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Penjab: pobreza en medio de la abundancia

Kumkum Dasgupta, periodista residente en Nueva Delhi, colaborador del bimensual ecológico y científico Down to Earth.
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Campesino indio trabajando la tierra.







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Penjab
La Revolución Verde tal vez enriqueció al Penjab, pero también provocó la ruina de los campesinos modestos, agobiados por las deudas y la esterilidad de sus tierras.

A la puesta de sol, Ram Pal se sienta con calma para contar su historia. “¡Que se abra la tierra y nos trague! Mis cuatro hectáreas de tierra están inundadas y no son fértiles. Hay maleza por todas partes. Tengo tres bocas que alimentar y 1.100 dólares de deudas.” Este campesino de la aldea de Kalawala (distrito de Bhatinda, Penjab) va todos los días a la ciudad vecina a trabajar como jornalero. Tiene 60 años.
Como tantos otros, se ha visto envuelto en la vorágine de la crisis agraria del Penjab. Ese estado es uno de los más ricos graneros de la India, pero actualmente muchos de sus campesinos corren el riesgo de perderlo todo. Poco a poco, las tierras se están volviendo estériles por el empleo de ciertos mecanismos de cultivo cuyo objetivo es aumentar el rendimiento para satisfacer la demanda.

Revolución Verde: riqueza a corto plazo
Hace 40 años, el Estado se embarcó en una revolución agraria para incrementar la producción que se dio en llamar la Revolución Verde. Había dos imperativos: garantizar la seguridad alimentaria del país y hacerlo menos dependiente de las importaciones de Occidente, que ascendían a 10 millones de toneladas en 1967. Durante los dos decenios siguientes a la Revolución Verde, la productividad del Penjab aumentó aproximadamente un 6% anual. A mediados de los ochenta, el rendimiento del trigo y del arroz se había triplicado.
No cabe duda de que la Revolución Verde convirtió al Penjab, donde 70% de la población activa trabaja directa o indirectamente en la agricultura, en uno de los estados más ricos de la India. El ingreso anual por habitante (a precios corrientes) aumentó de 60 dólares en 1980-81 a 440 dólares en 1997-98, cifra muy superior a la media nacional de 240 dólares.
Pero esta prosperidad tiene un lado negativo. En su afán de producir siempre más, los agricultores abusaron de los abonos químicos y de los pesticidas, alteraron al rotación de los cultivos y explotaron en exceso las napas freáticas.
M.S. Swaminathan, el eminente científico que dirigió la Revolución Verde, dio muy pronto la voz de alarma (ver p. 36). En 1968 declaró ante el Congreso de Ciencia de la India: “El riego sin un sistema de drenaje puede hacer que los suelos se tornen alcalinos o salinos. Es posible que el empleo indiscriminado de pesticidas y herbicidas modifique negativamente el equilibrio biológico.”
Pero su advertencia cayó en saco roto. Hoy los suelos se encuentran en un estado lamentable. Es cierto que ningún informe oficial ha señalado un éxodo rural masivo o un descenso del rendimiento agrícola global, pero estudios recientes revelan que el ritmo de crecimiento de la productividad ha disminuido en la mayor parte de las regiones.
“La Revolución Verde fue una revolución del cereal”, estima Pramod Kumar, director del Instituto de Desarrollo y Comunicación, con sede en Penjab.
Según un informe oficial, la dependencia de los abonos químicos, cuya utilización aumentó de 5.000 toneladas en 1960-61 a 1.300.000 toneladas en 1998-99, acarreó graves deficiencias en los suelos. Así, ciertos organismos como las bacterias, los hongos y los gusanos, al verse privados de material orgánico suficiente, disminuyeron o desaparecieron por completo.
“Dado que el suelo ha perdido su aptitud natural para alimentar los cultivos, hay que seguir añadiéndole abonos”, afirma Jitendar Pal Singh, agricultor del distrito de Ropar. “Naturalmente, el costo de la producción aumenta.”
Al mismo tiempo, el recurso a cultivos que exigen poco riego acentuó la demanda de agua subterránea. “Los campesinos siembran arroz en mayo para cosecharlo antes del 1º de septiembre, fecha en que el Estado deja de comprarlo a un precio fijado de antemano. Pero en verano se requiere más agua, lo que tiene un efecto perturbador en las napas”, explica S.P. Mittal, experto en agua de Chandigarth, capital del Penjab. A causa de esta explotación excesiva, el nivel de la napa freática ha bajado de uno a tres metros en más de 75% de la superficie del estado.
Al mismo tiempo, las redes de drenaje defectuosas y los monzones inundaron de agua algunas tierras agrícolas del Penjab. Y cuando los campos están anegados, a los campesinos no les queda más remedio que suspender la siembra. Muchos se ven entonces obligados a emigrar a las ciudades en busca de trabajo o a solicitar ayuda estatal.
Se estima que un millón y medio de hectáreas sufren ya los efectos de diversas formas de degradación. Si la tendencia se mantiene, es inevitable un descenso de los rendimientos medios, mientras los abonos, cada vez más necesarios, harán subir sin cesar los costos de producción. Esta situación es fatal para los campesinos modestos, dueños de más de la mitad del millón doscientas mil granjas del Penjab.
Los estragos ecológicos y los problemas socioeconómicos son indisociables. Las encuestas revelan que, para seguir produciendo, los agricultores del Penjab en su mayoría se endeudan a corto plazo con elevados tipos de interés.
Frente a esta agravación de la crisis agraria se han propuesto diversas medidas. Según el científico S.K. Sinha, del Consejo de Investigación Agrícola de la India, una de las más urgentes es explorar los medios de desalar ciertas regiones. Aboga también por una política de incentivos que impulse a los agricultores a optar por la agricultura biológica, a cuidar el suelo empleando de abonos verdes
1, y a reducir su dependencia de cultivos que exigen abundante riego.


1 Abonos orgánicos, obtenidos enterrando una cosecha de plantas herbáceas.

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