Mil
trescientos millones de seres humanos trabajan la tierra. De ellos, 500 millones
corren el riesgo de desaparecer, pues no cuentan con los medios necesarios para iniciar
la carrera hacia la productividad que les impone la mundialización (p.
20-23).
El “agrobusiness” ahoga la agricultura familiar a pesar de su potencial de desarrollo,
decisivo para terminar con el hambre y los daños medioambientales.
En sus últimos años de vida, el campesino egipcio Iskandar Jalil constata
con amargura y resignación que sus hijos no podrán sucederle en la
tierra que cultiva su familia desde hace generaciones (p. 18-19).
Pero muchos otros agricultores luchan contra la fatalidad y se organizan para construir
una agricultura alternativa. En Brasil, los campesinos sin tierra fuerzan la reforma
agraria para convertirla en el punto de partida de nuevas relaciones productivas
y sociales (p.
24-26).
En el sur de Asia, donde la Revolución Verde muestra sus limitaciones, los
campesinos bangladeshíes se lanzan con éxito a la agricultura biológica
(p.27-29).
Junto a los campesinos filipinos —y otros muchos—, participan en un amplio movimiento
contra los OGM, en nombre de su independencia frente a las multinacionales y de la
defensa del medioambiente (p.
30-31).
Los riesgos alimenticios crecientes conducen a productores y consumidores de la Bretaña
francesa a aliarse para conseguir productos sanos y prácticas menos nocivas
(p.
34-35).
Finalmente, M. S. Swaminathan, el ambientalista indio que fue uno de los padres de
la Revolución Verde, promueve ahora los “biopueblos” en Pondicherry, (p.36-37),
que se proponen crear empleos agrícolas que favorezcan “a la naturaleza, los
pobres y las mujeres”. |