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El alquitrán, la fractura y el vínculo
Texto de Kacha y fotos de André Lejarre. Kacha es el pseudónimo de un alto funcionario senegalés retirado. André Lejarre es fotógrafo francés.
La vida en la apacible ciudad senegalesa de Ndium cambió por completo a raíz de la construcción de una carretera y varias edificaciones a orillas del río Senegal.
Regresé a Ndium una fresca madrugada, traído por el harmattán, el viento de los moros, que levanta un polvo que, como sale el sol, parece amarillo. Este oculta tras una nebulosa casas, carretas y animales, y uno tiene la impresión de que las siluetas surgen como de una cortina. Parecía que incluso el alquitrán nacía a medida que yo iba avanzando.
La carretera asfaltada cruza ahora Ndium de un extremo a otro. Pero la “avenida” como se la llama, suscitó numerosas controversias… Permitió atravesar el Futa, nuestra región, en todas las estaciones. También trajo los imponentes artefactos que agujerearon el bosque que separaba el gran río del diéry, la sabana seca. Las obras realizadas pusieron término al movimiento incesante de crecidas y descensos de las aguas fertilizantes que daban de comer a todo el mundo e imponían un ritmo a las faenas a agrícolas. Y ahora el río está rodeado de grandes explanadas asfaltadas por una empresa italiana, vastas extensiones sin árboles donde viven juntos los sereres, los diolas y los yolof junto a sus primos nativos, los torobés. Crisol de individuos y de culturas…

La carretera asfaltada cruza ahora Ndium de un extremo a otro. Pero la “avenida” como se la llama, suscitó numerosas controversias…

El alquitrán ha convertido a Ndium en un verdadero emporio, al que afluyen los comerciantes de Mauritania y los antiguos jefes administrativos y militares; éstos han construido tiendas alineadas una tras otra, abarrotadas de mercancías diversas; las carretas y los tenderetes de las vendedoras de buñuelos que se abalanzan sobre los viajeros obstruyen la entrada.
Cruzo la aldea en busca de mi barrio. Y veo que cada cual ha traído de sus peregrinaciones un estilo arquitectónico distinto, aunque todas las construcciones tienen en común la incomodidad y la falta de adaptación al clima. Se suceden el hospital regional, orgullo de Ndium, las casas bajas con grandes franjas de color de los emigrados de Francia, las mansiones elegantes y enrejadas de los ejecutivos de Dakar, la gran mezquita sobre el peñón, el pequeño banco agrícola y su almacén de cereales y las dos gasolineras a la entrada y a la salida de la avenida. El espacio entre la avenida y las casas se reduce, las ventanas que dan a la carretera duermen todavía mientras en las tiendas empieza ya el movimiento. A fin de mes, la estafeta de correos siempre está repleta, ya que los mayores van a buscar el giro postal que les envían sus hijos emigrantes.

Cada cual ha traído de sus peregrinaciones un estilo arquitectónico distinto, aunque todas las construcciones tienen en común la incomodidad y la falta de adaptación al clima.

¿Dónde están las viviendas de tierra revocada con su porche interior, sombrío y fresco, que protegía del polvo ocre de las tempestades de arena? ¿Dónde están las grandes concesiones cuyas empalizadas a media altura permitían ver todo el patio desde el que se escapaban los dramas —la carta que anunciaba que “él” se casó con una extranjera, el compromiso de una hija con un expatriado, la enfermedad que un vecino contrajo en África Central…? Pero la mezquita de El Hadj Umar Tal, muy pequeña, sigue allí, con sus tejas de Marsella y sus palmas datileras y, a su alrededor, los prósperos jardines del antiguo Prefecto de Francia, que, en esta inmensa llanura devastada por las obras, aparecen como un oasis.
Ndium y el mito que siguió a las obras hechas a orillas del río, ese mito que sólo entusiasma a los venidos de lejos respondiendo a la llamada de sus parcelas, que se extienden hasta el infinito, cuadriculadas por los canales de riego. Los habitantes de aquí también han recibido las suyas, donde las mujeres persisten en cavar surcos con el azadón, trasplantan el arroz a mano y rechazan los molinos arroceros modernos apaleando el paddy (arroz que conserva su cascarilla, NDLR.) con ademán seguro. Son ellas, las mujeres, las que impulsan los cambios junto con los jóvenes. Lo hacen gradualmente, ocupan los lugares vacantes, los de los campos demasiado difíciles de explotar, los de los jefes de hogar que han partido a países lejanos. Frente a los ancianos, que vacilan y negocian indefinidamente, los jóvenes, escolarizados o no, asalariados o no, irrumpen impacientes en los círculos jerárquicos tradicionales, apoyándose en sus agrupaciones, objetando, confiscando, actuando.
Saludo a los ancianos que platican nostálgicos bajo el árbol, mezclando sus recuerdos con su vida de jubilados. Hablan de la visita mensual que hacen a Dakar, donde van a cobrar su pensión y a ver a los hijos, ya adultos. La política sale a colación: “El gobierno no da trabajo a nuestros hijos, la escuela ya no forma a la juventud, no hay castigo para nada ni para nadie. Tenemos un hospital estupendo, pero prefiero ir al de Dakar, pues allí envían a estudiantes de Medicina que cambian tan a menudo que no tienes tiempo de conocerlos. El médico diola de Kedugu era el mejor, pero se marchó. Han entregado 2.000 hectáreas acondicionadas y ya ha habido seis cosechas en dos años.”
“Nadie está contento con esta parcelación”, aseguran. “La gente contrae la esquistosomiasis y se queda ciega a fuerza de replantar en el agua, a pleno sol. La empresa que habilitó los terrenos nos cobra nueve décimas partes de nuestras cosechas para pagar el agua, el bombeo y los insumos. Vienen a decírnoslo en sus autos con aire acondicionado, mientras fuera hace 35 grados a la sombra. Con el dinero que nos sacan habríamos podido cultivar mijo y arroz durante treinta años… No quedan peces en los brazos del río y los animales ya no pueden pastar. Nuestras hijas y sobrinas se casan con yolof, diolas y sereres, cuando no con extranjeros católicos.”
Trato de cambiar de tema. Hablo de las elecciones municipales. El alcalde anterior, administrador de la Asamblea Nacional, se enfrentaba a un profesor perteneciente a una gran familia de morabitos. Nos hemos adaptado a los cambios, la electricidad se ha puesto carísima; el agua, antes gratuita, ahora hay que pagarla; el alcalde es un egoísta, está construyéndose un ayuntamiento, pero vive en Dakar y promete cosas sin cumplirlas.
Pero pronto se celebrarán las 72 horas de Ndium, la gran manifestación cultural anual. Vendrán todos nuestros hijos, que por una vez vuelven al redil. Un desorden indescriptible reunirá, con este entusiasmo característico de Futa, la lucha tradicional, las fantasías a caballo, el rock ballah y sus maestros Youssou N’Dour y Baqba Maal… Ésta es también la magia del alquitrán.

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La cosecha del arroz.


Los agricultores regresan del campo por los caminos construidos junto al río Senegal.




Escena cotidiana en el pueblo de Ndium.

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photo Venta de aceite a granel ante el almacén de Adana Sabu.

photo Sacos de arroz apilados en uno de los almacenes del pueblo.



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Senegal

La reordenación del río Senegal
A comienzos de los años setenta, los tres países ribereños del río Senegal (Malí, Mauritania y Senegal) adoptaron medidas para su aprovechamiento efectivo. Las presas de Diama y de Manantali empezaron a funcionar en 1985 y 1987, respectivamente.
Objetivos: regular el caudal del río para aumentar su navegabilidad, abastecer de agua potable los centros urbanos, impedir que el agua salada llegara hasta la desembocadura y, sobre todo, prevenir inundaciones o riadas garantizando al mismo tiempo un riego regular.
Está previsto que la superficie total regada alcance 375.000 hectáreas, de las cuales unas 190.000 se encuentran en Senegal y 30.000 ya han sido acondicionadas. Entidades como la Unión Europea y varios organismos nacionales de cooperación prestaron más de 500 millones de dólares, y se estima que 60% de las inversiones agrícolas senegalesas se han destinado a esta iniciativa.
Pero los rendimientos obtenidos (cuatro toneladas de paddy por hectárea dos veces al año) son insuficientes y los suelos se salinizan. Además de los malos resultados, el desinterés del Estado, la devaluación del franco CFA, el aumento del precio de los insumos y del agua y el fuerte endeudamiento de los campesinos ponen a éstos en una situación particularmente crítica.


Con el dinero que nos sacan habríamos podido cultivar mijo y arroz durante treinta años… No quedan peces en los brazos del río y los animales ya no pueden pastar.

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