
Eduardo Galeano

Frontera Estados Unidos-México.

Un restaurante de la cadena MacDonalds en Beijing.

Danza de mujeres indígenas en Lacatunga, Ecuador.
|
Eduardo
Galeano:
la alegría de narrar
Aún
cuando recopila información detallada de una realidad social poco alentadora,
la alegría de narrar de Eduardo Galeano no se desmiente. Las venas abiertas
de América Latina (1971) es una obra de referencia para todos los que
quieren entender la historia y la realidad de ese continente. Su punto de partida
es un enigma: ¿Por qué una región tan favorecida por la naturaleza
ha sido tan poco afortunada desde el punto de vista social y político? Esta
obra, subyugante como una novela policiaca, cuenta con ardor, lucidez e indignación
la historia del “pillaje” del continente latinoamericano, primero por los españoles
y portugueses y luego por Occidente y las clases dominantes de las repúblicas.
Galeano acomete sin remordimientos la violación de las fronteras que separan
los géneros literarios. Sus libros, donde confluyen la narración y
el ensayo, la poesía y la crónica, recogen las voces del alma y de
la calle y ofrecen una síntesis de la realidad y su memoria.
Nació en Montevideo, Uruguay, hace 60 años. En su ciudad natal fue
jefe de redacción del semanario Marcha y director del diario Época.
En Buenos Aires fundó y dirigió la revista Crisis. Estuvo exiliado
en Argentina y en España desde 1973. A principios de 1985 regresó al
Uruguay. Es autor de libros traducidos a varias lenguas y de una profusa obra periodística.
Además de Las venas abiertas de América Latina, ha publicado:
Vagamundo (1973).
La canción de nosotros (1975).
La trilogía Memoria del fuego (Los nacimientos, 1982; Las caras
y las máscaras, 1984, y El siglo del viento, 1986).
El libro de los abrazos (1989).
Las palabras andantes (1993).
El fútbol a sol y sombra (1995).
Patas arriba. La escuela del mundo al revés (1998).
También publicó dos recopilaciones de artículos y ensayos: Nosotros
decimos no (1989) y Ser como ellos (1992).
Eduardo Galeano recibió el premio Casa de las Américas en 1975 y en
1978. Su trilogía Memoria del fuego recibió el American Book
Award de la Universidad de Washington en 1989 y fue también premiada por el
ministerio de Cultura del Uruguay.
|
|
El
oficio del escritor uruguayo Eduardo Galeano es desenmascarar la realidad. En esta
conversación con el periodista danés Niels Boel pasa revista a la globalización,
la memoria, la identidad cultural, la lucha indígena… y al fútbol.
Sobre
la globalización
La globalización no es un fenómeno nuevo, es una tendencia que viene
de lejos. En estos últimos años se ha acelerado mucho como consecuencia
del desarrollo vertiginoso de las comunicaciones y de los transportes. Y también
de la no menos vertiginosa concentración de capitales a escala internacional.
Pero no corresponde confundir globalización con “internacionalismo”. Una cosa
es la certeza de la universalidad de la condición humana, de nuestras pasiones,
de nuestros pánicos, de nuestras necesidades, de nuestros sueños… y
otra muy diferente es la “borratina” de las fronteras para la libre circulación
del dinero. Una cosa es la libertad de las personas y otra diferente y a veces opuesta
es la libertad del dinero. Esto se observa ahora con mucha claridad en lugares como
la frontera de México y Estados Unidos, virtualmente borrada para la circulación
de dinero y mercancías, pero que en cambio levanta una suerte de muro de Berlín
o de Muralla China para la circulación de las personas.
El
derecho a la autodeterminación en la comida
El
símbolo perfecto de la globalización es el éxito de empresas
como Mc Donalds, que abre cinco nuevos restaurantes cada día en distintos
lugares del planeta. Más importante que la caída del muro de Berlín
fue la cola de rusos ante Mc Donalds en la Plaza Roja de Moscú cuando se derritió
eso que llamaban Cortina de Hierro, que por la facilidad con que se deshizo era más
bien una cortina de puré. La macdonaldización universal impone la comida
de plástico en los cuatro puntos cardinales. Pero, al mismo tiempo, el éxito
de Mc Donalds implica una lesión, una herida abierta en uno de los derechos
humanos más importantes, el derecho a la autodeterminación en la comida.
La barriga es una zona del alma. La boca es su puerta. Dime cómo comes y te
diré quién eres. La comida es el modo de comer. El modo de cocinar
es un rasgo de identidad cultural muy importante. No depende de la cantidad de cosas
que se come. Es importante también para los pueblos pobres o muy pobres que
comen poco o casi nada, pero que conservan tradiciones que hacen que ese acto mínimo
de comer poco o casi nada se convierta de alguna manera en una ceremonia.
Contra
la uniformización
Lo
mejor que el mundo tiene está en la cantidad de mundos que contiene. Esta
diversidad cultural, que es un patrimonio de la humanidad, se expresa en el modo
de comer, y también en el modo de pensar, sentir, hablar, bailar, soñar.
Hay una tendencia muy acelerada a la uniformización de las costumbres. Pero
al mismo tiempo hay reacciones hacia la afirmación de las diferencias que
vale la pena perpetuar. Realzar las diferencias culturales, no las sociales, es lo
que permite que la humanidad no tenga un solo rostro, sino muchísimos rostros
a la vez. Ante esta avalancha de la homogeneización obligatoria hay reacciones
muy saludables, pero también otras, a veces locas, que provienen del fanatismo
religioso o de otras formas de afirmación desesperada de la identidad. Mi
opinión es que no estamos de ninguna manera condenados a un mundo que sólo
nos permita elegir entre dos posibilidades: o morir de hambre o morir de aburrimiento.
La
identidad en movimiento
La
identidad cultural no es una vasija quieta en una vitrina de un museo. Está
en movimiento, cambia constantemente. Es continuamente desafiada por una realidad
que también es dinámica. Yo soy lo que soy, pero también soy
lo que hago para cambiar lo que soy. La pureza cultural no existe, como no existe
la pureza racial. Afortunadamente, todo está muy mezclado a partir de cosas
que a veces vienen de afuera; lo que define el carácter de un producto de
cultura —sea un libro, un baile, una expresión popular, un modo de jugar al
fútbol— nunca está en su origen, sino en su contenido. Una bebida típica
de Cuba como el daiquirí no tiene ningún elemento cubano: el hielo
vino de fuera al igual que el limón, el azúcar y el ron. Colón
trajo el azúcar de las islas Canarias. Sin embargo el daiquirí es cubanísimo.
Los churros andaluces vienen de Arabia. Las pastas italianas provienen de China.
No hay nada que pueda ser calificado o descalificado a partir de su origen. Lo que
importa es lo que se hace con eso y en qué medida una colectividad puede reconocerse
en un símbolo que tiene que ver con su modo preferido de soñar, vivir,
danzar, jugar, amar.
Eso es lo bueno del mundo, que de las mezclas incesantes van surgiendo nuevas respuestas
a nuevos desafíos. Pero hay una indudable tendencia actual —resultado de la
globalización obligatoria— a la uniformización que en gran medida tiene
que ver con la concentración de poder en los medios de comunicación
dominantes.
Dos
esperanzas: Internet y las radios comunitarias
¿El
derecho a la expresión —reconocido por todas las constituciones— se reduce
al derecho de escuchar? ¿No es también el derecho de decir? Pero, ¿cuántos
tienen el derecho de decir? Estas preguntas tienen que ver muy profundamente con
las “lastimaduras” que está sufriendo la diversidad cultural.
Los espacios de independencia en el mundo de las comunicaciones se han reducido muchísimo.
Los medios dominantes de comunicación son los que imponen no sólo una
información manipulada y tergiversada, sino también una cierta visión
del mundo que tiende a convertirse en la única posible. Es como reducir una
cara que tiene millones de ojos a los únicos dos ojos de la cara dominante,
que ocupa el lugar de todas las caras.
Lo que ha surgido como novedad promisoria es el auge de Internet. Es una de las paradojas
que alimenta la esperanza. El Internet, que nace a partir de la necesidad de la articulación
mundial de los planes militares, es decir, que nace al servicio de la guerra y de
la muerte, es hoy el campo de expresión de muchísimas voces que antes
no tenían la menor difusión. Hoy la tienen y pueden articular redes
de comunicación gracias a este instrumento. Sirve también para la promoción
comercial y la manipulación, pero indudablemente ha abierto espacios de libertad
muy importantes para la comunicación independiente, que en cambio tiene sus
caminos bastante cerrados en otros campos, como por ejemplo la televisión
o la prensa. En el campo de la radio también están ocurriendo cosas
buenas. El desarrollo de las radios comunitarias en América Latina permite
la expresión propia de la gente. Una cosa es hablar a la realidad y otra escucharla,
escuchar qué voces suenan desde la realidad cuando ésta puede expresarse,
cuando la gente practica el derecho a la expresión propia.
Los
fines y los medios
En
la Grecia antigua condenaban al cuchillo. Cuando ocurría un crimen se arrojaba
el cuchillo al río. Hoy sabemos que una cosa son los medios y otra cosa los
fines a los cuales sirven esos medios. En América Latina, el drama es que
se impuso el modelo de la televisión comercial norteamericana. No hemos aprendido
nada del modelo europeo de una televisión orientada a otros fines. En muchos
países europeos, como Alemania, Dinamarca o los Países Bajos, la televisión
todavía cumple, aunque ahora en menor medida que antes, una función
cultural muy fecunda e importante sobre la base de una forma de propiedad publica.
Acá se impuso en cambio el modelo norteamericano de televisión comercial,
para el que todo lo que vende es bueno y todo lo que no vende es malo.
De
la lucha indígena
Uno
de los muchos músculos secretos, de las muchas fuentes de energía que
contienen estas tierras es su gente, la recuperación de los movimientos indígenas
y la tremenda vitalidad de los valores que encarnan esos movimientos. Son valores
de comunión con la naturaleza, valores comunitarios de vida compartida y no
centrada en la codicia. Valores que vienen del pasado, pero que hablan al futuro
y tienen mucho que decir a la humanidad. Hoy encuentran un eco grande, porque son
valores que la humanidad entera está necesitando recuperar, porque estamos
ante un mundo donde los lazos de solidaridad han sido gravemente lastimados, y en
muchos casos rotos. Un mundo muy centrado en el egoísmo, en el “sálvese
quien pueda” y en el “cada cual a lo suyo”.
Del
hombre y la tierra
Hace
cinco siglos que América Latina fue adiestrada para separar la naturaleza
del hombre, del llamado hombre, que en realidad es la mujer y el hombre. La naturaleza
por un lado, la persona humana por el otro. En el mundo entero ocurrió ese
divorcio.
Muchos de los indígenas que fueron quemados vivos por delito de idolatría
no eran más que ecologistas de su tiempo que practicaban la única ecología
que me parece que vale la pena. Una ecología de la comunión con la
naturaleza. Comunión con la naturaleza y espíritu comunitario son las
dos claves que explican la supervivencia de los valores indígenas tradicionales,
a pesar de cinco siglos de persecución y de desprecio.
Durante siglos la naturaleza fue una bestia que había que domar. Enemiga extraña,
traidora. Ahora que todos somos verdes, de la mano de una publicidad mentirosa hecha
de palabras, no de hechos, la naturaleza ha pasado a convertirse en algo que hay
que proteger. Pero en cualquiera de los dos casos, es decir, la naturaleza como objeto
de dominación, para arrancarle ganancias, o como objeto de protección,
está separada de nosotros. Es necesario recuperar el sentido indígena
de la comunión con la naturaleza. La naturaleza no es el paisaje, está
en nosotros y con nosotros vive. Y no me refiero sólo a los bosques, sino
a todo lo relativo a la concepción sagrada que de la naturaleza tenían
y tienen los aborígenes americanos. Sagrada en el sentido de que todo lo que
podamos hacer contra ella se vuelve contra nosotros. Todo crimen se convierte en
suicidio y esto se manifiesta también en las grandes ciudades latinoamericanas,
una mala copia de las ciudades del mundo desarrollado en las que es virtualmente
imposible caminar y respirar.
Estamos hoy habitando un mundo que tiene el aire envenenado, el agua envenenada,
la tierra envenenada. Pero sobre todo tiene también el alma envenenada. Ojalá
podamos recuperar energías lindas para curarnos.
De
la memoria como catapulta
En
Días y noches de amor y de guerra” me pregunté: “¿Nos dará
permiso la memoria para ser felices?” Todavía no tengo respuesta. En una novela
de una escritora norteamericana hay un bisabuelo que se encuentra con su biznieto.
El bisabuelo no tenía ninguna memoria porque la había perdido. Estaba
gagá. Sus pensamientos tenían el color del agua. El biznieto no tenía
ninguna memoria porque estaba recién nacido. Cuando estaba leyendo esa novela
pensé: “Ésa es la felicidad perfecta.” Pero no la quiero. Quiero una
felicidad que nace de la memoria y contra ella combate. Que proviene de la memoria
y de la experiencia y que está de ella adolorida, que está de ella
herida, está por ella lastimada, pero que a partir de ella camina. No es la
memoria como ancla, sino la memoria como catapulta, no la memoria como puerto de
llegada, sino como puerto de partida.
Hay una tradición indígena americana que existía en las islas
del Pacifico, en Canadá y también en otras comunidades como Chiapas,
en México. Consiste en lo siguiente: cuando el maestro alfarero va a dejar
el oficio porque ya las manos le tiemblan y los ojos ven poco, entrega en una ceremonia
su vasija mejor, su obra maestra, al alfarero joven que empieza. El aprendiz recibe
esa vasija perfecta y la revienta contra el piso en mil pedacitos. Recoge esos pedacitos
y los incorpora a su propia arcilla. Ésa es la memoria en la que yo creo.
Autorretrato
Todos
mis libros son de clasificación difícil. Es difícil decir esto
es ficción o no lo es. A mí lo que más me gusta es narrar. Me
siento un narrador. Yo recibo y doy. Es una ida y vuelta. Escucho voces y las devuelvo
multiplicadas por el acto de creación, en forma de relato, de ensayo, de libros
inclasificables donde se juntan todos los estilos y todos los géneros. Trato
de hacer una síntesis de géneros que vaya más allá de
las divisiones tradicionales entre la narrativa, el ensayo, la novela, la poesía,
el relato, la crónica. Intento proponer un mensaje integrado porque creo en
esa síntesis posible del lenguaje humano.
No hay una frontera entre el periodismo y la literatura. La literatura es el conjunto
de mensajes escritos que una sociedad emite, tengan la forma que tengan. Uno puede
decir lo que quiere decir escribiendo en periódicos o en libros. El periodismo
bien ejercido puede llegar a ser muy buena literatura como lo demostraron entre muchos
otros José Martí, Carlos Quijano y Rodolfo Walsh.
Siempre he sido periodista y no quiero dejar de serlo, porque una vez que uno entra
en ese mundo mágico de la redacción, ¿quién te saca?
Tiene virtudes: te enseña a ser breve, te obliga a la síntesis, lo
cual es muy interesante para alguien que quiera escribir un montón de cosas.
Te obliga a salir de tu microespacio para meterte en la realidad, bailar el baile
de los demás. Te obliga a andar por allí, a escuchar. Y tiene defectos.
El primero es la urgencia. A veces me tranco con una palabra y paso tres horas buscando
otra. Ese es un lujo que el periodismo no me podría dar.
Del
sueño y la vigilia
Mi
única función es tratar de revelar una realidad enmascarada que vemos
y también la que no vemos. Es la realidad de la vigilia, del sueño,
es una realidad mentida, a veces mentirosa, pero también capaz de muchas verdades
que son verdades desconocidas o raras veces escuchadas.
No hay ninguna fórmula mágica que te pueda permitir cambiar la realidad
si no empiezas por verla como es. Para poder transformarla hay que empezar por asumirla.
Este es el problema en América Latina. No podemos verla todavía. Estamos
ciegos de nosotros mismos porque estamos entrenados para vernos con ojos de otros.
Por ello el espejo nos devuelve una mancha de azogue y nada más que una mancha.
…Y
del fútbol
Todos
los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades,
hay un estrépito tremendo. Yo quise ser jugador de fútbol como todos
los niños uruguayos. Jugaba de ocho y me fue muy mal porque siempre fui un
“pata dura” terrible. La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor
no correspondido. También era un desastre en otro sentido: cuando los rivales
hacían una linda jugada yo iba y los felicitaba, lo cual es un pecado imperdonable
para las reglas del fútbol moderno. |