Regresé a Ndium
una fresca madrugada, traído por el harmattán, el viento de los moros,
que levanta un polvo que, como sale el sol, parece amarillo. Este oculta tras una
nebulosa casas, carretas y animales, y uno tiene la impresión de que las siluetas
surgen como de una cortina. Parecía que incluso el alquitrán nacía
a medida que yo iba avanzando.
La carretera asfaltada cruza ahora Ndium de un extremo a otro. Pero la “avenida”
como se la llama, suscitó numerosas controversias… Permitió atravesar
el Futa, nuestra región, en todas las estaciones. También trajo los
imponentes artefactos que agujerearon el bosque que separaba el gran río del
diéry, la sabana seca. Las obras realizadas pusieron término al movimiento
incesante de crecidas y descensos de las aguas fertilizantes que daban de comer a
todo el mundo e imponían un ritmo a las faenas a agrícolas. Y ahora
el río está rodeado de grandes explanadas asfaltadas por una empresa
italiana, vastas extensiones sin árboles donde viven juntos los sereres, los
diolas y los yolof junto a sus primos nativos, los torobés. Crisol de individuos
y de culturas…
La
carretera asfaltada cruza ahora Ndium de un extremo a otro. Pero la “avenida” como
se la llama, suscitó numerosas controversias…
El alquitrán ha convertido a Ndium en un verdadero emporio, al que afluyen
los comerciantes de Mauritania y los antiguos jefes administrativos y militares;
éstos han construido tiendas alineadas una tras otra, abarrotadas de mercancías
diversas; las carretas y los tenderetes de las vendedoras de buñuelos que
se abalanzan sobre los viajeros obstruyen la entrada.
Cruzo la aldea en busca de mi barrio. Y veo que cada cual ha traído de sus
peregrinaciones un estilo arquitectónico distinto, aunque todas las construcciones
tienen en común la incomodidad y la falta de adaptación al clima. Se
suceden el hospital regional, orgullo de Ndium, las casas bajas con grandes franjas
de color de los emigrados de Francia, las mansiones elegantes y enrejadas de los
ejecutivos de Dakar, la gran mezquita sobre el peñón, el pequeño
banco agrícola y su almacén de cereales y las dos gasolineras a la
entrada y a la salida de la avenida. El espacio entre la avenida y las casas se reduce,
las ventanas que dan a la carretera duermen todavía mientras en las tiendas
empieza ya el movimiento. A fin de mes, la estafeta de correos siempre está
repleta, ya que los mayores van a buscar el giro postal que les envían sus
hijos emigrantes.
Cada
cual ha traído de sus peregrinaciones un estilo arquitectónico distinto,
aunque todas las construcciones tienen en común la incomodidad y la falta
de adaptación al clima.
¿Dónde están las viviendas de tierra revocada con su porche
interior, sombrío y fresco, que protegía del polvo ocre de las tempestades
de arena? ¿Dónde están las grandes concesiones cuyas empalizadas
a media altura permitían ver todo el patio desde el que se escapaban los dramas
—la carta que anunciaba que “él” se casó con una extranjera, el compromiso
de una hija con un expatriado, la enfermedad que un vecino contrajo en África
Central…? Pero la mezquita de El Hadj Umar Tal, muy pequeña, sigue allí,
con sus tejas de Marsella y sus palmas datileras y, a su alrededor, los prósperos
jardines del antiguo Prefecto de Francia, que, en esta inmensa llanura devastada
por las obras, aparecen como un oasis.
Ndium y el mito que siguió a las obras hechas a orillas del río, ese
mito que sólo entusiasma a los venidos de lejos respondiendo a la llamada
de sus parcelas, que se extienden hasta el infinito, cuadriculadas por los canales
de riego. Los habitantes de aquí también han recibido las suyas, donde
las mujeres persisten en cavar surcos con el azadón, trasplantan el arroz
a mano y rechazan los molinos arroceros modernos apaleando el paddy (arroz que conserva
su cascarilla, NDLR.) con ademán seguro. Son ellas, las mujeres, las que impulsan
los cambios junto con los jóvenes. Lo hacen gradualmente, ocupan los lugares
vacantes, los de los campos demasiado difíciles de explotar, los de los jefes
de hogar que han partido a países lejanos. Frente a los ancianos, que vacilan
y negocian indefinidamente, los jóvenes, escolarizados o no, asalariados o
no, irrumpen impacientes en los círculos jerárquicos tradicionales,
apoyándose en sus agrupaciones, objetando, confiscando, actuando.
Saludo a los ancianos que platican nostálgicos bajo el árbol, mezclando
sus recuerdos con su vida de jubilados. Hablan de la visita mensual que hacen a Dakar,
donde van a cobrar su pensión y a ver a los hijos, ya adultos. La política
sale a colación: “El gobierno no da trabajo a nuestros hijos, la escuela ya
no forma a la juventud, no hay castigo para nada ni para nadie. Tenemos un hospital
estupendo, pero prefiero ir al de Dakar, pues allí envían a estudiantes
de Medicina que cambian tan a menudo que no tienes tiempo de conocerlos. El médico
diola de Kedugu era el mejor, pero se marchó. Han entregado 2.000 hectáreas
acondicionadas y ya ha habido seis cosechas en dos años.”
“Nadie está contento con esta parcelación”, aseguran. “La gente contrae
la esquistosomiasis y se queda ciega a fuerza de replantar en el agua, a pleno sol.
La empresa que habilitó los terrenos nos cobra nueve décimas partes
de nuestras cosechas para pagar el agua, el bombeo y los insumos. Vienen a decírnoslo
en sus autos con aire acondicionado, mientras fuera hace 35 grados a la sombra. Con
el dinero que nos sacan habríamos podido cultivar mijo y arroz durante treinta
años… No quedan peces en los brazos del río y los animales ya no pueden
pastar. Nuestras hijas y sobrinas se casan con yolof, diolas y sereres, cuando no
con extranjeros católicos.”
Trato de cambiar de tema. Hablo de las elecciones municipales. El alcalde anterior,
administrador de la Asamblea Nacional, se enfrentaba a un profesor perteneciente
a una gran familia de morabitos. Nos hemos adaptado a los cambios, la electricidad
se ha puesto carísima; el agua, antes gratuita, ahora hay que pagarla; el
alcalde es un egoísta, está construyéndose un ayuntamiento,
pero vive en Dakar y promete cosas sin cumplirlas.
Pero pronto se celebrarán las 72 horas de Ndium, la gran manifestación
cultural anual. Vendrán todos nuestros hijos, que por una vez vuelven al redil.
Un desorden indescriptible reunirá, con este entusiasmo característico
de Futa, la lucha tradicional, las fantasías a caballo, el rock ballah y sus
maestros Youssou N’Dour y Baqba Maal… Ésta es también la magia del
alquitrán. |
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Senegal
La reordenación
del río Senegal
A
comienzos de los años setenta, los tres países ribereños del
río Senegal (Malí, Mauritania y Senegal) adoptaron medidas para su
aprovechamiento efectivo. Las presas de Diama y de Manantali empezaron a funcionar
en 1985 y 1987, respectivamente.
Objetivos: regular el caudal del río para aumentar su navegabilidad, abastecer
de agua potable los centros urbanos, impedir que el agua salada llegara hasta la
desembocadura y, sobre todo, prevenir inundaciones o riadas garantizando al mismo
tiempo un riego regular.
Está previsto que la superficie total regada alcance 375.000 hectáreas,
de las cuales unas 190.000 se encuentran en Senegal y 30.000 ya han sido acondicionadas.
Entidades como la Unión Europea y varios organismos nacionales de cooperación
prestaron más de 500 millones de dólares, y se estima que 60% de las
inversiones agrícolas senegalesas se han destinado a esta iniciativa.
Pero los rendimientos obtenidos (cuatro toneladas de paddy por hectárea dos
veces al año) son insuficientes y los suelos se salinizan. Además de
los malos resultados, el desinterés del Estado, la devaluación del
franco CFA, el aumento del precio de los insumos y del agua y el fuerte endeudamiento
de los campesinos ponen a éstos en una situación particularmente crítica.
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Con el dinero
que nos sacan habríamos podido cultivar mijo y arroz durante treinta años…
No quedan peces en los brazos del río y los animales ya no pueden pastar.
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