
Los niños tienen capacidades y necesidades diferentes.

Todos podemos vivir juntos.
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Europa
es partidaria de la integración de los alumnos discapacitados en el sistema
escolar, pero en la práctica esta iniciativa choca con ciertos obstáculos.
Matricular a un niño
en una escuela pública es una simple formalidad para la mayor parte de los
padres europeos. Pero, si ese niño tiene alguna discapacidad, será
admitido en un colegio tradicional u orientado hacia una escuela especial en función
de donde viva.
“Cuando quise inscribir a mi hija, que padece síndrome de Down, me di cuenta
de que la escuela no estaba en contra, pero se mostraba reacia ya que no tenía
medios para atenderla”, recuerda Sophie Cluzel, madre de cuatro hijos y residente
en las afueras de París. Finalmente, gracias a una asociación, obtuvo
del ministerio de Educación una ayudante especial para su hija. Este puesto,
subvencionado al 80% con fondos públicos, es desempeñado por jóvenes
de 18 a 26 años como parte de un programa de empleo juvenil. Para pagar el
20% restante, Cluzel acudió a varias empresas privadas. La asociación
de padres de niños con discapacidades físicas y psíquicas de
la que ahora forma parte ha conseguido fondos para 20 ayudantes más. “Si no
fuera por las familias, no llegaríamos a ningún sitio. Dependemos demasiado
de la buena voluntad de los profesores y de los asistentes sociales.”
A raíz de un informe que denunciaba la lentitud de la integración en
Francia, el gobierno introdujo un conjunto de medidas para acelerarla. La primera
de ellas fue instaurar el diálogo entre los diferentes grupos implicados:
padres, educadores y asistentes sociales. En otros países el problema es similar:
en Finlandia, Grecia y los Países Bajos, la mitad de los estudiantes discapacitados
acuden a colegios especiales. En el polo opuesto, Italia, gracias a su tradición
reticente a la psiquiatría heredada de los años 60, es el ejemplo más
audaz de integración: sólo el 2% de los alumnos discapacitados acuden
a escuelas de educación especial. Le siguen España y Portugal, con
una media de 18%. Pero, ¿significa esto que la integración es el único
camino aceptable?
En primer lugar, no son opciones excluyentes, ya que muchos países tienen
un sistema plural, con opciones como aulas especiales en escuelas convencionales
y algunas asignaturas comunes. Pero el intenso debate que ha tenido lugar durante
los últimos 15 años para que los colegios se abran a todos los niños
ha cambiado el modo de percibir las minusvalías. “Se ha evolucionado de un
modelo médico a un enfoque más pedagógico, basado en el principio
de que los niños tienen capacidades y necesidades diferentes”, dice Victoria
Soriano, de la Agencia Europea de Educación Especial.
Hoy día es difícil que un país adopte una línea contraria
a la integración. Las Naciones Unidas, fundamentalmente a través de
la UNESCO, han contribuido a defenderla. En cuanto a la Unión Europea, ha
hecho de este principio una de las líneas rectoras de sus programas educativos.
“Lo importante ahora es que los países miembros apliquen estos principios”,
afirma Georgia Henningsen, de la Comisión Europea. “La ventaja de la integración
es que los esfuerzos pedagógicos son aprovechados no sólo por los discapacitados,
sino también por otros alumnos”, señala.
Pero para que todo el mundo se beneficie, debe hacerse un esfuerzo. “La integración
funciona perfectamente bajo algunas condiciones, pero éstas no se dan con
frecuencia”, dice Peter Evans, experto en educación de la OCDE, que subraya
que “la formación de profesores no tiene en cuenta la integración”.
En algunos países, los futuros profesores no reciben más de 12 horas
de clases de educación especial, mientras que otros, los menos, dedican a
este tema medio año o algunas horas a la semana.
Escasez
de maestros especializados
El
resultado es que los docentes tienen miedo a enfrentarse a lo desconocido. “Los profesores
no tienen las herramientas necesarias, y son conscientes de ello”, resume Soriano.
No es extraño que los sindicatos de profesores estén a favor de mantener
la situación actual, lo cual, según Evans, frena considerablemente
el avance hacia la integración. Aunque defienden esta política, muchos
profesores y directores de escuela se quejan de la carga desproporcionada de trabajo
que implica: informes especiales, reuniones con comités de expertos, etc.
El otro aspecto con que los gobiernos deben lidiar son las reticencias del personal
de las propias escuelas especializadas. La tarea a realizar –que ya han emprendido
Noruega, Dinamarca o los Países Bajos– es transformarlas en centros de referencia.
Así, la experiencia de sus docentes podría contribuir a formar a sus
colegas, sin necesidad de recortar empleos.
El siguiente problema es la escasez de maestros especializados. En Francia, por ejemplo,
hay pocos candidatos. Así, una escuela primaria de París con dos aulas
para niños con síndrome de Down tuvo que contratar a una profesora
sin formación específica, ya que nadie más se presentó
a la vacante. Según la directora del colegio, “están hartos de que
no se reconozca su labor”.
Para Cor Meijer, investigador neerlandés de la Agencia Europea, el aspecto
económico explica en gran medida la diferencia entre la realidad y el discurso
oficial. En los Países Bajos, por ejemplo, se estableció una política
de integración en los años 60 y 70, pero no se ofreció ningún
incentivo a quienes la impulsaran. “En la práctica, el sistema premia la segregación,
diga lo que diga el gobierno”, dice Meijer. Para reforzar su afirmación, este
investigador señala que el Parlamento acaba de aprobar un proyecto de ley
para destinar fondos a las regiones según el número total de niños,
sin distinguir entre los que necesitan una educación especial y los que no.
De todos modos, las cifras no dicen nada sobre la calidad de la educación,
de la que hay poca información. Algunos padres prefieren los colegios especiales,
sobre todo en los países en los que hay muchos. En Inglaterra, un estudio
reciente puso de manifiesto que la actitud agresiva del resto de los alumnos es la
causa principal por la que los niños discapacitados abandonan las escuelas.
“La integración no es la solución milagrosa”, dice Soriano. “Es evidente
que la legislación ha evolucionado, pero no podremos hablar de igualdad de
oportunidades hasta que no demos prioridad absoluta a un trabajo pedagógico
de fondo.” El problema es especialmente grave en la secundaria, según Catherine
Cousergue, especialista francesa en integración: “Como a las escuelas especializadas
llegan adolescentes que no han podido seguir en instituciones corrientes, piensan
que a fin de cuentas éstas son un desastre y que los chicos hubieran estado
mejor fuera de ellas desde el principio.”
Además, Meijer señala otra grave paradoja: como las escuelas deben
rendir cuentas de calidad y exhibir elevadas tasas de aprobados, ¿no serán
los niños más vulnerables los más proclives a ser expulsados?
Cambiar
el modo de percibir a los discapacitados
Por
eso, para Francis Degryse, padre de una niña discapacitada de siete años,
la clave es “cambiar nuestra percepción de estos niños”. Para lograrlo,
Degryse realizó la hazaña de que un director de teatro ciego dirigiera
a un grupo de actores discapacitados en una gala celebrada en París. Desde
entonces, cada año monta un espectáculo nuevo y su intención
es trasladar la experiencia al resto de Europa. A través de su asociación,
llamada “Sin tambores ni trompetas”, organiza funciones de títeres en colegios
para “desdramatizar” el trato a los discapacitados mentales y físicos. Este
padre entusiasta ha producido también un disco y busca financiamiento para
crear en Internet una cadena de televisión sobre discapacitados. “Hay que
saber imponerse y ser tenaz. Todos podemos vivir juntos”, afirma.
Éste es probablemente el argumento más convincente a favor de la integración.
“Tener un compañero discapacitado es como dar a los alumnos una clase de ciudadanía
cada día”, añade Catherine Cousergue.
Más información:
www.european-agency.org
www.unesco.org/education/educprog/sne
www.eurydice.org
www.socrates.org |