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El campesino egipcio Iskandar Jalil cultiva el maíz con el que se prepara
el pan.

Iskandar con su esposa.

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Cifras
claves, Egipto
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Población
total:
67 millones (1999)
PNB per capita:
1.400 dólares (1999)
Porcentaje de agricultores
en la población activa total:
33% (2000)
57% (1980)
Porcentaje de la agricultura en el PIB:
16% (1999)
18% (1980)
Fuentes:
Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación
(FAO) y Banco Mundial. |
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“Tenía
razón quien dijo
que la agricultura es la madre y la nodriza de las demás artes.”
Jenofonte,
historiador griego (430-355 A.C.)
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A
las puertas del Cairo, Iskandar vive decentemente en la isla de Dahab. Pero no dispone
de tierras suficientes para que sus hijos sigan siendo campesinos.
La vela de la falúa
se desinfla lentamente. El casco golpea sin fuerza contra el muelle de madera empapado,
que ha sido reparado con materiales improvisados. Un burro saluda la maniobra con
un sonoro rebuzno. Arremangadas y con las faldas recogidas, algunas mujeres en cuclillas
terminan de lavar la loza en las aguas turbias del Nilo. Atrapada entre los dos brazos
del río, la isla de Dahab, reducto increíble, vive aún al ritmo
de las cosechas, a salvo del frenesí del Cairo, la capital egipcia, situada
a menos de un kilómetro de distancia.
Iskandar Jalil nació en esta lengua de tierra de cinco kilómetros de
longitud. Desde hace 50 años permanece en sus campos, perpetuando la existencia
cinco veces milenaria de los fellahs (campesinos) del Nilo, jalonada por las crecidas
del río y las estaciones secas. Para llegar a su granja, en el extremo sur
de la isla, hay que cruzar los caminos de tierra que bordean las parcelas minúsculas,
atravesar la aldea donde nunca se ha visto ni un coche ni un tractor y hacer equilibrios
sobre las hondonadas cenagosas. Aquí y allá, pintada por un artista
ingenuo en el muro de una casa, la silueta de un avión o la masa negra de
la kaaba1 narran una peregrinación
a La Meca. A juzgar por el mal estado de estos frescos, hace tiempo que nadie ha
podido pagarse un viaje hasta allí.
Junto a la puerta de la casa de Iskandar hay una cruz blanca. La imponente iglesia
de la aldea, cuyo campanario destaca sobre el minarete vecino, está ahí
para recordar que los habitantes de la isla son en su mayoría coptos.
“Cuando murió mi padre, mis tres hermanos y yo nos repartimos sus tierras.”,
explica Iskandar. “Yo heredé un poco más de tres feddan (NDLR: 1 feddan=0,42
hectáreas) y la mitad de la casa. La otra le correspondió a mi hermano
mayor. Desde entonces, nunca he tenido la posibilidad de agrandar mi propiedad.”
Una
agricultura de autosuficiencia
Iskandar,
su mujer y sus hijos comparten tres habitaciones. Las baldosas brillantes, de un
blanco impecable, que recubren un suelo hasta hace poco de tierra apisonada, contrasta
en un conjunto tan somero, así como la televisión, que ocupa un lugar
destacado en el salón. A los 14 años, la única hija del hogar
siguió a su marido fellah a la aldea de éste en tierra firme, muy cerca
de las pirámides. Quedan tres muchachos, de 17 a 21 años, todavía
solteros, pero probablemente no por mucho tiempo. Una boda cuesta caro. El novio
ha de procurar un techo a su prometida e Iskandar no tiene ahorros para ayudar a
sus hijos. “Con lo poco que gano, compro abonos o herbicida”, dice.
Frente a su casa, en sus campos de trazado regular regados con canales que parten
del Nilo, Iskandar cosecha forraje para sus diez vacas y sus corderos y suficiente
maíz para preparar el pan familiar durante todo el año. En su otra
parcela cultiva tomates y pepinos; desde allí embarca cada semana su cosecha
para venderla en el mercado del Viejo Cairo. El derecho que paga por instalarse allí
es su único impuesto. Como a todos los campesinos del mundo, no le gusta hablar
de dinero, por lo que se niega a precisar su importe. Regresa a la isla con aceite,
azúcar y, según calcula, un kilo de carne al mes.
Todas las mañanas, su mujer ordeña las vacas egipcias de lomo saliente
y ubres opulentas. Ella misma entrega el excedente, veinte o treinta litros de leche,
al camión recolector, y recibe a cambio diez libras egipcias (dos dólares
y medio). Y hasta ahí llegan las relaciones de la familia Jalil con la economía
monetaria. Iskandar nunca ha franqueado las puertas de un banco e ignora lo que es
el crédito. Dice ganar unos 45 dólares por mes. Después de pagar
abonos, herbicidas y otros productos de consumo corriente, guarda en su armario el
equivalente de unos cuatro dólares para gastos imprevistos, como la compra
de un par de sandalias o de una pieza de tela.
Como todos los campesinos del Nilo, la familia Jalil vive esencialmente en un régimen
de autosubsistencia, ya que consume su producción y mantiene un corral con
gallinas y gansos, que se burlan de las vacas deslizándose desde lo alto de
un montón de estiércol.
Desde su campo de maíz cuyos tallos le llegan a los hombros, Iskandar contempla
los rascacielos de Maadi, el barrio elegante la capital, tan próxima. “El
Cairo es una ciudad muy hermosa. Me gusta ver pasar a la gente bien vestida. Pero
en nuestro pueblo el aire es más puro y no tenemos que soportar el ruido.”
Como los doscientos habitantes de Dahab, Iskandar nunca ha vivido en otro sitio.
Se casó con una prima, insular también. Alta y maciza, con la mirada
luminosa y el cabello entrecano bajo el pañuelo negro, ayuda en las faenas
agrícolas todo el día, como los tres muchachos. Pero el terreno es
demasiado exiguo para poder dividirlo entre los tres hijos. “Quisiera que vivieran
aquí, a mi lado, pero cuando se casen tendrán que encontrar trabajo
en la ciudad. La agricultura es cada vez más dura y se gana demasiado poco.”
Con todo, los Jalil piensan que son gente con suerte. Nunca han estado enfermos y
apenas conocen a los voluntarios de salud que pasan regularmente por Dahab, en general
pagados por la iglesia o la mezquita. Pero a veces Iskandar sueña con un destino
diferente. Si hubiera nacido en otro sitio, lo más probable es que también
se habría marchado a la ciudad, “donde la vida es más fácil
y menos fatigosa”. No entiende cómo los habitantes de la ciudad pueden envidiarle,
y eso le hace sonreír. Las labores del campo y el sol han resecado su piel.
Los días de mercado, cuando carga los pesados cajones de verduras en su carromato,
siente que sus brazos enjutos y sarmentosos van perdiendo vigor. Por la tarde, al
término de la jornada, Iskandar se detiene a charlar con los demás
hombres de la aldea. “Coptos o musulmanes, todos somos fellahin. Nos ayudamos unos
a otros.”
La
vida empieza y termina con el sol
Es
la hora en que el viento trae los ecos de la ciudad. El puente que la atraviesa,
construido hace un año para unir las dos orillas, en el sur de la capital,
vibra sin cesar con el paso de los coches. Dahab se duerme. Aquí la vida empieza
y termina con el sol. Si decide permanecer despierto, Iskandar enciende la televisión.
“Me gusta saber cómo andan las cosas en otros países.” Pero nunca ha
oído hablar de los OGM, ni comprende la ira de los campesinos europeos. “¿Qué
tiene de malo? Hay que utilizar productos químicos, es necesario que la tierra
produzca al máximo. Yo mismo los empleo, si no, ¿cómo subsistiría?”.
Iskandar y su mujer saben que no se morirán de hambre. La tierra de Dahab
ha alimentado siempre a los Jalil. La cosecha del año no fue mala. Pero el
campesino sabe también que nunca realizará su sueño: construir
“una casa sólida, cómoda, como en la ciudad”, donde pueda vivir toda
la familia. Ajusta los faldones de su camisa azul, se acaricia el mentón,
alza de nuevo la vista hacia la capital. “Sentiré un poco de vergüenza
cuando mis hijos partan de la isla. Serán los primeros de la familia que no
sean campesinos.”
1 La kaaba es
el edificio situado en el centro del santuario de La Meca. En una de sus esquinas
se encuentra la Piedra Negra, hacia la que los musulmanes deben mirar cuando rezan. |