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Colegio Electoral:
una reliquia polémica

Estados Unidos: el sistema electoral se tambalea

Amy Otchet, periodista del Correo de la UNESCO.
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Ceremonia de firma de la Constitución de 1787 en presencia de George Washington.







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Boston, octubre de 2000: protesta por la exclusión de terceros candidatos en los debates televisivos.



Colegio Electoral: una reliquia polémica

En Estados Unidos no son los ciudadanos quienes eligen al presidente. En realidad, la votación popular determina la lista de los grandes electores, que son los encargados de escoger luego entre los dos candidatos. El número de votos que tiene cada estado en el Colegio Electoral es igual al número de senadores (dos por estado, sin excepción) más el de representantes (que varía en función de la población de cada estado). Si ningún candidato obtiene la mayoría de los votos en el Colegio Electoral, la elección recae en la Cámara de Representantes, en cuyo caso cada estado goza de un solo voto.
A menudo, se piensa que la existencia del Colegio Electoral responde a una falta de confianza en el pueblo. Sin embargo, hace dos siglos era una forma de resolver un problema de información: como no existían medios de comunicación ni partidos que difundieran la ideología de los candidatos, se pensaba que esta especie de consejo de sabios conocería a las personas con capacidad para gobernar al país.
Según John Samples, del Instituto libertario Cato, la complejidad del proceso electoral garantizaba que el presidente representaría los intereses locales y nacionales, y mantendría el equilibrio entre estados pequeños y grandes.
Pero detrás de esta problemática asoma la cuestión de la esclavitud. Según Akhil Reed Amar, profesor de Derecho de la Universidad de Yale, los estados del sur se oponían a la introducción del voto directo porque sus grandes poblaciones de esclavos no tenían derecho al voto. Buscaron entonces una solución en el principio que se había aplicado para determinar el número de representantes que estos estados podían enviar al Congreso: cada esclavo representaría tres quintos de persona. Estos estados pedían el mismo principio en el Colegio Electoral.
“La construcción jurídica inicial ha dejado de tener razón de ser”, estima George C. Edwards III, director del Centro de Estudios Presidenciales de la Universidad A&M de Texas. Por ejemplo, no estaba previsto que los estados atribuyeran la totalidad de sus votos al candidato mayoritario. Pero lo esencial no era esto: “Una de las tendencias más claras de la historia constitucional estadounidense fue la ampliación del derecho de voto”, subraya. Mediante sucesivas enmiendas, se le concedió a las minorías, a las mujeres y a los residentes del Distrito de Columbia. “Desde los años 60, en este país se cumple el axioma una persona, un voto. Y todos los cargos se eligen así…. salvo el de presidente.”

La crisis desatada en las recientes elecciones presidenciales deja al descubierto las limitaciones del modo de elección del jefe de Estado más poderoso del mundo.

Para tratar de comprender la saga de las elecciones presidenciales estadounidenses, voy a contarles una nueva versión de los Tres Cerditos. En los roles principales están Al (Gore), George (W. Bush) y Ralph (Nader). En un bosque, lejos de la gran ciudad, Ralph monta una tienda y enciende una hoguera. Una multitud se sienta a su lado a escuchar sus apasionantes historias sobre malvadas multinacionales. Para animar a su público, Ralph grita de repente: “¡Ahí viene el lobo!”. En medio de la confusión, corre hasta una casa donde lo espera una cena caliente y un lecho mullido. Ralph, que es muy listo, se da cuenta de que puede viajar por todo el país con sólo gritar “¡el lobo!, ¡el lobo!”.
Al es un cerdito muy serio que se ha pasado la vida entera construyendo los cimientos de su casa, pero invirtió tanto en ladrillos y cemento que pasó por alto un detalle: las pequeñas perforaciones de los votos que cubren su tejado. Entonces, el lobo, que sopló y sopló durante semanas, la destruyó. Su casa quedó reducida a un montón de escombros plagados de agujeros.
Entran por último en escena George y su clan, que reclaman una vieja sala de danza, el Colegio Electoral, una fortaleza de más de dos siglos. Los padres fundadores examinaron sus rincones y luego la cerraron con el candado constitucional (ver recuadro). El lobo ataca con furia y se gana la simpatía de la mayoría de los electores, decididos a empujar con todas sus fuerzas al candidato. Pero es inútil: el Colegio no se mueve un centímetro y George toma el poder. El lobo, sin embargo, no se rinde y sigue atacando el Colegio, que pierde poco a poco su reputación de fortaleza inexpugnable. Los aullidos del lobo resuenan bajo las cúpulas del Congreso y los políticos se asustan ante la avalancha de peticiones de reforma.
Hasta comienzos de diciembre de 2000, el Congreso de Estados Unidos había recibido tres propuestas de ley para suprimir el Colegio electoral e introducir la elección directa del presidente y el vicepresidente. Las tres prevén una segunda vuelta si el vencedor no obtiene un 40% de los votos en la primera. Paradójicamente, la propuesta más coherente procede de un republicano, el representante de Illinois Ray LaHood. “El hecho de que un mes después de que la gente haya votado, un grupo selecto y elitista de gente (el Colegio Electoral) elija al presidente es como una bofetada en la cara”.
Cuando era profesor en una escuela secundaria, a LaHood le molestaba tener que explicar a sus alumnos un sistema electoral que considera arcaico. “Mi propio partido no apoya la reforma, pero para mí es una cuestión de principios”, añade. Lahood observa, no obstante, un “renovado y creciente apoyo popular” a la idea de reforma.

El voto directo favorecería a las minorías
Para enmendar la Constitución, es necesaria una mayoría de dos tercios en la Cámara de Representantes y en el Senado, y luego votaciones por mayoría simple en tres cuartos de los parlamentos de cada estado. LaHood piensa que en la Cámara se organizarán este año comisiones de estudio sobre esta cuestión, pero también prevé que el debate se ahogará en el Senado, debido al peso que tienen en él los estados menos poblados. En 1969, cuando Richard Nixon estuvo a punto de perder las elecciones en beneficio de George Wallace, un candidato independiente de Alabama, la Cámara adoptó un proyecto de ley para abolir el Colegio, que fue luego enterrado por el Senado. Para los dirigentes de los estados pequeños, el Colegio representa una ventaja decisiva. El Distrito de Columbia y los cinco estados con menor población, que suman 2,6 millones de habitantes en edad de votar, contaban en las elecciones de 2000 con 18 votos en el Colegio. Exactamente los mismos que Michigan, que tiene 7,2 millones de electores.
Pero imaginemos por un momento que en 2004 la elección también se decida por un puñado de votos. El descontento ciudadano podría ser aún mayor y obligaría a Estados Unidos a adoptar el voto directo. O, en el caso en que una enmienda de la Constitución sea demasiado difícil, los estados podrían —colectiva o individualmente— seguir el ejemplo de Maine y Nebraska, que autorizan el reparto proporcional de todos los votos del Colegio excepto dos, que son atribuidos al candidato mayoritario. ¿Qué pasaría en este caso con los tres cerditos?
“Saldrían a cazar los votos ahí donde están”, opina Judith Best, profesora de ciencias políticas de la Universidad del Estado de Nueva York en Cortland. Si hay voto directo, los candidatos concentrarán sus campañas en las zonas más pobladas, es decir, las costas Este y Oeste, y pasarán por alto el centro del país. Como su obsesión será alcanzar una mayoría aritmética, “no se sentirán obligados a consolidar una vasta coalición nacional”, agrega. En un país tan grande y diverso, las campañas presidenciales se ganan abordando al mismo tiempo problemas locales y nacionales. “Si los candidatos toman en cuenta a los grupos minoritarios es porque el sistema electoral les obliga a ello. De no ser así, la influencia de las comunidades negra e hispana, por ejemplo, podría esfumarse. Los negros sólo representan un 12% de la población, lo cual es suficiente para tumbar una mayoría, precisa Best.
David Bositis, experto de un grupo de reflexión sobre asuntos afroamericanos, el Centro de Estudios Políticos y Económicos, expresa una opinión muy distinta: “El sufragio directo no margina el voto minoritario. Todo lo contrario. Estos grupos no residen en los grandes estados, que hay que conquistar uno por uno para lograr la mayoría en el Colegio Electoral. Buena parte de los negros y los hispanos viven en Mississippi, Texas, Alabama, las Carolinas, donde votan en general por los demócratas. Pero como esos estados son mayoritariamente republicanos, sus votos no cuentan.”
“Los estados pequeños recibirán menos atención, pero un mayor número de estados recibirán al menos alguna atención”, apunta Harold Gold, profesor del Smith College de Massachusetts. “Esta última elección se disputó en 17 estados. El resto no vio ni la sombra de los candidatos. Con el sufragio directo, también desaparece la idea de ‘estado asegurado’ para un candidato. Al Gore hubiera podido ir a Texas a robarle algunos votos a Bush, gobernador de ese estado republicano.”
En realidad, en lugar de los discursos y los apretones de manos en esos “estados enemigos”, los candidatos se dedicarían a hacer campaña en los medios de comunicación, en particular la televisión. Esto es lo que piensa Curtis Gans, director del Comité para el Estudio del Electorado Americano.
Hay por lo menos consenso sobre un punto: el sufragio directo daría mayores oportunidades a terceros candidatos, es decir, aquéllos que no sean demócratas ni republicanos. Aunque persistirían sus dificultades económicas, (un partido debe haber obtenido un 5% de los votos en la elección precedente para obtener financiamiento federal), no tendrían que cargar con el apodo de “ladrones de mayoría”. Steve Cobble, director de campaña de Ralph Nader, indica: “Diez días antes de celebrarse las elecciones, los sondeos atribuían 5 a 6 millones de votos a Nader. Al final obtuvo la mitad, pues muchos electores consideraron que votar por él equivalía a regalar el voto a Bush. En este país la competencia funciona en todo, menos en política.”
En Estados Unidos, a diferencia del resto del mundo, el multipartidismo no representa una señal de vitalidad democrática. Tanto la derecha como la izquierda temen que se desencadene una lucha de facciones. “Hay que tratar de encontrar el justo medio”, dice Rob Richie, representante de la asociación Centro para la Votación y la Democracia. Una solución es nombrar ganador a quien obtenga más del 50% de los votos. Pero, al mismo tiempo, agrega Richie, los electores deberían tener la posibilidad de mencionar en sus papeletas un segundo nombre. “Los candidatos hacen todo lo posible por destruir a su adversario. Ésta es al menos la impresión desde afuera, algo que desanima a muchos electores. Con este mecanismo de desempate instantáneo, Ralph Nader hubiera podido, por ejemplo, apoyar tácitamente a su adversario como segunda opción. Este mecanismo daría mayor coherencia al sistema.”

Los pequeños hacen cambiar a los grandes
Para el demógrafo Joel Garreau, Gore y Bush siguieron el ejemplo de Bill Clinton. “Ambos estaban dispuestos a hacer cualquier tipo de compromiso para dar una imagen centrista.” Decidido a seducir a los electores de Michigan y Pennsylvania, Al Gore abandonó la lucha por el control de las armas. Bush, por su parte, enfureció a la facción más conservadora de los republicanos al acallar su rechazo al aborto. Con el sufragio directo, los candidatos de los grandes partidos tenderían a situarse de nuevo en sus respectivos polos ideológicos, lo que dejaría espacio libre en el centro para terceros partidos. Pero, ¿serán éstos realmente capaces de reanimar el debate político?
“Nos mantenemos al margen de problemas como el aborto”, dice Gerry Moan, presidente del populista Partido de la Reforma. “Estos delicados asuntos nos marcarían demasiado, ya sea a la derecha o a la izquierda. Preferimos debatir sobre temas como la política comercial estadounidense o el financiamiento de las campañas.”
Los partidos pequeños, además de ser acusados de aguafiestas electorales, contribuyen, según Joel Garreau, a que los grandes se vean obligados a cambiar de posición. “Si un tercer partido obtiene aprobación popular en un punto controvertido que había sido ignorado por los candidatos demócrata y republicano, éstos podrán asumir posiciones similares, que ya serán para entonces ‘seguras’.”
Este papel, sin embargo, ya está en manos de la poderosa industria de sondeos. “Observo de cerca los debates, anoto los temas que van surgiendo, y hago los cambios pertinentes”, explica Ed Goeas, analista de opinión del partido republicano. Para Goeas, la indignación en torno al Colegio Electoral terminará por calmarse después de algunas reuniones de comisiones en el Congreso, que no llegarán a oídos del grueso de los estadounidenses. Pero si en 2004 se repiten resultados electorales tan estrechos, podría desencadenarse una nueva crisis, con un reparto distinto: las víctimas del “robo de votos” de un tercer candidato podrían ser los republicanos. Las empresas de sondeos daban un 25% de los votos al senador republicano de Arizona John McCain, si se hubiera presentado como candidato independiente. Dentro de poco, todo el mundo deseará revisar las reglas de juego. Ese día, el sufragio directo obtendrá todos los votos.

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