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Francia: el pacto entre campesinos y consumidores
Michel Bessières, periodista del Correo de la UNESCO.

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Manifestación en Bretaña contra el agua contaminada.






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Evolucíon del consumo de abonos.



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Cifras claves, Francia

Población total:
59 millones (1999)
PNB per capita:
23.480 dólares (1999)
Porcentaje de agricultores
en la población activa total:
3,3% (2000)
8,3% (1980)
Porcentaje de la agricultura en el PIB:
2,3% (1999)
4% (1980)

Fuentes: Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y Banco Mundial.




“El único milagro que nació de la Revolución Verde fue la aparición de nuevas plagas. Y, como consecuencia, un consumo cada vez mayor de pesticidas.”

Vandana Shiva, (1952-)
científica india

En la Bretaña francesa, los campesinos exploran nuevas vías prometedoras para salir de la espiral de vacas locas, aguas contaminadas y desechos animales.

La región de Bretaña, al oeste de Francia, tiene tres millones de habitantes, 57.000 explotaciones agrícolas y 22 millones de animales de cría. Las vacas son alimentadas con granulados, hay centenares de cerdos encerrados y pollos hacinados que nunca han visto la luz del día. Para compensar su retraso económico y procurar empleos a sus hijos, Bretaña ha seguido desde hace medio siglo la única opción que se le ofrecía: la agricultura productivista. Pero cada vez que el sistema falla, los bretones se exasperan. Tras las crisis cíclicas del cerdo, ahora es el turno de la vaca loca.
Pero no todos pierden la esperanza. Con los pies sumidos en campos de trébol, en medio de sus vacas de raza lemosina, Pascal Hillion confía en sortear la epidemia. Su secreto es alimentar a sus apacibles rumiantes con un arma poderosa: la hierba. Ni más ni menos. Hillion condena los granulados hechos a base de harinas animales que causan la encefalopatía espongiforme bovina (EEB). “Con unos veinte criadores, en 1996 creamos una denominación de origen para nuestros productos: herbagère de Bretaña. Así, pudimos recuperar la confianza de los consumidores y a la vez mostrar a otros criadores cómo proceder. Como no usamos abonos nitrogenados, nuestro método respeta el medio ambiente. Producimos una carne de mayor calidad con menos gastos, menos trabajo y más ganancias. Hace diez años nos consideraban excéntricos. Pero hoy, los jóvenes que empiezan nos miran con mucho interés.”
Aunque esta iniciativa no va a transformar a fondo la agricultura bretona, las experiencias de esta índole se multiplican a través de toda una red de asociaciones. Setenta de ellas, agrupadas bajo el nombre de Cohérence, se esfuerzan por constituir una nueva alianza entre agricultores, defensores del entorno y consumidores. En la comuna de Lorient, por ejemplo, todo el mundo conoce al doctor Lylian Le Goff, el hombre que, a petición de los estudiantes, impuso el menú biológico en el restaurante universitario, demostrando así que los productos naturales no eran necesariamente más caros que los demás. Los responsables de un colegio de la región han seguido sus pasos, y numerosas colectividades locales, tras haber prohibido la carne de vacuno en los comedores escolares, se preguntan si ésta puede ser una solución a sus preocupaciones. “La agricultura productivista pretende suministrar una alimentación barata”, explica Le Goff, quien es también vicepresidente de Cohérence. “Esto sería cierto si, una vez que hubiésemos comprado la producción, no tuviéramos que pagar también la factura de la política agraria común, que cuesta unos 400 dólares a cada hogar europeo, así como financiar mediante subvenciones excepcionales las caídas periódicas de los precios y sobre todo, hacernos cargo de la descontaminación del agua.
Mal que bien, las crisis han sido superadas, pero el problema del agua se agrava. Los nitratos se acumulan en los cauces. Éstos provienen de los abonos nitrogenados vertidos sobre los cultivos del derramamiento de aguas de estiércol nauseabundas producto de la cría de animales estabulados y equivalen a una marea negra de 200.000 toneladas diarias. Por otra parte, Francia se ciñe, en teoría, al principio del que contamina paga. Ahora bien, desde la aprobación de la primera ley sobre el agua de 1964, el principio jamás se ha aplicado. Los poderosos grupos de presión se han encargado de que así sea.

La primera voz de alarma
En 1969, Eaux et Rivières de Bretagne (Aguas y Ríos de Bretaña), una asociación de pescadores de salmón y amigos de la naturaleza, dio la primera voz de alarma. Desde entonces sirve de caja de resonancia al descontento de los usuarios. Éstos, que iniciaron y ganaron procesos contra la empresa Lyonnaise des Eaux, deducen de su factura un derecho por contaminación. “El 21 de marzo de 1999”, recuerda Denis Baulier, ganadero miembro de Cohérence, “8.000 personas participaron en una manifestación en Pontivy, en el centro de Bretaña, para pedir, a la vez, un agua de buena calidad y una agricultura diferente. Desde ese día, se ha sellado la alianza entre consumidores y campesinos.”
Pero mientras las conciencias cambian, el estado de los cauces se degrada. Los poderes públicos lanzaron un plan Bretaña-Agua Pura en 1990, seguido de Bretaña-Agua Pura 2. Diez años después y luego de haber invertido 1.500 millones de francos, las tasas de nitrato han aumentado. El Estado ha abierto incluso un segundo frente: el plan de control de las contaminaciones de origen agrícola, atacado por su gestión calamitosa en un informe reciente de la Inspección de Finanzas.
“Ese plan ha costado ya cinco mil millones de francos”(unos 800 millones de dólares), explica René Louail, ganadero bretón y portavoz del sindicato Confederación Campesina. “Sirvió fundamentalmente para ajustar a las normas algunas instalaciones que habían crecido al margen de la ley. No se logrará una mejora apreciable del estado del agua en Bretaña si no se adoptan técnicas agrícolas más respetuosas del medio ambiente.”
Es lo mismo que afirma André Pochon: “La agricultura bretona empezó a fallar cuando perdió su vínculo con el suelo”. Dedé, como lo llama todo el mundo, tuvo tiempo de meditar sobre el tema. Tenía 11 años en 1944, cuando el maestro convenció a sus padres de que lo matricularan en un curso complementario. Dos años más tarde, con su diploma en el bolsillo, lo presionaron para que ingresase en una escuela de magisterio. Pero prefirió las vacas de la Juventud Agrícola Cristiana, vivero de dirigentes sindicales que iban a revolucionar la agricultura bretona. “Hasta 1970, realizamos un trabajo formidable. Multiplicamos nuestro rendimiento por tres conservando todas las granjas. En esa época, nos compraban la mantequilla y el queso. Dejábamos los rebaños en los prados y criábamos los cerdos con suero. Cuando los industriales introdujeron la colecta de leche, se inició la cría de cerdos en recintos cerrados y con ella la carrera por el rendimiento y la eliminación de las granjas pequeñas.”
Como los demás, Pochon siguió la corriente. Pero tomó cursos por correspondencia y leyó mucho. “Me convertí en agrónomo a pesar mío”. Creó su propio método: la hierba combinada con el trébol –una leguminosa– para fijar el nitrógeno. Con su habilidad para las fórmulas concisas, resume: “Una vaca es una segadora por delante y un distribuidor de estiércol por detrás. No se necesitan faenas especiales ni abonos minerales.” Hoy, cientos de ganaderos bretones –como Pascal Hillion– han adoptado sus fórmulas. Pero, cuando André Pochon empezó, para la alimentación de los bovinos se utilizaba la pareja maíz-soja. “¡Una tontería fenomenal! Salvo para los que hacen un negocio del campo: el agricultor debe volver a comprar sus semillas híbridas todos los años, tiene que desherbar, dotarse de material agrícola y de recintos de cría, nivelar los declives, drenar las tierras húmedas…La factura es enorme. Y las consecuencias para el medio ambiente, graves. Si se dejan los suelos desnudos en invierno, el maíz favorece el escurrimiento de los nitratos.”
Desde el inicio de la política agraria común, Europa negocia con Estados Unidos su posición como potencia agroalimentaria. Obtiene luz verde, salvo en un aspecto: la alimentación animal. Para proteger a sus agricultores, Estados Unidos debe dar salida a su soja. Actualmente, Francia importa más de cuatro millones de toneladas, de las que una elevada proporción procede de semillas transgénicas. André Pochon expone los mismos argumentos desde hace 25 años. Al comienzo, los ecologistas lo escuchaban. Más adelante los que realizaban actividades asociativas. “Los ayudo a cambiar y ellos han modificado mi percepción. Juntos, hemos logrado transformar las mentalidades.”
En todo tipo de producción, florecen las etiquetas de agricultura sostenible. A los bretones les gustaría poder beber agua del grifo. Desde la crisis de la vaca loca, las colectividades locales buscan fuentes de abastecimiento más fiables. Y la opinión pública está traumatizada. Pero empieza a medir claramente lo que está en juego, sabe que los campesinos son capaces de adaptarse. Sabe también que incumbe a todos decidir si han de cambiar con la naturaleza o contra ella.

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