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Repartir la
tierra, cambiar el mundo
Kintto
Lucas, escritor y periodista, actualmente docente en la Universidad Simón
Bolívar de Quito, Ecuador. |

Los sin tierra ocupan una hacienda en Pernambuco, al nordeste de Brasil.

Campamento de los sin tierra en Santa Clara.
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“La
seguridad alimenticia de los pueblos se basa en su capacidad de disponer e intercambiar
semillas y producir lo suficiente para alimentar a cada familia antes de vender los
excedentes
en el mercado.”
Wangari
Maathai, ambientalista keniana (1940-).
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Cifras
claves, Brasil
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Población
total:
168 millones (1999)
PNB per capita:
4.420 dólares (1999)
Porcentaje de agricultores
en la población activa total:
17% (2000)
37% (1980)
Porcentaje de la agricultura en el PIB:
9% (1999)
11% (1980)
Fuentes:
Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación
(FAO) y Banco Mundial. |
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“Cuando
los expertos estudian una espiga de arroz, el entomólogo observa los daños
causados por las plagas, el experto en nutrición mira el crecimiento de la
planta… Tenemos que superar esta división.”
Masanobu
Fukuoka,
(1913-) promotor japonés
de la agricultura biológica
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Más
allá de la reforma agraria, los campesinos sin tierra brasileños luchan
por la construcción de un nuevo modelo de convivencia social basado en la
solidaridad y la ayuda mutua.
A ocho kilómetros
de Bagé, a 120 de la frontera con Uruguay, en el estado brasileño de
Rio Grande do Sul se alza el campamento 8 de Agosto, una verdadera ciudad con casas
de lona negra y calles estrechas, cuya entrada está adornada con una bandera
roja con el mapa de Brasil en verde, del cual emergen dos campesinos y la leyenda
Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra flameando al viento. Surgido en los
años 80 en el sur del país, este movimiento lucha por la reforma agraria
y el reparto de tierras con un método poco convencional, pero eficaz: la ocupación
pacífica de tierras infraexplotadas propiedad de multinacionales y grandes
latifundistas.
Algo que no falta en Brasil, segundo país del mundo detrás del vecino
Paraguay con mayor concentración de la propiedad de la tierra. Se calcula
que cerca de 1% de los propietarios posee cerca del 46% de todas las tierras, mientras
que al 90% de pequeños propietarios les corresponde algo menos de 20% de las
propiedades. Además, según el Instituto Nacional de Colonización
y Reforma Agraria (INCRA), ente estatal encargado de realizar la reforma agraria,
existen 100 millones de hectáreas de tierra ociosas que podrían ser
explotadas. En los últimos veinte años, el éxodo rural, debido
en gran parte al mal reparto de las tierras, ha afectado a cinco millones de campesinos,
que, junto con sus familias, pasan a engrosar las listas de desocupados en ciudades
de por sí superpobladas, como São Paulo o Río de Janeiro.
Hace una hora que comenzó a amanecer. Las nubes y la lluvia van cediendo ante
un sol que finalmente logra imponerse. El viento fuerte se hace sentir entre los
callejones de la pequeña ciudad, aunque un monte de eucaliptus cercano brinda
cierta protección. A un lado de las carpas corre un riachuelo en el que hombres
y mujeres lavan ropa. En el campamento, los distintos equipos comienzan a realizar
sus actividades del día: algunos se encargan de buscar leña —único
combustible— otros preparan la comida, otros hacen la limpieza, otros se reúnen
para intercambiar ideas sobre el futuro del MST.
Son doscientas barracas de distinto tamaño con estructura de madera y paredes
y techos de nilón negro que albergan a 800 familias de agricultores. A ambos
lados, alambrado adentro, están las 2.700 hectáreas improductivas de
la Empresa Brasileña de Investigaciones Agropecuarias.
Junto al fogón, mientras el chimarrão1 corre de mano en mano,
César y Gilberto, líder y vicelíder del campamento, comentan
la reciente ocupación de la fazenda São Pedro, ubicada a pocos kilómetros
del lugar.
A las nueve de la noche, más de 3.000 personas movilizadas comienzan a cruzar
la ruta en dirección a la hacienda. Cuando están llegando a su portón
de entrada, agentes de la Brigada Militar abren fuego desde un auto. Sin embargo,
al ver la cantidad de ocupantes, los agentes se refugian en una casa desde la que
siguen disparando. Los campesinos cercan la casa pidiendo que cesen los disparos.
Dos caen heridos y uno muerto. A las diez, los propietarios de la vivienda y los
soldados se rinden: São Pedro estaba ocupada.
El
MST, modelo social para América Latina
“Estuvimos
varios días ocupando —recuerda Gilberto—, pero decidimos desocupar porque
el gobierno prometió asentar a todas las familias en diez días.”
Pasaron meses sin que las familias fueran asentadas, por lo que tuvieron que recurrir
a nuevas movilizaciones, como caminatas de 450 kilómetros hasta Porto Alegre,
capital estatal, y nuevas ocupaciones. Entre niños y adultos, con el transcurso
del tiempo murieron más de 30 personas. Hoy, nueve años después,
la mayoría de las familias del campamento 8 de Agosto están asentadas,
pero a lo largo de todo Brasil se extienden otros cientos de campamentos de lona
negra.
Desde 1984, los sin tierra han ocupado más de 3.900 haciendas y convertido
al MST en uno de los movimientos sociales de mayor representatividad en América
Latina. Después de cada ocupación solicitan al gobierno la expropiación
y concesión de esas propiedades, prevista por la Constitución de 1988,
y cuando el gobierno les otorga la tierra el campamento se transforma en asentamiento
y adopta una estructura más estable. Se calcula que han logrado así
22 millones de hectáreas de tierra, repartidas entre 618.000 familias. Muchas
de ellas se alimentan de lo que producen y venden sus excedentes mediante una red
de cooperativas.
Los 8.000 asentamientos dispersos por 24 de los 27 estados de Brasil no son sólo
campos de cultivo de arroz, frijol o papas. Cuentan con jardines de infantes, escuelas
y centros de salud, de reuniones y de culto. Los más desarrollados, llamados
“agrovillas”, tienen además agroindustrias que permiten crear fuentes de trabajo
estable para los campesinos y sus familias; funcionan, en suma, como otras tantas
“microsociedades” donde se organizan equipos de campesinos a cargo de cada necesidad
vital (planificación, alimentación, construcción de barracas,
seguridad interna y externa, leña, higiene, religión, recreo, educación
o deportes).
La
construcción de un mundo nuevo
“Nuestra
lucha no es sólo por conquistar la tierra. Estamos construyendo una nueva
forma de vida con todo lo que eso implica social, cultural y políticamente.
La tierra es un paso hacia ese nuevo modelo, y cada ocupación es una forma
de empezar a construir nuestro destino”, dice João Pedro Stédile, economista
y coordinador nacional del movimiento. Este proceso “cambia la vida de los campesinos,
antes marginados y sin perspectivas, ahora agricultores con dignidad e ingresos mensuales
equivalentes a tres salarios mínimos como promedio, superiores a los de la
población rural en general”.
Durante el primer gobierno de Fernando Henrique Cardoso (1994-1998), la reforma agraria
fue presentada como una medida necesaria para el desarrollo de la agricultura familiar,
la solución del problema de seguridad alimentaria y la reducción de
los conflictos agrarios. Pero para Stédile, esa política dio continuidad
a los principios del modelo de desarrollo agrícola implantado por los gobiernos
militares anteriores. “Esa posición economicista no reconoce la importancia
y el potencial de la pequeña agricultura en el proceso de producción.
La agricultura familiar todavía es vista como atrasada dentro del modelo capitalista.
Se diría que los gobiernos no se dan cuenta de que en los últimos 34
años de practicar este tipo de políticas (la reforma agraria brasileña
fue emprendida en 1964 durante el gobierno de João Gulart, NDLR.) los conflictos
se mantienen y tienden a crecer. En ese mismo periodo creció la producción
de alimentos, pero también el número de brasileños que pasan
hambre.” En su opinión, la agricultura familiar está siendo atacada
por un modelo único de desarrollo agrícola, que fomenta la producción
de granos (especialmente de soja) para la exportación, lo cual requiere enormes
inversiones en infraestructura de transportes.
“Cada ocupación inaugura un espacio de socialización política,
de lucha y resistencia”, continúa Stédile. “Con la ocupación,
los campesinos recrean continuamente su historia y conquistan la posibilidad de negociación.
Pero además conquistan la posibilidad de lograr un nuevo modelo educativo
para sus hijos en el asentamiento y el derecho a una mayor participación en
las decisiones sobre sus destinos.”
Claro que el camino no ha sido fácil. Como era de esperar, las ocupaciones
despiertan feroz resistencia por parte de los grandes hacendados, que no escatiman
medios para ponerles término: desde persecuciones y atentados a trabajadores
y líderes a expulsiones forzosas a través de pistoleros y cuerpos paramilitares.
Según datos de la Comisión Pastoral de la Tierra, entidad eclesial
que apoya al MST, desde 1985 se han registrado 1.169 víctimas de la violencia
en el medio rural brasileño, entre sindicalistas, campesinos, sus abogados
y sacerdotes. De los responsables de tantos homicidios, sólo 16 han sido juzgados
y condenados.
Buscando terminar con esta forma de lucha campesina, en su segundo mandato el presidente
Fernando Henrique Cardoso decidió prohibir la expropiación de un latifundio
ocupado. De nuevo Stédile ve una contradicción en esa idea: “Pretende
que los sin tierra dejen de ocupar bajo la amenaza de que la tierra que ocupen no
será expropiada, pero sólo termina cediendo los asentamientos luego
de las ocupaciones y la lucha.”
Aunque los incidentes violentos contra campesinos han disminuido en los últimos
años, una cosa está clara: en Brasil sobra tierra, el problema es cómo
repartirla. Los sin tierra han abierto brechas y obtenido, además de hectáreas
para cultivar, recompensas como el premio Nobel alternativo. Sin embargo, el futuro
de su lucha dependerá en gran medida de que no olviden los objetivos para
los que nacieron.
En este sentido, el actual ministro de Desarrollo Agrario de Brasil, Raul Jungmann,
tras recordar que durante su gestión, iniciada en 1996, se ha multiplicado
por diez la media anual de familias asentadas, advierte: “Personalmente me parece
importante la existencia de mediadores que organicen los movimientos sociales. Pero
el MST ha abandonado esa función (…) en parte debido a su propia estructura
y en parte por no haber sabido adaptarse a los cambios que han ocurrido tanto en
el mundo como en la cuestión agraria brasileña. Y en lo único
en que nosotros hemos contribuido a ello ha sido en tomar medidas para disminuir
el número de conflictos en el campo y hacer una reforma agraria más
eficiente.”
1 Recipiente
de metal en el que los campesinos brasileños toman una infusión amarga
a base de yerba mate. |
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Una
educación crítica adaptada al campo
Para los sin
tierra, la reforma agraria no se limita a la tierra y al capital, sino que implica
también la reconstrucción misma de las personas como ciudadanos. De
ahí la gran importancia de que todos los campesinos tengan acceso a la educación.
Desde sus comienzos, los dirigentes del MST han tratado de brindar a las familias
instaladas en los asentamientos la instrucción suficiente para que aprendan
no sólo a leer, contar y escribir, sino también a desarrollar su conciencia
política para que ellos mismos hagan una lectura crítica de su realidad.
Nociones como la reforma agraria, la justicia social y la lucha de clases forman
parte de los cursos, así como la discusión sobre la realidad cotidiana
de cada uno.
Convencido de que una organización sólo perdura cuando forma a sus
propios dirigentes, el MST ha creado varias escuelas para sus líderes y un
Instituto que prepara técnicos agrícolas en distintas especialidades
(Iterra). Incluso una brigada médica se formó en Cuba en la Escuela
Internacional de Medicina. Por otra parte, ocho universidades tienen convenios con
el MST para la formación técnica de sus cuadros. Así, el movimiento
atiende todos los niveles de educación.
En total, cuenta con unas 1.000 escuelas públicas en los terrenos que los
sin tierra han ocupado desde mediados de los ochenta, donde unos 2.000 profesores
imparten cursos para 70.000 estudiantes. En un primer momento, para reducir el ausentismo
escolar y combatir el analfabetismo, el MST decidió ajustarse al calendario
agrícola. Las clases, que tradicionalmente comenzaban en febrero o marzo,
ya no coinciden con la siembra y la cosecha locales, concentradas entre enero y mayo,
período de lluvias. Con esta medida, se triplicó el número de
alumnos en zonas campesinas y se redujo a la mitad el analfabetismo y el abandono
en muchas escuelas. El gobierno brasileño reconoció la experiencia
metodológica del MST y decidió homologar las enseñanzas impartidas
en sus escuelas. Esta concepción de Escuela Nueva supone la adaptación
pedagógica al medio rural, respetando los “valores culturales del campo”,
como la relación con la naturaleza, el espíritu de ayuda mutua, su
percepción del tiempo, su vinculación a la tierra y a la necesidad
de defenderla.
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