
Fotomontaje publicado por el diario británico The Guardian tras la campaña
de atentados en Londres en 1999.

Hombre blanco busca mujeres blancas anunciándose en Internet.
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Entre
realidad y fantasía
La combinación
entre distancia e intimidad del ciberespacio creó un nuevo contexto para el
acoso xenófobo. Los racistas empezaron enviando enormes cantidades de correo
basura para bloquear las terminales de sus víctimas. Recientemente han pasado
a usar herramientas digitales para mostrar “el placer” de la violencia racial. Por
ejemplo, la foto de un joven negro con la cara aplastada contra el suelo mientras
es apaleado solía figurar en la página de Skinheads USA hasta una reciente
investigación policial. Al difuminarse la línea entre la realidad y
la fantasía, este tipo de violencia es políticamente escurridiza, pero
muy peligrosa. La cibercultura también ha dado rienda suelta al odio a la
figura del “judío internacional”. El marco globalizador de Internet enfatiza
un componente histórico del anti-semitismo: la noción de una conspiración
histórica. Los productos tradicionales de la imaginería racista, como
la portada del disco del grupo racista Leaderless Resistence están circulando
más que nunca.
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La
cara del racismo cambia de aspecto en Internet, donde profesionales acomodados se
unen a las filas de los “cabezas rapadas” tradicionales. ¿Serán incluso
más peligrosos?
Tras celebrar el florecimiento
de la democracia y de la libertad de expresión en el nirvana digital de Internet,
se va descubriendo ahora su lado oscuro, en el que racistas y xenófobos no
sólo transmiten su propaganda en el ciberespacio, sino que diseminan su parafernalia
y su odio a través de redes internacionales. Ante el aluvión de historias
de miedo sobre el resurgir de contenidos racistas en la red se pasa por alto una
cuestión fundamental: ¿está cambiando la cara del racismo?
La mayoría de los artículos sobre el tema se centran exclusivamente
en el número de páginas web, grupos de discusión y salas de
chat que difunden mensajes de grupos racistas como el Ku Klux Klan (KKK), White Aryan
Resistance y el Partido Nacional Británico (British National Party), que a
mediados de los noventa se lanzaron a la conquista de Internet por ser un medio de
comunicación no reglamentado y relativamente barato. Aunque no hay duda acerca
del crecimiento de estos grupos y de sus páginas, es difícil obtener
cifras precisas. Para investigar el odio en la red hay que saber actuar como un detective,
un detector de mentiras y un descodificador de propaganda. Los contenidos racistas
en la red forman parte de una farsa digital que esconde tanto cuanto muestra. Aunque
no se puede contar el número de páginas web debido a la velocidad con
que éstas aparecen y desaparecen, los expertos coinciden en que existen unos
3.000 sitios de contenido racista.
A su vez, las discusiones sobre el odio en la red (Hate on the Net) giran en torno
a la censura. Los proveedores de Internet pueden prohibir voluntariamente el uso
de sus servidores e instalar junto al navegador filtros que impiden acceder a sitios
racistas. Este debate sobre la censura ha llegado a un callejón sin salida
debido a la postura aparentemente irreconciliable de los libertarios partidarios
de la libertad de información y a la dificultad de establecer el límite
entre lo que es aceptable decir o escribir. Pero esta polémica oscurece algo
el tema principal: ¿qué es lo que atrae a la gente al mundo racista
de Internet?
Múltiples
grupos racistas flotan en el ciberspacio
“Orgullo
Blanco Mundial”. Con este eslogan, Don Black lanzó el 27 de marzo de 1995
la primera y más conocida página web racista : Stormfront. Black, ex
miembro del KKK, estudió informática en una prisión federal
de Texas, donde trabajó compulsivamente en un centro de ordenadores pagado
por los contribuyentes. Una vez fuera de la cárcel, Black utilizó sus
dotes recién aprendidas para construir un conjunto internacional de seguidores
y difundir la idea de la existencia de una raza trasnacional. El tono de algunos
de los mensajes enviados a Stormfront no necesita comentarios: “Tengo 20 años
y soy un estadounidense blanco con raíces en Nortemérica desde hace
300 años, y antes, en Europa, en la Normandía francesa. Estoy orgulloso
de que haya una organización para el avance de los blancos.”
Los racistas como Black utilizan Internet para alimentar una idea de supremacía
blanca que vincula los viejos racismos nacionalistas (de Europa y Escandinavia, por
ejemplo) con la diáspora blanca del Nuevo Mundo (Estados Unidos, Canadá,
Suráfrica, Australia, Nueva Zelandia y partes de Sudamérica). A pesar
de la diversidad de grupos racistas que flotan en el ciberespacio, todos comparten
el lenguaje común de la superioridad de los blancos. En primer lugar, la idea
de la supremacía blanca conlleva la de un linaje racista que se construye
y se mantiene en gran medida gracias al ciberespacio. Internet se basa en la tecnología
de la globalización, en conectar culturas humanas permeables. Sin embargo,
en el mundo racista de la red, Internet se utiliza para alimentar una ideología
de segregación racial. Con el fin de establecer “una fortaleza de blancos”
en el ciberespacio, estos racistas están estableciendo a una velocidad considerable
vínculos entre los sitios de ultraderecha de Estados Unidos, Canadá,
Europa Occidental y Escandinavia. De ellos, los más activos y sofisticados
son los grupos de noticias estadounidenses. La gran cuestión sigue siendo:
¿cuánta gente se hace racista militante gracias a Internet?
Recientemente, Alex Curtis, productor de la revista de extrema derecha Nationalist
Observer, que se proclamó a sí mismo Hombre Lobo del Odio de San Diego,
afirmó contactar cada semana con “entre cien y mil racistas de los más
radicales del mundo”. No obstante, es peligroso sobrestimar el nivel de actividad.
El número de racistas que operan en Internet con cierta regularidad ronda
entre los 5.000 y los 10.000, agrupados en 10 o 20 grupos. El número de ‘entradas’
registradas a una página no indica necesariamente que sean simpatizantes,
ya que se incluyen detractores, organismos de vigilancia e investigadores. La clave
está en que este grupo relativamente pequeño de personas puede tener
una presencia significativa. No sólo utilizan la red como medio para reclutar
adeptos, sino que intentan combinar ese activismo electrónico con el del mundo
“real”. Así por ejemplo, en la página de Racelink hay una lista con
los datos personales y lugar de residencia de activistas de todo el mundo. La Aryan
Dating Page, precursora de Stormfront, ofrece a su vez un servicio para contactar
con racistas.
Un
racismo de identidades fragmentadas
La
mayoría son estadounidenses, aunque hay anuncios personales de activistas
de Brasil, Canadá, Holanda, Noruega, Portugal, Reino Unido, Eslovaquia, Australia
e incluso de surafricanos blancos. Algo interesante que se observa al mirar las fotos
de los anuncios personales es que los rostros no se parecen en nada al del racista
arquetípico. Hay pocos “cabezas rapadas” con tatuajes nazis; estos racistas
blancos, la mayoría de entre 20 y 30 años, parecen normales. Por ejemplo
Cathy, 36 años, está desesperada por mudarse a “un barrio blanco” aunque
vive en Pensilvania, un estado que dista mucho de ser un hervidero étnico.
Aparece con un traje de lentejuelas y pendientes que destellan. “Parezco demasiado
sofisticada en la foto”, afirma. “Me hice unas fotos con unas compañeras de
oficina y parezco una princesa aria cuando me pongo elegante. Pero realmente soy
bastante normal.” O Debbie, 19 años, de Nueva Inglaterra, que afirma: “Soy
una mujer blanca joven que busca a alguien seriamente dedicado al movimiento blanco.
Una persona cuyo compromiso sea intachable. Quiero hablar con hombres que compartan
mis valores.”
Los anuncios masculinos aportan un retrato igualmente sorprendente de la supremacía
blanca. Frank, un padre divorciado de 48 años de Palo Alto, California, escribe:
“Soy un padre responsable, tengo mis opiniones, aunque no las expongo si no están
contrastadas. Tengo tatuajes y soy de raza aria. Así que espero recibir pronto
noticias de vosotras, mujercitas”. Frank se presenta como un “hombre nuevo”, lo que
coincide con el anuncio de John Bottis, 25 años, de Los Altos, quien se define
como un niño bien que además ha viajado. “Busco una mujer que sea muy
conservadora y condenadamente guapa. Es igualmente importante que tenga una educación
de calidad.” Estas imágenes del fascismo en la era de la información
no guardan parecido alguno con las manifestaciones previas de esa lacra. Veamos otro
ejemplo poderoso en la imagen de Max, canadiense de 36 años, que se describe
a sí mismo como “un activista veterano del Movimiento”. A continuación
enumera sus aficiones a la antropología, el humor de los Monty Python, la
historia del Titanic, la música celta y las versiones revisionistas de la
guerra civil de Estados Unidos. Max eligió hacerse la foto junto a su ordenador,
dando así el aspecto de alguien que domina la tecnología. La primera
vez que lo vi me pareció una imagen muy apropiada del racismo actual.
Racismo
electrónico y xenofobia
De
todas formas, estos retratos del racismo postmoderno están hechos de múltiples
identidades fragmentadas y poco aptas para las disciplinadas organizaciones fascistas
del mundo real. En este mundo tan cambiante, ¿se pueden apagar la ideología
y la dedicación al racismo tan fácilmente como se apaga un ordenador?
Hay ciertas pruebas de que los racistas de la red tienen una relación caótica
con la política xenófoba. Milton J. Kleim, quien una vez se llamó
“el nazi número 1 de la red”, renunció a su credo de la noche a la
mañana. Kleim empezó a identificarse con la ideología racista
en 1993, cuando era estudiante. No obstante, no tuvo encuentros cara a cara con ningún
miembro del movimiento hasta su graduación, en 1995. Un año más
tarde abandonó el racismo totalmente. En una entrevista por correo electrónico
comentó: “el acto de dejarlo fue doloroso, y después muy estresante.
(…) Me convertí en una persona inexistente. Pero no me denunciaron. (…) Sólo
recibí un par de llamadas de miembros descontentos. Lo más triste es
que mi experiencia en el movimiento fue la más excitante, y gratificante de
toda mi vida. He pasado del nacional socialismo a la misantropía”. A través
de una identidad virtual, la cultura racista ofreció a Kleim un propósito
y una solución temporal a su crisis existencial. Esta misma necesidad de un
sentido de la vida se desprende de muchas entrevistas con xenófobos en la
red. También es cierto que no dura y que el antifaz virtual del racismo se
puede quitar rápidamente. No sólo parece endeble el compromiso individual,
sino también las redes más grandes de grupos racistas. En el “mundo
real”, cada grupo debe su existencia a un líder carismático, al que
corresponde formar alianzas. Estos acuerdos son efímeros debido a las luchas
de poder entre sus líderes. Pero en el ciberespacio esta tendencia a desaparecer
es aún más rápida, fundamentalmente debido al mayor grado de
interacción propio del ciberespacio. Buen ejemplo de este síndrome
es la disputa difamatoria entre Harold A. Covington, del Partido Nacional Socialista
de los Blancos (National Socialist White People´s Party) y William L. Pierce,
de la Alianza Nacional (National Alliance).
En un texto llamado “El Futuro de una Red Blanca”, Covington escribía: “La
red está siendo trágica y viciosamente violada por un número
creciente de racistas obsoletos y enloquecidos. Creo que es demasiado pronto para
calcular cómo interactúa y ataca esta locura al trabajo político
serio. Es como buscar oro en un desagüe roto; tanto los vertidos tóxicos
como el oro están ahí; la cuestión es saber cuánto oro
puede extraer alguien antes de que los gases y la corrupción lo expulsen,
o hasta que se arrodille y forme parte del sistema.”
El uso racista de Internet no va a desembocar en un movimiento racista global. En
este sentido, los imitadores del fascismo y del nazismo no pertenecen al mismo grupo
que los fanáticos de antaño. Sin embargo, la importancia de este fenómeno
no debe radicar en el número de activistas. Además, el hecho de que
los implicados sean relativamente pocos no debe ser interpretado como una estadística
reconfortante. ¿Cuál es entonces la naturaleza de esta amenaza? El
verdadero peligro radica en que en la era de la información acciones racistas
aisladas lleguen a estar a la orden del día. En este sentido, la campaña
para bombardear Londres que lideró en 1999 David Copeland, quien había
encontrado en la red la “receta” para fabricar bombas de clavos, puede ser un indicador
del tipo de violencia que tendrá lugar en este milenio, puesto que este tipo
de actos son perpetrados por individuos cuyo principal contacto con la política
racista se da través del teclado de su ordenador. |