turno para plantear
una pregunta que encierra una trampa: ¿qué pensáis de nuestra
literatura? ¿Por qué no habéis leído nuestros libros?
¿Por qué no os interesa lo que escribimos antes de 19913, y después
de 1991, y lo que vamos a escribir en el futuro? ¿No queréis saber
si vamos a seguir haciéndole el juego al presidente de la República
o si vamos a echarle en cara lo que pensamos? No conocéis nada de lo que hemos
escrito y tampoco os importa. Sólo os interesáis en nosotros para luciros
mejor.
¿Y por qué participas en este viaje?, pregunta la periodista en la
estación del Este –¿o era en la del Norte o en la de Saint-Lazare?
Ya no recuerdo, todas esas estaciones se mezclan en mi cabeza. Pero volvamos a la
pregunta: ¿qué piensas de las religiones? ¡Diantre! No, no era
eso. Era: ¿por qué participas en este viaje?, o algo así, pero
no tiene importancia, ya que la respuesta era igual de astuta y bien fundamentada
que la pregunta.
Lancémonos, pues. Participo en este viaje para poder evadirme una vez más
de mis montañas y de mi lengua materna. Has de saber que mi lengua, el retorrománico,
sólo la hablan unas 40.000 personas, que casi todas ellas se conocen y que,
por ende, a veces uno se siente muy oprimido y quisiera escaparse hacia el supuesto
ancho mundo, oír y hablar otros idiomas. Este viaje me pareció una
gran oportunidad para satisfacer esa necesidad vital, sin ocultarte que no es costoso
y resulta accesible desde todos los puntos de vista. También quería
encontrar de una vez la respuesta a la pregunta esencial que se plantean todos los
montañeses y que, según Schiller –que no era montañés,
sino poeta–, se formula así: “Padre, ¿existen países donde no
hay montañas?” Partí, consciente del riesgo de que el tren se transformará
en una pesadilla, en un tren de la locura. Las razones que me incitaron a emprender
este viaje son, por así decirlo, de orden práctico y cognitivo a la
vez.
Pasemos revista el recorrido: Madrid es sensacional; París se toma en serio;
Lisboa, destruida por el terremoto de 1755, es con mucho la ciudad más desilusionada
de Europa. Y la única que no reniega de su pasado. Su alma es la más
antigua. ¿Qué quedará mañana de todas estas ciudades?
Viento.
Balance intermedio: en un compartimento de la Compañía Internacional
de Wagons Lits, cinco tertulianos4 debaten en español,
retorrománico, occitano, francés y catalán para saber si Europa
es algo más que un conjunto de ciudades y tráficos contaminantes. La
discusión comienza con la caída de Occidente (por ello este “tren del
bienestar” avanza hacia el Este), luego pasa a cierto mujeriego apellidado Picasso,
para enfrascarse después en los enfrentamientos de gamberros en Bruselas y
detenerse un buen rato en la mala organización de este tren literario, así
como en el fastidio de muchos de nuestros colegas, que están hasta la coronilla
de perder el tiempo y de que no se les tome más en serio. Luego, la pequeña
asamblea examina con lupa el concepto de escritor libre para llegar a la conclusión
de que sólo los que no dependen de ninguna editorial pueden pretender que
han llegado a la libertad. Al acercarnos a Dortmund, organizamos una oración
pública para conseguir un hotel más decente que las fondas donde nos
alojaron en Bruselas. Durante dos noches nos sentimos como premios Nobel, lo que
mejora considerablemente nuestro humor, echado a perder desde París.
Borrasca en el terreno de la Exposición Universal, en Hannover. Truenos, relámpagos,
viento: un alivio después del mortal calor del día. Con la camisa pegada
a la piel, lucho contra la tormenta para llegar hasta el Schweizerpavillion (el pabellón
suizo) que me atrae irresistiblemente hasta el punto de que lo visito por quinta
vez. Hecho excepcional, Suiza es presentada sin vacas ni cuernos de los Alpes, ni
fachada, sino como un laberinto con cincuenta entradas que hacen también las
veces de salidas. Una Suiza abierta.
Hannover es nuestra última etapa en el Oeste. Es el día más
largo.
Encuentro con el Este: a ambos costados de la entrada del palacio presidencial, recios
centinelas sostienen sus fusiles semiautomáticos posados verticalmente, como
pesados candelabros. Con la mirada fija, ni siquiera parpadean. Nos parece estúpido,
pero lo aceptamos. Pasamos entre ellos y atravesamos la casa antes de llegar al jardín
para beber y charlar. El presidente, discreto, pronuncia un discurso fúnebre.
En esta ocasión, los muertos somos nosotros, invitados a una enésima
recepción. Un murmullo roza todos los labios: parece ser que el presidente
también es escritor.
En el tren los disidentes son escasos, en cambio abundan los que siguen la corriente,
olvidando a todos los autores desaparecidos en los campos de concentración
o en la guerra. Es un tren de acomodados, de sometidos al régimen que van
a depositar al pie de los monumentos a los soldados flores que les han sido entregadas
a tal efecto. Es un servilismo asqueroso que da ganas de llorar.
En algún lugar, en un momento dado, el tren debía transformarse en
tren político, en detrimento de numerosos viajeros, pues se suponía
que formábamos parte de una especie de misión oficial: éramos
invitados, incluso diplomáticos, sin derecho a dar lecciones a nadie, a pesar
de que atravesásemos las dictaduras donde tenían encarcelados a varios
colegas. Nuestro tren no debía degenerar en tren de resoluciones y de protestas.
Por lo demás, los ángeles de la guarda del tren trataban por todos
los medios de impedir que se transformase en un dragón. Un dragón sí
que es imprevisible…
1 Alusión
al pintor y escritor suizo de lengua alemana Friedrich Dürrenmatt, autor entre
otras obras de la novela El túnel (que evoca el túnel de Berthoud,
en el que un tren desaparece con todos sus viajeros) y del cuadro Die Katastrophe
(1966), que representa dos trenes que se descarrilan a la salida de un túnel.
2 Kaliningrado, anteriormente Köenigsberg, es el lugar de nacimiento del filósofo
alemán del siglo XVIII Immanuel Kant, autor de Crítica de la razón
pura. Tras haber sido la capital de Prusia Oriental, en 1945 pasó a formar
parte de la Unión Soviética.
3 Año de la disolución de la URSS.
4 Tertuliano, brillante teólogo y polemista del siglo II nacido y muerto en
Cartago, ejerció una marcada influencia en los debates sobre el arte en la
Edad Media. |