
En India, en el estado de Gujarat

Evolucíon de la poblacíon activa agrícola.
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La
OMC y la agricultura
Entre los
acuerdos firmados en Marrakech en 1994 que dieron lugar al nacimiento de la Organización
Mundial del Comercio (OMC), figura uno sobre la agricultura.
Durante las negociaciones, las dos grandes potencias agroalimentarias (Estados Unidos
y Europa) abogaron por la liberalización, siempre que resguardaran los intereses
de sus agricultores. El Grupo de Cairns (formado por 14 grandes exportadores, como
Canadá, Australia, Nueva Zelandia, Argentina o Brasil) defendió un
intercambio sin concesiones. A los países del Sur les costó trabajo
hacerse oír.
El Acuerdo final sobre la Agricultura se refiere a tres aspectos:
- el acceso a los mercados: los derechos sobre los productos importados deben bajar
progresivamente (36%). Respecto de cada producto, 5% del consumo nacional ha de poder
importarse libremente.
- las subvenciones a las exportaciones: éstas se reducen (36% en valor), pero
no los créditos a las exportaciones, muy utilizados por Estados Unidos.
- la reducción de las ayudas internas: las subvenciones a los precios agrícolas
deben bajar 20%. Pero los Estados pueden subvencionar los ingresos de los agricultores,
como se hace en Europa.
Según la OCDE, Estados Unidos y Europa incrementaron así cinco años
más tarde la ayuda a sus agricultores, pero 20% de éstos recibieron
80% de las ayudas. Según la FAO, los países del Sur aumentaron poco
sus exportaciones y mucho sus importaciones. Está prevista la realización
de un nuevo ciclo de negociaciones a partir de 2001.
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Evolucíon del rendimiento cerealista.
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“La
buena política es la que tiene el secreto de hacer morir de hambre a los que,
cultivando la tierra, permiten vivir a los demás.”
François-Marie
Arouet, Voltaire (1694-1778)
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Evolucíon de los precios mundiales.
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La
Revolución Verde
En los años
cincuenta, las fundaciones Rockefeller y Ford emprendieron la tarea de trasladar
la innovación agrícola a Asia y a América Latina. La primera
padecía una insuficiencia alimentaria crónica, la segunda era víctima
de conflictos sobre la propiedad de la tierra. Una y otra estaban expuestas a un
descontento popular inquietante en el contexto de la guerra fría.
Basada en una agricultura campesina y en una financiación pública masiva,
la Revolución Verde proponía la difusión de variedades de alto
rendimiento (arroz y trigo) y la extensión del riego agroquímico, pero
sin mecanización.
Aplicada aproximadamente por la mitad del campesinado del Sur, aumentó los
rendimientos y, sobre todo en Asia, permitió lograr la autosuficiencia alimentaria.
Pero casi no benefició a las regiones agrícolas más desfavorecidas.
En otras latitudes, el modelo está en crisis, debido sobre todo a la eliminación
de las ayudas estatales a raíz de los ajustes estructurales, a sus nefastas
consecuencias para el medio ambiente y a la vulnerabilidad de los campesinos que
pasaron de hacer policultivos de subsistencia a un monocultivo para el mercado.
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“Es
muy posible que la mundialización termine por desembocar en que las mujeres
que crían nuestras vacas lecheras proporcionen dividendos a accionistas en
Ginebra.”
Verghese
Kurien (1921-), presidente del National Dairy Development Board, oficina nacional
para el desarrollo del sector lechero, en India.
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La
liberalización de los intercambios amenaza de muerte social a la mitad del
campesinado mundial. Sin embargo, éste es capaz de sobrevivir contribuyendo
a la vez a erradicar el hambre y a proteger el medio ambiente.
En los años cincuenta,
un agricultor africano producía 10 quintales de cereales, explica Marcel Mazoyer1, profesor del Instituto
Nacional de Agronomía de París. Guardaba ocho para alimentar a su familia
y le quedaban dos, que podía vender a 30 dólares el quintal (al tipo
de cambio actual). Disponía así de 60 dólares para hacer frente
a sus gastos esenciales. Hoy día, con el precio del quintal a menos de 15
dólares, tiene que vender cuatro para obtener la misma suma y efectuar sus
compras más vitales. Ya no consigue alimentar a su familia, y mucho menos
ahorrar para aumentar su producción. Las posibilidades de vivir de su tierra,
o más bien de sobrevivir gracias a ésta, disminuyen día tras
día.
Gracias a la Revolución Verde (ver recuadro p. 22), un campesino del Penjab
era capaz, por lo general, de “modernizar” su explotación. Hace 15 años,
para cosechar una tonelada de cereales utilizaba abonos que le costaban 30 dólares
(ver artículo p. 27-28) Hoy, el agotamiento de los suelos y los efectos nefastos
del riego incontrolado lo obligan a gastar 80 dólares para un volumen de producción
semejante. Al mismo tiempo, el precio que obtiene en el mercado ha disminuido, por
lo que ya no vive en régimen de autosubsistencia. Debe vender sus cosechas
para comprar buena parte de sus alimentos, así como las semillas, abonos o
pesticidas. El siguiente paso es inevitable: ese campesino terminará por verse
obligado a vender su tierra para reembolsar sus deudas.
Estos dos casos no son excepcionales entre los 1.300 millones de agricultores y trabajadores
agrícolas del mundo2. En los países
desarrollados —incluida Europa del Este— los campesinos no son más que 45
millones, o sea aproximadamente 7% de la población activa. En cambio, en el
mundo en desarrollo representan más de la mitad de los activos, hombres y
mujeres. Por término medio, cada activo cultiva una hectárea y cosecha
una tonelada de producto. Casi todos carecen de tractores. Las tres cuartas partes
ni siquiera disponen de tracción animal. Más de la mitad de los agricultores
del Sur padecen desnutrición crónica: las tres cuartas partes de los
800 millones de seres humanos que no logran saciar su hambre son campesinos pobres.
Por último, lo poco que logran vender ha perdido la mitad de su valor en los
últimos 30 años.
“Con unos ingresos monetarios tan bajos, no pueden comprar herramientas, ni semillas
seleccionadas, ni abonos; apenas logran sobrevivir”, señala el profesor Mazoyer.
Tienen que hacer frente, además, a un peligro creciente: la apertura de las
fronteras, que los hace competir directamente con la agricultura industrial del Norte,
cuya productividad por cada persona activa puede ser mil veces superior.
Una
agricultura de resultados discutibles
Este
agro-business es relativamente reciente. En los países desarrollados sólo
se generalizó inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial.
Hasta ese momento, desde la reforma agraria resultante del desmantelamiento de la
propiedad feudal, predominaba la agricultura familiar. El agro-business se apoya
en una técnica cada vez más avanzada, basada en la mecanización,
la química, la selección de semillas y unas inversiones cada vez más
importantes. Pero los resultados obtenidos son discutibles.
Por un lado, se observa un fuerte aumento de la productividad: en el Norte, el rendimiento
de los cereales por hectárea se multiplicó, en término medio,
por 2,5 en los últimos cuarenta años; en las explotaciones con mejores
resultados un solo agricultor puede cultivar hasta 300 hectáreas. Este aumento
de productividad fue superior al de la industria o los servicios. Permitió
una baja constante de los precios agrícolas y, por ende, un descenso de la
proporción de dinero que los consumidores dedican a alimentarse.
Por otro lado, las limitaciones del modelo son cada vez más patentes. El caso
de la “vaca loca” da una idea de los estragos que puede provocar la búsqueda
indiscriminada del rendimiento. Los efectos perjudiciales para el entorno se agravan,
trátese de la contaminación de las napas freáticas, del agotamiento
de los suelos o de la disminución de la biodiversidad. Además, esta
agricultura bebe hasta la saciedad, ya que absorbe 70% del agua dulce consumida.
Ahora está sufriendo directamente los efectos negativos de esa situación,
puesto que sus rendimientos y su rentabilidad se estancan. Por ello, la generalización
de los organismos genéticamente modificados (OGM) es un objetivo esencial
para que esta agricultura industrial recupere la vitalidad.
La expansión de este modelo implica también un costo económico
y social. El primero, sobre todo, se disimula en gran medida. Mediante un proceso
que los economistas llaman “externalización”, es la sociedad en su conjunto
la que paga la cuenta. “Externalización” futura, ya que algún día
habrá que pagar la factura de la degradación del medio. Pero “externalización”
también actual, a través de las subvenciones otorgadas a la agricultura
con los impuestos de todos los contribuyentes. Concedida en función de los
volúmenes de producción y de superficie cultivada, el grueso de la
ayuda beneficia a las explotaciones mejor adaptadas a la agroindustria, mientras
que a las demás las va excluyendo gradualmente. El costo social más
importante proviene así de la concentración persistente de la propiedad
raíz que, a juicio de Rolf Künnemann, de la ONG Foodfirst Information
and Action Network, tiene todas las características de un “nuevo feudalismo”.
En Estados Unidos desaparecen cada año cincuenta mil explotaciones. Los sindicatos
agrícolas polacos estiman que el ingreso de su país en la Unión
Europea condenará “en el mejor de los casos” a dos tercios de los dos millones
de explotaciones de Polonia.
En el Norte, por lo general, los grupos perjudicados obtienen u obtuvieron ayudas
sociales o tuvieron posibilidades de reconversión en otros sectores económicos,
como sucedió con los 50 millones de ex agricultores de los países desarrollados
de Occidente en los últimos 50 años. Pero, ¿cómo podrían
las ciudades del Sur absorber un éxodo rural masivo cuando albergan ya a 600
millones de habitantes desocupados o que subsisten gracias a “trabajos precarios”
en la economía paralela?
La
agricultura familiar como alternativa
No
obstante, es este modelo en crisis, cuyos efectos negativos ambientales y sociales
están perfectamente identificados, el que se propaga por todo el planeta,
como un precio a pagar por la mundialización (ver recuadro). Sin duda, el
interés de la agroindustria por conquistar nuevos mercados en el Sur es patente,
puesto que los del Norte están saturados. Pero esta extensión tendrá
un costo: la desaparición de 500 millones de campesinos del Sur, su muerte
social, ya que no tienen ningún medio de ser competitivos actualmente ni de
llegar a serlo algún día. La propagación planetaria del agro-business
descansa en un postulado tan reiterado que se ha convertido en una verdad: las únicas
alternativas serían el estancamiento en el “arcaísmo”, que caracteriza
a los agricultores del Sur, o una “modernización”, que consistiría
lisa y llanamente en reproducir en el Sur la revolución agrícola industrial
del Norte. Ahora bien, tras observar los efectos de este tipo de modernización
en el Tercer Mundo, Ignacy Sachs y Ricardo Abromovay3 explican que “grandes
latifundios, heredados de la dominación colonial, se transforman en empresas
agrícolas. Su eficacia económica, evaluada con criterio macrosocial,
es dudosa”. De ello se deduce un nuevo paradigma: “la producción de riqueza
es inseparable de la reproducción simultánea de la pobreza”.
¿Existe una tercera vía? Sí, responden a coro numerosos agrónomos
y sobre todo campesinos: es la agricultura familiar porque, siempre que se le dé
una oportunidad, bate todos los récords de productividad y permite al campesino
vivir decentemente. Darle su oportunidad supone en primer lugar romper con el “prejuicio
urbano” adoptado por la mayoría de los gobiernos del Tercer Mundo. Como las
ciudades son más turbulentas que el campo, se esfuerzan por alimentarlas a
menor costo. La mundialización en curso agrava esta penalización, puesto
que las cotizaciones mundiales de los productos agrícolas suelen ser inferiores
a los precios locales. Además, la exportación de cultivos comerciales
pasa a ser prioritaria para el equilibrio de la balanza comercial, vigilada de cerca
por el FMI o el Banco Mundial. Ahora bien, “la cuestión primordial para que
los campesinos de los países pobres progresen es que el fruto de su trabajo
sea remunerado a un precio que les permita comprar medios de producción adicionales”,
observa Marcel Mazoyer. “Sin proteccionismo, sin obstáculos comerciales, no
llegarán a desarrollarse.”
El segundo escollo es el de la reforma agraria. En un estudio reciente, Krishna Ghimire,
investigador del Instituto de Investigación para el Desarrollo Social (UNRISD)
destaca que el tema de la propiedad raíz sigue siendo explosivo, hasta el
punto de que a menudo se oculta. El caso más conocido es el de Brasil, donde
20% de los propietarios agrícolas (hacendados) son dueños de 88% de
las tierras (ver p. 24-26). En total, sólo algunos países emprendieron
una auténtica reforma agraria: México a comienzos de siglo, Japón,
Taiwán y Corea del Sur después de la Segunda Guerra Mundial, China
y Cuba tras su revolución. En casi todas las demás latitudes, las legislaciones
aprobadas en los años cincuenta y sesenta no fueron aplicadas. En Asia del
Sur, sólo los estados indios de Bengala Occidental y Kerala, que albergan
10% de la población de la región, han llevado a cabo la redistribución
de la propiedad raíz.
Por lo demás, destaca Krishna Ghimire, las grandes organizaciones internacionales
han adoptado la doctrina de la “reforma agraria ayudada por el mercado”. Ésta
presupone que la ley de la oferta y la demanda se aplique de manera equitativa. Pero,
¿cómo podría un trabajador agrícola egipcio adquirir
un feddan (0,42 ha) de tierra que le costaría los ingresos de toda una vida?
Si se quiere valorizar el potencial de la agricultura familiar, hay que tener en
cuenta también el hecho de que no constituye un mercado solvente para la agroindustria
y que debe llevar a cabo una revolución científica y técnica
adaptada a sus necesidades y a sus medios. Por consiguiente, esos esfuerzos de investigación
considerables, que exigen un contacto directo con los campesinos y sus conocimientos,
sólo los poderes públicos pueden realizarlos.
Entre 1800 y 1940, la agricultura familiar en los países del Norte logró
triplicar la producción bruta de los suelos, y luego duplicarla en el medio
siglo siguiente. La pequeña propiedad no es perjudicial. Estimula el aprovechamiento
intensivo de los suelos, moviliza mano de obra familiar, garantiza una elevada productividad
de las inversiones, saca partido de un conocimiento sutil del medio rural, da prioridad
a la diversificación frente a la rigidez de la especialización y se
preocupa de la calidad, puesto que consume lo que produce.
“La subalimentación de 800 millones de personas no obedece a una insuficiencia
de la producción mundial”, insiste Marcel Mazoyer. “Es un problema de insuficiencia
de la producción de los países pobres”.
Dar por fin una oportunidad a la agricultura familiar es la condición sine
qua non para eliminar el flagelo del hambre. Los campesinos luchan por sus derechos,
pero también por que todos los habitantes del planeta puedan alimentarse debida
y suficientemente.
1 Autor, entre
otras obras, de una Histoire des agriculteurs du monde, París, Seuil,
1997.
2 Salvo mención, todas las estadísticas provienen de la Organización
de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).
3 Nouvelles configurations villes-campagnes, publicado por el programa MOST
de la Unesco.
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Krishna
B. Ghimire*: ¿tiene
futuro el campo?
Se sostiene
que el envejecimiento en el campo es un fenómeno generalizado…
Lo observé en Filipinas, hace algunos años, al investigar la situación
de los beneficiarios de la reforma agraria. Para ser provechoso, el acceso a la tierra
debe ir acompañado por un acceso al crédito. Los bancos otorgan préstamos
reembolsables en 30 años. Cuando un agricultor tiene más de 50 años,
se halla en un callejón sin salida.
¿Por qué los jóvenes quieren abandonar la tierra?
Porque tienen muy poca o ninguna. La pobreza rural se aceleró en los años
ochenta como consecuencia de los planes de ajuste estructural negociados con el FMI
por los países endeudados. Advertí ese fenómeno en tres sitios:
el valle del Madi, en Nepal, abierto a la agricultura en los años sesenta,
el Sinaí desértico en Egipto, cultivado desde hace unos diez años,
y el estado brasileño de Pernambuco.
¿Son similares esas tres situaciones?
En Nepal, las parcelas son demasiado pequeñas, y sus dueños no
tienen ninguna posibilidad de agrandarlas. El único porvenir es la emigración
a la India, donde los nepaleses trabajan casi exclusivamente como vigilantes de seguridad,
pues se les considera honrados y valerosos, o a los países del Golfo. En Ras
Sudr, en Egipto, cada familia recibe del gobierno una parcela en la que planta olivos
y hortalizas. La cercanía de los complejos turísticos les permite dar
salida a la producción. Esas familias no tenían ninguna esperanza de
instalarse en ningún sitio, ya que en Egipto persisten grandes desigualdades
en el reparto de la tierra. En Ras Sudr, el sentimiento que predomina es la resignación.
¿Los sin tierra brasileños son más decididos?
Sí, los beneficiarios de la reforma agraria saben que en la ciudad sus
hijos gastarán mucho más dinero y quizá vivirán en un
lugar donde la criminalidad hace estragos. Casi siempre son antiguos obreros agrícolas
y tienen un profundo conocimiento de los suelos y los cultivos. Pero —y ésa
es la otra cara de la moneda—, acostumbrados a la agricultura mecanizada y al trabajo
asalariado, carecen del espíritu de ahorro característico del campesinado
asiático. Hablé con un campesino que vendía su cosecha de maíz
para comprar harina del mismo producto en el comercio. De cada 10 dólares
que ganaba, gastaba 9,90. No producir los alimentos que uno consume en el campo me
parece incomprensible.
* Investigador
y jefe del proyecto sobre reforma agraria y sociedad civil del Instituto de Investigación
de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social (UNRISD), en Ginebra.
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